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Full text of "Dulce dueño"

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OBRAS COMPLETAS 

DE 

EniLIA PARDO -BAZÁN 

CONDESA DE P ARDO-B AZÁN 



TOMO 38 



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in 2013 



http://archive.org/details/dulcedueoOOpard 



EMILIA PARDO-BAZÁN 

CONDESA X>JE PARDOBAZA1S 

OBRAS COMPLETAS.— TOMO 38 



DULCE DUEÑO 




MADBID 
V. Prieto y C.^, editores. 

Princesa, núm. 77. 

1911 



Es propiedad. 
Queda hecho el depó- 
sito que marca la ley. 



Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4. 



DULCE DUEÑO 



i 

Escuchad. 

Fuera, llueve: — lluvia blanda, primaveral. 
No es tristeza lo que fluye del cielo; antes bien, 
la hilaridad de un juego de aguas pulverizán- 
dose con refrescante goteo menudo. Dentro, en 
la paz de una velada de pueblo tranquilo, se 
intensifica la sensación de calmoso bienestar, 
de tiempo sobrante, bajo la luz de la lámpara, 
que proyecta sobre el hule de la mesa un re- 
dondel anaranjado. 

La claridad da de lleno en un objeto mara - 
villoso. Es una placa cuadrilonga de unos diez 
centímetros de altura. En relieve, campea 
destacándose una figurita de mujer, ataviada 
con elegancia fastuosa, á la moda del siglo XV. 
Cara y manos son de esmalte; el ropaje, de 
oros cincelados y también esmaltados, se in- 
crusta de minúsculas gemas, de pedrería re- 
fulgente y diminuta como puntas de alfiler. En 
la túnica, traslucen con vitreo reflejo los car- 



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DIHXE DUEÑO 



mesíes; en el manto, los verdes de esmaragdita. 
Tendido el cabello color de miel por los hom- 
bros, rodea la cabeza diadema de diamantillos, 
sólo visibles por la chispa de luz que lanzan. 
La mano derecha de la figurita descansa en una 
rueda de oro obscuro, erizada de puntas, como 
el lomo de un pez de aletas erectas. Detrás, una 
arquitectura de finísimas columnas y capiteli- 
cos áureos. 

En sillones forrados de yute desteñido, ocu- 
pan puesto alrededor de la mesa tres personas. 
Una mujer, joven, pelinegra, envuelta en el 
crespón inglés de los lutos rigurosos. Un veje- 
zuelo vivaracho, seco como una nuez. Un sacer- 
dote cincuentón, relleno, con sotana de mucho 
reluz, tersa sobre el esternón bombeado. 

— ¿Leo ó no la historia?— urge el eclesiásti- 
co, agitando un rollo de papel. 

— La patraña— critica el seglar. 

— La leyenda — corrige la enlutada — . Cuan- 
to antes, señor Magistral. Deseando estoy sa- 
ber algo de mi Patrona. 

—Pues lo sabrás... Es decir, en estos asun- 
tos, ya se te alcanza que las noticias rigurosa- 
mente históricas no son copiosas. Hay que emi- 
tir alguna suposición, siempre razonada, en los 
puntos dudosos. Yo someto mi trabajo á la de- 
cisión de nuestra Santa Madre la Iglesia. Va- 
mos, la sometería si hubiese de publicar. Aquí 
entre nosotros, aunque adorne un poco... En 
no alterando la esencia... Y saltaré mucho, evi- 
tando prolijidades. Y á veces no leeré; con- 
Tersaremos. 



POR K. FARDO BAZÁN 



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La pelinegra se recostó y entornó los ojos 
para escuchar recogida. El vejete, en señal de 
superioridad, encendió un cigarrillo. El canó- 
nigo rompió á leer. Tenía la voz pastosa, de re- 
gistros graves. Tal vez al transcribir aquí su 
lección se deslicen en ella bastantes arrequives 
de sentimiento ó de estética que el autor re- 
probaría. 

«Catalina nació hija de un tirano, en Alejan- 
dría de Egipto. No está claro quién era este tira- 
no, llamado Costo. Es preciso recordar que des- 
pués del asedio y espantosa debelación de la 
ciudad por Diocleciano el Perseguidor, que or- 
denó á sus soldados no cejar en la matanza 
hasta que al corcel del César le llegase la sangre 
á las corvas, vino un período de anarquía en que 
brotaron á docenas régulos y tiranuelos, y hubo, 
por ejemplo, un cierto Firmo, traficante en pa- 
piros, que se atrevió á batir moneda con su 
efigie...» 

Interrupción del vejezuelo. 

—Para usted, Carranza, el caso es que el 
cuento revista aire de autenticidad... 

— Déjeme oir, amigo Polilla...— suplicó la 
de los fúnebres crespones — . Sin un poco de 
ambiente, no cabe situar un personaje histó- 
rico. 

— ¡Bah! Este personaje no es... 
— ¡Silencio! 

«Alejandría, por entonces, fué el punto en 
que el paganismo se hizo fuerte contra las ideas 
nuevas. Porque el paganismo no se defendía 
tan sólo martirizando y matando cristianos; 



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DULCE DUEÑO 



hasta los espíritus cultos de aquella época du- 
daban de la eficacia de una represión tan atroz. 
Acaso fuese doblemente certero desmenuzar la& 
creencias y los dogmas, burlarse de ellos, infi- 
cionarlos y desintegrarlos con herejías, sofis- 
mas y malicias filosóficas...» 
Inciso. 

— La estrategia de nuestro buen amigo don 
Antón... 

Polilla se engalló, satisfecho de ser peli- 
groso. 

«No ignoran ustedes los anales de aquella 
ciudad singularísima, desde que la fundó Ale- 
jandro dándole la forma de la clámide macedo- 
nia hasta que la arrasó Ornar. Olvidado tendrán 
ustedes de puro sabido que el primer rey de la 
dinastía Lagida, aquel Tolomeo Sotero, tan dis- 
puesto para todo, al instituir la célebre Escuela, 
hizo de Alejandría el foco de la cultura. De- 
cadente ó no, en el mundo antiguo la Es- 
cuela resplandece. La hegemonía alejandrina 
duró más que la de Atenas; y si bajo la do- 
minación romana sus pensadores se convirtie- 
ron en sofistas, tal fenómeno se ha podido 
observar igualmente en otras escuelas y en 
otros países. 

Bajo Domiciano empezó á insinuarse en 
Alejandría el cristianismo. Notóse que bastan- 
tes mujeres nobles, que antes reían á carcaja- 
das en los festines, ahora se cubrían los cabe- 
llos con un velo de lana y bajaban los ojos al 
cruzar por delante de estatuas.., así... algo im- 
púdicas...» 



POR E. PARDO BAZÁN 



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— Vamos, las primeras beatas... — picoteó 
Polilla. 

» — Es el caso que griegos y judíos — hiló el 
Magistral— andaban, en Alejandría, á la greña 
continuamente. Con el advenimiento de los 
cristianos se complicó el asunto. La confusión 
de sectas y teologías hízose formidable. Allí se 
adoraba ya á Jehová ó Jahveh, á la Afrodita, 
llamada por los egipcios Hathor, al buey Apis 
y á Serapis, que según el emperador Adriano 
no era otra cosa sino un emblema de Nuestro 
Señor Jesucristo, el cual, bajo su verdadero 
nombre, empezó á ser esperanza y luz de las 
gentes. Y en Alejandría, además de la perse- 
cución pagana, surgió la persecución egipcia, 
y el pueblo fanatizado degolló á muchos cris- 
tianos infelices...» 

— ¿Eeeh? — satirizó don Antón. 

—¡Digo, felicísimos! 

»Diocleciano, que parece el más perseguidor 
de los Césares, tenía sus artes de político, y en 
Egipto no quería meterse con los dioses loca- 
les. Al ver la impopularidad de los cristianos, 
les sentó mano fuerte. En tal época, cuando el 
cristianismo aun suscitaba odio y desprecio, 
despunta la personalidad de Catalina. 

Esta mujer es de su tiempo, y en otro siglo 
no se concibe. Y su tiempo era de pedantería 
y de cejas quemadas á la luz de la lámpara. En 
Egipto, las mujeres se dedicaban al estudio 
como los hombres, y hubo reinas y poetisas 
notables, como la que compuso el célebre him- 
no al canto de la estatua de Memnon. No ex- 



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DULCE DUEÑO 



trañemos que Catalina profundizase ciencias y 
letras. En cuanto á su físico, es de suponer, 
que, siendo de helénica estirpe (el nombre lo 
indica), no se pareciese á las amarillentas 
egipcias, de ojos sesgos y pelo encrespado. 

Se educó entre delicias y mimos, en pie de 
princesa altanera, entendida y desdeñosa. Lle- 
gó la hora en que parecía natural que tomase 
estado, y se fijó en la cohorte de los mozos 
ilustres de Alejandría, que todos bebían por ella 
los vientos. Fueron presentándose, y al uno 
por soso, y al otro por desaliñado, y á éste por 
partidario del zumo parral, y á aquél por co- 
rrompido y amigo de las daifas, y al de la de- 
recha por afeminado, y al de la izquierda por 
tener el pie mal modelado y la pierna tortuosa, 
á todos por ignorantes y nada frecuentadores 
del Serapión y de la Biblioteca, les fué dando, 
como diríamos hoy, calabazas... 

Con esto se ganó renombre de orgullosa, y 
se convino en que, bajo las magnificencias de 
su corpiño, no latía un corazón. Sin duda 
Catalina no era capaz de otro amor que el pro- 
pio; y sólo á sí misma, y ni aun á los dioses, 
consagraba culto. 

Algo tenía de verdad esta opinión, difun- 
dida por el despecho de los procos ó preten- 
dientes de la princesa. Catalina, persuadida de 
las superioridades que atesoraba, prefería ais- 
larse y cultivar su espíritu y acicalar su cuer- 
po, que entregar tantos tesoros á profanas ma- 
nos. Su existencia tenía la intensidad y la am- 
plitud de las existencias antiguas, cuando muy 



POR E. PARDO BAZAN 



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pocos poderosos concentraban en sí la fuerza 
de la riqueza, y por contraste con la miseria 
del pueblo y la sumisión de los esclavos, era 
más estético el goce de tantos bienes. Habitaba 
Catalina un palacio construido con mármoles 
venidos de Jonia, cercado de jardines y re- 
frescado por la virazón del puerto. Las terra- 
zas de los jardines se escalonaban salpicadas 
de fuentes, pobladas de flores odoríferas traídas 
de los valles de Galilea y de las regiones del 
Atica, y exornadas por vasos artísticos robados 
en ciudades saqueadas, 6 comprados á los pa- 
tricios que, arruinándose en Roma, no podían 
sostener sus villas de la Campania y de Sorren- 
to. Para amueblar el palacio se habían encar- 
gado á Judea y Tiro operarios diestros en tallar 
el cedro viejo y tornear el marfil é incrustar 
la plata y el bronce, y de Italia pintores que 
sabían decorar paredes al fresco y encáusti- 
co. Y la princesa, deseosa de imprimir un se- 
llo original á su morada, de distinguir su lujo 
de los demás lujos, buscó los objetos únicos y 
singulares, é hizo que su padre enviase viaje- 
ros ó le trajese en sus propios periplos rarezas 
y obras maestras de pintura y escultura, joyas 
extrañas que pertenecieron á reinas de países 
bárbaros, y trozos de ágata arborescente en 
que un helécho parecía extender sus ramas ó 
una selva en miniatura espesar sus frondas...» 

— ¿No has notado una cosa, Lina? — se inte- 
rrumpió á sí mismo el Magistral, volviéndose 
hacia la pelinegra y abatiendo el tono. 

—¿Qué es ello? 



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DULCE DUEÑO 



— Que todas las representaciones en el arte 
de Catalina Alejandrinalapresentan vestida con 
fausto y elegancia. Desde luego, en cada épo- 
ca, la vestidura es al estilo de entonces; porque 
no tenían los escrúpulos de exactitud que aho- 
ra. Fíjate en esta medalla ó placa que nos has 
traído. ¿Qué atavíos, eh? Y no es como María 
Magdalena, que pasó de los brocados á la es- 
tera trenzada. Puesta la mano en la rueda de 
cuchillos que la ha de despedazar, Catalina luce 
las mismas galas, que son una necesidad de su 
naturaleza estética. Es una apasionada de lo 
bello y lo suntuoso, y por la belleza tangible se 
dirigió hacia la inteligible. Así la tradición, 
que sabe acertar, hace tan esplendentes las 
imágenes de la Santa... 

— Me gusta Catalina Alejandrina — . Lacó- 
nica, la enlutada parpadeó, alisando su negro 
«gaspar», que le ensombrecía y entintaba las 
pupilas. 

»Pues hade saberse que los emisarios de 
Costo aportaron al palacio, entre otras reli- 
quias, dos prendas que, según fama, á Cleopa- 
tra habían pertenecido: una era la perla compa- 
ñera de la que dicen disuelta en vinagre por la 
hija de los Lagidas— lo cual parece fábula, pues 
el vinagre no disuélvelas perlas — , y la otra pre- 
sea, una cruz con asas, símbolo religioso, no 
cristiano, que la reina llevaba al pecho. La 
perla era de tal grosor, que cuando Catalina 
la colgó á su cuello — fíjate, el artista floren- 
tino autor de esa placa no omitió el detalle — 
hubo en la ciudad una oleada de envidia y de 



POR E. PARDO BAZÁN 



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malevolencia. ¿Se creía la hija de Costo reina 
de Egipto? ¿Cómo se atrevía á lucir las preseas 
de la gran Cleopatra, de la última representan- 
te de la independencia, la que contrastó el po- 
der de Roma? 

Por su parte, los romanos tampoco vieron 
con gusto el alarde de la hija del tiranuelo. 
¿Sería ambiciosa? ¿Pretendería encarnar las 
ideas nacionales egipcias? ¡Todo cabía en su 
carácter resuelto y varonil! 

También los cristianos — aunque por razo- 
nes diferentes — miraban á Catalina con pre- 
vención. Sabían que el cristianismo era repul - 
sivo á la princesa. No hubiese Catalina perse- 
guido con tormentos y muerte; no ordenaría 
para nadie el ecúleo ni los látigos emplomados; 
algo peor, ;ó más humillante, tenía para los se- 
cuaces del Galileo: el desdén. No valía la pena 
ni de ensañarse con los que serían capaces de 
martillear las estatuas griegas, con los que 
huían de las termas y no se lavaban ni perfu- 
maban el cabello. El cristianismo, dentro de ia 
ciudad, se le aparecía á Catalina envuelto en 
las mallas de mil herejías supersticiosas; y sólo 
algunos lampos de llama viva de fe, venidos del 
desierto, la atraían, momentáneamente, como 
atrae toda fuerza. Los solitarios...» 

Polilla, que trepidaba, salta al fin. 

— Sí, sí; buenas cosas venían del desierto, 
de los padres del yermo, ¿no se dice así? ¡Entre- 
tenidos en preparar al Asia y á Europa la peste 
bubónica! 

—¿La peste bubónica? —se sorprende Lina. 



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DULCE DUEÑO 



— La pes-te-bu-bó-ni-ca. Como que no exis- 
tía, y apareció en Egipto después de que, á 
fuerza de predicaciones, lograron que no se mo- 
mificasen los cadáveres, que se abandonasen 
aquellos procedimientos perfectos de embetu- 
namiento, que los sabios (aunque sacerdotes) 
egipcios aplicaban hasta á los gatos, perros é 
icneumones... Al cesar de embalsamar, se arro- 
jaron las carroñas y los cadáveres al Mío... y 
cátate la peste, que aún sufrimos hoy. 

— Bien... — Lina alzó los hombros. — Con us- 
ted, Polilla, se aprende siempre... Pero ahora 
me gusta oir á Carranza. 

* Estábamos en los padres del desierto, los 
solitarios... Había por entonces uno muy re- 
nombrado á causa de sus penitencias aterrado- 
ras. Se llamaba Trifón. Se pasaba el año, no de 
pie sobre el capitel de una columna, á la ma- 
nera del Estilita, sino tan pronto de rodillas 
como sentado sobre una piedra ruda que el sol 
calcinaba. Cuando las gentes de la mísera ba- 
rriada de Racotis acudían con enfermos para 
que los curase el asceta, éste se incorporaba, 
alzaba un tanto la piedra, murmuraba «ven, 
hermanito», y salía un alacrán, que, agitando 
sus tenazas, se posaba en la palma seca del so- 
litario. 

Machucaba él con un canto la bestezuela, y 
añadiendo un poco de aceite del que le traían 
en ofrenda, bendecía el amasijo, lo aplicaba á 
las llagas ó al pecho del doliente y lo sanaba... » 

— ¡Absurdo!... 

—¿Polilla?... 



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« Agradecidas y llorosas, las mujerucas dei 
pueblo paliqueaban después con el Santo, refi- 
riéndole las crueldades del César Maximino, 
peor que Diocleciano mil veces; los cristianos 
desgarrados con garfios, azotados con las sogas 
emplomadas, que, al ceñirse al vientre y hen- 
dirlo, hacen verterse por el suelo, humeantes y 
cálidas, las entrañas del mártir... Y rogaban á 
Trifón que, pues tenía virtud para encantar á 
los escorpiones, rogase á Jesús el pronto adve- 
nimiento del día en que toda lengua le alabe y 
toda nación le confiese. 

— Reza también — imploraban — por que to- 
que en el corazón á la princesa Catalina, que 
socorre á los necesitados como si fuera de Cris- 
to, pero es enemiga del Señor y le desprecia. 
¡Lástima por cierto, porque es la más hermosa 
doncella de Alejandría y la más sabia, y guarda 
su virginidad mejor que muchas cristianas! 

— Sólo Dios es belleza y sabiduría — contes- 
taba el asceta—. Pero despedidos los humildes, 
gozosos con las curaciones; al arrodillarse en 
el duro escabel, mientras el sol amojamaba sus 
carnes y encendía su hirsuta barba negra — 
la idea de la princesa le acudía, le inquietaba — . 
¿Por qué no curarla también, en nombre del 
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo? Sería una 
oveja blanca, propiciatoria... 

Una madrugada - como á pesar suyo — Tri- 
fón descendió de la piedra, requirió su báculo, 
y echó á andar. Caminó media jornada arreo, 
hasta llegar á Alejandría, y cerca ya de la ciu- 
dad siguió la ostentosa vía canópica, y dere- 



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DULCE DUEÑO 



cho, sin preguntar á nadie, se halló ante la 
puerta exterior del palacio de Costo. Los escla- 
vos januarios se rieron á sabor de su facha, y 
más aún de su pretensión de ver á la princesa 
inmediatamente. 

— Decidla - insistió el solitario— que no ven- 
go á pedir limosna, ni á cosa mala. Vengo sólo á 
hablarla de amor, y le placerá escucharme. 

Aumentó la risa de los porteros, mirando á 
aquel galán hecho cecina por el sol, y cuya 
desnudez espartosa sólo recataban jirones em- 
polvados de sayo de Cilicia. 

— Llevad el recado — insistió el asceta—. Ella 
no se reirá. Yo sé de amores más que los sofis- 
tas griegos con quienes tanto platica. 

— ¡Es un filósofo!... — secretearon respetuo- 
samente los esclavos; y se decidieron á dar cur- 
so al extraño mensaje, pues Catalina gustaba 
de los filósofos, que no siempre van aliñados y 
pulcros. 

Catalina estaba en su sala peristila; á la co- 
lumnata servía de fondo un grupo de arbustos 
floridos, constelados de rojas estrellas de san- 
gre. Aplomada, en armoniosa postura, sobre 
el trono de forma leonina, de oro y mar- 
fil, envuelta en largos velos de lino de Judea 
bordados prolijamente de plata, había dejado 
caer el rollo de vitela, los versos de Alceo, y 
acodada, reclinado el rostro en la cerrada mano, 
se perdía en un ensueño lento, infinito. Hacía 
tiempo ya que, con nostalgia profunda, añora- 
ba el amor que no sentía. El amor era el re- 
mate, el broche divino de una existencia tan 



POR E. PARDO BAZÁN 



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colmada como la suya; y el amor faltaba, no 
acudía al llamamiento. El amor no se lo traían 
de lejanos países, en sus fardos olorosos, entre 
incienso y silfio, los viajeros de su padre. 

— ¿De qué me sirve — pensaba — tanto libro 
en mi biblioteca, si no me enseñan la ciencia de 
amar? Desde que lie empapado el entendimien- 
to en las doctrinas del divo Platón, que es aquí 
el filósofo de moda, siento que todo se resuelve 
en la Belleza, y que el Amor es el resplandor 
de esa belleza misma, que no puede compren- 
der quien no ama. ¡No sabe Plotino lo que se 
dice al negar que el amor es la razón de ser 
del mundo! Plotino me parece un corto de vis- 
ta, que no alcanza la identidad de lo amante 
con lo perfecto- En lo que anda acertado el 
tal Plotino, es en afirmar que el mundo es un 
círculo tenebroso y sólo lo ilumina la irriadia- 
ción del alma. Pero mi alma, para iluminar mi 
mundo, necesita encandilarse en amor... ¿Por 
quién?... 

Y las imágenes corpóreas y espirituales de 
sus procos desfilaron ante el pensamiento de 
Catalina, y, esparciendo su melancolía, rió á 
solas.— -Volvió la tristeza pronto. 

— ¿Dónde encontrar esa suprema belleza de 
la forma, que según Plotino transciende á la 
esencia? ¡Oh, Belleza! ¡Revélate á mí! ¡Déjame 
conocerte, adorarte y derretir en tu llama hasta 
el tuétano de mis huesos! 

El pisar tácito de una esclava negra, des- 
calza, bruñida de piel, se acercó. 

—Desea verte, princesa, cierto hombrecillo 

2 



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DULCE. DUEÑO 



andrajoso, ruin, que dice que sabe de amores. 

— Algún bufón. Hazle entrar. Prepara un 
cáliz de vino y unas monedas. 

Trifón entró, hiriendo el pavimento de jas- 
pe pulimentado con su báculo de nudos . Al ver 
á Catalina se detuvo, y en vez de inclinarse, la 
miró atentamente, dardeándola con ojeadas de 
fuego al través de las peludas cejas que le co- 
mían los párpados rugosos. 

— Siéntate — obsequió Catalina—, habla, di' 
de amor lo que sepas. Por desgracia no será 
mucho. 

— Es todo. Vengo de la escuela de amor, que 
es el desierto. 

—¿Eres uno de esos solitarios? En efecto, tu 
piel está recocida y baqueteada al sol. De amor 
entenderás poco, aun cuando, según dicen, no 
sois aficionados á contaminar vuestra carne con 
la furia bestial de los viciosos, lo cual ya es ca- 
mino para entender. El amor es lo único que 
merece estudiarse. Cuando razonamos de ser, 
de identidad, de logos, de ideas madres..., ra- 
zonamos de amor sin saberlo. Oye... ¿No quie- 
res pasar al caldario antes de comunicarme tu 
sabiduría? Mis esclavas te fregarán, te ungirán 
y te compondrán ese pelo. Siempre que viene 
un sofista, le fregamos. 

— Yo no soy un sofista. Vivo tan descuidado 
de mi cuerpo como los cínicos, pero es por 
atender á la diafanidad y limpieza de mi alma. 
El cuerpo es corruptible, Catalina.. ¿No has vis 
to nunca una carroña hirviendo en gusanos? 
¿A qué cuidar lo que se pudre? 



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— Como quieras... Habíame desde alguna 
distancia... 

— Catalina—empezó preguntando — ¿porqué 
no tedias casado con ninguno de tus pretendien- 
tes? Los hay gallardos, los hay poderosos. 

— Tu. pregunta me sorprende, si en efecto 
entiendes de amor. No basta que mis procos, ó 
mejor dicho, algunos de mis procos, sean ga- 
llardos, dado que lo fuesen, que sobre eso cabe 
discusión. Sería necesario que yo encarnase en 
ellos la idea sublime de la hermosura. ¿No aca- 
bas de decir que el cuerpo se corrompe? Mis 
pretendientes están ya agusanados, y aún no 
se han muerto. Yo sueño con algo que no se 
parece á mis suspirantes. No sé dónde está, ni 
cómo se llama. De noche, cuando boga Diana 
al través del éter, tiendo los brazos á lo alto, 
donde creo ver una faz adorable, cuyo encanto 
serpea por mis venas. 

— Pues eso que buscas, princesa, yo te Jo 
traigo. 

En vez de mofarse, Catalina se volvió grave. 
— Dime tu nombre, Padre— exhaló, casi á 
su pesar. 

— Trifón, el penitente. 

— ¿Cristiano? 

—Sí. 

— ¿Santo, como dicen? 

— No. El mayor de los pecadores. Bajo la 
piedra en que vivo hay un nido de escorpiones 
enconados, y así tengo á mis pasiones, sujetas 
y aplastadas por la penitencia. Pero allí están, 
acechando para hincar su aguijón. 



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DULCE DUEÑO 



— Seas santo ó bandolero, adorador de Cris- 
to, de Serapis ó de la excelsa Belleza, que es la 
única verdad... 

— ¡No blasfemes, Catalina, pobre tórtola tris- 
te que no encuentra su pareja, que gime por el 
amado! 

— Digo que seas quien fueres, para mí serás 
la misma encarnación humana de Apolo Ka- 
leocratoiy si me haces conocer la dicha de 
amar. 

— ¿Eres capaz de todo... ¡de todo! por con- 
seguirla? 

— ¿Quieres tesoros? ¿Quieres una copa de 
unicornio, llena de mi sangre? 

—La copa... Pudiera ser que la quisiese... 
no yo, sino tu amante, el que vas á conocer 
presto. ¿Tes mi fealdad? Infinitamente mayor 
es su hermosura. Y déjate de raciocinios, de 
Plotino y de Platón. Amar es un acto. Yo te 
llevo al amor y no te lo explico. No te fatigues 
en pensar. Ama. 

— Sobre ascuas pisaría por acercarme al 
que he de amar. ¿Será también un príncipe? 
Porque varón de baja estofa, para mí no es 
varón. 

— Es un príncipe asaz más ilustre que tú. 
— ¡Eso, sólo Maximino César! — se ufanó Ca- 
talina. 

— ¡Maximino, ante él... hisopo al pie del 
cedro! — Mañana, á esta misma hora, sola, 
purificada, vestidahumildemente, saldrás de tu 
palacio sin ser vista, y caminarás por detrás 
del Panoeum, hasta donde veas una construc- 



POR E. PARDO BAZÁN 



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ción muy pobre, una especie de célula, que 
llamamos ermita. El lugar estará solitario, la 
puerta franca. ¿Entrarás sin miedo? 

— No sé lo que sea temor. 

— Allí, dentro de la ermita, aguardarás al 
que has de amar en vida y más allá de la muer- 
te. Á aquel cuyos besos embeodan como el 
vino nuevo y en cuyos brazos se desfallece 
de ventura. Al que en la sombra, con recatados 
pasos, se acerca ya á tu corazón... 

Catalina cerró los ojos. Un aura vibrátil y 
palpitante columpiaba la fragancia de ios jar- 
dines. Parecía un suspirar largo y ritmado. 

Cuando abrió los párpados, había desapare- 
cido el penitente. 

La princesa pasó la noche con fiebre y des- 
velo. Vió desfilar formas é ideas madres, los 
arquetipos de la hermosura, representados por 
las maravillosas envolturas corporales de los 
dioses y los héroes griegos. Apolo Kaleocrator, 
árbitro de la belleza, apoyado en su lira de tor- 
tuga, inundados los hombros por los bucles hi- 
lados de rayos de luz; Dionisos, con el fulvo 
y manchado despojo del tigre sobre las more- 
nas espaldas tersas y recias; Aquiles (á quien 
deseó frecuentemente Catalina haber conocido 
ante Troya, envidiando á Briseida, que tuvo la 
suerte de vestirle la túnica), y el pío Eneas, el 
infiel á la mísera reina africana... ¿Sería al- 



gimo como éstos quien la aguardase en la er- 
mita? 

Que el solitario fuese un malhechor y la 
atrajese á una celada, no lo receló Catalina ni 
lia instante. Podría acaso ser un hechicero: 
acusábase á los cristianos de practicar la ma- 
gia. Sin duda, para resistir así el martirio, po- 
seían secretos y conjuros. Quizás iban á em- 
plear con ella el filtro del amor... ¡Por obra de 
filtro, ó como íuese, la princesa ansiaba que el 
amor se presentase! ¡Amar, deshacerse en 
amor, que el amor la devorase, cual un león 
irritado y regio! — Siguió las instrucciones de 
Trifón exactamente. Se bañó, purificó y perfu- 
mó, como en día de bodas; se vistió interior- 
mente tunicela de lino delgadísimo, ceñida por 
un cinturón recamado de perlas; y, encima, 
echó la vestimenta de burdo tejido azul lanoso 
que aun hoy usan las mujeres fellaAs, el pue- 
blo bajo de Egipto. Calzó sandalias de cuerda, 
igual que las esclavas, mullendo antes con 
seda la parte en que había de apoyar la planta 
del pié. Un velo de lana tinto en azafrán en- 
volvió su cabeza. Así disfrazada y recatada, 
salió ocultamente por una puerta de los jardi- 
nes que caía al muelle, y se confundió entre 
el gentío. -Costeado el muelle, torció hacia la 
avenida de las Esfinges, cuyo término era la 
subida especial del Panoeum ó santuario del 
dios Pan, montañuela cuya vertiente opuesta 
conducía á la ermitilla, emboscada entre pal- 
meras y sicómoros.» 

— Oiga usted— zumbó Polilla—. ¿Sabe usted 



POR E. PARDO BAZÁN 



23 



que me va pareciendo un poco ligerita de cas- 
cos la princesa? Si no la declarasen ustedes 
santa... 

— Don Antón — amenazó Lina—, ó me deja 
usted oir en paz, ó le expulso ignominiosa- 
mente. 

«A un lado y á otro de ,1a monumental aveni- 
da alineábanse, sobre pedestales de basalto, las 
Esfinges de granito rosa, de dimensiones se- 
micoiosales. A los rayos oblicuos del sol mu- 
riente, el pulimento del granito tenía tersuras 
de piel de mujer. Las caras de los monstruos 
reproducían el más puro tipo de la raza egip- 
cia, ojos ovales, facciones menudas, barbillas 
perfectas; el tocado simétrico hacía resaltar la 
delicada corrección del melancólico perfil. 
Hasta la cintura, el cuerpo de las Esfinges era 
femenino, pero sus brazos remataban en ga- 
rras de fiera, cuyas uñas aparentaban hincarse 
en la lisura del pedestal. Dijérase que se con- 
traían para desperezarse y saltar rugiendo. 
Sintió Catalina aprensión indefinible. Respiró 
mejor al acometer la subida espiral que con- 
ducía al Panoeum, entre setos de mirto, el ar- 
busto del numen, que de trecho en trecho en- 
florecían las rosas de Hathor Afrodita, encendi- 
das sobre el verdor sombrío de la planta sa- 
grada. La brisa de la tarde estremecía los pé- 
talos de las flores, y el espíritu de Catalina 
temblaba un tanto, en la expectativa de lo des- 
conocido. 

Pasó rozando con el templo y descendió la 
otra vertiente. Detrás del santuario asomaba 



i 



24 DULCE DUEÑO 



una colina inculta, y en un repliegue del terre- 
no se agazapaba la ermita humilde; una cons- 
trucción análoga á las del barrio de Raeotis, de 
adobes sin cocer y pajizo techo. En la cima una 
cruz de caña revelaba la idea del edificio. La 
reducida puerta se abría de par en par. Catali- 
na la cruzó; allí no había alma viviente. En el 
fondo, un ara de pedruscos desiguales soporta- 
ba otra cruz no menos tosca que la del frontis- 
picio, y en grosero vaso de barro vidriado se 
moría un haz de nardos silvestres. La princesa, 
fatigada, se reclinó en el ara, sentándose en el 
peldaño de piedra que la sostenía. Rendida por 
el insomnio calenturiento de la noche anterior, 
anestesiada por la frescura y el silencio, se ale- 
targó, como si hubiese bebido cocimiento de 
amapolas. Y he aquí lo que vió en sueños: 

Subía otra vez por la avenida de las Esfin- 
ges, pero no al caer de la tarde, sino de noche, 
con el firmamento turquí todo enjoyado de 
gruesos diamantes estelares. Bajo aquella luz 
titiladora, los monstruos semi -hembras, de gru- 
pa viril, parecían adquirir vida fantástica. Es- 
tirándose felinamente, se incorporaban en los 
zócalos, y crispaba los nervios el roce de sus 
uñas sobre la bruñida dureza del pedestal. Sus 
caras humanas, perdiendo la semejanza, adqui- 
rían expresión individual, se asemejaban á 
personas. Catalina, atónita, reconocía en las 
Esfinges tan pronto á sus pretendientes desai- 
rados, como á los sofistas y ergotistas que dis- 
cutían en su presencia. Allí estaban Mnesio, 
Teopompo, Carióles, Gnetes, sus contertulios, 



POR E. PARDO BAZÁN 



25 



erizados de argucias, duchos en la controver- 
sia, discípulos del Peripato algunos, los más 
de Platón. De $us labios fluían argumentos, 
demostraciones, objeciones, definiciones, un 
murmurio intelectual que resonaba como el 
oleaje; marea confusa en que flotan las no- 
ciones de lo creado y lo increado, lo sensible 
y lo inteligible, las substancias inmutables y 
los accidentes perecederos; y en conjunto, al 
fundirse tantos conceptos en un sonido único, 
lo que se destacaba era una sola palabra: 
Amor. 

Y las otras Esfinges, que tenían el semblan- 
te de los desairados procos, murmuraban tam- 
bién con tenaz canturía: Amor; y sus ojos chis- 
peaban, y sus garras se encorvaban para ini- 
ciar el zarpazo, y gañían bajo y lúgubre, como 
chacales en celo, y un aliento hediondo salía 
de sus bocas, y su cuarto trasero de animales 
se enarcaba epilépticamente. Catalina empren- 
día la fuga, y la hueste de fieras, á su vez, co- 
rría, galopaba, hiriendo la arena y soliviantán- 
dola con sus patas golpeacloras, La desatada 
carrera de los monstruos, su jadear anheloso 
tras la presa, era como el desborde enfurecido 
de un torrente. No podía acelerar más su hui- 
da la princesa: angustiada, apretaba contra el 
pecho sus vestiduras, en las cuales ya dos ve- 
ces había hecho presa la zarpa de las Esfin- 
ges. — Me desnudarán — calculaba — , y cuando 
caiga avergonzada y rendida, se cebarán en 
mí... — El horror activaba su paso. Los pies, ro- 
tas las sandalias, se herían en los guijarros, se 



26 



DUEÑO 



deshonraban con el polvo; y, en medio de su 
espanto, aún deploraba Catalina: — ¡Mis pies de 
rosa, mis pies pulidos como ágatas, mis pies 
sin callosidad! ¡Se me estropean! ¡A/y pies 
míos! 

Paralizado de fatiga el corazón, iba á des- 
plomarse, cuando se le ofreció un asilo, la boca 
de una cueva... la ermita. Débil lucecilla ardía 
dentro. Catalina se precipitó... y creyó en una 
pesadilla. Detrás no había nadie; ni rastro de 
los monstruos. Sólo se veía , á lo lejos, la blanca 
mole marmórea del Panoeum, y por dosel el 
cielo claveteado de luminares, á guisa de manto 
triunfal. 

Ancha inspiración dilató los pulmones de 
Catalina. Su sangre circuló rápida, deliciosa- 
mente distribuida por los casi exánimes miem- 
bros. Una luz difusa comenzó á flotar en el aire; 
la cueva se iluminó. La luz crecía y era como 
de luna cuando al nacer asoma color de fuego, 
reflejando aún los arreboles solares. Y en el 
foco más luminoso, abriéndose paso, surgieron 
dos figuras: una mujer y un hombre. Ella pa- 
recía de más edad, pálida, marchitos y entume- 
cidos los párpados por el sufrimiento; él era 
garzón, y á su juventud radiante acompañaba 
belleza portentosa. Catalina, juntando las ma- 
nos, le miró con enajenamiento. Ni había visto 
un sér semejante, ni creía que pudiese existir. 
Curiosa en estética, solía ordenar que le presen- 
tasen esclavos hermosos, no con fines de impu- 
reza, sino para admirar lo perfecto de la for- 
ma en las diversas razas del mundo. Los com- 



POR E. PARDO BAZÁN 



¿7 



paraba á las creaciones de Fidias, á los sacros 
bultos de las divinidades, y comprendía que por 
modelos así se forjan las obras maestras. Pero 
el aparecido era cien veces más sublime. Á la 
perfección apolínica de la forma reunía una ex- 
presión superior á lo bello humano. Desde sus 
ojos miraba lo insondable. Emitían claridad sus 
cabellos partidos por una raya, irradiando en 
bucles color de dátil maduro, y la majestad de 
su faz delicadísima era algo misterioso, que se 
imprimía en las entrañas y salteaba la voluntad. 
El mozo debía de ser un alto personaje, como 
había dicho Trifón: más alto que el César. Sus 
pies desnudos se curvaban, mejor delineados 
que los clel Arquero. Sus manos eran marfil 
vivo. Y Catalina, postrada, sintió que al fin el 
Amor, como un vino muy añejo cuya ánfora 
se quiebra, inundaba su alma y la sumergía. 
Tendió los brazos suplicante. El mozo se volvió 
hacia la mujer que le acompañaba. 

— ¿Es esta la esposa, madre mía? 

— Esta es — afirmó una voz musical, ine- 
fable. 

— No puedo recibirla. No es hermosa, No la 
amo... 

Y volvió la espalda. La luz lunar y ardiente 
se amortiguaba, se extinguía. Los dos persona- 
jes se diluyeron en la sombra. 

Catalina cayó al suelo, con la caída pesada 
del que recibe herida honda de puñal. Poco á 
poco recobró el conocimiento. Se levantó; al 
pronto no recordaba. La memoria reanudó su 
cadena. Fué una explosión de dolor, de bo~ 



28 



DULCE DUPÑO 



chorno. ¡Ella, Catalina, la sabia, la deseada, la 
poderosa, la ilustre, no era bella, no podía ins- 
pirar amor! 

Salió de la ermita y caminó paso á paso, ya 
bajo la verdadera luz de Selene: había anoche- 
cido por completo. Las Esfinges, inmóviles so- 
bre sus zócalos de negro basalto, no la hostili- 
zaron; sólo la impusieron la majestad de su 
simetría grandiosa. Costeando el muelle, don- 
de cantaban roncas coplas los marineros beo- 
dos, se deslizó hasta el palacio. Las esclavas 
acudieron, disimulando la extrañeza y la ma- 
licia con servil solicitud. Aprestaron el baño 
tibio, presentaron los altos espejos de bruñida 
plata. Y la princesa, arrancándose el plebeyo 
disfraz, se contempló prolijamente. ¿No era 
hermosa? Si no lo era, debía morir. Lo que no 
es bello no tiene derecho á la vida. Y, además, 
ella no podía vivir sin aquel príncipe descono- 
cido que la desdeñaba. Pero los espejos la en- 
viaron su lisonja sincera, devolviendo la ima- 
gen encantadora de una beldad que evocaba 
las de las Deas antiguas. Á su torso escultural 
faltaba solo el cinturón de Afrodita, y á su ca- 
beza noble, que el oro calcinado con reflejos de 
miel del largo cabello diademaba, el casco de 
Palas Atenea. Aquella frente pensadora y aque- 
llos ojos verdes, lumínicos, no los desdeñarla 
la que nació de la mente del Aguileño. ¿No ser 
hermosa? El príncipe suyo no la había visto... 
¡Acaso el disfraz de la plebe encubría el brillo 



POR E. PARDO BAZÁN 



29 



de la hermosura! Era preciso buscar al apare- 
cido, obligarle á que la mirase mejor; y para 
descubrir dónde se ocultaba, hablar á Trifón, 
el Solitario. 

Cón fuerte escolta, en sil litera mullida de 
almohadones, al amanecer del siguiente día, la 
hija de Costo emprendió la expedición al de- 
sierto. Su cuerpo vertía fragancia de nardo 
espique; su ropaje era de púrpura, franjeado 
de plumaje de aves raras, por el cual, á la luz, 
corrían temblores de esmeralda y cobalto; sus 
pies calzaban coturnillos traídos de Oriente, 
hechos de un cuero aromoso; y de su cuello se 
desprendían cascadas de perlas y sartas de 
cuentas de vidrios azul, mezcladas con amule- 
tos. Ante la litera, un carro tirado por fuertes 
asnos conducía provisiones, bebidas frías y ta- 
pices para extender. En pocas horas llegaron á 
la región árida y requemada, guarida de los 
cenobitas. Cuando descubrieron á Trifón, le to- 
maron al pronto por un tronco seco. Un pájaro 
estaba posado en sus hombros, y voló al acer- 
carse la comitiva. 

Catalina ordenó distanciarse á su séquito; 
descendió y se acercó, implorante, al asceta. 

— Vengo— impetró — á que me devuelvas lo 
que me has quitado. ¡Dame mi serenidad, mi 
razón! ¡El dardo me ha herido, y no sé arran- 
cármelo! Dime dónde está él, é iré á encontrar- 
le entre áspides y dragones. Si no le parezco 
hermosa, haz por tus artes de magia y tu sabi- 
duría que se lo parezca. Ó hazme morir, pues 
con la vida no puedo vivir ya...» 



30 



DULCE DUEÑO 



Se interrumpió á sí mismo el narrador, ad- 
virtiendo: 

— Esta frase que atribuyo á Santa Catalina, 
es la madre Santa Teresa de Jesús quien se la 
atribuye primero en unos versos que la dedica 
y donde se declara su rival «pretendiente á go- 
zar de su gozo». 

— Pues yo recuerdo — asintió Lina — otra 
poesía de Lope de Vega, si no me engaño, de- 
dicada á la misma Catalina Alejandrina... ¡No 
es nada lo que pondera el Fénix á la hija de 
Costo! 

«Una palma victoriosa 
de tres coronas guarnece, 
por sabia, mártir, y virgen, 
candida, purpúrea y verde...» 

— Hay una glosa — advirtió Carranza— que 
la llama «segunda entre las mujeres...» ¡Oh!, 
Santa Catalina de Alejandría es una fuente de 
inspiración para el arte. Desde Memmling y 
Luini, hasta el Pinturiccio que la retrató bajo 
los rasgos de Lucrecia Borgia, y el desconoci- 
do autor de esta prodigiosa placa, los cuadros 
y los esmaltes y las tallas célebres se cuentan 
por centenares. 

— ¡Claro, la imaginación desatada! ¡Una 
mujer guapa y que disputaba con filósofos! — 
criticó Polilla — . En fin, siga usted, amigo Ca- 
rranza, que ahora viene lo inevitable en tales 
historias: la conversioncita, los sayones, el cielo 
abierto, un angélico que desciende, á estilo 



POR E. PARDO BAZÁN 



31 



Luis XV, portador de una guirnalda con un 
lazo azul... 

— Polilla, es usted un espíritu acerado é im- 
placable -aseveró Lina — . Sólo le ruego que 
nos deje seguir escuchando. 

«Permanecía Catalina á lo? pies del sólita • 
rio, arrastrando, entre el polvo seco, su ropaje 
magnífico. Su seno, en la angustia de la espe- 
ranza, se alzaba y deprimía jadeando. Tritón 
la contempló un instante, y al fin, con penoso 
crujido de junturas, descendió del asiento. Bus- 
có entre sus harapos la ampoJlita de aceite^ 
y ejecutando movimiento familiar desvió el pe- 
drusco, bajo el cual vio Catalina rebullir, en 
espantable maraña, la nidada de alacranes. Al- 
zando los ojos al cielo metálico de puro azul, 
el penitente pronuiició la fórmula consagrada: 

— Ven, hermanito.... 

Un horrible bicharraco se destacó del grupo 
y avanzó . Catalina le miró fascinada, con gTima 
que hacía retorcerse sus nervios. La forma de la 
bestezuela era repulsiva, y la Princesa pensaba 
en la muerte que su picadura produce, con fie- 
bre, delirio y demencia. Veía al insecto reple- 
gar sus palpos y erguir, furioso, su cauda em- 
ponzoñada, á cuyo remate empezaba la eyacu- 
lación del veneno, una clara gotezuela. Ya 
creía sentir la mordedura, cuando de súbito el 
escorpión, amansado, acudió á la manorai- 
gambrosa que Trifón le tendía, y el asceta, es- 
trujándolo sin ruido, lo mezcló y amasó con el 
óleo. 

—Abre tus ropas, Catalina, y aplica esta 



32 



mixtura sobre tu corazón enfermo — mandó 
imperiosamente. 

Catalina, sin vacilar, obedeció. Trifón se 
había vuelto de espaldas. Al percibir el frío del 
extraño remedio sobre la turgente carnosidad, 
su corazón saltó como cervatillo que ventea el 
arroyo cercano. Bienestar delicioso, en vez de 
fiebre, notó la princesa, y como si se desenfi- 
lase su luenga sarta de perlas índicas, lágrimas 
vehementes de amor fueron manando á lo largo 
de sus mejillas juveniles. Por un instante aquel 
entendimiento peregrino, adornado con tantas 
galas sapienciales, se embotó y apagó, y sólo 
el corazón, liquidándose y derritiéndose, fun- 
cionó activo. 

— Soy cristiana — protestó sencillamente, 
comprendiendo. 

Corrió Trifón al pozo donde colmaban sus 
odres los peregrinos que venían á consultarle; 
hizo remontar ei cangilón que se rezumaba, y 
tomando agua en el hueco de la mano, la de- 
rramó sobre la cabeza inclinada de la virgen, 
profiriendo las palabras: 

— En el nombre... 

Aún no había descruzado las palmas Cata- 
lina, cuando el solitario anunció: 

—Vuelve mañana á la misma hora á la er- 
mita. Allí estará ¿1. 

— ¿Y le pareceré hermosa?... 

— Tan hermosa, que se desposará con- 
tigo. 

Una corriente de beatitud recorrió las venas 
de Catalina. El misterio empezaba á revelarse» 



POR E. PARDO BAZÁN 



33 



Platón se lo había balbuceado al oído, y Cristo 
se lo mostraba resplandeciente. 

— ¿Qué debo hacer para agradar á mi Es- 
poso, Trifón? — interrogó sumisa. 

— Hallar en él á la hermosura perfecta; en 
él y sólo en él. Y si llega el caso, proclamarlo 
sin miedo. Ve en paz, Catalina Alejandrina. 
Cuando vuelvas á ver á Trifón, será un día ra- 
diante para ti. 

A paso tardo, la princesa regresó adonde 
aguardaba su séquito. Extendidos los tapices, 
el refresco esperaba. Frutos sazonados y golo- 
sinas con miel y especias tentaban el apetito. 
Ella picó un gajo de uvas, sin sed. 

— Refrescad vosotros... Todo es para vos- 
otros... 

Al balanceo de la litera se durmió con sue- 
ño de niña, sin pesadillas ni calenturas. Ale- 
targada, la trasladaron á su lecho de cedro in - 
crustado de preciosos metales. Al despertar, re- 
constituida por tan gustoso dormir, su primera 
idea fué de inquietud. ¿Sería cierto que iba á 
ver al Esposo? ¿La juzgaría hermosa ahora? 
¿No proferiría, con igual desdén que la vez pri - 
mera, en aquella voz que rasgaba las telillas 
del alma: no es hermosa, no la amo? 

Por la tarde, vuelta á disfrazar, siguió la co- 
nocida ruta. Las Esfinges, impenetrables, no 
crisparon sus uñas graníticas. Su enigmática 
quietud no estremeció, cual otras veces, á la 
princesa, que las suponía sabedoras y guarda- 
doras del gran misterio. Ascendió ágilmente 
por la espiral del Panoeum. Las rosas de Ha- 

3 



34 



DULCE DUEÑO 



thor se deshojaban, lánguidas del calor del día, 
y en el centro de un círculo de mirtos, especie 
de glorieta, el dios lascivo se erguía en forma 
de hermes obsceno, por el cual trepaba una 
hiedra. La leche y la miel de las ofrendas tribu- 
tadas por los devotos en libación goteaban aún 
á lo largo del cipo. Catalina, que nunca había 
dado culto á los caprípedes, ni á la Afrodita li- 
bidinosa, sintió con violencia la náusea de 
aquel santuario, y se encontró llena de menos- 
precio hacia los dioses carnales, y hasta supe- 
rior á sus antiguos númenes. 

Apretó el paso para salir del Panoeum y re- 
fugiarse en la ermita. Estaba desierta... 

¡El penitente la había engañado! ¡Su Esposo 
no venía! 

Con la faz contra el suelo, en tono de arru- 
llo y de gemido, le llamó tiernamente. — Ven,, 
ven, amado, que no sé resistir. Quien te ha 
visto y no te tiene, no puede resignarse. Heri- 
da estoy, y no sé cómo. Se sale de mí el alma 
para irse á tí... — Así se dolió Catalina, hasta 
que el sol se puso. Cuando la rodeó la obscu- 
ridad, se desoló más.. No se oía sino el cantar- 
cilio de una fuente cercana, donde solían bau- 
tizar ocultamente los cristianos á sus neófitos. 
Al ser completas las tinieblas, alzó un momen- 
to los ojos; fulguró una claridad dorada, y vio 
á la Mujer. Pero no la acompañaba el garzón 
divino de los bucles color de dátil: traía de la 
mano á un pequeñuelo que, impetuosamente, 
se arrojó á los brazos de la princesa, acaricián- 
dola. El niño, eso sí, era un portento. En su 



POR E. PARDO BAZÁN 



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cabeza se ensortijaba oro hilado y cardado. Su 
boquita de capullo gorjeaba esas ternezas que 
cautivan, y sus labios frescos corrían por las 
mejillas de Catalina, humedeciéndolas con una 
saliva aljofarada. Ella, trémula, no se atrevía á 
responder á los halagos del infante. Entonces 
la Mujer avanzó, se interpuso, y teniendo al 
niño en su regazo, cogió la mano derecha de 
Catalina y la unió á la de él, en señal de des- 
posorio. El niño, que asía un anillo refulgente, 
miraba á su madre con inocente, encantadora 
indecisión. La madre guió la hoyosa manita, y 
el anillo pasó al dedo de la novia. Terminada 
la ceremonia, el infante volvió á colgarse del 
cuello de la princesa, á besarla halagüeño. Un 
deliquio se apoderó de las potencias de Catalina 
y las dejó embargadas. El rapto duró un se- 
gundo. La hija de Costo se encontraba sola 
otra vez. 

Sin saber por qué, se alzó, echó á andar ha- 
cia la ciudad. Palpitaban miríadas de estrellas 
en el firmamento terciopeloso y sombrío; soplos 
cálidos ascendían de la tierra recocida por el 
asoleo. Y ni en el Panoeum, donde otras noches 
parejas impuras surgían de entre los arbustos; 
ni en la prolongada avenida, con su doble in- 
quietadora fila de monstruos, cuyas enormes 
sombras se prolongaban; ni en los muelles, cer- 
canos á lupanares y tabernas vinarias, encon- 
tró Catalina persona viviente. Caminaba como 
al través de una ciudad abandonada por sus 
moradores. 

En su lecho, la princesa concilió un sueño 



36 



DULCE DUEÑO 



aun más reparador y total que el de la noche 
anterior. Uno de esos sueños, después de los 
cuales creemos haber nacido nuevamente. La 
vida pasada se borra, el porvenir viene traído 
por la alegría mañanera. Un rayo solar, dando 
á Catalina en los ojos, hizo centellear en su 
dedo el anillo de las místicas nupcias. 

No había transcurrido mucho tiempo desde 
la expedición de Catalina al desierto, cuando 
el César asociado Maximino el Dacio, — residen- 
te en Alejandría porque en el reparto del Im- 
perio entre Licinio, Constantino y él, había 
correspondido Egipto á su jurisdicción — , cele- 
bró una fiesta orgiástica. Asistieron á la cena 
altos personajes de la ciudad, tribunos milita- 
res, poetas, sofistas, mozos alocados de la bue- 
na sociedad de entonces, cortesanas y sacerdo- 
tisas de Hathor. 

Después de las primeras libaciones, mien- 
tras servían en copas de ágata el néctar de 
la Tenaida, ese vino de Coptos que produce 
una exaltación entusiasta de los sentidos, pre- 
guntó el César qué se contaba de nuevo en su 
capital; y el sofista Gnetes, cretense de naci- 
miento, exclamó que era mala vergüenza que 
dejasen al divino Emperador tan atrasado de 
noticias, sin saber que la princesa Catalina 
pertenecía ya á la inmunda secta de los ga- 
lileos. 



POR ~E» PARDO BAZÁN 



37 



—¿Catalina, hija de Costo? ¿La hermosa, la 
orgullosa?— se sorprendió Maximino. 

— La misma. No conozco apostasía tan in- 
digna, ¡oh, César! Porque, en su culto á la be- 
lleza y á la ciencia, Catalina estaba consagrada 
á la Atenea y al Kaleocrator. No ha renegado de 
ningún pequeño numen campestre y familiar, 
sino de los grandes Dioses. Tú, divo — añadió 
afectando rudeza—, que tanto entiendes de her- 
mosura, pues nos enseñas hasta á los estudio- 
sos, estás obligado á informarte de lo que haya 
de cierto en este rumor. Las divinidades altas 
te tienen encomendada su defensa. 

Intrigaba así Gnetes, porque más de una 
vez había envidiado amarillamente la sabidu- 
ría de la princesa, y aunque feo y medio corco- 
vado, la suposición de lo que sería la posesión 
de Catalina le había desvelado en su sórdido cu- 
bículo. Por otra parte, todos los conmilitones 
de Maximino le pinchaban y excitaban contra 
los galileos, pues habiendo llegado á ser uno 
de los placeres y deportes imperiales el presen- 
ciar suplicios, si no se utilizaba á los nazarenos 
para este fin, podría darle á César el antojo de 
ensayar con algún amigo y convidado. Los 
martirios eran más divertidos que las luchas de 
la arena, y cuando se trata de una altiva bel- 
dad, hay la contingencia de poder verla, arran- 
cadas sus ropas á girones por el verdugo... 

Maximino quedaba silencioso, reflexionan- 
do. Pensaba en Catalina; no tanto en su be- 
lleza, como en su fama de ciencia y de exqui- 
sitez en la vida, y en su energía y resolución,, 



38 



DULCE DUEÑO 



dotes que la hacían curiosa y deseable. Acor- 
dábase de la historia de la perla que fué de 
Cleopatra, y de las probables aspiraciones de 
Catalina á encarnar el sentimiento patriótico 
de los egipcios. Y acudían á su mente las no- 
ticias de los tesoros de Costo, de sus simpatías 
entre los serapistas, de sus continuos viajes á 
provincias lejanas, donde tal vez conspirase 
contra los emperadores asociados. Todo esto lo 
confirió consigo mismo, sin dignarse contes- 
tar al chismoso pinchazo del sofista. Habían he- 
cho irrupción en la sala del festín las bailari- 
nas con sus crótalos y sus túnicas sutiles de 
gasa, y se escanciaban ya otros vinos: el de Ma« 
reotis, aromoso; los de Grecia, sazonados con 
pez; los de Italia, alegres y espumantes. Una 
hora después, el César, en voz incierta, llama- 
ba á su confidente Hipermio, y le daba una 
orden. Hipermio se encogía de hombros. Tenía 
establecido el propio Maximino que no se obe- 
deciesen las disposiciones que pudiese adoptar 
en la mesa, mientras el espíritu de la vid corría 
por sus venas y tupía con vapores su cerebro. 

A la mañana siguiente, el César repitió la 
orden. Tenía ya despejada la cabeza, aunque 
dolorido el cuero cabelludo y revuelto el estó- 
mago. Un tedio entumecedor le abrumaba, y, 
como sufría, no le era desagradable la perspec- 
tiva de hacer sufrir. Sin embargo, bajo el ins- 
tinto cruel latía un designio político, dictado 
por el continuo recelo que le infundía la am- 
bición firme y consciente del temible Constan- 
tino, su socio, 



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— Redacta — ordenó á su secretario — un 
edicto para que sean ofrecidos sacrificios pú- 
blicos á los Dioses. Es preciso que vayan ex- 
tinguiéndose las viejas supersticiones egipcias, 
y atarles corto á los adoradores del Galileo, 
que andan envalentonados y nos desafían. Que 
sepan que Alejandría pertenece á Maximino. 

— ¡A quien Jo ve otorgue el imperio entero! — 
deseó Hipermio, que estaba presente y conocía 
lo que soñaba César. 

— ¿No te di anoche esta orden misma? 

— Sí, Augusto; pero ya sabes . .. 

Maximino frunció el ceño, y, secamente, 
pronunció la fórmula: 

— ¡Cúmplase! 

En todas las esquinas de las calles, en me- 
dio de las plazas, se elevaron altares enrama- 
dos de hiedra y flores, donde se degollaban 
con aparato becerras, cabras, novillos y hasta 
cerdos. Los sacrificadores y los hierofantes an- 
daban atareadísimos. Parte del pueblo se rego- 
cijaba, porque, además de la perspectiva de los 
cristianos que se negarían á sacrificar y serían 
torturados, se celebraban ya todas las noches, 
en el Panoeum, priápeas sacras, y las sacer- 
dotisas, representando ninfas, y los sacerdo- 
tes, envueltos en pieles de chivo, daban el 
ejemplo de torpezas que divertían á la gentu- 
za. Sin embargo, no pocos fieles á Serapis y á 
Ja gran Isis veían con reprobación estas mas- 
caradas repugnantes, y los cristianos, horro- 
rizados, anunciaban fuego del cielo sobre la 
ciudad. Muchos, sin miedo, resistían el sacri- 



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DULCE DUEÑO 



ficio, ó pasaban erguidos sin dar señal de res- 
peto álos númenes; y las cárceles empezaron á 
abarrotarse de presos. El César sentía la falta de 
unidad: tres Alejandrías, en vez de una Roma, 
le preocupaban. ¿Irían á sublevársele? Ordenó 
que se soltase á la mayor parte de los encarce- 
lados, y preguntó ansiosamente: 

— ¿Y la princesa Catalina? ¿Cumple el de- 
creto? 

—No, Augusto—satisfizo Hipermio— . De- 
lante de su palacio no hay altar, á pesar de que 
se le ordenó que lo construyese, con la riqueza 
que tan espléndida morada exige. 

— Es preciso que hoy mismo se me presen- 
ten aquí ella y su padre. 

— César..., en cuanto á su padre, no creo 
que pueda ser acatado tan pronto tu mandato, 
porque se ha ausentado, nadie sabe adónde, 
después de decir que, auncuando sus creencias 
son las del antiguo Egipto, gustoso sacrificaría 
á Apolo, porque le considera igual á Osiris, y, 
como él, representa el principio fecundador. 
La que se ha negado resueltamente es la prin- 
cesa. 

—¿Se ha negado, eh? Pues que sea condu- 
cida aquí. Deseo hablar con ella y cerciorarme 
de que su alto ingenio no la ha librado de caer 
en las supersticiones del populacho judío. 

Cuando entró Catalina en la magnífica sala 
peristila donde el César daba sus audiencias, él 
la contempló, como se mira la joya que se co- 
dicia, sin atreverse á echarle mano aún. Venía 
la hija de Costo regiamente ataviada: su túni- 



POR E. PARDO BAZÁN 



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ca sérica, del azul de las plumas del pavo real, 
estaba recamada de gruesos peridotos "verdes 
y diamantes la'brados, como entonces se la- 
braban, en la forma llamada tabla. Sus plie- 
gues majestuosos realzaban la figura dianesca, 
lanzal y erguida, que, lejos de inclinarse hu- 
milde y bajar los ojos como la mayoría de las 
cristianas, se enhiestaba con la altiva nobleza 
del que se siente superior, no sólo á la vida co- 
mún, sino al común destino. La inteligencia 
destellaba en la blanca y espaciosa frente, en 
los verdes dominadores ojos, en la boca grave, 
pronta á dejar efiuir la sabiduría. Sobre el re- 
ducido escote, pendiente de la garganta tor- 
neada, la célebre perla de Cleopatra Lagida 
tiembla, pinjante, sostenida por un hilo delga- 
do de oro. Una diadema sin florones, toda in- 
crustada de pedrería, semejante á las que más 
tarde lucieron las emperatrices de Bizancio, re- 
cuerda la aha categoría de la princesa. Un velo 
de gasa violeta pende del atributo regio y cae 
hasta el borde del ropaje. Su calzado, de cuero 
árabe con hebillaje de plata, cruje armoniosa- 
mente á la euritmia del andar. 

— César, aquí estoy. Deseo saber por qué me 
llamas. 

Maximino, indeciso, señaló á un escaño. 
Catalina recogió su velo, se envolvió en él y se 
sentó tranquila. 

— Me han dicho, princesa, que te has hecho 
galilea hace poco tiempo. 

— Te engañaron, emperador... — Después de 
breve pausa. — Yo era cristiana ya, desde hace 



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DULCE DUEÑO 



años. Lo era por mis ideas platónicas, por mi 
desprecio de la sensualidad y la brutalidad. Era 
cristiana porque amaba la Belleza... En fin, Au- 
gusto, creo que te aburriría si te expusiese 
teorías filosóficas. Espero tus órdenes para reti- 
rarme. 

— No soy tan docto como tú, princesa —iro- 
nizó el César, mortificado—, pero sé que, cuando 
se está bajo las leyes de un Imperio, hay que 
acatarlas, porque de la obediencia á la ley na- 
cen el orden y la fuerza del Estado. Cuanto 
más elevadas sean las personas, más estrecho 
es el deber para ellas. Y, con toda tu ciencia y 
tu erudición, hoy, delante de mí, sacrificarás 
una primorosa becerra blanca. 

— Maximino — se afianzó ella, arreglando los 
pliegues del velillo — , yo, en principio, no me 
niego á nada que mi razón apruebe. Supongo 
que esto te parecerá muy justo. Convénceme de 
que Apolo y la Demeter son verdaderos Dioses 
y no símbolos del Sol, de la Tierra, de cosas 
materiales... y sacrificaré. 

— Catalina — insistió Maximino — , ya te he 
dicho que no soy un retórico ni un sofista, y no 
he aprendido á retorcer argumentos. El com- 
bate sería desigual. 

—No se trata de ti ¡oh, Augusto! Te respeto, 
créelo, tal cual eres. Me ofrezo á discutir, á 
presencia tuya, con cuantos filósofos te plazca. 
Siles venzo, César..., ¡prométeme que adorarás 
á Cristo! Hazlo, ¡oh, Dacio!, si quieres reinar 
largos años y morir en tu lecho. 

—Convenido, Catalina. ¡Tú igualarás á Pa- 



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las Atenea, pero algún sabio habrá en el orbe 
que sepa más que tú! 

— Sabe más que todos Aquel que llevo en el 
corazón. 

— ¡Dichoso él!— Y la sonrisa del César fué 
atrevida, mientras eran galantes y rendidas sus 
palabras. 

El amor propio envenenaba, en el alma de 
Maximino, la flecha repentina del deseo huma- 
no. Hijo de un obscuro pastor de Tracia, siem- 
pre le había molestado ser ignorante. Quisiera 
poseer la inspiración artística de Nerón, la filo- 
sofía de Marco Aurelio, la destreza política de 
Constantino. Despachó correos que avisaron en 
Roma, Grecia, Galilea y otras apartadas re- 
giones á los retóricos y ergotistas famosos. La 
recompensa sería pingüe. 

Y fueron llegando. Los más venían hara- 
pientos, cubiertos de mugre y roña, y hubo que 
darles un baño y librarles de parásitos antes de 
que el César los viese. En cambio, dos ó tres la- 
tinos drapeaban bien sus mantos cortos y alza- 
ban la limpia testa calva, perfumada con esencia 
de rosa. Unos habían heredado el arte sutil de 
Gorgias y Protágoras, otros guardaban celosos 
el culto del Peripato, la mayoría estaba empa- 
pada en Platón y Filón, y no faltaban adeptos 
del antiguo cinismo, la doctrina que pretende 
que de nada humano debe avergonzarse el 
hombre. Al saber que se les convocaba para 
justar con una princesa virgen y encantadora, 
alguno se enfurruñó temiendo burla, pero el 
mayor número se alborozó y se dejó aromar la 



44 DULCE DUEÑO 



barba gris y ungir la rasposa piel. La opinión 
de Alejandría empezaba á imponérseles, pues 
en la ciudad, por tradición, se creía que la mu- 
jer es muy capaz de discurso. 

El día señalado para el certamen, Maximi- 
no hizo elevar el solio en el patio más amplio 
de su morada, y mandó tender velarios de púr- 
pura y traer copia de escaños. El sillón de Ca- 
talina estaba enflorecido, y pebeteros de plata 
esparcían un humo suave. El César, galan- 
te, se prometía una fiesta que distrajese su 
tedio, y una querida á quien sería grato do- 
meñar. Porqué, seguro de la derrota de la 
doncella, proyectaba vengarse con venganza 
sabrosa. 

Antes de que se presentase el Augusto, los 
sabios se alinearon á la izquierda del trono; 
ocupó su puesto la guardia pretoriana; se dió 
entrada al pueblo, contenido por una balaus- 
trada de bronce, y por la puerta central apare- 
ció el César, trayendo á Catalina de la mano. 
Se oyó ese murmullo de admiración, que reso- 
naba entonces como ahora. Catalina no debía 
de ser de la secta galilea, cuando no había re- 
nunciado á su fastuoso vestir. Quizás para dar 
mayor solemnidad á su pública confesión de la 
fe, venía más ricamente ataviada que nunca, 
surcada por ríos de perlas, que se derramaban 
por su túnica blanca con realces argentinos, 
como espumas de un agua pálida. Su velo tam- 
bién era blanco, y coronaba su frente ancho aro 
todo cuajado de inestimables barehets ó esme- 
raldas orientales, traídas del alto Egipto, cerca 



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del Mar Rojo, donde, según la leyenda, las 
habían extraído los Arimaspes pigmeos, lu- 
chando con los feroces grifos que las custodia- 
ban en las entrañas de la tierra. Lucía en su 
garganta la perla de la reina de Egipto, y al pe- 
cho, la Cruz. Los ojos imperiosos y serenos de 
Catalina, más lumbrosos y glaucos que las es- 
meraldas, recorrían el copcurso, queriendo adi- 
vinar quién de aquellos, herido por el dardo de 
la gracia, iba á seguirla hacia Jesús. Y su mi* 
rada de agua profunda parecía elegir, señalan- 
do para el martirio y la gloria. 

Antes de empezar la disputa, se esperaba la 
orden del emperador. Maximino alzó la mano. 
Y salió primero á la palestra aquel envidioso 
Gnetes, el denunciador de Catalina. 

Habló con la malicia del que conoce el pa- 
sado del adversario, y lo aprovecha. Recordó á 
Catalina su culto de la Hermosura, y alegó que 
la forma es superior á todo. Insinuó que la 
princesa, idólatra de la forma, buscaba en las 
líneas de los esclavos las semejanzas de los 
Dioses. Esta fué una untura de calumnia que 
preparó el terreno para que la hija de Costo 
resbalase. Un murmullo picaresco zigzagueó al 
través de la concurrencia; varios cristianos, 
que entre ella habían tomado puesto, fruncie- 
ron las cejas, indignados. Gnetes, en un período 
brillante, increpó á Catalina por haberse apar- 
tado del culto de Apolo Kaleocrator, árbitro 
inmortal de la estética, padre del arte, que so- 
brevive á las generaciones y las hechiza eter- 
namente. Y en arranque oratorio, señaló á la 



46 DULCE DUEÑO 



blanca estatua del Numen, un mancebo des- 
nudo, coronado de rayos. 

Catalina se levantó á refutar brevemente. 
Ella, que siempre había profesado la adoración 
de la Belleza, ahora la conocía en su esencia 
suprasensible. No desdeñaba al simulacro apo- 
línico, pero sabía que Apolo Helios era el Sol, 
mero luminar de la tierra, criatura de Dios, 
perecedero y corruptible como toda criatura. Si 
el mito solar tenía otras infames representacio- 
nes en las procesiones itifálicas, al menos la de 
Apolo era artística, era lo noble, lo sublime de 
la estructura humana. En este sentido, Catali- 
na no estaba á mal con el Numen. 

Los sabios cuchichearon. No podían, bas- 
tantes de ellos, desconocer ni negar la doctri- 
na platónica. En la conciencia filosófica el pa- 
ganismo oficial era cosa muerta. Pero en el 
gentío, los paganos gruñían con terror maqui- 
nal: — ¡Ha blasiemado del divino Arquero! 

Gnetes, sin embargo, no acertaba á repli- 
car. En el fondo de su alma él tampoco creía en 
el numen de Apolo, aunque sí en su apariencia 
seductora y en la energía de sus rayos. Y la 
verdad, subiéndosele á la garganta, le atasca- 
ba la voz en la nuez para discutir. Empavore- 
cido, reflexionaba: — ¿Acaso pienso yo entera- 
mente como Catalina? — Y se propuso disimu- 
larlo, fingiendo indignación ante la blasfemia. 

Salía ya á contender el egipcio Necepso, em- 
papado en Filón y Plotino, y cuya fama emu- 
laba á la de Porfirio, el que había publicado los 
Tratados del maestro. Ocurrió entonces algo 



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singular: Catalina solicitó permiso para adelan- 
tarse á los razonamientos de Necepso, y to- 
mando la ofensiva expuso las mismas teorías 
del filósofo, encontrando en ellas plena confir- 
mación del cristianismo. Limitándose á atener- 
se á las enseñanzas de Plotino, mostró á este 
insigne pensador desenvolviendo la idea de 
la Trinidad, de la divina hipóstasis, en que el 
Hijo es el Verbo; y expuso su doctrina de 
que el alma humana retorna á su foco celes- 
tial por medio del éxtasis y de la contem- 
plación. 

— Tú, como yo, Necepso — urgía Catalina — ; 
tú, discípulo de Plotino, has sido cristiano ig- 
norando que lo eras. Por la medula con que te 
nutriste vendrás á Cristo, pues el entendimien- 
to que ve la luz ya no puede dejar de bañarse 
en ella. 

Al hablar así, bajo el reflejo del velario pur 
púreo, se dijera que envolvía á la princesa un 
fluido luminoso, que una hoguera clara ardía 
detrás de sus albas vestiduras. Maximino la mi- 
raba, fascinado. ¡No, no era fría ni severa como 
la ciencia la virgen alejandrina! ¡Cómo expre- 
saría el amor! ¡Cómo lo sentiría! ¿Qué preten- 
dían de ella los impertinentes de los filósofos? 
Lo único acertado sería llevársela consigo á las 
cámaras secretas, frescas, solitarias del palacio 
imperial, donde pieles densas de salvajinas 
mullen los tálamos anchos de maderas bien 
olientes. 

Necepso, entretanto, se rendía. — Si el cris- 
tianismo es lo que enseñó Plotino, cristiano 



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DULCE DUEÑO 



soy — confesaba — . Catalina se acercó á él, son- 
riente, fraternal. 

— Cristo te coge la palabra... Acuérdate de 
que le perteneces... Ora por mí cuando llegues 
á su lado... 

Ya un centurión ponía la mano dura y ate- 
zada sobre el hombro del egipcio y le arras- 
traba hacia el altar de Apolo, ante el cual un 
viejo de barbas venerables, coronado de laurel, 
columpiaba el incensario y se lo brindaba á Ne- 
cepso. a la señal negativa de éste, dos solda- 
dos le amarraron y le llevaron fuera, á la pri- 
sión. Terminada la disputa pública, se cum- 
pliría el edicto. Necepso sería azotado en la 
plaza hasta que se descubriese al vivo la blan- 
cura de sus huesos. 

Proseguía el certamen, pero el caso de Ne- 
cepso había difundido cierta alarma entre los 
sabios. Unos temían ponerse en ridículo si 
eran vencidos por una mujer; otros temblaban 
por su pellejo si no acertaban á rebatir ^pul- 
verizar á la docta Catalina, ducha en la gim- 
nasia de la palabra y recia en el raciocinio. Al- 
gunos, al contemplarla, olvidaban los argu- 
mentos que tenían preparados. Ninguno desea- 
ba entrar en turno de pelea. Lo que hicieron 
varios fué— sin atacar á la princesa ni al cris- 
tianismo—desarrollar sus teorías y exponer la 
doctrina de sus maestros. Y desfilaron los tan- 
teos de la razón humana para descubrir la ley 
de la creación y la que rige el mundo moral. 
Amasis, que venía de Persia impregnado de 
doctrinas induas, encomió la piedad con todos 



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los seres, pues en todos hay algo de Dios; y 
Catalina le demostró que la caridad cristiana 
amansa al alacrán y le hace hermano menor 
nuestro. Un partidario de Zoroastro habló de 
Arimanes y Ormuz, principios del mal y del 
bien, y de su eterna lucha; y la princesa des- 
cribió á Cristo, sobre la montaña del ayuno, 
venciendo al demonio. Un filósofo que se había 
internado más allá de las cordilleras del Tibet, 
en busca de sabiduría ignorada, puso en las 
nubes á cierto varón venerable llamado Kung- 
see ó Confucio, muy anterior á Cristo, que pro- 
fesó altas doctrinas de justicia y moralidad, y 
ordenó que se ayudasen mutuamente los hom- 
bres; y la virgen, que conocía bien á Confucio, 
recordó sus máximas, probando que su sistema 
no pasaba de ser un materialismo limitado y 
secatón. Y un hebreo, procedente de Palestina, 
de la secta de los Esenios, en arranque inven- 
cible de sinceridad, gritó volviéndose hacia el 
concurso: — Rabí Jesuá-ben* Yusuf, que era san- 
to, se ha reducido á completar la admirable 
doctrina humanitaria de nuestro gran Hillel. 
No hagas á otros lo que no quieras que te ha- • 
gan á ti. He aquí la verdad, y esto no tiene 
refutación posible. — Catalina asintió con la 
cabeza. 

La concurrencia espumarajeaba y hervía 
como mar revuelto. El triunfo de la hija de 
Costo era visible. Los cristianos, entre el her- 
videro, se estrechaban la mano á hurtadillas. 
Los serapistas, patrióticamente, se regocijaban 
del revuelco á los númenes extranjeros. Aún 

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DULCE DUEÑO 



faltaban los sofistas griegos, muy numerosos; 
pero hallaban el terreno mal preparado. Ex- 
puestas en aquella solemne ocasión, sus ideas 
sobrado simplistas, ó rebuscadas y retorcidas, 
insólitas, sin ambiente en Alejandría, parecían 
bichos deformes que salen de su guarida á ca- 
lentarse en la solanera. Habituados bastantes 
de los que escuchaban á elevadas metafísicas, 
fruncían el entrecejo y castañeteaban los de- 
dos en señal de menosprecio al oir que un 
discípulo de Tales salía con la antigualla de 
que la substancia universal es análoga al agua, 
y uno de Anaxímenes se desgañitaba afirman- 
do que era idéntica al aire, y otro de Heráclito 
sostenía que cada cosa es y no es, y el de Ána- 
xágoras repetía que todo está en todo. Algo 
hastiados ya de la prolongación de la disputa, 
hirieron impacientes el pavimento de mármol 
con los pies, cuando un pitagórico adelantó que 
los números son la única realidad, y un eleá- 
tico sostuvo que el todo está inmóvil; que el 
movimiento no existe. Un secuaz de Gorgias 
llegó más allá, aseverando que no existe cosa 
ninguna. Y sólo se escuchó con señales de 
aprobación á un mancebo ateniense, el único 
mozo entre los mantenedores del certamen. Su 
habla era grave y dulce; sus facciones poseían 
la regularidad de las testas heroicas, en los ca- 
mafeos. Seguro de sí mismo, con labio untado 
de ática melosidad, habló de Sócrates, del ex- 
celso mártir, y encareció su enseñanza y su 
vida. Recordó que Sócrates había demostrado la 
existencia de Dios y su providencia; y que, des- 



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pués de proclamar la ley moral, por no rene- 
gar de ella había muerto. Trazó el cuadro de 
aquella muerte ejemplarísima, y describió al 
justo, tranquilo, entreteniendo en conversacio- 
nes sublimes los treinta días que tardó en re- 
gresar la fatal galera, nuncio de su última hora, 
y la calma augusta con que bebió la verde 
papilla ponzoñosa, seguro de legar la energía 
de su vida interior al género humano. Catalina 
escuchaba estremecida de inspiración, radiante 
de ardorosa simpatía. Por primera vez, durante 
todo el certamen, el escalofrío de la belleza 
moral la estremecía de entusiasmo. ¡Sócrates! 
Uno de sus antiguos cultos... Sin embargo, su 
espíritu de análisis agudo, penetrador, surgió 
en la réplica. Rehaciendo la biografía del ami- 
go de Aspasia, la comparó á la de Cristo. Só- 
crates, en su mocedad, había sido escultor, y 
nunca perdió la afición á la perecedera belleza 
de la forma. Al extravío del mundo pagano, á 
lo nefario que clama por fuego del cielo, no 
había sido tal vez ajeno Sócrates. Su noble 
alma no había sabido elevarse sobre el sentido 
naturalista de lo que le rodeaba. ¡Oh, si Sócra- 
tes hubiese podido conocer á Cristo, llorar con 
él, seguir sus pies evangelizantes! Y, transpor- 
tada, exclamaba la princesa: — ¡Habrá muerto 
Sócrates como un justo; pero Cristo, mi Señor 
y el tuyo y el de cuantos quieren tener alas, 
murió cual sólo los Dioses pueden morir! 

El ateniense bebía las palabras de la filó- 
sofa. Sin analizar lo que hubiese de verdad en 
sus afirmaciones, las sentía hincarse en su es- 



52 DULCE DUEÑO 



píritu como cortantes cuchillos de oro. Atraído, 
salió del lugar que le correspondía y se apro- 
ximó, juntando y alzando las manos lo mismo 
que si implorase á las Divinidades implacables 
y terribles. Catalina le enviaba la irradiación 
de mar misterioso y de hondas aguas de sus 
pupilas, y adelantaba hacia él, murmurando: 

— ¡Cristo es tu Dios, amado hermano; Cristo 
te ha sellado con su sangre de fuego! 

Maximino, colérico, dió una orden. El man- 
cebo, con sencilla firmeza, hizo señales nega- 
tivas al requerimiento de incensar. No estaba 
aún del todo seguro de adorar á Cristo, pero 
ansiaba, ante la princesa, realizar también él 
algo bello, con desprecio de las miserias de la 
carne. Le ataron como á Necepso, y le sacaron 
fuera. Mientras pudo, volvió la cabeza para 
mirar á su vencedora. 

No extinguido aún el rumoreo intenso, el, 
abejorreo de emoción en el auditorio, salieron 
á plaza los moralistas prácticos y los ironistas, 
que atacaron á los cristianos burlándose de sus 
ritos, costumbres y creencias. Mal informados, 
ó con podrida intención, propalaban especies 
absurdas. Uno emitió que en las Asambleas de 
los galileos se adoraba una cabeza de jumento, 
y otro relataba, lo propio que si los hubiese 
visto, ciertos conciliábulos de galileos y gali- 
leas, donde, apagadas las luces, se cometían 
torpezas indescriptibles. No faltó quien fusti- 
gase la cobardía de los cristianos, que se ne- 
gaban á formar parte del ejército; y un bufón, 
con chanzoneteo burdo, juró que sólo los es- 



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clavos podían profesar una religión que man- 
da besar el suelo y postrarnos ante quien nos 
apalea. El concurso, ya perdido el respeto á la 
presencia del César, se alborotó, descontento 
del giro bajuno y soez que tomaba la discu- 
sión. Los alejandrinos, hechos á la controver- 
sia, golosos de buen decir y de sutilezas bri- 
llantes, protestaban. Así es que cuando Catali- 
na — también irónica, cubriendo la espada de 
su indignación bajo su bordado velo virginal — 
les acribilló con burlas elegantes, con cente- 
lleos de ingenio, con sátiras que tenían la gra- 
cia juguetona del acero de Apolo al desollar al 
sátiro hediondo y chotuno — ya no se contuvie- 
ron los oyentes, y sus aclamaciones sanciona- 
ron la victoria de la princesa. — ¡Salud, salud 
á Catalina!— se oía repetir — . Y los cristianos, 
envalentonados, enloquecidos — añadían: — ¡ Sal- 
ve, doctora, maestra, confesora! ¡La Santa Tri- 
nidad sea contigo! — Algunos de los procos, que 
en primera fila esperaban la derrota de su or- 
gullos a pretendida, acababan por contagiarse, 
y pugnaban contra la valla de bronce, ansian- 
do sacar en triunfo á Cal aliña, en hombros, en- 
tre vítores. 

El emperador, de quien nadie se acordaba, 
alzó el pesado cetro. Era la señal de que la 
prueba había terminado, y la orden para que 
la guardia despejase el recinto. Descendió Ma- 
ximino los peldaños del estrado, tomó de la 
mano á la princesa, y por la puerta del fondo la 
hizo entrar en el palacio, llevándola hasta una 
sala interior. El séquito, respetuoso, se había 



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DULCE DUEÑO 



quedado atrás. El César convidó á Catalina á 
sentarse en el sillón leonino, á cuyo alrededor 
despojos de pantera y tapices de plumas em- 
blandecían el pisar. Dió luego una palmada, y 
esclavos silenciosos trajeron hielo, frutas, crá- 
teras de vinos viejos y una composición de anís, 
azafrán y zumos de plantas fortalecedoras, es- 
pecie de cordial que Maximino usaba cuando 
se sentía exhausto. 

— Bebe, princesa— dijo rendidamente, per- 
maneciendo en pie ante la hija de Costo—. Las 
fuerzas humanas tienen un límite. Yo te veía, 
y me parecías cervatilla blanca resistiendo á 
las dentelladas de los canes. Te he admirado, 
y reconozco que derrotaste á los sabios del 
mundo entero. Eres fuerte, eres docta, y, sin 
embargo, no desconoces la virtud del donaire, 
por la cual se esparce el alma. Catalina, el em- 
perador se inclina ante tu entendimiento por- 
tentoso y tu encanto que trastorna como este 
vino de la Mareótida que te ofrezco. 

Por hacer mesura, Catalina humedeció en 
la copa sus labios. 

— No estoy cansada, César. Estoy alegre y 
mis pies se despegan del suelo. He vencido. 

— Has vencido — replicó él con embeleso, li- 
bando á su vez en la copa por ella empezada — . 
No cabe negarlo. 

— Tres conquistas, por lo menos, he hecho 
para Cristo. Necepso, el socrático ateniense, 
y... y tú. Porque no habrás olvidado nuestro 
convenio. Y ante todo, que Necepso y el discí- 
pulo de Sócrates no sean llevados al suplicio. 



POR E. PARDO BAZÁN 



55 



—Oye, Catalina... — Maximino acercó un 
escaño y se llegó al velador de ágata, que so- 
portaba el refresco — . Escúchame, que en ello 
nos va mucho á los dos. 

Catalina apoyó el codo en la mesilla y en la 
palma de la mano la cabeza, aureolada de es- 
meraldas. Maximino comprendió que le aten- 
dían religiosamente. 

— Tú, princesa, puedes prestar servicio in- 
calculable á ese Numen que adoras. Un servi- 
cio que todas las generaciones recordarían, 
hasta el último día de la especie humana. Para 
que confíes en mí, he de abrirte mi pecho. Des- 
creo de nuestros Dioses. Acaso en algún tiem- 
po tendrían fuerza y virtud; pero ahora noto 
en ellos signos de caducidad. Los oráculos cho- 
chean. Yo he consultado las entrañasde las víc- 
timas, y ó mienten ó inducen á error. Los del 
Galileo sois muchos ya, Catalina; sois más de 
los que creéis vosotros; advenís. El que se apo- 
ye en vosotros, podrá afianzar el poder impe- 
rial completo, como en los tiempos gloriosos 
de Roma. 

La virgen escuchaba, con todas sus facul- 
tades, interesadísima. 

— Catalina, cuando te miraba ayer, pensaba 
en tu forma, en las apretadas nieves de tu bus- 
to, en el aroma de tu cabellera. Hoy pienso en 
que eres fuerte y sabia y en que el hombre á 
quien recibas puede descansar en ti para la vo- 
luntad y el consejo. Yo tengo momentos en que 
me siento capaz de adueñarme del mundo; 
pero, según Helios avanza en su carrera, des- 



56 



DULCE DUEÑO 



fallezco y anego mis ansias de engrandecerme 
en el vicio y en la sensualidad. Necesito un sos- 
tén, una mano amada que me guíe. Mi socio 
Constantino está fortalecido por el appoyo de su 
madre. Yo no tengo á nadie; á mi alrededor hier- 
ven los traidores, que si les conviene me apu- 
ñalarán ó me ahogarán en el baño. "Desconfío de 
todos, porque conozco sus vicios, iguales á los 
míos. Tú eres incapaz de felonía. Unido á ti 
seré otro; recobraré la totalidad del poder que 
hoy reparto con Licinio, el árbitro de Oriente, 
y Constantino, el hijo de la ventera, á quien 
aborrezco. ¡Y, ejerciendo ya el poder sumo, ex- 
tinguiré la persecución, toleraré vuestros ritos, 
como hace él, que es ladino y ve á distancia! 
Hasta tomaré la iniciativa de que se le erija al 
Profeta de Judea un templo tan esplendoroso 
como el Serapión. Tú pondrás la primera pie- 
dra con tus marfileñas manos. Y si quieres 
más, más todavía. Dicen que para ser de los 
vuestros hay que recibir un chorro de agua 
pura en la cabeza. No quedará por eso. ¿Ves 
adónde llego, Catalina? ¿Ves cuál servicio se te 
ofrece ocasión de rendir á tu Numen y á los 
que como tú siguen su ley? ¿No es esto mejor 
que sufrir por él la centésima vez, sin eficacia, 
garfios y potro?» 

— En Dios y en mi ánima juro — no pudo re- 
primirse más Polilla, que no se desahogaba lo 
bastante con garatusas y balanceos de cabe- 
za — que su Majestad don Maximino era en el 
fondo buena persona, y hablaba como un libro 
de los que hablan bien. Ya verán ustedes cómo 



POR E. PARDO BAZÁM 



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su Alteza doña Catalina va á salir por alguna 
bobaliconería, porque estas mártires no oyen 
razones... 

» Catalina, un momento, suspendió la res- 
puesta. Se recogía, luchaba con la tentación 
poderosa, ardiente. Su ancha inteligencia com- 
prendía la importancia de la proposición. Más 
de tres siglos heroicos habían madurado y sa- 
zonado al cristianismo para la victoria, y acaso 
era el momento de que se atajase la sangre 
y cesasen las torturas. La lucha continuaría, 
pero en otras condiciones, y Catalina se veía á 
sí misma en una cátedra, en la abierta plaza 
pública, enseñando la verdad, confundiendo 
herejías, errores, supersticiones y torpezas; ó 
en el solio, cobijando bajo su manto de Augusta 
á los pobres, á los humildes, á los creyentes, á 
los antiguos mártires que saldrían del desierto 
ó de la ergástula á fin de que sus heridas por 
Cristo fuesen veneradas por la nueva gene- 
ración de cristianos ya victoriosos y felices... 
En el ensueño íntimo de Catalina surgía el 
templo á Jesús Salvador, doblemente magnífico 
que el Serapion, — del cual se decía que estaba 
colgado en el aire, y en cuya sala fúnebre sub- 
terránea yacían los restos del blanco buey ido- 
latrado. — Acaso fuese posible purificar el mis- 
mo Serapion, expulsar de allí al numen bovino 
y elevar en su cima la Cruz. Una palabra de Ca- 
talina conseguiría todo eso. Por ella, el César 
cristianizaría al Imperio inmenso, y, realizán- 
dose las profecías, confesaría al Señor toda len- 
gua y le rendiría culto toda gente, desde las 



58 



DULCE DUEÑO 



frígidas comarcas de Scitia hasta los arenales 
líbicos. ¿Quién impedía?... 

Lo impedía un anillo, que un niño había ce- 
ñido á su dedo, y una especie de latido musi- 
cal, que allá dentro, más adentro del mismo 
corazón, repetía, lento, suave, como una cari- 
cia celeste: 

— Eres hermosa... Te amo... Eres mía, 
mía... 

— Maximino... — articuló pausadamente — , 
me avengo gustosa á lo que me ofreces: seré 
tu consejera, tu amiga, tu hermana, tu socia. 
Pero... en cuanto á ser tu mujer... tengo dueño, 
y dueño tan dulce y tan terrible, que no me per- 
mitirá la infidelidad. Tengo Esposo... — Y, mo- 
viendo el dedo, hizo fulgir el anillo. 

— ¿Te burlas, princesa? Haces mal, porque 
Maximino te ha hablado como nunca volverá á 
hablar á nadie. ¿Acaso no eres virgen? 

— Virgen soy y seré. 

— Serás mi emperatriz. Ya te he dicho que 
por ti iré hacia tu Profeta crucificado. Mil ve- 
ces he sentido que los dioses de Roma no me 
satisfacen. Quizás prefiero á Serapis. Preferiré, 
sin embargo, al tuyo. Pero tráeme la fe entre 
tus labios. La suma verdad está en lo que ama- 
mos, en lo que exalta en nosotros la felicidad. 
¿Otro sorbo, princesa? 

— César. . .-—insistió ella rechazando la copa — 
no sé si me creerás; yo, aunque tengo dueño, 
te amo también á ti; amo á tu pobre alma obs- 
cura que ha entrevisto un rayo de claridad y 
vuelve á cegar ahora. Líbrate de la horrible 



POR E. PARDO BAZÁN 



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suerte que te aguarda. Tu porvenir depende de 
tu resolución. No pasará mucho tiempo sin que 
Cristo tenga altares y basílicas en el Imperio 
y en toda la tierra. El emperador que realice 
esta transformación vivirá y vencerá, y su 
nombre llenará los siglos. El que se oponga, 
no morirá en su lecho, y acaso morirá ád su 
propia mano. ¡Cuidado, Maximino! La suerte 
va á echarse. Conviértete, pide el agua — , pero 
sin exigirme nada, sin disputarle á Jesús su 
prometida. He sido tentada, pero resistiré. 

Maximino palideció de cólera. Decadente 
hasta en la pasión, no tenía ni el arranque bru- 
tal necesario para estrechar á la princesa con 
brazos férreos, para estrujarla con ímpetu de 
fiera que clava las garras, hinca los dientes y 
devora el resuello de su presa moribunda. Un 
vergonzoso temblor, un desmayo de la volun- 
tad lacia y sin nervio le incitaba á la crueldad, 
á la venganza de los débiles y miserables. 

— Basta, princesa; no te disputo ya al Es- 
poso imaginario á quien llamas é invocas. No 
soy un faenero del muelle, ni un soldado de la 
hueste tracia, y no te amarraré con soga á un 
lecho de encina, para ultrajar tu escultura ma- 
ravillosa, a Maximino también se le alcanza 
algo de exquisiteces, sobre todo cuando no ha 
sepultado su razón maldita en el jugo de las 
vides y en el peligroso hondón de las ánforas. 
Has visto á un Maximino Daya que sólo existió 
para ti. Respeto en ti, ¡oh, Catalina!, el mismo 
respeto con que te hice proposiciones: respeto 
tu zona virgínea, tu anillo milagroso de des- 



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DULCE DUEÑO 



posada. Pero respeto también la ley, y he de 
cumplirla. 

Palmoteó tres veces. Algunos hombres de 
su guardia se presentaron. 

— Que vengan los sacerdotes de Apolo. La 
princesa tiene que incensar al Numen. Si no 
obedece á la ley, que sufra su peso. 

*** 

Catalina, penetrada de gozo repentino, se- 
gura ya de su ruta, se enderezó y se envolvió, 
erguida y altanera, en el albo y argentado 
velo. El César se retiraba poco á poco; en el 
incierto avance de sus piernas se descubría la 
indecisión del ánimo. Una exclamación com- 
pasiva de la virgen espoleó su vanidad. En- 
cogióse de hombros; hizo con la siniestra el 
ademán del que arroja algo lejos de sí y se 
alejó á paso activo, desigual, airado. Minutos 
después dió órdenes. Aquella noche, festín. Y 
los mejores vinos, y las saltatrices y meretri- 
ces más expertas. 

Entre los sacerdotes, que todavía la trata- 
ban con sumisa cortesía, Catalina volvió al ex- 
tenso patio, en cuyo costado se erguía la ima- 
gen del Dios. La organización estética de la na- 
turaleza de Catalina se reveló en su actitud ante 
el simulacro. Generalmente, los cristianos, al 
encararse con las efigies de los Dioses de la 
gentilidad, hacían gestos de repulsión y repro- 
bación. Entonces como ahora, existían los in- 
comprensivos y los que comprenden con finu- 



POR E. PARDO BAZÁN 



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ra. La princesa no apartó los ojos, antes al con- 
trario, pareció admirar breves momentos la 
obra maestra de Praxíteles, considerando que 
aquella escultura era nobilísimarepresentación 
del cuerpo humano, hecho á imagen y seme- 
janza del Creador y bajo cuya envoltura se 
ocultó y padeció la divinidad de Cristo. 

El hijo de Latona, airoso, cercada la sien 
por la artística maraña de sus rizos grandiosa- 
mente ensortijados; avanzando un pie de corte 
tan elegante, curvado y prolongado, que se di- 
ría que hollaba nubes, en vez del mármol rojo 
del pedestal, empuñaba con la diestra el Arco 
de plata, y con la siniestra echaba atrás el 
manto de armoniosos pliegues, que una fíbula 
sujetaba al hombro. Profirió Catalina algunas 
frases de elogio y aun de simpatía. ¿No era 
aquél el símbolo de la más perfecta y maravi- 
llosa de las criaturas, del Sol que fecundízalos 
campos y sazona la mies, que da el pan del 
cual viven los hombres, alabando al Señor y 
disfrutando de los sabores sanos de la vida? 

Mas no lo entendió así el viejo pontífice de 
Helios, que tendió á la princesa la cazoleta hu- 
meante. Ella la rechazó suavemente, sin indig- 
nación ni menosprecio. El pontífice no podía 
elevarse á la interpretación científica del mito 
solar: ¡era un sacerdote ritualista; una fórmula, 
el incienso... y, si no, la muerte! Y tres veces 
hizo Catalina con la mano el gesto que la sen- 
tenciaba; el gesto con el cual se despedía de su 
mocedad en flor, de su existencia inimitable, 
de sus estudios elevados que aristocratizan el 



62 



DULCE DUEÑO 



pensamiento; del arte, de la belleza visible y 
gaya y varia, presente en el arbusto odorífero 
y en la cincelada copa... 

— A tí voy, ¡oh hermosura incorruptible! 
¡Dulce dueño, voy á ti! 

La retiraron del patio y la encerraron, no 
en hórrida mazmorra, sino en una estancia pe- 
queña, sin ventanas, contigua al cuerpo de 
guardia, por precaución de que los cristianos^ 
alborotándose, intentasen darla libertad. Y el 
pontífice convocó á los sacerdotes y á algunos 
funcionarios y aun sabandijas del palacio, como 
aquel sofista Gnetes, primer derrotado en la 
liza filosófica; y reunidos en conciliábulo, deli-' 
beraron sobre la suerte de la nueva galilea. Á 
medias palabras convinieron en que el César 
estaría ebrio aquella noche, y que si no debían 
cumplirse, por advertencia de él mismo, las ór- 
denes que diese en su embriaguez, nada impe- 
día ejecutar las proferidas antes. Catalina per- 
tenecía ya á los jueces y á los sacerdotes, á 
cuyo brazo vengador la había relajado Maxi- 
mino. Ó se retractaba ante el tormento y el su- 
plicio, ó se ejecutaría lo mandado. Y había en- 
tre los deliberantes un tácito instinto de apre- 
surar, porque temían que á la mañana siguien- 
te, el tantas veces irresoluto César cambiase de 
parecer, lo cual se interpretaría como indicio 
del miedo á los cristianos y á los serapistas, 
partidarios del tiranuelo Costo. La religión ofi- 
cial necesitaba herir, dar un golpe de fuerza, 
imponerse. Con nadie mejor que con la orgu- 
llosa Catalina. — Y les quedaba la esperanza 



POR E. PARDO BAZÁN 



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de una retractación, ante un martirio que 
procurarían horrificar y encruelecer. La vic- 
toria filosófica obtenida en el certamen por 
la mañana era de deplorable efecto en Alejan- 
dría para las creencias del Imperio. Los cris- 
tianos efervescían, al correr la voz de que se iba 
á atormentar á la doncella. No se debía dar 
tiempo á que se conchabasen y tramasen un 
complot; el hecho tenía que realizarse la misma 
noche... ¡Qué triunfo, si en presencia de los 
instrumentos de tortura, la sábia renegase del 
Galileo! 

Y Gnetes, sacando su cabeza de tortuga del 
hondo de su corcova, opinó: 

—El único modo de reducir á una hembra 
tan soberbia sería amenazarla con una excur- 
sión forzosa al lupanar, ó con una fiesta del Pa- 
noeum, en que ella hiciese de ninfa y nosotros 
de caprípedes. 

Varios sacerdotes jóvenes y cortesanos apro- 
baron, prometiéndose una noche divertida; 
pero el pontífice, cauto, reprobó. No, era nece- 
sario irse con pies de plomo: Costo tenía poder, 
muchos partidarios entre los nacionalistas egip- 
cios, y al regresar de su viaje, si se conforma- 
ba á los rigores de la ley con su hija, podría no 
avenirse á tolerar el escarnio. No estábamos en 
la augusta Roma, sino en una ciudad donde la 
mayoría de los habitantes todavía barniza con 
nafta á sus muertos, y donde los inmundos 
cristianos roen y socavan, como topos, el pavi- 
mento y los cimientos del templo apolínico. La 
virgen es peligrosa. Cuanto antes, y sin aven- 



64 



DULCE DUEÑO 



turarse á ninguna fantasía, desembarazarse de 
ella. Ó reniega ó perece. 

Fué llamado ante la junta el verdugo ma- 
yor, el etíope Taonés. Preciábase de maestro en 
su género, y, recientemente, con artificio sal- 
vaje, había inventado varios instrumentos para 
martirizar; ciertos peines de hierro de púas 
cortas, con los cuales se procedía á un verda- 
dero despellej amiento, sin ahondar, á fin de 
evitar la muerte rápida. 

— El dios Apolo — se envanecía el negro — 
hubiese debido pelar así á Marsias. El sátiro su- 
friría infinitamente más. 

El pontífice, atento al aspecto político de la 
cuestión, le encargó que idease una tortura en 
la cual no necesitasen los sayones poner la 
mano sobre la mártir, y que sin embargo fuese 
aterradora. Después de meditar, pidió Taonés 
carpinteros y herreros y se encerró con ellos, 
dirigiendo su labor. Una ó dos horas bastaron 
para construir la máquina. Era un aparato sen- 
cillo, ingenioso. Formábanlo cuatro ruedas, 
guarnecidas al exterior de agudas puntas de 
clavos, cuchillos y alambres, sólidamente en- 
castradas en la madera. Desde lejos, una cuer- 
da unida á una manivela ponía las ruedas en 
movimiento, y entre el doble juego del arte- 
facto cabía un cuerpo humano de pie; de suerte 
que, al giro rotatorio, pecho, espaldas, hom- 
bros, muslos, quedarían desgarrados. A la ter- 
cer vuelta del infernal artificio, sería la mártir 
una sanguinolenta masa, y piltrafas de su carne 
colgarían de las ruedas, sin que tuviera ningu- 



POR E. PARDO BAZÁN 



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na herida mortal, pues Taonés, fiel á sus prin- 
cipios, había embutido profundos los clavos y 
las puntas. 

— Hoy mismo — insistía angustioso el pontí- 
fice — . En la demora está el riesgo. Además de 
los filósofos á quienes ha embaucado la prince- 
sa, dícese que se ha hecho cristiano, después 
de la controversia, Porfirio, coronel de la prime- 
ra legión. Se derrumban las aras de los Dioses, 
si no las apuntalamos. No se le pregunte más 
al César. ¿No ha dado la orden? Pues basta. 

Y Gnetes sugirió: 

— Al terminarse el banquete, el César estará 
en estado de presenciar... 

Hacía dos ó tres horas que la noche sin cre- 
púsculo de Egipto convertía el cielo en negro 
zafiro tallado en hueco, salpicado de fúlgidos 
diamantes, cuando sacaron de su encierro á 
Catalina para conducirla al patio, donde sería 
juzgada. 

Venía quebrantada la color por la absti- 
nencia, pues, suponiendo que moriría presto, 
guardaba ayuno; y además, por el miedo á 
flaquear en el supremo trance. Interiormente 
invocaba al Esposo: 

— No me desampares. No desprecies mi co- 
bardía. ¡Tú sudaste sangre al vergel cáliz! No 
consientas que arranquen mis ropas, que afeen 
mi rostro. Tú eres la hermosura... — La hermo- 
sura ideal, Catalina — creyó oir dentro de su 
mismo corazón. Y elevó la frente, recobrada su 
arrogancia, su calma estoica. 

a pesar del secreto] que se había querido 



5 



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DULCE DUEÑO 



guardar, detrás de la baranda se agolpaba no 
poca gente. Los interrogatorios de los mártires, 
sus torturas, su ejecución, eran actos que no po- 
dían realizarse á puerta cerrada. Se guardaban 
formulismos de legalidad. ^ la luz rojiza de 
las antorchas y á la amarillenta de los lampada- 
rios, Catalina apareció, y una marea alborotó 
al gentío. Su aro de esmeraldas destellaba vi- 
vido. Sonreía. 

Maximino presidía el tribunal—, pero sin 
conciencia de lo que iba á suceder — . Salía de 
la mesa, coronado de hiedra y rosas marchitas, 
completamente embriagado, y destuetanado 
además por caricias diestramente impuras. La 
escena se le aparecía como al través de un velo 
de niebla. De tiempo en tiempo derrumbaba la 
cabeza hacia atrás, y cogía una soñarrera mo- 
mentánea. 

A la invitación á incensar, respondió Cata- 
lina con desdeñoso gesto. Entonces, Taonés,. 
seguido de sus ayudantes, entró por una puer- 
ta lateral. Traían la máquina, y el público emi- 
tió una exclamación larga, obscura. Quizás 
protestaban; quizás suspiraban de placer ante 
la peripecia del drama interesante. Los verdu- 
gos se acercaron á la princesa. El vaho de su- 
dor y desaseo de Taonés la hizo retroceder 
mecánicamente. Una risa silenciosa descubrió 
los blancos dientes de dogo del etíope. Sabía 
que las joyas y preseas del ajusticiado eran 
suyas de derecho, y renegaba de las cristianas 
vestidas de lana, sin ajorcas, sin sartas, sin 
adornos. ¡Siquiera esta era una galilea mag~ 



POR E. PARDO BAZÁN 



G7 



nífica, ostentosa! Hizo una señal á su primer 
ayudante Sicamor para que, al amarrar á Ca 
talina, arrancase la diadema de orientales, in- 
estimables dareAeís, los copiosos hilos de per- 
las, gruesas como ojos de grandes peces, y, 
sobre todo, la famosa de Cleopatra. Si no le 
concedían tal enorme tesoro, por lo menos mu- 
cho valdría el rescate. Mientras un sayón ro- 
deaba las muñecas de la mártir con ligero cor- 
delillo, Sicamor, espantado,. se acercó al oído 
de Taonés. 

— No puedo obedecerte, maestro... Mis de- 
dos han pasado al través de las esmeraldas y 
las perlas sin poder asirlas... Son aire... 

—¿Te han enloquecido los dioses? 

— ¡Te digo que son aire!... 

— ¡ Aún es tiempo, Catalina! — reiteró el pon- 
tífice, insinuante.— Aún puedes postrarte ante 
los Númenes sagrados. 

Otra vez la bella cabeza negó... Taonés 
adaptó el cuerpo á la máquina: Catalina mis- 
ma ayudó, colocándose según convenía. Un 
punto, Maximino pareció sacudir el sueño, y 
preguntó qué era aquello, qué significaba el 
extraño mecanismo. Antes de enterarse de la 
respuesta, los vahos de la borrachera se espesa- 
ron, y repantigándose, abierta la boca, roncó. 
Para cubrir los ronquidos imperiales y los ayes 
de la víctima, el [pontífice dispuso que los mú- 
sicos adscritos al templo de Helios tañesen 
flautas y agitasen sonajas violentamente. Y el 
verdugo, haciendo girar la manivela, puso las 
ruedas en movimiento. 



68 



DULCE DUEÑO 



Un relámpago de chispas agudas, un to- 
rrente de carmín, difluyendo y empapando el 
candido ropaje de la filósofa... Del gentío se 
destacó un hombrecillo negruzco, desharrapa- 
do, con dos brasas por pupilas. Enhebrándose 
entre los balaustres del barandal, logró acer- 
carse á la virgen que, toda sangrienta, miraba 
al firmamento metálico, cual si buscase los án- 
geles que habían de sostenerla en la prueba. 
El solitario alzó su mano de cecina, trazó en el 
aire la cruz... Y la máquina horrible saltó des- 
baratada, despedida cada rueda hacia distinto 
punto, hiriendo á los jueces, á los verdugos, á 
los espectadores y á los sacerdotes del Ar- 
quero... 

La confusión fué tal, que el pontífice juzgó 
hábil aprovecharla. Mandó á Taonés, pues ha- 
bía estado tan torpe en construir, que apresu- 
rase el final; y el negro se atrevió á separar el 
velo ya desgarrado por mil partes y á tomar en 
su izquierda mano, donde apenas cabía, el rau- 
dal de la mata de pelo de la princesa, enrollán- 
dola y afianzándola vigoroso. Catalina com- 
prendió. Su corazón latió y anheló como palo- 
ma torcaz apresada. — Voy á ti — suspiró , 
mirando el aro luminoso del impalpable anillo 
que rodeaba su dedo. Bajó la frente; la corva 
espada del verdugo describió un semicírculo 
y cayó, tajadora, sobre la nuca. El público, 
cogido de sorpresa, rugió, gritó insultos á Apo- 
lo, fingido numen, al César-cerdo que seguía 
roncando. Taonés, alarmado, soltó el largo 
pelo y la cabeza de Catalina, que cayó cercada 



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del magnífico sudario de su cabellera, tan 
luenga como su entendimiento , y como él lle- 
na de perfumes, reflejos y matices. Del tronco 
manaba un mar, no de sangre bermeja, sino de 
candidísima, densa leche; las ondas subían, su- 
bían, y en ellas se hundían los pies de los verdu- 
gos, y ascendían hasta más allá de los peldaños 
de la plataforma, y se remansaban en lago de 
blancor lunar, hecho de claridades de astro y de 
alburas de nube plateada y plumajes cisneos. El 
cuerpo de la mártir y su testa pálida, exangüe, 
perfecta, flotaban en aquel lago, en el cual los 
cristianos, sin recelo ya, bañaban su frente y 
sus brazos hasta el codo, empapaban sus ropas, 
refrigeraban sus labios. Era el raudal lácteo de 
ciencia y verdad que había surtido de la men- 
te de la Alejandrina, de sus palabras aladas y 
de sus energías bravas de pensadora y de su- 
fridora. Y como si aquella sangre fuese licor 
fermentado y confortado con especias que los 
exaltase, la indignación hirvió entre los parti - 
darios de la fe nueva y entre los mismos sera- 
pistas, que con ellos simpatizaban, porque ya 
la conciencia se saturaba de cólera y protesta 
ante la prueba tres veces secular de los marti- 
rios; y, enseñando los puños al César aletarga- 
do y á su guardia, vociferaron: «¡Muerte, muer- 
te al tirano Maximino!» La guardia, desnudan- 
do sus cortas espadas romanas, dió sobre los 
amotinados, que hicieron cara, sin armas, con 
los puños. Y mientras luchaban, Maximino, 
repentinamente desembriagado, miraba atóni- 
to, castañeteando los dientes de terror frío, el 



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DULCE DUEÑO 



puro cuerpo de cisne flotando en e] lago de 
candor, la cabeza sobrenaturalmente aureola- 
da por los cabellos, que en vez de pegarse á las 
sienes, jugaban alrededor y se expandían, acu- 
sando con su halo de sombra la palidez de las 
mejillas y el vidriado de los ojos ensoñadores 
de la virgen... Á la memoria del emperador, 
las profecías retornaban; sin duda el Dios de 
Catalina era más fuerte que Apolo, que Hathor, 
que Serapis, que el mismo Imperio de la loba — 
y le había sentenciado á perder trono y vida, á 
desastroso fin, á la derrota de sus enseñas y á 
que todas sus ambiciones se frustrasen.» 

El canónigo suspendió el relato, ó mejor di- 
cho, parecía darlo por concluso. 

— ¿Y el cuerpo de la princesa? —preguntó 
Lina — . ¿Qué paradero tuvo? 

— ¡Ah! — respiró el Magistral — . Eso lo digo 
en las notas. Los ángeles lo enterraron en el 
monte Sinaí, donde fué venerado largo tiempo. 
Sin duda los cristianos de Alejandría trataron 
de que el precioso despojo no sufriese ninguna 
vicisitud, pues en aquella ciudad, hasta muy 
entrado el siglo V de la Iglesia, el encono de 
las luchas religiosas y filosóficas no cedió, y la 
faz opuesta del martirio de Catalina fué la la- 
pidación de Hipatia. 

— ¿Y el matador de Catalina? Creo recordar 
que á ese Maximino Daya le suprimió Cons- 
tantino , 

— Diré á usted. Constantino realizó ía idea 
genial que se le había ocurrido á su socio; se 
apoyó en el cristianismo y robusteció su poder. 



POR E. PARDO BAZÁN 



71 



Pero no sería exacto decir que suprimió á Ma- 
ximino. En la lucha entre los socios, Daya fué 
derrotado, y en Tarso se suicidó. También 
consta extensamente en las notas. 

— Todo está muy bien — criticó Polilla — , ex- 
cepto los milagros. Únicamente... vamos, Ca- 
rranza, es preciso que usted reconozca que la 
historia de esa Santa del siglo III, á estas altu- 
ras, nos importa menos aún que la de Baldovi- 
nos y los Doce Pares de Francia. ¿Quién se 
acuerda de la hija de Costo? Hábleme usted á 
mí de otras cosas; de inventos, de progresos, 
de luz Lo demás... antiguallas, trastos vie- 
jos... y... 

— Y polilla,.. — sonrió Lina, azotando con su 
guante de negra Suecia la cara acartonada del 
amigo. 

Fuera, había escampado. Húmedas estaban 
aún las piedras de la calle. Bajo un árbol, á la 
muriente luz de una tarde larga, encalmada, 
grupos de niñas, á saliente de la escuela, can- 
taban en corro. Su canción pasaba al través de 
los vidrios. Y se oía: 

Que Catalina se llama — H, si... 
que Catalina se llama... 

— Escuche, escuche, don Antón..., ordenó 
Lina; — y las arrapiezas, con su argentado tim- 
bre de voz, continuaron: 

Mandan hacer una rueda, 
mandan hacer una rueda 



DULCE DUEÑO 



de cuchillos y navajas — $í, sí... 
de cuchillos y navajas... 

Medió un corto espacio, y el fresco vocerío 
surtió de nuevo como agua de fuentes vivas, 
inagotables: 



Ya se encendían los faroles, y las niñas, 
chancleteando, se dispersaban en busca de sus 
hogares, donde las sopas de ajo humearían. 
Aún la canción, obstinada, volvía de tiempo en 
tiempo: 



Levántate, Catalina, 
levántate, Catalina, 
que Jesucristo te llama — si, si, 
que Jesucristo te llama... 



Que Jesucristo te llama... 




il 



JL ina. 



I 

¡Como una bomba, el notición! — Cuandotraen 
el telegrama, estoy aseando mi cuartito, por- 
que mi única sirviente apenas sabe pasar una 
escoba antipática, abarquillada de puro vieja. 
Desgarro el misterio del cierre, extraigo, y 
leo: «Ha fallecido repentinamente tía Catalina. 
Tú, instituida heredera universal. Vente. Far- 
nesio.» 

¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni 
siento vértigo, ni tampoco efusión de gratitud. 
Lo encuentro curioso; la extrañeza vence. ¿Por 
qué me instituye heredera la que en vida me 
pasaba una miseria de pensión, no perdonaba 
medio de inducirme á que fuese monja, y me 
tenía relegada al destierro de Alcalá de Hena- 
res? Me prometo averiguarlo, aunque sé que 
los muertos se llevan consigo la verdadera cla- 
ve de sus actos, (por lo cual me río de la his- 
toria). 

Mi viaje á Madrid se arregla pronto. Ees- 



74 



DULCE DUEÑO 



pondo al telegrama de Farnesio, me pongo el 
vestidito negro de paño, la toca de fieltro, fe- 
lizmente, negra también, y, á pie, por la pul- 
cra acera enladrillada, me dirijo á la estación. 
El tren pasará á las siete. Me siento en un ban- 
co, ante la puerta de la sala de espera; no se 
oyen ruidos; una acacia, muy cerca, columpia 
su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; 
una chiquilla mocosa, chata y curtida, me ob- 
serva como si me fuese á retratar. Por primera 
vez me doy cuenta de que soy opulenta, pode- 
rosa. Revuelvo en mi saco de gamuza marrón, 
usado y de rota cadenilla, y alargo á la chica 
una peseta. La mira, me mira, y, escamada, su- 
poniendo burla, en vez de tomarla, echa á co- 
rrer. La riqueza asusta, por lo visto... 

Iré en primera, por primera vez. — Voy sola. — 
El departamento está rancio de carbonilla y 
olores viejos de comidas grasientas. Los vi- 
drios, embutidos y crujientes de porquería, no 
se abren sin esfuerzo titánico. Me siento, eli- 
giendo un cojín que no esté salpicado de man- 
chas equívocas. 

¿Tiajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo 
me procuraré el mejor auto... Y, al mismo 
tiempo que hago esta reflexión, se me ocurre 
otra, y un sudor frío me rezuma en la sien. 
—¿No podría el telegrama ser broma de un 
chusco?— Paso un mal cuarto de hora, porque 
si la cosa no es verosímil, aún resulta más in- 
verosímil lo otro. Tan grande es mi angustia 
que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir 
una ventanilla. 



POR E. PARDO BAZÁÑ 75 



El aire entra, me consuela y me replantea 
en la realidad. Las márgenes del Jarama son 
un primor de delicadeza vegetal, un paisaje 
exquisito, á la sepia, porque estamos en otoño. 
Mimbrales delgados, cañas de idilio, marañas 
de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con 
tonos de acuarela en la paz rubia, en la clari- 
dad muriente de la tarde corta. Los toros pas- 
tan, apacibles. El rio es una serpiente gris per- 
la, aplastada, inmóvil. 

Siento el fervorín de entusiasmo que me 
produce siempre lo bello. Ahora que soy rica, 
veré el mundo, que no conozco; buscaré las 
impresiones que no he gozado. Mi existir ha 
sido aburrido y tonto (afirmo apiadándome de 
mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, 
no; porque soy además de inteligente, sensible, 
y dentro de mí no hay estepas. Aburrido .. 
menos; aburrido equivale á tonto. Sólo los ton- 
tos se aburren. Contrariado, sí, ¡oh, cuánto! 
Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una 
mano invisible. Valdría más que me hubiesen 
dejado en el arroyo, descalza, porque á los dos 
meses de mendigar, ya no mendigo — , ya he 
resuelto mi problema. Lo malo fué que me die- 
ron un puñado de alpiste y las obligaciones de 
«señorita decente». Arrinconada, sólo pude ve- 
getar... — Rectifico otra vez: ha vegetado mi 
cuerpo; que mi espíritu, ¡buenas panzadas de 
vida imaginativa se ha dado! 

Entregada á mí misma, en un pueblo decaí- 
do, pero todavía grandioso en lo monumental 
y por los recuerdos, no hice amistades de se- 



76 DULCE DUEÑO 



ñoras, porque á mi alrededor existió cierto am- 
biente de sospecha, y no atendí á chicoleos de 
la oficialidad, porque, á lo sumo, podrían con- 
ducirme á una boda seguida de mil privacio- 
nes. Mis únicos amigos fueron dos canónigos, 
encargados de catequizarme para el monjío, y 
un viejecito maniático, muy volteriano y muy 
simple, D. Antón de la Polilla, que desde lue- 
go se declaró abogado del diablo, contando 
horrores de los conventos, cuando no estaban 
delante los que él llamaba el Inquisidor mayor 
y el menor, y aun á veces en su misma cara. 
Yo no le hacía caso sino cuando hablaba de 
historia y de antigüedades; en ese terreno, al- 
gunas veces recobra el sentido común, prenda 
desde tiempo atrás perdida. De los dos canóni- 
gos catequistas, uno, el pobre Roa, murió tres 
años hace; el otro, el Magistral, es C de varias 
Academias, y sospecho que tiene escritas mu- 
chas cosas que nunca verán la luz, á no ser 
que ahora, siendo yo millonaria... La bibliote- 
ca del Sr. Carranza me la he zampado; por cier- 
to que encierra muy buenos libros. Así es que 
estoy fuertecita en los clásicos, casi sé latín, co- 
nozco la historia y no me falta mi baño de ar- 
queología. Carranza lamenta que haya pasado 
el tiempo en que las doctoras enseñaban en la 
Universidad Complutense. Se consolaría si yo 
fuese una de esas monjas eruditas, cuyos retra- 
tos grabados las representan pluma de ganso 
en mano, tintero al margen, y sobre el fondo 
de una librería de infolios de pergamino. 
Por haber tenido yo la curiosidad de leer al- 



77 



gunos manuscritos del Archivo, las hijas del 
Juez, que son las lionnes de Alcalá, y que me 
tienen tirria, me ,han puesto de mote la Lite- 
rata. ¡Literata! No me meteré en tal avispero. 
¿Pasar la vida entre el ridículo si se fracasa, y 
entre la hostilidad si se triunfa? Y, además, sin 
ser modesta, sé que para eso no me da el naipe. 

Literatura, la ajena, que no cuesta sinsabo- 
res... ¡Cuánto me felicito ahora de la cultura 
adquirida! Va á servirme de instrumento de 
goce y de superioridad. 

En la estación me aguarda Farnesio, D. Ge- 
naro Farnesio en persona, con cara lúgubre y 
circunstancial. Se sorprende y hasta me figuro 
que se indigna ante mis ojos secos, deshincha- 
dos y brillantes, mi aplomo de heredera fran- 
ca, que no se tampona la faz con el pañuelo, 
ni se suena cada tres minutos. 

— ¿Qué dices de esto? — suspira hondamente 
al cogerme las manos. 

— ¿Qué he de decir? — contesto. — ¡Pobre tía! 
Que le llegó la suya. 

Un lacayo correcto recoge mi humilde saco, 
me precede respetuoso, y, alzando el enlutado 
sombrero de librea, abre la charolada porte- 
zuela de una berlina, acolchada como un estu- 
che de joya. Es mi berlina, es mi lacayo. ¡Qué 
sensación punzante! Lo que no pudo el anun- 
cio del fortunón, lo puede el detalle de confor- 
te y lujo... Cerrando los ojos, me reclino. Far- 
nesio entra y da una orden. Arrancamos, al 
elástico trote de los bayos fogosos. 

El intendente de doña Catalina me mira á 



78 



DULCE I) CENO 



hurtadillas, me estudia. D. Genaro Farnesio es 
esa persona «de toda confianza» que surge in- 
defectiblemente al margen de las señoras viu- 
das y con caudal. Mestizo de amigo y adminis- 
trador, misterioso y enfático, D. Genaro Farne- 
sio pasa por mejor enterado de lo que atañe á la 
casa de Mascareñas, ¡retumbante apellido! que 
su dueña lo estuvo nunca. Es el duende fami- 
liar del palacio ya mío; y su actitud cautelosa 
y la mirada que siento apoyarse sobre mi per- 
fil, sin duda tienen por origen la zozobra egoís- 
ta: «¿Habrá cambio de ministerio? ¿Perderé la 
breva disfrutada tantos años?» 

Llegamos... En el momento de bajarme en 
el zaguán y de cuadrarse el solemne portero- 
de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas 
negras bien lustradas— ante la soberana nue- 
va, recuerdo las pocas veces que he venido 
aquí, siempre acuciada por D. Genaro para que 
me reintegrase á Alcalá cuanto antes. Me asal- 
ta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por qué 
me lega sus millones la que casi no me ha vis- 
to? Evoco memorias. 

Cuando era introducida á la presencia de 
doña Catalina Mascareñas y Lacunza, viuda de 
Céspedes, medio se alzaba del sillón; las meji- 
llas se le encendían, bajaba los ojos, como para 
no verme, y con voz un poco ronca me pre- 
guntaba: 

—¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud? 
— Muy bien, tía... 

— ¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, 
vamos, para tu vida? 



POR E. PARDO BAZÁN 



79 



— No señora — respondía, mortificada y alta- 
nera—. Tengo lo suficiente. 

—¿Eres buena? ¿Te portas bien? 

—Se me figura que sí... 

Brevemente, como deseosa de cortar la con- 
ferencia (tres fueron en once años) la señora se 
levantaba, abría un armario, revolvía en él un 
poco, y me ponía en las manos un objeto, di- 
ciendo: — Para tí. — La primera vez, un rosario 
de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj- 
saboneta de esmalte; la tercera, una sortija-se- 
manario, de ensaladilla. Este último regalo me 
gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las 
joyas siento pasión magdalénica. 

— Bueno, bueno — farfullaba la señora al mur- 
murar yo las gracias.— Cuidado, no nos dés dis- 
gustos... 

Farnesio, presente á la entrevista, me hacia 
seña. «Adiós, tía Catalina...» 

— Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ' 
ocurre algo... — Y me retiraba, con la cabeza 
gacha y el andar tímido, oblicuo, de los pa- 
rientes pobres, de los protegidos humillados. 
— ¡Ahora! 

Hinco la planta en la alfombra que trepa por 
la escalinata de mármol, con la energía violen- 
ta de una toma de posesión. Farnesio me coge 
por la muñeca, y, en voz baja, balbuciente: 

— ¿Quieres verla? 

Me escalofrío como si me soplasen en los abue- 
lillos del cogote... ¡Verla! ¡Está de cuerpo pre- 
sente! ¿Y qué? ¡No me conviene mostrarme 
pueril, ni medrosa! 



80 



DULCE DUEÑO 



— Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro. 

La capilla ardiente es el salón, fastuoso y 
anticuado, con profusión de doradas tallas y 
espejos, magníficos tibores, cuadros de mérito 
y colgaduras de una estofa brochada que se tie- 
ne de pie. Han armado en el fondo el altar don- 
de mañana se dirán las misas; un crucifijo de 
marfil lo preside; al pie del altar, entre blando- 
nes, el féretro. Las ventanas están abiertas, los 
cirios arden. Huele á lo que huelen las flores á 
la media hora de contacto con un cuerpo muer- 
to, y cuando su aroma se mezcla con efluvios 
de cera y cloruro. Siento otro escalofrío chico: 
los ojos se me han ido directamente, atraídos sin 
resistencia, á la cara de la difunta, dorada al 
oro verde por la luz de los cirios tristes. La han 
amortajado con hábito del Carmen, y el cerco 
de la toca presta á su fisonomía una nobleza y 
una austeridad que en vida no tuvo. A todo el 
que entra en una cámara mortuoria le pasa lo 
que á mi: la cara del muerto imanta la vista. 
Dos Siervas de María velan sentadas, leyendo 
en un libro de negra cubierta; un criado anti- 
guo, Mateo el jardinero, de rodillas, marmonea 
una oración, comprimiendo sobre el pecho, con 
ambas manos, un sombrero blando muy raído. 
Las Siervas» al verme, se levantan, me saludan 
en sordina, me acercan un almohadón rojo, 
para que me arrodille con comodidad. ¡Soy la 
heredera! Con el espíritu pegado á la tierra, 
murmuro rezos. Farnesio se queda en pie de- 
trás de mí. Con esa agudeza de percepción que 
poseo, todo el tiempo que dura mi plegaria 



POR E. PARDO BAZÁN 



81 



noto los ojos del intendente que escrutan mi 
nuca y mis hombros, y reprueban lo superficial 
de mi plática con Dios. Me incorporo, y dentro 
de mí zumba un acento apremiante, venido 
no sé de donde. «Hay que besarla... Tienes el 
deber de darla un beso... Será muy feo que no 
se lo des...» Desoigo la voz. «Desde hoy no co- 
nozco más ley que mi ley propia...» decido, al 
retirarme con tranquilo paso, no sin haberme 
persignado é inclinado al modo ritual. Al enca- 
rarme con Farnesio, noto que algo semejante 
al rastro de baba de un caracol espejea en sus 
mejillas. ¿Llanto? ¿La quería de verdad á esta 
señora tan pava, tan poco interesante? (En el 
momento actual, lo de pava será irreverente, 
pero ¿existen irreverencias interiores?) 

— ¿Mi dormitorio, mi tocador? — pregunto im- 
periosamente. No conozco la distribución de la 
vivienda; pero supongo que no se les ocurri- 
rá indicarme la habitación donde doña Catalina 
exhaló su postrer aliento. 

Me precede Farnesio, por ancho pasillo, has- 
ta una estancia lujosa, como toda la casa. Me 
tranquilizo. Se ve que no está habitada desde 
hace tiempo. Ostenta aparatosa cama de ébano, 
con colcha de raso rosa, velada de guipur, y 
muebles de ébano, también macizotes. 

—¿Mi doncella? 

Sorprendido al pronto, parpadeó D. Genaro. 
¿Por qué? ¿Pues no voy á tener doncella, y 
también doncellas, teniendo millones? ¿Puede 
que crea Farnesio que he de seguir con mi ma- 
ritornes alcalaina? Al fin toca el timbre, y apa- 

6 



82 



DULCE DUEÑO 



rece una sirviente añeja, especie de dueña azo- 
rada, prevenida contra mí (es visible) desde 
antes de conocerme. 

—¿Es usted la primer doncella? 

— Sí, señora... Para servir á la señora. 

— Llame usted á la segunda. 

— No... no está. 

— ¿Cómo se entiende? ¿No está? 

— Ha salido á recados... D. Genaro sabe... 

— Bueno; en lo sucesivo, no se sale sin mí 
autorización. 

— Muy bien, señora. Yo no salgo nunca. 

— Prepáreme usted un baño... ¿Habrá cuarto 
de baño, verdad? 

— Ya lo creo. 

— Ponga usted en el baño un frasco entero 
de colonia... ¿Habrá colonia? 
— Si, señora, sí. 

— ¿Y toallas finas, y jabón de violeta? 

— De violeta no sé si habrá. De todos modos, 
será buen jabón. ¿Pediremos el de violeta á la 
perfumería? 

— Es tarde. Estará cerrada. Es igual. Cual- 
quier jabón. Deseo bañarme pronto. 

— ¿No cena la señora? 

— Después del baño... 

— Que te aproveche — pronunció Farnesio — . 
Yo no cenaré: me encuentro algo indispuesto . 
Mañana tenemos mucho que hablar, pero no 
por la mañana, puesto que... — Se le quebró el 
acento; sobrevino carraspera. 

— Ya, ¡el entierro! — dije con naturalidad — . 
¡Y yo sin manto de luto para las misas! ¿Cómo 



POR E. PARDO BAZÁN 



83 



se llama usted? — pregunté vuelta hacia la 
dueña. 

— Eladia, para servir á la señora. 
— Ocúpese usted de que yo tenga manto ma- 
ñana á primera hora. Y muy tupido. 



II 

Hasta la tarde del día siguiente, no se cele- 
bró la anunciada conferencia. Todavía el salón 
conservaba el olor dulzaino y repulsivo de los 
desinfectantes y las flores, envenenadas, en 
descomposición, desde el punto mismo en que 
las depositamos sobre un cadáver. Mandé abrir 
las ventanas de par en par; ordené que á na- 
die se recibiese, pues los contados íntimos de 
la tía ya habían asistido á las misas, devorándo- 
me á miradas de curiosidad frenética; y recorrí 
la casa. Magnífica, concedido... pero apelma- 
zada, de pésimo gusto. Ya la airearé también. 
Las casas envejecen con sus dueños. Daré ju- 
ventud... Mi juventud, reconcentrada por el 
aislamiento y llena ya de una experiencia amar- 
ga y sabrosa cual la aceituna. 

Conversamos D. Genaro y yo en el gabinete 
inmediato á mi dormitorio. Por él se puede ba- 
jar al jardín. Un macizo verde, al través de los 
vidrios, me halaga. Estoy chancera y afectuosa 
con el sesentón. 

— ¿Sabe usted, D. Genaro que esta mañana, 



84 



DULCE DUEÑO 



al despertarme en una habitación desconocida, 
creí que era un sueño lo de la herencia? 

—¡Ojalá!— gimió él. 

—¡Muchas gracias, mala persona! 

— Ya comprendes por qué lo digo. 

— Bueno, D. Genaro; usted siente sobre todo 
la muerte de la pobre tía, pero, además, sospe- 
cho que opina que no debí heredar estos cau- 
dales. Le advierto que yo tampoco me explico 
la chiripa. ¿Soy la pariente más cercana? ¿Me 
equivoco, ó existen allá en Córdoba los hijos de 
su hermano D. Juan Clímaco? 

— En efecto, existen, no en Córdoba, sino en 
Granada. 

— ¿Y no soy yo hija de un primo hermano de 
la señora? ¿De un Mascareñas de la rama me- 
nesterosa, de la rama infeliz? 

— Es la verdad, Natalia... Pero — añadió como 
alegando disculpa — por lo mismo; tu eras po- 
bre, y los hijos de D. Juan Clímaco tienen bien 
cubierto el riñón. La señora era libre, y te dejó 
lo suyo, porque te quería. 

Me recosté en la butaca de seda fresa ramea- 
da de verde, y canturreé: 

— ¿Me que-que-quería? ¿Sabe usted que lo 
disimulaba? 

La barbilla de Farnesio tembló; se inmutó su 
cara, y el reflejo dorado del aro de sus queve- 
dos zigzagueó un instante. 

— Eso es cruel— tartamudeó. — No sabes lo 
que estás diciendo. ¡Si lo supieses! 

— Don Genaro — respondí — razonemos. No me 
pinte usted lo que no ha existido, ¿Es querer á 



POR E. PARDO BAZÁN 



85 



una muchacha tenerla recluida, darle una me- 
sada que solo por la baratura de Alcalá me 
permitía no morir de hambre, y tramar una 
conjura para meterla en un convento? 

— Que no sabes lo que te dices— terqueó él—. 
Cuando se trató de que abrazases ese estado — 
el más feliz para una mujer — , aun vivía Die- 
guito, el hijo de doña Catalina ¿Quien pensa- 
ra que aquel buen mozo, en lo mejor de su 
edad, iba á sucumbir del tifus, en pocos días? 

Medité un instante, cogiéndome la barba. 

— Y... ¿qué tiene que ver? ¿Viviendo Diegui- 
to, yo monja? ¿Es que temían que Dieguito se 
enamorase de mi? 

— ¡De absurdo en absurdo! — Violenta indig- 
nación soliviantaba á Farnesio. 

Yo insistí, pesada: 

—Pues no entiendo, señor. Y como se trata 
de mí, de mí misma, tengo derecho á entender. 

— Y yo á que respetes lo que no te importa... 
¿Qué más quieres? Cualquiera, en tu caso, se 
hubiese vuelto loco de alegría. Por otra parte, 
Natalia, mi papel no es censurar los actos de la 
señora, si no ponerte en posesión de tu fortu- 
na, que es de las más saneadas y cuantiosas 
que habrá en España en bienes territoriales y 
en acciones del Banco. iHace treinta y dos años 
que la administro, y tengo el orgullo de decir 
que ha crecido en mis manos y se ha redon- 
deado bien! Si quieres cambiar de apoderado 
general, no haya reparo, me sobra con qué vi- 
vir; de mi sueldo poco he gastado, y soy sol- 
terón... 



86 



Volviéndose súbitamente hacia mí, con tran- 
sición incomprensible, con ansiedad, me inte- 
rrogó: 

— ¿Por Qué no la diste un beso? 

Mi soledad y mi género de vida me han he- 
cho independiente. Tengo á veces la esponta- 
neidad de gestos y movimientos de una fiere- 
cilla. No sé cómo— pero con mímica expresi- 
va—, manifesté la repulsión á la hipótesis del 
ósculo en las mejillas heladas. Y hablé dura- 
mente: 

— ¡Qué ocurrencia! La he dado los mismos 
besos que ella me dió á mí... 

Le vi tan consternado, que, con igual viveza, 
cogí su diestra desecada, rasposa y senil, y la 
apreté afectuosamente. Bajo la presión, la mano 
parecía remozarse- la sangre afluía y la piel se 
hacía flexible. 

— Üsted se queda toda la vida conmigo. ¡Pues 
no me hace usted poca falta! No le suelto. Que 
lo crea ó no, le tengo ley. Al fin, el único que 
se ocupó un poco de mí, fué el señor de Farne- 
sio... por más que usted, picaro, también esta- 
ba en el negro complot para que yo... ¿No es 
verdad? 

Con mis dos índices alzados dibujé alrede- 
dor del óvalo de mi cara (es muy perfecto, que 
conste) el cerquillo de una monástica toca... Mi 
risa timbrada contrastaba con los crespones in- 
gleses de mi atavío, que acababan de traerme — 
¡milagro de rapidez! — de la Siempreviva, espe- 
cialidad en lutos precipitados. Noté que se le 
caía la baba á Farnesio... ¿Me querrá este ve- 



POR E. PARDO BAZÁN 



87 



jete, ó es un solapado enemigo? El callaba, ex- 
tático. 

— ¿De modo que soy poderosa? — pregunté. 
— ¡Ya lo creo! 

— Y diga usted...— ¡Diga usted! — ¿Tenía jo- 
yas doña Catalina? 

Sacó Farnesio del bolsillo un reluciente lla- 
vero y me lo entregó con dignidad. 

— Son las de sus armarios... los de su cuarto. 
Las recogí cuando entró en la agonía, por or- 
den anterior que me tenía dada. Recuerdo que 
hay joyas magníficas. Desde la desgracia de 
Dieguito, ya no se las puso. Tú, hasta quitarte 
el luto, no debes lucirlas tampoco. 

El consejo frunció mis cejas. ¿Consejitos á 
mí? Tomé el llavero y resueltamente penetré 
en la cámara mortuoria. No era alcoba, sino 
dormitorio amplio, con tres balcones al jardín, 
un cuarto de tocador contiguo y un ropero. 
Cambié de opinión: este departamento, conve- 
nientemente refrescado, será el mío. 

El retrato al óleo de Dieguieto ocupa el lu- 
gar preferente, en el tocador, sobre el sofá. 
Alrededor del marco, una tira de tul negro, 
ajado, cogida con un ramo de violetas artificia- 
les. Yo no conocí á Dieguito. ¿Cómo ni dónde 
había de conocerle? Así es que miro muy des- 
pacio su imagen. Es un muchacho guapo, ele- 
gante, lleno al parecer de robustez y vigor. 
Sus ojos me siguen cuando doy vuelta. Es un 
retrato que parece hablar, salirse del cuadro. 
¡Atención! Se me parece... No cabe duda; ¡se 
me parece! La forma de la nariz, el corte de 



88 



DULCE DUEÑO 



cara... ¿Qué tiene de particular? Bien cercanos 
parientes somos. 

Conservo en la mano el llavero, y los enormes 
armarios de palosanto me atraen con su mis- 
terio suntuoso; pero otro enigma me ha salido 
al paso con esta imagen de mi primo, á cuya 
muerte debo la fortuna. La idea retorna. ¿Por 
qué, viviendo él, tenían que abrirse para mí 
las puertas melancólicas de algún monasterio? 
Vuelvo á fijarme en la pintura, como si en ella, 
en su mudo lenguaje, estuviese la explicación; 
después observo que enfrente, encima de la * 
chimenea, hay otro lienzo, doña Catalina, ja- 
mona, vestida de raso azul obscuro, escotada, 
muy peripuesta. 

Yo la conocí ya decadente. Aquí conserva 
buen ver; es linfática, de blancas carnes, de 
ojos enamorados, con ojera mazada y párpado 
luengo. Su óvalo de cara, todavía puro, es 
idéntico al mío y al de Dieguito. Lleva un es- 
tupendo aderezo de perlas como garbanzos y 
brillantes como habas; aderezo que me impulsa 
á abrir los armarios inmediatamente. En el 
primero, ropa blanca en hoja; mucha, muy 
rica, sin gracia, La lingerie elegante no debe 
de ser así... Mantillas de blonda, abanicos, 
chales de Manila, pieles, frascos enteros de 
esencia, cajas.de sombreros. En el segundo — 
hay cuatro seguidos formando un costado de 
la vasta habitación — un deslumbramiento de 
plata repujada y sin repujar. Plata de arriba 
abajo, como en las alacenas de las Catedrales. 
Una vajilla espléndida, que da indicios de no 



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haberse u sado apenas; sería doña Catalina de 
las que adquieren la argentería para legársela 
á los sucesores sin abolladuras. Bandejas, man- 
cerinas, vinagreras, salvillas, jarras, palanga- 
nas, saleros, hasta... lo que no puede decirse... 
de plata maciza. Los cubiertos, por docenas, y 
los platos, en rimeros, blasonados con el león 
atado á un árbol, de Mascareñas. 

Aquí no están las joyas. Estarán de fijo en el 
último armario que registre. No... En el terce- 
ro. Muchos estuches, muchas cajas. Lo saco 
todo y lo extiendo sobre la mesa, ante el sofá. 
Me siento. Una ligera fiebre enrojece mis me- 
jillas; me late aprisa el corazón. ¡Las joyas! 
La ilusión de tantas mujeres, y yo me cuento 
entre ellas. ¡Y nunca las he poseído! En mis 
viajes á Madrid — tan cortos, de horas — me pa- 
raba ante los escaparates, fascinada, emboba- 
da... ¡Las piedras, y sobre todo, las perlas! Lo 
primero que encuentro es el estuche, forrado 
de felpa rosa, en forma de garganta y escote 
de mujer, donde se escalona el collar de cinco 
hilos. Me lo pruebo, temblorosa, sobre el negro 
de la blusa; lo acaricio; trabajo me cuesta qui- 
tármelo. ¡ Ah! Al acostarme, haremos otra prue- 
ba más convincente... 

¡Qué redondas, qué oriente, qué igualdad la 
de estas perlas! Farnesio es todo un hombre de 
bien, para tener en su poder las llaves y que 
yo encuentre tales preseas en su sitio. Hay un 
caudal aquí. ¿Cómo no lo resguardó en el Ban- 
co doña Catalina? Acaso, anticuada, temía á 
los Bancos. Hay una diadema de hojas de ye- 



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dra, de brillantes; hay el soberbio aderezo del 
retrato; hay brazaletes, medallones, broches, 
sortijas, sin hablar de rosarios, relicarios de 
oro y pendientes colgantes. ¡Las joyas! Piel 
virginal de la perla; terciopelosa sombra de la 
esmeralda; fuego infernal del rubí; cielo noc- 
turno del zafiro... ¡qué hermosos sois! Al fin os 
tengo entre las yemas de los dedos. Yo, la se- 
ñoritinga de Alcalá, que por necesidad ha dado 
tantas puntadas, sin gozar nunca de un dedali- 
to de oro bien cincelado! 

Río de gozo á solas, y lo registro, lo revuel- 
vo todo para cerciorarme de que es mío. Un 
momento, la curiosidad se sobrepone. Dale; me 
zumba el moscón ... Si viviese Dieguito, yo es- 
taba condenada á ganguear en un coro... Ol- 
vido los esplendores y busco las confidencias 
de las joyas. Profano los medallones. Hay tres: 
uno cuajado de diamantes, á tope, otro de oro 
liso con enorme solitario en el centro, otro con 
cifras, de rosasy rubíes — C. M., Catalina Masca- 
reñas — . Todos encierran retratos, fotografías 
ya pálidas. Un niño — será Dieguito— un señor 
de levita, sin barba — , el marido de doña Ca- 
talina, D. Diego de Céspedes; hay otro retrato 
suyo en el salón, ol óleo, con cruces )j bandas. 

—En el tercer medallón, el de cifras, en for- 
ma de corazón, una niña... ¡Jesús! ¡Yo, yo mis- 
ma! ¡No cabe duda; Como que poseo otro ejem- 
plar de esta fotografía, con peinado de bucles, 
y vestido blanco muy almidonado... ¡Yo! ¡Me. 
guardaba la tía con tanto afecto, en su joya 
más personal! ¿Sería verdad que, como afirma 



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Farnesio, me quería mucho? Suspensa, vuelvo 
á cogerme la barbilla, medito... Y no acostum- 
bro á meditar en balde. 

¿Habrá papeles en el armario número cuatro? 
¿De esas cartas limadas por los dobleces, en que 
dijérase que se ha consumido de añoranza la 
tinta, en que el papel se pone sedoso y rancio 
como el pellejo de una anciana aristócrata? 
¿Encerrarán esas epístolas una revelación, ó 
sólo indicios, que para mí serían bastantes? 

Gira la llave dulcemente. El armario número 
cuatro guarda mil objetos, cajas, cintas, guan- 
tes, gemelos de teatro, calzado nuevo, sombri- 
llas, medicinas, todo sin un átomo de polvo, 
todo en orden... Me fijo. Los otros armarios, 
más bien se encontraban revueltos. En este, 
donde podrían estar los papeles, es evidente; se 
ha limpiado, se ha practicado un registro. Un 
pupitre incrustado, donde la señora escribiría, 
está también en frío y meticuloso orden: el pa- 
pel timbrado forma pirámides con los sobres; 
no hay un renglón de manuscrito, no hay un 
apunte. Esto no ha podido hacerlo doña Catar- 
lina, porque la sorprendió la enfermedad, un 
derrame. La idea toma cuerpo. Levanto la pla- 
ca de la chimenea. Allí, atrás, limpieza abso- 
luta. Sin embargo, en una esquina, mis dedos 
se tiznan ligeramente, no de hollín, sino de 
ese tizne como alado que forman las pavesas 
del papel. Allí se han quemado cartas... Ke- 
ciente, hecho antes de que viniese yo. Y, en la 
dificultad de escoger, en la premura de apro- 
vechar el tiempo, no se han quemado sólo los 



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DULCE DUEÑO 



peligrosos, sino todos. No se me avisó á mí 
hasta tomar la precaución. Doña Catalina mu- 
rió ayer, á las seis de la mañana. Recibí el te- 
legrama á las cinco de la tarde. El precavido, 
I quién ha de ser sino Farnesio! dispuso de bas- 
tantes horas. Es inútil pescudar en los muebles, 
ni en los demás rincones de la casa, porque 
nada hallaré. 

Llamo á D. Genaro, que acude solícito. Noto 
que, tras los quevedos, rojean los inflados ojos. 

— ¿Qué tal? — me dice. — ¿Te has enterado bien 
de lo que te pertenece? 

—¿Sabe usted que hay cosas soberbias? Pero 
he notado algo que me extraña. Esos armarios 
no contienen ningiin papel. 

Farnesio se estremeció. Sin duda no conta- 
ba con este ataque. 

—¿Ningún papel?— murmuró, en voz que 
trataba de aclarar y serenar. — Naturalmente 
que no hay papeles ahí. Yo soy quien te los 
entregaré, y en toda regla. La documentación 
del archivo de la señora, es de las mejores. ¡No 
se ha trabajado poco al efecto! Mi vida entera 
se consagró á esa tarea, puede decirse. No te- 
mas cuestiones ni pleitos. Ya se te comunicará 
también oficialmente el testamento. Los in- 
ventarios de la plata y alhajas, están hechos en 
vida de la señora, y legalizados. Creo que algún 
legado deja á los hijos de D. Juan Clímaco... 

— ¿No me entiende, ó me entiende demasia- 
do?— cavilo, recelosa. Y, en voz alta, preparan- 
do el floretazo:— ¿Qué dirá usted que he encon- 
trado en este medallón? 



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Se inmutó tanto, que ni contestar podía. En 
su inquisición de papeles, no había pensado en 
las joyas, en que las joyas pueden guardar se- 
cretos. Le vi afligido de una especie de disnea, 
y pensé si estaría yo cometiendo el sacrilegio 
de los violadores de tumbas. Quizás temía Far- 
nesio que el medallón guardase otra cosa. Res- 
piró, cuando vió mi retrato. 

— ¿A ver? ¡Calle! ¡Tu retrato de niña! 

Se enterneció. T, con aquella flemita en la 
garganta que ya le había yo notado, en instan- 
tes de emoción, salió por esta inocentada: 

— ¡Ya lo ves, ya lo ves, si te quería tu bien- 
hechora! 



III * 

Me instalo en el bienestar — no en el lujo — de 
mi gran fortuna. El bienestar es práctico, y el 
lujo, estético. El lujo no se improvisa. El lujo, 
muy intensificado, constituye una obra de 
arte de las más difíciles de realizar. Yo tengo 
un ideal de lujo, hambre atrasada de mil refi- 
namientos; ahora comprendo lo que he sufrido 
en la prosa de mi vida alcalaína. Otra mujer 
quizás hubiese encontrado hasta dulce aquel 
escondido vivir, pero mi fantasía y el culto que 
profeso á mi propia persona, me hicieron á ve- 
ces llorar ante un puchero desportillado ó unos 
zapatos cuyo tacón empezaba á torcerse... 

No está todavía depurado mi gusto para for- 



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DULCE DUEÑO 



marme mi envolvente lujosa, y, por ahora, me 
limito á la comodidad, á alegrar esta casa sun- 
tuosa que trasuda aburrimiento. 

La mentalidad de doña Catalina, sus bur- 
gueses instintos, iban reflejándose en el mobi- 
liario. Llamo á un prendero y le vendo un sin 
fin de cachivaches. Comprendo que Farnesio 
se horripila; cree que hago una locura. Respi- 
ro al verme libre de estos espejos de tan mal 
gusto, de estos entredoses con bronces falsos, 
de estas butacas rellenas, recercadas, que pa- 
recen acericos de monja. Lo vuelvo todo patas 
arriba; no dejo cosa con cosa; el jardincillo 
pierde su aspecto terroso, secatón, y arreglo en 
él una serré en miniatura, provista de calorí- 
fero. Allí almuerzo casi todos los días. Mi de- 
partamento lo aihajo á la moderna, de claro, y 
salpico alguna antigualla fina. 

He comisionado á un prendero de altura para 
que me busque cuadros que no representen 
gente escuálida ni martirios; retratos de seño- 
ras muy perifolladas, y porcelanas del Retiro 
y Sajonia. Las vitrinas empiezan á llenarse. 

Vivo retirada; he pagado las tarjetas con 
otras, y no tengo amiga alguna, porque las de 
doña Catalina son viejas apolilladas, gente de 
su tiempo, y me he negado formalmente á re- 
cibirlas. Sin embargo, á pesar de este recogi- 
miento que complace á Farnesio, cuando salgo 
por las tardes en coche abierto á la Moncloa, á 
la Casa de Campo ó á las soledades del Hipó- 
dromo, mi coche suele llevar escolta. Hay dos 
«muchachos», hijo el uno de la condesa de Pá- 



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ramos, sobrino el otro de la generala Mansilla, 
que me rondan. Ambas señoras fueron tertulia- 
nas y compañeras de Juntas de Beneficencia de 
doña Catalina, y, sin duda, saben lo que yo 
migo... Son los primeros pretendientes que 
asoman en el horizonte. Les veo pasar hacien- 
do corbetas, obligando á sus monturas, mien- 
tras yo, envuelta en pieles de zorro negro y 
astracán, las únicas que permite mi luto, y 
acariciando al friolero lulú de Pomeraniaüaisy, 
que se refugia al calor de mi manguito y pare- 
ce otro manguito viviente, me fijo en que el 
sobrino de la generala tiene las piernas un 
poco arqueadas, y el hijo de la condesa, al sol, 
los ojos rojizos y sin cerco de pestañaje... 

Farnesio me ha indicado reiteradamente que 
necesito una dama de compañía. Le he con- 
testado que, así como viví largos años en Al- 
calá sin ese apéndice, y no me ocurrió cosa 
digna de contarse, pensaba seguir en Madrid 
sin dueñas doloridas. 

En efecto, me he habituado en mi soledad, 
en mi abandono, á ser libre. Este único bien 
no pudieron quitármelo; mejor dicho, ni aun 
creyeron que merecía la pena de querérmelo 
quitar. Sin duda Roa y Carranza, los dos ca- 
nónigos, me observaban y enviaban notas tran- 
quilizadoras. Yo no cometía irregularidad al- 
guna, yo no abría la puerta á ningún galán.. 
Farnesio cree que debo ingresar en la cohorte 
de la gente víctima de los formulismos. ¡Es tar- 
de, es tarde! 

Cuento veintiocho años; me acerco á veinti- 



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DULCE DUEÑO 



nueve. Mi carácter se ha templado en las aguas 
amargas de mi soledad y abandono. El senti- 
miento de la injusticia cometida conmigo, tan 
largo tiempo, me ha infundido un ansia de des- 
quite y goce y exaltación de mí misma, que 
tiene vistas á lo infinito. Yo necesito apurarlos 
sabores de la vida, su miel, su mirra, su néc- 
tar. ¡Yo necesito ir á su centro, á su núcleo, á 
su esencia, que son la hermosura y el amor! En 
estos meses he podido cerciorarme de que la 
comodidad, las riquezas, en sí, no me satisfa- 
cen, no me bastan. Cuando era menesterosa, y 
me zurcía mis medias, pensaba tal vez, como 
en algo inaccesible, en la contingencia de que 
doña Catalina muriese acordándose de mí con 
una manda que representase una vida de mo- 
desto desahogo. ¡Bah! Ahora me sonrío de las 
puerilidades del primer día, mi goce físico 
cuando me recliné en la berlina acolchada, mi 
soberbia áepa? f/ venue al llamar despóticamente 
á la doncella y exigir el baño .. Y, adquirido 
ya cierto buen gusto, me complazco en salir á 
pie, vestida sencillamente, en peinarme yo 
misma. El propio instinto me impulsa á pro- 
yectar un viajecillo á Alcalá, para ver á mis 
antiguos amigos, y unir el pasado al presente. 

Todas las noches, á solas, encerrada en mis 
habitaciones, me doy una fiesta á mi misma. 
Me despojo de los crespones, visto trajes ex- 
quisitos, de color, y me prendo joyas. He he- 
cho transformar y aumentar, á mi capricho, 
las de doña Catalina. Libres de sus pesadas 
monturas, ahora los brillantes y las esmeral- 



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das son flores de ensueño ó pájaros de extraño 
plumaje; las perlas salen húmedas de su gruta 
marina, y algún grueso solitario, pendiente de 
sutil cadenilla invisible, esmaltada del color de 
la piel, cuelga lo justo para iluminar como un 
faro el nacimiento del seno... Antes de todo, he 
entrado en el baño, preparado por mí, y en el 
cual he vertido á puñados las pastas suaves de 
almendra, los espumosos afrechos, y á chorros 
los perfumes, todo lo que el cuerpo gusta de 
absorber entre la tibia dulzura del agua. Uno 
de mis primeros refinamientos ha sido ¿es esto 
refinamiento?, colar el agua de mi baño al tra- 
vés de filtros poderosos, para no bañarme en 
ese légamo en que generalmente se baña Ma- 
drid... el poco Madrid que se baña. Encendidas 
las estufas, radiante de luz eléctrica mi toca- 
dor, paso á él envuelta en la tela turca. Lienzos 
delgados y. calientes completan la tarea de en- 
jugarme, y ligera fricción pone mi sangre en 
movimiento. Me extiendo en la meridiana, 
enhebrándome en una bata de liberty blanco y 
encajes. Descanso breves minutos. En seguida 
procedo al examen detenido de mi cuerpo y 
rostro, planteándome por centésima vez el 
gran problema femenino: ¿Soy ó no soy her- 
mosa? 

La triple combinación de espejos reproduce 
mi figura, multiplicándola. Me estudio, evo- 
cando la beldad helénica. Helénicamente... no 
valgo gran cosa. Mi cabeza no es pequeña, 
como la de las diosas griegas. Con relación al 
cuerpo, es ha3ta un poco grande, y la hace 



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DULCE DUEÑO 



mayor el mucho y fosco pelo obscuro. Mi cuello 
no posee la ondulación cisnea, ni la dignidad 
de una estela de marfil sobre los hombros de 
una Minerva clásica. Mis pies y mis manos son 
demasiado chicos ante la proporcionalidad es- 
tatuaria, y mis brazos mórbidos y mi pierna 
nerviosa miden un tercio menos de lo que de- 
ben medir para ser aplicables á una Febe. 

Empiezo á vestir mi desnudez, y cada pren- 
da me consuela y me reanima. La camisa, casi 
toda entredoses, nuba mis formas prestándolas 
vaporoso misterio, y haciendo salir los brazos 
de entre la espuma, mucho más gentiles que 
los brazos forzudos de la Palas lancera. Al ju- 
gar el calado de sedosas transparencias so- 
bre el tobillo menudo de española que poseo, 
me figuro que es imposible acordarse de la ex- 
tremidad inferior de la Cazadora. El corsé de 
raso mate, bordado, guarnecido de valencien- 
nes, se adapta á mi torso, ciñe y recoge mi 
vientre pequeño, emplaza mis senos vírgenes, 
y más abajo, la falda de surá complica sus 
adornos ligeros, ricos sin parecerlo, y diseña 
la silueta de la flor de la datura, arriba hincha- 
do capullo, abajo despliegue de una campana 
ondulante. Sospecho que no hay razón para de- 
plorar que el tronco de la Dea de Milo parezca, 
á mi lado, el de un fuerte púgil. 

Labrada la fácil arquitectura de mi moño, 
de mi tupé sombrío que avanza sobre los ojos 
haciendo de su expresión un enigma, clavo en 
él un ave de pedrería, unas espig'as que radian 
diamantes alrededor de mi cabeza, ó dos auda- 



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ees plumas de pavo real que divergen y me fle- 
chan de esmeraldas, ó un mercurio de roca 
antigua, cuyas alas picantes dan á la testa la 
inquietud del vuelo. El traje, sin faralaes, ad- 
herido, recamado, cae como veste solemne 
hasta cubrir enteramente los pies, derramán- 
se en rebordes artísticamente severos sobre la 
alfombra. Es el peso de sus bordados bizantinos, 
de oros rojos, verdosos, apagados, sonrosados, 
lo que produce esa línea de mosáico de Rávena 
ó miniatura de misal. Sobre el lujo á la vez 
violento y sobrio del traje, y realzando su cu- 
riosidad, la salida de teatro, también pesada, 
desciende arrastrada por sus flecos de irisado 
vidrio y sus rebordaduras complicadas, de ma- 
tices sabiamente combinados. De mi cuello 
penden los hilos de perlas, que he dispuesto á 
mi manera y que bajan hasta la cintura. Nin- 
guna otra joya, excepto las sortijas, enormes, 
en los pulidos dedos. Los dedos de mis manos— 
y hasta los de mis pies — son para mí objetos de 
un antiguo culto. En mis escaseces de Alcalá, 
cuántos sacrificios para no deshonrarme las ma- 
necitas! Uso perpetuo de guantes de algodón 
en las faenas caseras, y derroche de una pasta 
para suavizar y adobar la piel. Ahora, abuso 
de los estuches atestados de cachivaches de 
plata con mis cifras, de las infinitas limas, las 
tijeras de todas las formas y curvaturas, los 
bruñidores y pinzas, los botes de cincelada tapa 
que contienen mudas y blandurillas para acen- 
tuar lo rosado de mis uñas, y conservar la se- 
dosidad de mi piel. 



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Ya revestida de mis galas, me situó de nue- 
vo ante los espejos que me reflejan, y trato de 
definirme. Mi figura es una de tantas como la 
moda actual, artísticamente pérfida y revelado- 
ra, troquela en sus moldes. Tiene trazos gracio- 
sos, y la tela, al ajustarse estrechamente á ca- 
deras y muslos, marca líneas de inflexión gen- 
til; pero lo mismo les sucede á casi todas las 
que se visten de este modo, á menos que sean 
cincuentonas, ó su estructura se base en el to- 
cino ó la cecina, ¡Ni soy torcida, ni obesa, ni 
flaca, y esto es todo lo que el espejo me dice! 

Mi cara... La consulto como se consulta á 
una esfinge, preguntándola el secreto psicoló- 
gico que toda cara esconde y revela á un tiem- 
po. Sombreada por el tejadillo capilar en el 
cual titila un diamante montado en temble- 
que, mi cara, más bien descolorida, ni es ni- 
miamente correcta, ni irregular de facciones. 
No tengo un lado de la cara distinto del otro, 
como sucede á tanta gente. Mi tez es de una 
vitela sólida, sin granos, pecas, barros ni roje- 
ces. Mis cejas forman doble arco elegante. 
Mis ojos, color café, al sol, recuerdan una de 
esas piedras romanas en que parece que hier - 
ven partículas derretidas de oro. Mi boca es 
mediana, no bermeja; pero los dientes, de cris 
tal más que de marfil, la alumbran, y no la som- 
brea bozo. Los labios tienen un diseño intenso, 
y gracias á él, siendo carnosos, no llegan á 
sensuales. Mi faz es larga; la nariz la caracte- 
riza aristocráticamente. 

No llamo la atención desde lejos. De cerca, 



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puedo agradar. Nunca he creído en el triunfo 
de las perfectas. Además, soy de las mujeres 
de engarce. Lo que me rodea, si es hermoso, 
conspira á mi favor. El misterio de mi alma se 
entrevé en mi adorno y atavío. Esto es lo que 
me gusta comprobar lejos de toda mirada hu- 
mana, en el tocador radiante de luz, alas altas 
horas de la noche silenciosa, extintos los rui- 
dos de la ciudad. Las perlas nacaran mi tez. 
Los rubíes, saltando en mis orejas, prestan un 
reflejo ardiente á mis labios. Las gasas y los 
tisúes, cortados por maestra tijera, con despre- 
cio de la utilidad, con exquisita inteligencia de 
lo que es el cuerpo femenino, el mío sobre 
todo — he enviado al gran modisto mi fotogra- 
fía y mi descripción — me realzan como la mon- 
tura á la piedra preciosa. Mi pie no es mi pie, 
es mi calzado, traído por un hada para que me 
lo calce un príncipe. Mi mano es mi guante, 
de Suecia flexible, mis sortijas imperiales, mis 
pastas olorosas. Toda yo quiero ser lo quintae- 
senciado, lo superior — porque superior me 
siento, no en cosa tan baladí como el corte de 
una boca ó las rosas de unas mejillas — sino en 
mi íntima voluntad de elevarme, de divinizar- 
me si cupiese. Voluntad antigua, que en mi 
primera juventud era sueño, y ahora, en mi 
estío, bien puede convertirse en realidad. Para 
mí ha de aparecer el amor cortado á mi medi- 
da, el dueño extraordinario, superior á la turba 
que va á asediarme, que empieza á olfatear en 
mí á la heredera poderosa y á la mujer inexper > 
ta socialmente, fácil de cazar. ¡No tanto, seño- 



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res! — No soy una heroína de novela añeja. Inva- 
riablemente, en ellas, la protagonista, millona- 
ria, se aflige porque sus millones la impiden 
encontrar el amor sincero. Pienso todo lo con- 
trario. Esta inesperada fortuna me permitirá 
artistizar el sueño que yace en nuestra alma y 
la domina. Como el inteligente en arte que, 
repleta la cartera, sale á la calle dispuesto á 
elegir, yo, armada con mi caudal, me arrojaré 
á descubrir ese ser que, desconocido, es ya mi 
dulce dueño. Y aparecerá. El también poseerá 
su fuerza propia. Será fuerte en algún sentido. 
Algo le distinguirá de la turba; al presentarse 
él, una virtud se revelará; virtud de dominio, 
de grandeza, de misterio. Las cabezas se incli- 
narán, ó los ojos quedarán cautivos, ó el cora- 
zón se descolgará de su centro, yéndose ha- 
cia él... 

Pensando en él, prolongo mi estación ante el 
tocador, y las lunas altas, límpidas, copian mi 
cara expresiva, mis ojos ansiosos, mi busto 
brotando del escote como un blanco puñal de 
su vaina de oro cincelado... Y pruebo más tra- 
jes; uno azul, del azul de los lagos, bordado 
de verdes chispas de cristal y largas cintas de 
seda crespa, y otro blanco, en que se desflecan 
orlas de cisne, y otro del tono leonado de las 
pieles fulvas, transparente, bajo el cual se tras- 
luce un forro de seda naranja, azafranoso... Y 
me sonrío, y entreabro abanicos, y juego á 
prenderme flores, y vierto por el suelo esen- 
cias, y, por último, rendida, arrojo aprisa mis 
galas, y estremecida por la horripilación dei 



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amanecer, corro con los brazos cruzados sobre 
el pecho á refugiarme en mi cama, donde me 
apelotono, me hago un ovillo, encogida, tré- 
mula de cansancio, con los pies helados, la ca- 
beza febril... 



IV 

Al empezar á crecer los días, remanece la idea 
de irme á Alcalá una semana, á ver á mis vie- 
jos amigos. Se combina este propósito con mis 
maliciosos recelos. Es indudable que esos arrin- 
conados y modestos señores, que no me han 
hecho en tres ó cuatro meses ni una visita, 
poseen la clave de mi historia, saben lo que 
yo todavía no comprendo, lo que inútilmente 
busqué en el armario de papeles. Farnesio es 
impenetrable; nada le arrancaré; cada día se 
difumina mejor la verdad en las nieblas de su 
habla sobria. El secreto, sin embargo, no pue- 
de ser verdadero secreto, ya que lo han cono- 
cido, por lo menos, tres personas: Farnesio, 
Carranza, y Roa, el fallecido. 

Dispongo mi viaje. Nada de aparato; me 
alojaré en la casa que tantos años habité, y que 
ahora es mía, y me servirá Sidra, la misma 
Maritornes de antaño... La tengo allí al cuida- 
do de los muebles. ¡Vaya unos muebles! El 
cocinero, eso sí, enviará todos los días la co- 
mida, y un pinche encargado de presentarla. 

Invitaré al canónigo; se le soborna por la 



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DULCE DUEÑO 



boca: es amigo de la mesa. Malo será que no se 
descorra el velo. Una circunstancia, al parecer 
insignificante, acrece mi curiosidad ardorosa. 
Con motivo de las formalidades de testamenta- 
ría, he visto mi partida de bautismo. Fui bau- 
tizada en Segovia. Y mis nombres de pila son: 
Catalina, Natalia, Micaela,.. He interrogado á 
Farnesio, como al descuido: 

— Si me llamo Catalina, ¿por qué me han lla- 
mado Natalia? 

Ligera rubicundez, tartamudeo. 

— ¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir, 
supongo que sería por eso, — añade, ya aplo- 
mado—pero es imposible averiguarlo, no ha- 
biendo medio de preguntárselo á tus padres! 

— Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser. 

En mi saco, guardo una maravilla de arte que 
pretextará mi excursión por el deseo de que mis 
amigos la vean y estudien. Es una medalla que 
parece del XV. La descubrí en el oratorio de 
doña Catalina, churreteada de cera y protegi- 
da por un vidrio oval y un marco indecoroso, 
de coral basto y recargada filigrana. 

Visto un luto sencillo, y me voy á la estación 
completamente sola. Saboreo la confusa sorpre- 
sa de encontrar que un cambio tan capital en 
mi suerte no alteramis impresiones. Como siem- 
pre, me embelesa el paisaje, que la primavera 
empieza á realzar con tímidos y blanquecinos 
toques verdes, con idealidades de acuarela (la 
primavera es acuarelista). La sensación tran- 
quila y señorial de Alcalá es la misma, igual la 
impresión de limpieza de sus aceras de ladrillo 



POR E. PARDO BAZÁN 



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y su caserío claro. Á pie voy desde la estación á 
mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervan- 
tes, ¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de 
mi domicilio, con las hijas del Juez, las que me 
ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me 
devoran, con mirar hostil. Luego, con aire de 
sufrimiento, vuelven la cara. Voy ataviada sin 
pretensiones ningunas, pero mi toca negra es 
parisiense, mi sotana de casimir, del gran mo- 
disto, mi luto una apoteosis. Mi bolsita de cuero 
negro luce inicial de chispas. El dinero es tan 
difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de en- 
vidias! ¡Qué de charlas chismosas! ¡Cómo ra- 
biarán! 

Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de 
uno de esos lugares donde estuvimos de niños, 
y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me 
acoge con una mezcla de resabios familiares 
y terror respetuoso. ¡Su señorita, la que la re- 
gañaba por diez céntimos mal administrados! 
¡Y ahora, no saber adonde llega mi fantástica 
fortuna! 

— Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega 
mucho... Traerán la comida de Madrid; tú en- 
ciende^ el fogón, para que la calienten... Y 
manda un chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y 
á D. Antón. ¡Que almuerzan conmigo! Y si le 
estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas 
de coro, que le aguardo á las tres para el café, 
y que cenará aquí. 

Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres, 
llegaron radiantes. Intentaron un retrasado pé- 
same, que sonaba á enhorabuena. 



106 



DULCE DUEÑO 



—Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto 
es motivo de felicitación— advertí.— No lo ocul- 
ten, puesto que lo piensan. 

Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de 
verme, y de verme tan dichosa, sin género de 
duda. Yo también reía. Fué un momento sa- 
broso, en que revivieron los tibios afectos y las 
intimidades apagadas del pasado. 

Empecé á hartarles de café extraordinario, 
de ron muy viejo, de licores primera marca. 
¡Bastante agua chirle les había dado en mi 
vida! 

—¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando 
me regalaba usted, de tiempo en tiempo, una 
librita de molido, porque mis recursos...? ¿Buen 
cambiazo, eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso 
y entro monja? No, no se excuse; su intención 
era buena, de fijo. Las circunstancias mandan 
en nosotros. Viviendo Dieguito Céspedes, yo 
estaba mejor emparedada... 

El canónigo sonreía de un modo pacato, mi- 
rándose los rollizos pies, que asomaban calza- 
dos de vaca reluciente, con plateada hebilla. 

— Sin embargo — añadí — , Dieguito y yo ca- 
bíamos en el mundo. ¿Qué estorbo le hacía esta 
infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no mer- 
maba su caudal. Y usted sabe que yo era inca- 
paz de pedir más, de molestar á mi... 

— A tu respetable tía doña Catalina — atajó el 
ladino y erudito eclesiástico — . De sobra cono- 
cemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del monjío 
y la mesada son viejas historias. Casi prehisto- 
ria, niña. Doña Catalina Mascareñas te ha dado 



POR E. PARDO BAZÁN 



107 



una prueba bien estupenda de su cariño, y nos- 
otros, contentísimos de que lo haya heredado 
nuestra Natalita— porque supongo que nos per- 
mites llamarte así. 

Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y 
grave cortesía castellana, que rebosa dignidad. 

— Lo único que no permito es que me llamen 
Natalia. Catalina me pusieron en la pila. Llá- 
menme Lina, ¿eh? ¿Convenido? 

— Corriente... ¡Lina, consejo de amigo anti- 
guo! Yo intenté, hace tiempo, darte un esposo 
sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú... Mira lo 
que vas á hacer... 

— ¡Esto ya no se puede sufrir! — grité afec- 
tando indignación — . Ayer me quería usted me- 
ter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde saca 
usted...? 

Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me 
hacía misteriosos guiños. 

— No te vas á quedar vistiendo santos... No 
es bueno para el hombre vivir solo. ¿Qué dire- 
mos de la mujer? 

— La mujer que posee un capital, debe con- 
siderarse tan fuerte como el varón, por lo me- 
nos — sentencié. 

— A veces— argüyó el Magistral— el dinero 
es un peligro. ¡Expone á tantas cosas! 

— A mí, no — respondí tranquilamente — . A 
ustedes les consta que he cursado en las aulas 
de la necesidad. No hay doctora complutense 
que me pueda enseñar esta asignatura. Y he 
visto que las pobres no infunden pasiones. 

—De todos modos... Polilla, déjese usted de 



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DULCE DUEÑO 



hacer morisquetas, y ayúdeme. ¿No cree usted 
también que Nati... digo, Lina... debe casarse? 

— Hay — enfatizó el volteriano— una ley im- 
periosa, grabada por la naturaleza en nuestros 
corazones, que nos manda amar. 

—¿Ha recogido usted alguna estela donde se 
inscriba esa ley?— pregunté malignamente — . 
¿Y se ha enterado usted de que no hablábamos 
de amor, sino de matrimonio? 

— Hija mía — baboseó el vejete — , eres pesi- 
mista de sobra. Dices que tu pobreza... Yo he 
visto á más de un teniente pasear esta plaza 
mirando hacia tus balcones. 

— Era su deber, como las guardias. ¿Qué 
hace un teniente aquí, si no mira á los balco- 
nes? Me miraban... como se mira al mar cuan- 
do no hay propósito de embarcarse. 

— Insisto, Lina — decretó Carranza — . Necesi- 
tas sombra. 

— Tengo áFarnesio... Me sombreará, como 
sombreó á doña Catalina. 

El golpe era traicionero. Estudié la fisono- 
mía de Carranza, aquella faz de medalla roma- 
na, de papada redondeada y labios irónicos á 
fuerza de inteligencia. Juraría que se alteró un 
poco. 

— jFarnesiono es... pariente ni deudo tuyo!... 
Se necesita familia... 

— Se necesita querer — mosconeó Polilla, sen- 
timental. 

— ¡Tiene gracia! Usted, Carranza, sin fami- 
lia vive, y hecho un papatache... Y usted, don 
Antón, no supongo que haya sido un Amadís... 



POR E. PARDO BAZÁN 



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Pero, en fin, si á querer vamos, le querré á us- 
ted. Capaz soy de ofrecerle mi blanca mano. 

¡Ridiculez humana! Polilla se emocionó. 
Su cráneo pequeño, raso y satinado como man- 
zana camuesa madura — excepto el cerquillo 
gris que orla el cogote y trepa hasta la sien — , 
se sonrojó como el camarón cuando lo echan 
en e] agua hirviendo. Y el caso es que com- 
prendió la chanza y la devolvió. 

— Aceptado, Linita... Carranza, bendíganos, 
aunque eso en mis principios no entra. 

Le miré con afecto, con dejos de añoranza... 
Los dos señores eran mis iniciadores intelec- 
tuales. Por ellos podía yo saborear más cons- 
cientemente las mieles de la riqueza. En este 
pueblo decaído, entre estos amigos trasconeja- 
dos, sazonados con especias de sabiduría, yo 
fui abeja libadora de secretos y curioseadora 
de flores marchitas, todavía olientes. Por den- 
tro, había vivido más intensamente que las 
fatuas cuyo nombre traen y llevan los reviste- 
ros de salones. Sonreía de gozo ante mis maes- 
tros. El Magistral, ceremonioso y malicioso, 
enemigo de quimeras, antiromántico, con su 
fisonomía más ancha abajo que arriba, sus ojos 
agudos tras los espejuelos, su azul barbilla ra- 
surada, su entendimiento orientado hacia las 
fuentes claras y cristalinas del clasicismo na- 
cional; Polilla, vivaz como un roedor y tierno 
como un palomo, con su geta color de hueso 
rancio, su bigotillo cerdoso, sus dientes seme- 
jantes á teclas viejas que enverdeció la hume- 
dad, su terno color ocre, su corbata con rapa- 



110 



DULCE DUEÑO 



cejos y sus botas resquebrajadas, representa- 
ban la luz de mi conocimiento, la formación 
de mi mentalidad; yo les era superior, no en el 
saber, sino en el sueño... Mientras saboreo la 
cordialidad de mi emoción y la nostalgia in- 
evitable del pasado, no pierdo de vista mi pro- 
pósito. 

¡Es evidente que nada sacaré de Carranza! El 
único que se entregará es Tolilla.— Hay que 
quedarse sola con él. 

La casualidad lo arregla. Vienen á traer al 
Magistral un recado urgente del Deán. Intri- 
gas, cabildeos. Carranza responde que va en 
seguida, pero no querría marcharse sin ver la 
placa del XIV ó del XV que le he anunciado. 
Cuando se la presento, libre de marco y cristal, 
limpia, prorrumpe en exclamaciones. 

— ¡Qué portento! ¡Pero de dónde sale estol 
¿Dices que del oratorio de la señora de Masca- 
reñas? Naturalmente, como que es su Patrona, 
Santa Catalina de Alejandría... ¡Pero no haber- 
la visto yo! 

—¿No entró usted nunca en el oratorio de la 
señora? 

— No, jamás — responde, con su estudiada re- 
serva de camarlengo del Papa — . Apenas si fui 
allá dos ó tres veces á visitarla, por asuntos de 
administración, pues quiso tu tía encargarme 
de la hacienda que hoy posees en Alcalá. ¡Pero 
figúrate mi júbilo! Casualmente (dedicada á la 
señora de Céspedes), tengo yo escrita una re- 
lación de la vida de esa santa. Pensaba ofre- 
cérsela, pero Dios dispuso... 



POR E. PARDO BAZÁN 



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— ¿La vida de la filósofa? Dediquémela usted 
á mí. Haremos que vea la luz. 

— ¡Lina, eres toda una señora! No sé como 
agradecerte... 

— La placa — interrumpí yo— ¿será del XIV? 

—Del XV— intervino Polilla. ¿No nota usted 
el plegado del traje? Y el procedimiento del 
esmaltado... Y todo, todo... 

— La Santa debía de ser muy elegante... 

— Vaya... ¡Refinadísima! 

— Mañana, despacio, por la tarde, me leerá 
usted la relación, y repito que la edición corre 
de mi cuenta. 

Se dilató el semblante del erudito. Ya se veía 
empaquetando ejemplares para enviar á los 
académicos que á veces le escriben, no más 
que para consultarle cosas de Alcalá y sus con- 
tornos. Ahora verían que puede dominar otros 
asuntos su pluma. 

— Leeré — dijo — únicamente lo narrativo. Las 
notas serían enojosas. Quedan para la impre- 
sión. 

— Bien pensado. 

Y me dejó sola con D. Antón de la Polilla. 
V 

No necesito diplomacia, ó por lo menos, no 
necesito astucia con este amigo, cuya boca 
no sufre candados. 

— Me estaba riendo, D. Antón, de los guiños 
que usted me hacía. 



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DULCE DUEÑO 



— Ya, ya lo noté... ¡Ese Carranza! ¡Qué clé- 
rigos! Antes, empeñado en meterte en un 
claustro, y ahora... ¡Vamos, son criminales; no 
reconocen ley moral desde el momento en que 
se ordenan! 

Le llevé la corriente. 

— En efecto, á mi me parece que eso no está 
bien, y lo que más me fastidia, Polillita, de los 
eclesiásticos, es el prurito del disimulo; la falta 
de franqueza. Carranza tiene la manía de hacer 
misterio de todo; de tonterías sin importancia. 

— Una chifladura... Lo menos se cree en las 
antecámaras del Vaticano, revolviendo el gui- 
so negro de aquella diplomacia. ¡Oh! ¡Qué cosa 
más artística, confitarse en discreción! ¡Prodi- 
gar detalles sobre lo que pasó hace dos mil 
años, y guardar una reserva ridicula, sobre lo 
que ha sucedido ayer, y, además, no importa 
nada absolutamente! 

— ¿Qué fin se llevará en eso la gente de igle- 
sia, D. Antón? ¿Á qué vendrá tal arte de ma- 
quiavelismo? 

Polilla frunció la boca y enarcó los dos hopi- 
tos de las cejas. 

— ¡Ay, hija mía! No dudes que algún fin lle- 
van; que ese sistema de disimulo les da buen 
resultado. No hay como ser zorro. En estos zo- 
rritos se fía la gente. En un hombre franco, no. 
Ya verás, ya verás si Carranza se las arregla 
para buscarte novio de su mano; y claro, des- 
pués mandará en tu casa y en tí y satisfará sus 
ambiciones. No tengas miedo de que se pierda! 
Pero yo trataré de madrugar y defenderte... 



POR E. PARDO BAZÁN 



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— Usted es muy buen amigo — declaré. 
—No, no vayas á creer que no nos estimamos 
el Magistral y yo. Como digo una cosa digo otra. 
Entablé á mi vez el elogio de Carranza. 
— ¡Oh! ¿Qué me va usted á contar? Es persona 
que vale mucho. También D. Genaro Farnesio 
es excelente y parece que me quiere de verdad. 
Y... ¿conoce usted á D. Genaro? 

— Sí, desde hace muchos años. Alguna vez 
se ha dejado caer por aquí, con motivo de asun- 
tos administrativos de doña Catalina. Cuando 
tú eras niña, venía bastante amenudo. Era el 
tiempo en que cuidaba de ti aquella Bomana, 
la que luego se puso tan enferma que fué pre- 
ciso enviarla á su pueblo, á Málaga, donde mu- 
rió. Después te colocaron de interna en un co- 
legio de Segovia. Y luego, cuando fuiste mayor, 
te trajeron aquí, con una bruja vieja que se lla- 
maba doña Corvita. Ya te acordarás: estaba 
medio ciega y hacías de ella á tu capricho. 

— ¿Y mientras estuve en Segovia yo, también 
venía por aquí el señor de Farnesio? 

— Déjame recordar... No; se me figura que 
por entonces no venía. 

—Ese apellido de Farnesio debe de ser ilus- 
tre. D. Antón, usted que todo lo sabe, ¿conoce 
el origen de ese apellido? 

— Hay una dinastía de príncipes que lo han 
llevado, pero el Sr. D. Genaro no procede de 
esos príncipes, sino probablemente de la aldea 
de Farneto, de donde los Farnesios eran seño- 
res, y daban su nombre á los aldeanos, como 
ha sucedido también algunas veces en Espa- 



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DULCE DUEÑO 



ña. Esto de los apellidos engaña mucho. Los 
hay que suenan y no son; y los hay que son y 
no suenan. ¿Creerás que, por ejemplo, el de 
Polilla es de los principales apellidos castella- 
nos? Los Polillas, según he podido rastrear en 
Godoy Alcántara, venían de... 

— ¡Sí, sí, lo recuerdo! — exclamé evitando que 
aquel enemigo de toda preocupación nobiliaria 
me espetase su genealogía — . Pero se me ocu- 
rre: D. Genaro Farnesio, ¿es italiano? 
— El, no. Lo era su padre. 
— Y á su padre ¿le conoció usted también? 
— Precisamente conocerle, no. Supe que era 
cocinero del señor de Mascareñas, el padre de 
doña Catalina. D. Genaro nació en la casa. 

— ¡Qué bien enterado está usted siempre, Po- 
lillita! Es un gusto consultar á usted. 

Sonríe, halagado, enseñando las teclas añe- 
jas de su dentadura. 

— ¿Diga usted — porfió — , D. Jenaro viviría 
siempre con los señores de Mascareñas? 

— No por cierto. Tendría veintitrés años 
cuando, acabada su carrera de abogado, empe- 
zó á rodar por ahí, empleado en Oviedo, en Za- 
mora, en León, en secretarías de Gobierno 
civil y varios destinos. 

— ¿No se casó nunca? Yo me figuraba que era 
viudo. 

—Solterón, como yo...— se ufanó Polilla. 

— Le parecerá raro que esté tan mal entera- 
da, pero usted no ignora qué poco le he visto, 
y me conviene saber, para conocer los antece- 
dentes de una persona hoy tan allegada. Al fin, 



POR E. PARDO BAZÁN 



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Farnesio va siendo mi brazo derecho, como 
fué el del Sr. de Mascareñas... y del Sr. de Cés- 
pedes, el marido de doña Catalina. 

— ¿Brazo derecho? ¡Quiá! En vida de esos se- 
ñores, Farnesio no administraba. Cuando doña 
Catalina enviudó, á los cinco años de matri- 
monio, siendo Dieguito una criatura, es cuan- 
do vuelve á la casa Farnesio, para arreglar el 
maremagnum de la testamentaría y mil cues- 
tiones y pleitos que intentó la familia de Cés- 
pedes. Y como doña Catalina no se daba mu- 
cha maña, Farnesio se hizo indispensable. Eso 
sí: es honrado á carta cabal, y entiende el busi- 
lis. En sus manos, debe de haber crecido como 
la espuma la fortuna de Mascareñas. ¡Mejor 
para tí, hija mía! Todo esto lo sabe Carranza... 
¡Apostemos á que no te lo dice! 

— Pues no veo en ello ningún secreto de Es- 
tado. Y... á propósito... Y á mis padres, ¿les ha 
llegado usted á conocer? 

— Personalmente, tampoco... ¿Cómo quieres? 
Pero hay noticias, hay noticias. 

— Vengan .. ¡Pobrecitos papás míos! 

— Tu papá, D. Jerónimo Mascareñas, era hijo 
de un primo hermano del padre de doña Cata- 
lina. El tal primo hermano, tu señor abuelo, 
perdió hasta la camisa en el juego y otras lo- 
curas. Total, que á sus hijos les dejó el día y la 
noche. A tu padre le atendió doña Catalina mu- 
chísimo. Bueno fué, porque pasaba cada cru- 
jida... ¿Oye, no te parece mal? 

—¡Amigo Polilla, qué pregunta! ¿Pues no he 
sido yo pobre tantos años? 



116 



DULCE DUEÑO 



— Tienes razón... La pobreza enaltece... Ro- 
dando y rodando, tu papá conoció á una seño- 
rita muy guapa, estanquera en Ribadeo... Dicen 
que propiamente una imagen... Era enfermiza, 
la desdichada. Falleció al nacer tú, ó poco des- 
pués, que eso no lo sé de positivo. Ello es que 
de tí se hizo cargo, por orden de doña Catalina, 
el Sr. Farnesio, que te puso ama y te dejó al 
cuidado de ella, en tierra de Segovia. Pero esto 
ya lo sabrás tú muy bien. ¿Que te estoy con- 
tando? 

— No lo crea. Los recuerdos de la niñez son 
confusos. Sé que mi padre también murió joven. 

— No tan joven, pero no viejo. Sobrevivió á 
su mujer, y aun decían si había vuelto á ca- 
sarse; pero salió mentira. La gente, amiga de 
catálogos, chismorreaba que había jurado no 
verte, porque le recordabas á su santa esposa. 
Esto también lo creo fábula. Lo seguro es que, 
como le dieron un cargo allá en Filipinas, don- 
de cogió la disentería que acabó con él, no 
tuvo tiempo de venir á hacerte fiestas. La pro- 
tección de doña Catalina le tranquilizaba res- 
pecto á tu suerte. 

— Por lo visto mi papá era una cabeza de 
chorlito, como el abuelo. Y hasta parece que... 
— Hice ademán de alzar el codo. 

— Ya que estás enterada...— balbuceó, turba- 
dísimo, I). Antón. 

— Los que tienen esa costumbre y van á Fi- 
lipinas, dejan allí el pellejo. 

Polilla, aguado, modelo de sobriedad, apro- 
bó con la cabeza, sentencioso. 



POR E. PARDO BAZÁN 



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— Vamos á ver — insisto afectuosamente, en- 
gatusando al ratoncillo de biblioteca— todo eso 
está muy bien, y debo á doña Catalina profun- 
da gratitud; pero, ¿á qué venía querer que yo 
entrase monja? Carranza y el pobre Roa, que 
en gloria esté, hicieron una campaña... 

— ¡No me hables! ¡Indigna! Estuve por en- 
viar un comunicado á las Dominicales. ¡Tene- 
brosa conspiración! No ignoras que hice lo po- 
sible porque abortase; bien recordarás mis pro- 
testas, mis consejos. 

— ¿Á qué idea obedecería tal empeño, don 
Antón? 

— ¿A qué? ¡Inocente! ¿Y una muchacha tan 
superior como tú me lo pregunta? A fanatismo, 
á malicia negra. Quieren extinguir la fecundi- 
dad, el amor; su odio á la vida toma esa forma. 

— El caso es, D. Antón, que ahora Carranza 
me aconseja que me case. 

— Negocio verá en ello. Que sino... 

— ¿Y qué negocio pudo ver en mi monjío? 

— ¡Dale, hija! Fanatismo brutal. Inquisición 
pura. 

—Creo que tiene usted razón— asentí— . Y en 
lo de ahora, ya viviré prevenida. Pero usted, 
reservadamente, me auxiliará con sus adver- 
tencias. 

—Haré algo más... Tengo una idea... Una 
idea sublime. 

¡Oh, inefable D. Antón! Ya no me haces fal- 
ta. Tú, el hombre de los datos; el genio de la 
menudencia... sin enterarte, me has puesto en 
las manos la antorcha. Me has enseñado, buen 



DULCE DUEÑO 



maestro, lo que no sabes. ¡Creía interpretar tus 
guiños, como clave de la verdad que ibas á 
descubrirme, ahora que ya no importa que yo 
la sepa; y los guiños no significaban sino el in- 
ofensivo desahogo de tu prevención contra Ca- 
rranza, á quien no he de guardar rencor algu- 
no por haber salvado la honra de mi madre! 

Sí; ahora ni un sólo hilo me falta; el pasado 
sale de su penumbra silenciosa y se acerca á 
mí, evocado por los hechos que me relató don 
Antón, y son ciertos, pero significan entera- 
mente lo contrario de lo que él entiende... ¡Mi 
desprecio hacia los hechos, mi gran desprecio 
idealista, qué bien fundado! El hecho es cás- 
cara, es envoltura de la almendra amarga de 
la verdad... El hecho vive porque nosotros, con 
la fantasía, le vestimos de carne y sangre... El 
hecho es la tecla; hay que pulsarlo... Ahora 
poseo la historia, si se quiere la novela, cons- 
truida completamente... 

Desfilan sus capítulos. Catalina Mascareñas 
y Genaro Farnesio, jóvenes, criándose juntos, 
jugando juntos en la casa. Genaro, como chi- 
quillo listo, que sobresale de la domesticidad; 
Catalina, hija de padre viudo, un poco aban- 
donada á sí misma, descuidada en la edad 
en que el corazón se forma y ¡los sentimien- 
tos despuntan. Un amorcillo nace, y se delata, 
imprudente. El padre toma el mejor partido: 
buscándole decentes colocaciones, envía al 
muchacho fuera, lejos de Madrid. Le protege; 
vería con gusto que se casase. Entretanto, 
busca un buen novio para su hija. Catalina se 



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une al Sr. de Céspedes. Probablemente no se 
casa á disgusto. Catalina es muy pasiva y 
acepta la vida, en vez de crearla. Vegeta satis- 
fecha entre el esposo y el hijo. El marido mue- 
re; la señora se encuentra libre, sin saber qué 
hacer de su libertad, con los asuntos embrolla- 
dos y mucha hacienda. Un cariño tranquilo, 
un recuerdo grato, han sustituido al antiguo 
amor; Farnesio la escribe un pésame; contesta 
afectuosa, deplorando á un tiempo la viudez y 
el peso de tanto negocio, la imposibilidad de 
fiarse en nadie; Farnesio replica ofreciendo su 
lealtad; á los pocos días está al frente de la 
casa, la dirige con absoluta probidad, con un 
celo de hermano. Es el útil, es el indispensable. 
La señora saborea la dicha de no tener que 
ocuparse de nada; Farnesio aquí, Farnesio 
allá... La presencia, continua; la confianza, 
omnímoda... Hay horas de soledad, frente á 
frente... La buena posición de doña Catalina 
atrae pretendientes; pero Farnesio, hábilmen- 
te, los aleja, los desconceptúa... Y sucede lo 
que tenía que suceder, y también algo presu- 
mible, siempre imprevisto; comprometida ya 
la señora, Farnesio no quiere saltar el peldaño, 
al contrario, desea por hidalguía, por abnega- 
ción, seguir siendo el inferior, el dependiente, 
el que en la sombra vela por una dama y una 
estirpe. La idea del matrimonio, que no hubie- 
se sido antipática á la pasiva doña Catalina, él 
la rechaza reiteradamente, definitivamente; no 
rebajará á la mujer amada (el amor ya lo ha- 
bía olfateado yo en aquel dolor silencioso, pro- 



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DULCE DUEÑO 



fundo, en presencia del cadáver), no la hará 
avengonzarse ante su hijo, no suscitará la me- 
nor complicación para el porvenir. El altar de 
la honra y del decoro pide una víctima; la 
víctima seré yo. Se me buscan padres, es de- 
cir, padre, porque mi supuesta madre sucum- 
be al dar á luz á una niña, que habrá vivido 
algunas horas. Con dinero é influencia se arre- 
gla todo. Se aleja de mí á mi padre, no sólo 
para que no sea indiscreto, sino para no expo 
nerme á las contingencias de su vida desorde- 
nada. Se le prohibe, á ese pariente pobre y 
vicioso, que se vuelva á casar, para evitar que 
otra persona entre en el secreto, para ahorrar- 
me madrastra. Mi padre apócrifo también ig- 
nora que yo sea cosa de doña Catalina. Supone 
acaso una aventurilla de Farnesio. El misterio 
se ha espesado por todos lados. La bala perdida 
se dirige á Filipinas... Allí hará su vida de cos- 
tumbre... Reflexiono. Cuando la pasión aguija, 
¿se retrocede?... ¡No! El clima de Filipinas es 
mortífero para sujetos como mi padre... 

A mí se me inculca la idea monástica. El 
único que está en el secreto ¿total? ¿parcial? 
es Carranza, y Carranza guarda la clave. Se tra- 
bajare prepara el terreno.. . Desde un convento 
no podré yo nunca afrentar á doña Catalina. Se 
me contenta con una pensión escasa, para que 
viva obscuramente, no me salgan galanes y me 
sea más fácil renunciar á un mundo en que 
hasta sufro privaciones. 

Me resisto. Hay en mí fuerza, nervio, volun- 
tad. Muere Diego. Entonces cesa la catequiza- 



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ción... Sobreviene la larga enfermedad de doña 
Catalina. No quiere emociones; la horroriza 
verme; soy, ahora que distingue las cosas á la 
luz poniente de la vejez, su remordimiento, 
su caída... Y D. Genaro me mantiene alejada, 
pero trabaja, siempre en la penumbra, para 
asegurarme la fortuna que él ha acrecentado. 
¡Y lo consigue! — Nada ignoro ya de lo que me 
concierne. El conflicto interior, prontamente 
lo soluciono . Me quedo con mis padres oficia- 
les. Si lo fuesen realmente, por serlo; y si no, 
por cooperar á esta superchería bien urdi- 
da. Es más cómodo, es más decoroso para mí 
aceptar la versión que me dan hecha. Y en- 
cuentro singular placer en reconocerme inca- 
paz de sentimentalismos previstos y escénicos; 
de representar uno de esos melodramas en que 
se grita: «¡Hija! ¡Padre!» y se mezclan las lá- 
grimas y los brazos. ¿Me han querido á mí de 
este modo, por ventura? No; me han impuesto 
el secreto, el silencio, la mentira. La mentira 
no es antiestética. Me conviene. Dueña de la 
verdad, encierro esta espada desnuda en un 
armario de hierro y arrojo la llave al pozo. 
Farnesio será toda la vida mi apoderado gene- 
ral; le trataré con extrema consideración, pero 
desde mi sitio, y, por medio de matices, con * 
servaré la distancia que él ha querido que exis- 
tiese... 

— Un millón de gracias, amigo Polilla... Voy 
á ver si encuentro fotografías de papá y mamá, 
para encargar al mejor retratista dos lienzos. 
Quiero tenerlos en mi salón. 



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DULCE DUEÑO 



— ;Es muy justo! No comprendo — aquí que 
hablamos sin hipocresía —más religión que la 
de los antepasados. La moral del gran Confu- 
cio, que en eso se basa... 

Le di cuerda, y me sirvió una menestra de 
descreencias candidas, fundadas en que Josué 
no pudo parar el sol, en que la Inquisición tos- 
tó á mucha gente, y en que— éste era su ca- 
ballo de batalla — los cuerpos de los niños már- 
tires Justo y Pastor, no se descubrieron porque 
tuviese revelación el Obispo Asturio, sino por 
la tradición que sostuvieron los versos de Pru- 
dencio y San Paulino. «He allegado pruebas — , 
repetía — , y echaré abajo esa ridicula fábula. 
Ya verán lo que es depurar los hechos hasta las 
seminimas. ¡Llevo escritas trescientas veinte 
cuartillas! ¡Me he remontado á las fuentes!» 



III 



L.os procos* 



I 

EPISODIO SOÑADO 

Volví de Alcalá con una venda menos en los 
ojos del alma. El caudal de la experiencia pare- 
ce completo y siempre es menguado. La sospe- 
cha, al confirmarse, nos deja un poso que sa- 
tura eternamente nuestras horas. Si se conocie- 
se la historia íntima de cada persona, ¡qué de 
acíbares! 

La herida me sangra hacia dentro. Me acuerdo 
de mi madre, negándome no ya su compañía, 
sino una caricia, un abrazo; empujándome á 
un claustro por evitarse rubores en la arrugada 
frente... ¡Miseria todo! Una necesidad de ilu- 
sión, de idealismo inmenso, surge en mi. ¡Azu- 
cenas, azucenas! Porque me asfixio con los va- 
pores de la tiera removida, del craso terruño 
del cementerio, en que se pudre lo pasado. 

¿Dónde habrá azucenas...? Donde lo hay 
todo... En nosostros mismos está, clausurado 
y recóndito, el jardín virginal. Un amor que yo 



124 



DULCE DUEÑO 



crease y que ninguno supiese; un amor blanco 
y dorado como la flor misma... ¿Y hacia quién? 

No conozco en Madrid á nadie que me su- 
giera nada... nada de lo que me parece indis- 
pensable ahora, para quitarme este mal sabor 
de acerba realidad. Los que siguen á caballo 
mi coche, son grotescos. Los que me han es- 
crito inflamadas y bombásticas declaraciones, 
me enseñaron la oreja ¿Quién me escanciará el 
licor que apetezco, en copa pura...? 

Retirada como vivo, es difícil; y si anduviese 
entre gente, acaso fuese más difícil aun. Debo 
renunciar á un propósito tan raro, y que por 
su carácter cerebral hasta parece algo perver- 
so. Me bastará una impresión honda de arte. 
Oir música, tal vez provoque en mi sensibili- 
dad irritada y seca la reacción del llanto. En el 
teatro Real, que está dando las últimas funcio- 
nes de la temporada — este año la Pascua cae 
muy tarde — encargo á cualquier precio uno de 
los palcos de luto, desde los cuales se ve sin ser 
muy vista. Y sola enteramente — porque Far- 
nesio, cuya corbata parece cada día más negra, 
se niega á acompañarme, hincando la barbilla 
en el pecho y velando los ojos con escandali- 
zados párpados—me agazapo en el mejor sitio 
y escucho, extasiada ya de antemano, la sinfo- 
nía de Lohengrin. 

Nunca he oído cantar una ópera. Mi frescu- 
ra de sensación tiende un velo brillante sobre 
las mil deficiencias del escenario. No veo las 
tosquedades del coro, las coristas en la senec- 
tud, imponentes de fealdad ó preñadas, en me- 



POR E. PARDO BAZÁN 



125 



ses mayores; los coristas sin afeitarse, con me- 
dias de algodón, zurcidas, sobre las canillas 
garrosas; todo lo que, á un espíritu gastado, le 
estropea una impresión divina. Tengo la fortu- 
na de poder abstraerme en las delicias del poe- 
ma y de la música. He leído antes opiniones; 
¿quién fué el verdadero autor? ¿Se puede, sí ó 
no, atribuir la tercera parte de la trilogía á 
Wolfrango de Eschenbach...? Nada de esto re- 
cuerdo, desde los primeros compases del prelu- 
dio. Con sugestión misteriosa, la frase mágica 
se apodera de mi. «No intentes saber quien soy... 
No preguntes jamás mi nombre...» Así debe ser 
el amor, el gran adversario de la realidad. De 
países lejanos, de tierra desconocida, con el 
prestigio de los sortilegios y los encantos, ha 
de venir el que señorea el corazón. Deslizándo- 
se por la corriente sesga de un río azul, su 
navecilla cisnea le traerá, á luchar nuestra lu- 
cha, á vencer nuestras fatalidades. Le tendre- 
mos á nuestro lado sólo una noche, pero esa 
noche será la suprema, y después, aunque mu- 
ramos de dolor, como Elsa de Brabante, ha- 
bremos vivido. 

El preludio acentúa su magnífico crescendo. 
Saboreo el escalofrío del tema heroico que vi- 
bra en sus notas. Se alza^el telón. El pregón del 
heraldo anuncia la esperanza de que llegue el 
caballero. Y... aparece la barquilla, con su fan- 
tástico bogar. Espejea en la proa un deslum- 
bramiento relampagueante de plata. El caba- 
llero desembarca, entre la mística emoción de 
todos, de Elsa palpitante, de Ortruda y Telra- 



126 



DULCE DUEÑO 



mondo estremecidos de pavor. Avanza hacia la 
batería, y yo me ahinco en la barandilla del 
palco para mejor verle. 

Es una especie de arcángel, todo encorazado 
de escamas, en las cuales riela, culebreando, 
la luz eléctrica. La suerte ha querido que no 
sea ni gordo, ni flaco de más, ni tenga las pier- 
nas cortas ó zambas, ni un innoble diseño de 
facciones. ¡Qué miedo sentía yo á ver salir un 
Lohengrin caricaturesco! No, por mi ventura 
grande. Llámase Cristalli,— y hasta el nombre 
me parece adecuado, retemblante y fino como 
el choque de dos copas muselina. — ¿Su edad? 
Rasurado, con los suaves tirabuzones rubios de 
la peluca, simulando el corte de cara juvenil, 
se le atribuirían de veintidós á veinticinco 
años, pero la viril muñeca y el cuello nervudo 
acusan más edad. Y todo esto de la edad, ¡qué 
secundario! Lohengrin no es el héroe niño, 
como Sigfredo. Es el paladín; puede contar de 
veinte á cuarenta. 

Sabe andar grave y pausado; sabe apoyarse 
en su espada fadada; sabe permanecer quieto r 
esbelto, majestuoso. Sobrio de movimientos, 
es elegantísimo de actitudes. Y me extasío 
ante el blancor de su vestimenta de guerra. El 
tema del silencio, del arcano, vuelve, insisten- 
te, clavándose en mi alma. «No preguntes de 
dónde vengo, no inquieras jamás mi nombre 
ni mi patria...» \ksí se debe amar! Mi alma 
se electriza. Mi vida anterior ha desaparecido. 
No siento el peso de mi cuerpo. ¿Quién sabe? 
¿No existe, en los momentos extáticos, la sen- 



POR E. PARDO BAZÁN 



127 



sación de ¡evitación? ¿No se despegará nunca 
del suelo nuestra mísera y pesada carne? 

La necedad de Elsa, empeñada en rasgar el 
velo, me exaspera. ¿Saber, qué? ¿Una palabra, 
un punto del globo? ¿Saber, cuando tiene á su 
lado al prometido? ¿Saber, cuando las notas de 
la marcha nupcial aún rehilan en el aire? 

Yo cerraría los ojos; yo, con delicia, me re- 
clinaría en el pecho cubierto de argentinas es- 
camillas fulgurantes. «Sácame de la realidad, 
amado... Lejos, lejos de lo real, dulce dueño...» 
Y, en efecto, cierro los ojos; me basta escu- 
char, cuando el raconto se alza, impregnado de 
caballeresco desprecio hacia el abyecto engaño 
y la vileza, celebrando la gloria de los que, con 
su lanza y su tajante, sostienen el honor y la 
virtud... Lentamente, abro los párpados. Los 
aplausos atruenan. Dijérase que todo el con- 
curso admira á los del Grial, sueña como yo la 
peregrinación hacia las cimas de Monsalvato... 
Quieren que el raconto se repita. Y el tenor 
complace al público. Su voz, que en las prime- 
ras frases aparecía ligeramente velada, ha ad- 
quirido sonoridad, timbre, pasta y extensión. 
Satisfecho de las ovaciones, se excede á sí mis- 
mo. La pasión íntima que late en el raconto, 
aquel ideal hecho vida, me corta la respiración; 
hasta tal punto me avasalla. Anhelo morir, di- 
solverme; tiendo los brazos como si llamase á 
mi destino . . . apremiándole . Imantado por el sen- 
timiento hondo que tiene tan cerca, Lohengrin 
alza la frente y me mira. Fascinada, respondo 
al mirar. Todo ello un segundo. Un infinito. 



128 



«Brabante, ahí tienes á tu natural señor...» 

Lohengrin ya navega río abajo en su cisne 
simbólico. Le sigo con el pensamiento. Vuelve 
hacia la montaña de Monsalvato, al casto san- 
tuario donde se adora el Vaso de los elegidos, 
la milagrosa Sangre. Allí iré yo, arrastrándo- 
me sobre las rodillas, hasta volver á encontrar- 
lo. Yo no he sido como Eva y como Elsa; yo no 
he mordido el fruto, no he profanado el secre- 
to. A mí podrá acogerme el caballero de la 
cándida armadura y murmurarme las inefables 
palabras... 

Me envuelvo en mi abrigo, despacio, prolon- 
gando la hora única, entre el mosconeo de los 
diálogos y el toqueteo de las sillas removidas 
al ir vaciándose la sala. Bajo poco á poco las 
escaleras. Me pierdo en un dédalo de pasillos 
mugrientos, desalfombrados, inundados de 
gentío que me estorba el paso, me empuja y 
me codea impíamente, obligándome á defen- 
derme y profanando mi elevación espiritual. 
Al fin, huyendo del foyer , de las curiosidades, 
llego á la salida por contaduría, donde me es- 
perará mi berlina. Y mientras el lacayo corre á 
avisar, me recuesto en la pared y desfilan ante 
mí grupos comentando la victoria de Cristalli. 
«Ni este divo, ni aquél, ni el otro... Frasear así, 
tal justeza de entonación...» Estallan aplau- 
sos... ¡Es el divo que pasa!. 

Subido el cuello del abrigo, á pesar de lo 
avanzado de la estación, por miedo á las bron- 
quitis matritenses, terribles para los cantantes; 
mal borrado el blanquete, corto el cabello en 



POR E. PARDO BAZÁN 



129 



la fuerte nuca, algo saliente la mandíbula, 
riente la boca, que delata la satisfacción de una 
noche triunfal, cruza mi ensueño de un instan- 
te; el muñeco sobre cuya armazón tendí la tela 
de un devaneo psíquico... 

Y, con mi facultad de representarme lo sen- 
sible del modo más plástico y viviente, casi de 
bulto se me muestra lo que hará Cristalli ahora, 
terminada la faena artística: le adivino invita- 
do á una cena con admiradores, ^masticando 
vigorosamente los platos sin especias, encarga- 
dos ad hoc para que no raspen su garganta, 
absorbiendo Champagne, reluciéndole las pu- 
pilas de orgullo, no por ser el paladín del 
Grial, sino por que ha justificado sus miles de 
francos de contrata, pagaderos en oro; y, áfin 
de que no se le tenga por afeminado, propa- 
sándose con las flamencas que forman parte 
del agasajo y caracterizan el ágape de los apa- 
sionados del divo. 

Exhalo un suspiro que ahogo en mi boa, de 
negro, sutilísimo marabú, y, despierta, salto 
dentro del coche, oyendo que de una piña de 
■curiosos sale un cuchicheo. 

— ¿Quién es? 

— No la conozco. 

— ¡Buena mujer! 



9 



130 



DULCE DUEÑO 



II 

EL DE POLILLA 

Una mañana, ¡sorpresa! — Se aparece en mi 
casa el bueno de D. Antón, pidiéndome fami- 
liarmente de almorzar. 

Le acojo alegre, y, desde el primer momen- 
to, abordo la cuestión de los cuerpos de los ni- 
ños mártires .. 

— Ya sabe usted que corre de mi cuenta im- 
primir la disertación, Polillita. Con grabados, 
si usted quiere. Y muchas notas. ¿Qué se creía 
Carranza? También por acá se es erudito. 

Ríe el hombrezuelo, y le noto una especie 
de trepidación azogada, propia de su naturaleza 
ratonil. A la hora del café, que le sirvo en 3a 
serré, al retirarse los criados, se espontánea. 

— ¡Oye, Nati.. Digo, Lina! ¡La costumbre! 
¡Ya sabes que temo por tí!; temo que te en- 
vuelvan en redes tupidas y te me casen con un 
intrigante ó con un beato. Tú eres una joya, 
un tesoro, y debes emplearte en algo grande y 
elevadísimo. Sino se adoptan precauciones, 
serás víctima de solapados manejos, criatura. 
No sé de qué recónditos y tenebrosos antros 
saldrá la orden de apoderarse de tí, que tanta 
fuerza puedes aportar; pero que saldrá, es se- 
guro. Digo mal, ya habrá salido. Sólo que yo 
velo. ¡Vaya si velo! Y la casualidad hace que 
este modesto pensador, arrinconado en un pue- 
blo, lejos del bullicio y hervidero intelectual,. 



POR. E. PARDO BAZÁN 



131 



pueda, no sólo labrar tu dicha, sino prestar á 
la humanidad un servicio eminente. 

— ¿Chartreuse verde ó amarilla? 

— Verde, verde... En cuanto conozcas al su- 
jeto, te va á impresionar. Porque, á pesar de 
cierto excepticismo de que á veces alardeas, en 
tu corazón residen los gérmenes de todo lo no- 
ble y entusiasta. É) y tú os comprenderéis: ha- 
béis nacido para eso. ¿Lo dudas? 

— No por cierto, D. Antón. Lo juraría. Ardo 
en deseos de conocer á mi proco. ¿No es así 
como se llamaban los pretendientes de mi Pa- 
trón a? 

— ¡Valiente patochada, la historia de tu Pa - 
trona! Carranza es un iluso... ó un pillo muy 
largo. Me inclino á la última hipótesis. 

— Polillita,mi impaciencia es natural. ¿Cuán- 
do voy á conocer á ese gran pretendiente? 

—Cuando quieras. No he venido más que á 
eso; á poneros en contacto. Te advierto que es 
un tipo... vamos, una cabeza de estudio. 

—Me saca usted de quicio. Ea, muéstreme 
siquiera un retrato, tamaño como un grano de 
centeno. 

— Eetrtao... ¡Hombre, qué descuido el mío! 
Debí pro vistarme... En fin, mañana verás al 
original. 

— Anticípeme detalles. Su cacho de biogra- 
fía. No extrañará usted esta exigencia... 

— Si tu debes de conocer su nombre. Yo te 
habré hablado de él, más de una vez, por inci- 
dencia. Figúrate que es hijo de mi mayor ami- 
go, compañero de estudios, que se casó con 



132 



DULCE DUEÑO 



una prima mía, y en su casa, en el pueblo, he 
pasado largas temporadas. Á este muchacho le 
vi nacer. ¡Ya, desde chiquitín...! No tiene la 
fama que merece, pero así y todo, y aun con- 
tando con el indiferentismo de España hacia 
los que valen... 
—¿Se llama? 

— Atención... Haz memoria... ¡Hilario Apa- 
ricio, el autor de la Gobernación colectiva del 
Estado, del ¡Sudor fecundo, de Los explotadores, 
y de otras muchas obras que permanecen iné- 
ditas, por nuestros pecados y por la desidia y 
la desgana de leer que aquí se padece! No te 
ocultaré que el candidato es pobre, hija mía. 

— Me lo sospechaba. Ya sabe usted que á mí 
la codicia no me ciega. 

En un arranque de verdadera sensibilidad, 
Polilla se levantó, sin concluir de apurar el 
globito truncado donde le había servido el 
aceitoso licor — , y, tiernamente, me tomó las 
manos. 

— ¡No he de conocer tu corazón, Lina! En tí 
hay algo que te hace superior al vulgo de las 
mujeres. Tu inteligencia es de águila. Y en tí 
debe de fermentar una indignación generosa 
contra los que, no bastándoles relegarte á un 
poblachón, intentaban saciar su fanatismo dán- 
dote por cárcel las verdinegras paredes de un 
convento. Tu tienes que ser del partido de los 
oprimidos, y anhelar venganza. Entendámo- 
nos: no una venganza vil y ruin. Una venganza 
como la practicaría el filósofo Jesús. Redimien- 
do á las que, cual tú, sean víctimas de esos si- 



POR E. PARDO BAZÁN 



133 



carios. Abriéndoles la puerta de la vida y de la 
maternidad; haciendo que el niño se eduque 
en la conciencia de sus derechos. ¡Qué misión 
la tuya! 

—¿Y qué tiene que ver eso, don Antón, con 
lo del noviazgo? 

— ¡Boba! ¡Que unida á Hilario Aparicio, jun- 
tos realizaréis tan bello ideal! 

Tardé en dar la réplica. Miraba con interés 
la orilla flotante de mi traje de interior, de cres- 
pón de la China, bordado de seda floja, y guar- 
necido de Chantilly. Había relajado ya bastan- 
te la severidad de mi luto. — Un gramófono de 
precio, algo distante, nos enviaba, sin carras- 
peo metálico, las notas de la Reverle de Manon, 
cantada por Anselmi. 

— Misión, en efecto, sublime. Y dígame, Po- 
lilla, ¿no podría yo desempeñarla sin unirme á 
don... á D. Hilario? 

— ¡Oh! No, criatura. Las mujeres necesitan 
apoyo, sostén. Tengo respecto á las mujeres 
mis ideas especiales. No digo que seáis infe- 
riores al hombre; pero sois diferentes... muy 
diferentes. La sagrada tarea maternal, por otra 
parte, os impide á veces dedicaros .. 

— Pero si no me caso... ya la sagrada tarea 
maternal... 

— Sí; pero casándote... como lo manda la ley 
de la vida... serás discípula del hombre á quien 
ames, y tu ciencia y tu alto papel en la histo- 
ria, te los dictará el amor: amor, ¡cuidadito! 
no sólo al esposo, sino á la humanidad entera. 

—¿No será demasiado amor? ¡Tantos millo- 



134 



DULCE DüiiÑO 



nes de hombres como componen la humani- 
dad! ¿Más chartreuse? 

Y, notando la emoción del filántropo, tran- 
sijo. 

—Su doctrina de usted, Polilla, es realmente 
cristiana. 

— Como que este es el verdadero cristianis- 
mo, y no lo que pregonan los de la vestidura 
negra. Más cristiano que el astuto zorro de Ca- 
rranza, soy yo cien veces. 

— ¿En qué quedamos? ¿No es usted librepen- 
sador? 

— Si por librepensador se entiende no admi- 
tir cosas que repugnan á mi razón... 

— Y yo, D. Antoncito, ¿debo someterme á lo 
que mi razón no ha aceptado? Porque eso del 
amor á la humanidad... Vamos, para hablar sin 
ambajes... 

Sintió el floretazo y se aturdió. 

— Según, niña, según... Si lo que llamas ra- 
zón es, al contrario, preocupación... ¡estarás 
en el deber estricto de buscar la luz! Y nadie 
para alumbrar tu inteligeocia como Aparicio. 

Yo prestaba oído al célico, «¡oh, Manon!», 
deshecho en llanto con que termina la senti- 
mental reverle. Me estorbaba, en aquel instan- 
te, Polilla, con su mosconeo. Me volví, en- 
cruelecida, planeando malignidades. 

— Venga Aparicio, pues. 

— ¡Venir!... Y ¿cómo? Si le digo que te haga 
una visita, tal vez se acorte, tema representar 
un mal papel... ¡qué sé yo! Hilario no se ha 
criado en los salones. Su talento es de otro gé- 



POR E. PARDO BAZÁN 135 



ñero; género superior. ¿Por qué no revestir de 
un tinte poético vuestra primer entrevista? 
Batí palmas. 

— Eso, eso... ¡El tinte poético! Estos amores 
basados en la filantropía, no pueden asemejar- 
se á los amores del vulgo. Mañana usted lleva á 
su ilustre amigo á dar un paseíto por la Mon- 
cloa, á eso de las seis de la tarde. Yo voy allá 
todos los días: con mi luto. .. Paso en coche; us- 
tedes se cruzan conmigo; yo ordeno al cochero 
que pare; D. Hilario, al pronto, se queda dis- 
cretamente en segundo término; le dirijo una 
sonrisa, hago que le conozco de fama y pido 
presentación... Lo demás corre de mi cuenta. 

Polilla trepidaba, 

— ¡Qué lista eres! ¡Qué bien lo arreglas todo! 
¡Mira, Lina, como se trata de una persona tan 
diferente de las demás... hay que esmerarse! 
Y eso es muy bonito... 

Acordados sitio y hora. Serían las seis y 
cuarto cuando me hundí en las nobles frondas 
seculares. La primavera las enverdecía, el can- 
tueso abría sus cálices de amatista rojiza, y 
olores á goma fresca se desprendían de los 
brezos. ¡Lástima de amor! El marco reclamaba 
el cuadro... 

Recostada, con una piel velluda y ligera so- 
bre las rodillas, aunque no hacía frío, con 
Daisy, el gentil lulú, acurrucado en el rincón 
del coche; paladeando aquella tarde tibia que 
anunciaba un grato anochecer, yo había mira- 
do con ojos de poeta el pintoresco aspecto de 
las márgenes del Manzanares, la fisonomía es- 



136 



DULCE DUEÑO 



pecial de los tipos populares que en ellas hor- 
miguean, bullentes y voceadores. La gente 
también me escudriña, ávida de acercarse, con 
hostil é irónica curiosidad chulesca. Todos 
ellos— mendigos, arrapiezos, golfería, lavande- 
ras, obreros aprestándose á dejar con deleite el 
trabajo, hecho de mala gana y entre dos fu- 
maduras— me apuñalan con los ojos, sueltan 
chistes procaces, sobre base sexual. Su impre- 
sión es malsana y torpe; la mía, de repulsión y 
tedio infinito. — He aquí la humanidad que debo, 
según Polilla, amar tiernamente y redimir! 

Los pordioseros, reptando ó cojitranqueando; 
los golfillos claqueando sus rotas suelas contra 
el polvo de la calzada, se llegaba á mí y al co- 
che cuanto podían. En el gesto de los pilluelos 
al agarrarse á los charoles relucientes del ve- 
hículo, al sobar mi lujo con engrasadas manos, 
leo una concupiscencia sin fondo, el ansia ar- 
diente de tocarme, de enredar los dedos entre 
las lanas de Daisy, el aristocrático perrillo, que 
al recibir las punzantes emanaciones de la su- 
ciedad y la miseria, mosquea una orejilla y 
gruñe en falsete. Después de implorar «medio 
centimito», los comentarios. 

— [Tú, qué chucho! ¡Andá, un collarín de 
plata! 

Y los dedos atrevidos se alargan, buscan el 
contacto... Es el movimiento del enfermo que 
intenta palpar la reliquia. El padecimiento de 
éstos consiste en no tener dinero. El signo del 
dinero es el lujo. Quieren manosear el lujo, á 
ver si se les pega. 



POR E. PARDO BAZÁN 



137 



Y acaso por primera vez— al salvarme de la 
turba entre las arboledas — medito acerca del 
dinero. ¡Extraña cosa! ¡Qué vigor presta la ri- 
queza! ¡Qué calma! D. Antón de la Polilla me 
asegura que puedo redimir á esclavos sin nú- 
mero. ¿Qué esclavos son esos? Sin duda los 
mismos que acaban de comentar lo espeso de 
mis pieles y el collarín de mi cusculetillo; los 
que, entre chupada y chupada de fétido tabaco, 
trocaron, al verme pasar, una frase aprendida 
en algún teatro sicalíptico. Son personas que 
no amo, como ellos no me aman, ni me amarían 
si estuviesen en mi lugar. Entonces... 

Y D. Hilario, por su parte, ¿les ama? Poco he 
de tardar en saberlo... 

Y ¿á mí? Claro que D. Antón no me ha pegado 
su candidez. Si en estos instantes se le ha alte- 
rado el pulso á mi proco, no es que me aguarde; 
es que aguarda á mi fuerza, á mis millones... 

Y, casi en alto, suelto la carcajada. Se me ha 
ocurrido la idea de que esta es mi primer cita 
de amor... 



III 

Apagado el eco sordo de mi risa, absorbida 
ampliamente la bocanada de fragancia amar- 
gosa — tomillo, jara, brezo, menta — , sobre el 
sendero que alumbra el sol declinando, veo 
avanzar á dos hombres. 

Representamos la comedieta. — ¡Usted por 



138 



DULCE DUEÑO 



aquí, D. Antón!— Y lo demás. Autorizado, se 
acerca el acompañante. La luz poniente encien- 
de su cara, de un tono en que la palidez pare- 
ce difumada con arcilla. Se descubre, y veo su 
pelo tupido, rizoso, su frente bruñida aun por 
la juventud, sus ojos azules, miopes, indecisos 
detrás de los quevedos, que le han abierto un 
surco violáceo á ambos lados de la nariz. Es de 
corta estatura, de pecho hundido, y se ve que 
viene atusado; no hay peor que atusarse, cuan- 
do falta la costumbre. El proco huele á perfu- 
me barato y á brillantina ordinaria. Lleva 
guantes completamente nuevos, duros. Sus bo- 
tas, nuevas también, rechinan. 

Al cabo de un minuto de qoloquio, les hago 
subir al coche, con gran descontento de Daisy, 
que gruñe en sordina, y de cuando en cuando 
lanza un ladridillo cómico, desesperado. Si se 
atreviese, mordería, con sus dientecitos invisi- 
bles. Si no tolera el lulú el vaho de miseria, qui- 
zás le exaspera doblemente la mala perfu- 
mería. 

La conversación se entabla, algo embarazo- 
sa. El intelectual, sentado junto á mí, disimu- 
la la timidez del hombre no acostumbrado á 
sociedad, con una reserva y un silencio que la 
hacen más patente. Felina, le halago, para aplo- 
marle. Le situó en el terreno favorable, le ha- 
blo de sus obras, de su fama, de sus ideas re- 
generadoras. Al fin consigo que, verboso, se 
explaye. Todo el mal de la humanidad —según 
él — dimana de la autoridad, de las leyes y de 
las religiones... 



POR E. PARDO BAZÁN 



139 



— ¿No se escandalizará esta señorita? 

— No por cierto... Escucho encantada... 

— Hay que aspirar á una sociedad natural, 
directa, que se funde únicamente en el bien... 
No es que yo no sea, á mi manera, muy reli- 
gioso; pero mi altar sería un bosque, una fuen- 
te, el mar... 

Mi aprobación le anima. Dócil, le pregunto 
qué advendrá el día en que... 

— Eso no es fácil adivinarlo. Esta gran trans- 
formación no tiene después. No es de esos mo- 
vimientos que duran un día, un mes, un año, 
y crean algo estable que, por el hecho de serlo, 
es malo ya. Para que la evolución se realice 
libremente y sin trabas, toda autoridad habrá 
de desaparecer de la tierra. 

Me conformo, y él prosigue, exaltándose en 
el vacío, pues nadie le impugna: 

— Para destruir el podrido estado social que 
nos aplasta, necesitamos valemos de iguales 
armas que ellos... Fuerza y dinero son necesa- 
rios. Esto yo no lo he dudado jamás. 

— Parece evidente, en efecto— deslizo con 
suavidad y gracia. — ¡Quietecito,Daisy! ¿Qué es 
eso de querer morder? 

— Al hablar de fuerza, no me refiero sólo á 
la fuerza bruta... Se trata de la fuerza de los 
hechos, la fuerza que conduce al mundo... Y á 
veces, ¡también la violencia es necesaria! 

— ¡Incuestionable! ¡Daisy, ojo, que te pego! 
Y esa violencia... ¿en qué forma?... 

— ¡En todas las formas!— declara, anudando 
el entrecejo sobre el brillo de los cristales de 



140 



DULCE DUEÑO 



los quevedos, que el sol muriente convirtió en 
dos brasas. 

— Por ejemplo... ejércitos... cañones... 

— Sí, es probable que convenga apelar á todo 
eso contra la autoridad y la explotación. Des- 
pués se les disolverá. 

— Si hay después? ... 

— ¡Ah! En ese sentido, siempre hay después. 
¡Tenemos que disolver tanto, tanto! Tenemos 
que disolver á los estafadores de la política, 
que se mantienen en la escena parlamentaria 
por su completa falta de vergüenza... 

— Vamos, no exageres tanto, hijo mío— inter- 
vino Polilla, alarmado — que Lina, por ahora, 
no es una prosélita muy convencida... 

— Cállese usted, D. Antón... ¡Estoy en el 
quinto cielo! Pues qué, al desear conocer á su 
amigo — porque yo lo deseaba— ¿acaso me pro- 
metía encontrarme á un cualquiera, con ideas 
hechas? Expóngame usted su criterio acerca 
de todo... Por ejemplo... del amor.,. ¿Cómo lo 
comprende usted en esa sociedad transfor- 
mada? 

—Yo... Si usted tiene el alto valor de prefe- 
rir la verdad... 

— ¡Ah! ¡Bien se ve T que usted no me conoce! 

—Pues yo creo que el amor, tan calumniado 
por las religiones oficiales, que han hecho de 
él algo reprobable y vergonzoso— cuando es 
lo más sublime, lo más noble, lo más real- 
mente divino — , tiene que ser rehabilitado. 

— ¿Y cómo, y cómo? 

— Para desterrar la idea de que el amor es 



POR E. PARDO BAZÁN 



141 



cosa afrentosa, es preciso un cambio radical 
en la pedagogía. ¡Es indispensable que en la 
escuela se enseñe á los niños lo augusto, lo sa- 
grado de ese instinto! Hay que hacer sentir al 
niño la belleza de las leyes universales de la 
creación, la transcendencia del misterio sexual, 
su poderosa poesía... ¿No se va usted á inco- 
modar? 

— No señor. Considéreme usted como á uno 
de esos niños que en la escuela han de apren- 
der tGdas esas cosas. 

— En el momento en que se inicie á la niñez 
en tan graves problemas habremos destruido 
el imperio del sacerdote sobre la mujer. 

— ¡Háblale tú de eso á Linita!— explotó Po- 
lilla. — El ciego fanatismo colocó á su lado á 
dos sotanas, para hacerla monja contra su vo- 
luntad. Y si ella no tiene tanta fuerza de áni- 
mo, á estas horas está rezando maitines. Y si 
(séame permitido ufanarme), no me encuentro 
yo allí, á su lado... 

— Vamos, uno de tantos crímenes ocultos — 
asintió Aparicio. 

— Eso... Pero, otra pregunta — me atreví á 
objetar — . ¿No envuelve cierta dificultad para 
el maestro esa explicación científica hecha á 
los chicos de la escuela de la... de la.., 

— Todo está previsto. Lo explico detallada- 
mente en uno de mis libros, que aun no ha 
visto la luz. ¡Tendré el honor de dedicárselo á 
usted!, á su espíritu comprensivo, elevado... 
Verá usted allí... La explicación se verifica por 
medio de ejemplos tomados de la vida vegetal. 



142 



DULCE DUEÑO 



¡Oh! conviene que la demostración se haga con 
mucho tacto... 

¡Titubeó de pronto y enrojeció! 

— Quiero decir, con arte... con dignidad... 
presentando, verbigracia, las plantas faneróga- 
mas... Del grano de polen, de los estigmas de 
las flores, se irá ascendiendo á las especies 
animales... Y, basándose en elld, hay campo 
para demostrar la ley de sacrificio y de belleza 
que envuelve la procreación... 

— ¿De modo que los animales realizan sacri- 
ficio?... 

— ¡Cuidado, Hilario! — precavió Polilla — . A 
fuerza de inteligencia, Lina es terrible... Un 
espíritu crítico: á todo le encuentra el flaco... 

— La convenceremos... El que conserva y 
propaga la vida, se sacrifica, señorita, es evi- 
dente. Más sacrificio hay en unirse á un hom- 
bre, que en recluirse en un monasterio. 

— Voy creyéndolo. 

— ¡Una prosélita como usted! — se extasió 
Aparicio — . ¡La mujer, atraída á nuestra causa! 
Y es más: el conocer plenamente la ley de la 
vida, disminuirá la emotividad nerviosa de la 
mujer. Todos los males que ustedes sufren, 
proceden de ideas erróneas, del prejuicio reli- 
gioso del pecado, del absurdo supuesto de que 
es una vergüenza... 

—¿Qué? — auxilié, candorosa. 

— Nada... El amor — rectificó segundos des- 
pués. 

Desplegué una habilidad gatesca para ani- 
marle á que se expresase sin recelo. Cuanto más 



POR E. PARDO BAZÁN 



143 



recargaba, mostrábame más persuadida. A mi 
vez, tomé la palabra, manifestando el anhelo 
de consagrarme á algo grande, singular y dig- 
no de memoria. Este deseo me había atormen- 
tado, allá en mi retiro, cuando de ninguna 
fuerza disponía. Ahora, con la palanca que la 
casualidad había puesto en mis manos, creía 
poder desquiciar el mundo... Si alguien me di- 
rigía, me auxiliaba, me prestaba ese vigor men- 
tal de que carecemos las mujeres... — Supe, con 
suavidad, hacerle creer que de él esperaba el 
favor. Yo aportábalo material, pero mi materia 
pedía un alma... 

Polilla temblaba de júbilo. 

— ¡Ya lo decía yo! ¡Si tenía que ser! Estabas 
preparada... ¡Cometieron contigo la injusti- 
cia... y la injusticia clama por la venganza y 
por el acto redentor! ¡Con qué gozo lo veré, 
desde mi rincón, porque, viejo y pobre, no pue • 
do más que admirarte! ¡Para la juventud son 
los heroísmos! ¡Lina, Lina! 

Anochecía, y empezaba á parecerme pesado 
el bromazo. La brillantina del proco apestaba 
y me cargaba la cabeza. 

— Voy á dejarles á ustedes en la plaza de 
Oriente, donde hay tranvía — avisé — . Me agra- 
daría que D. Hilario continuase enterándome 
de sus teorías, que no entiendo bien aún. ¿Por 
qué no se va usted mañana á almorzar conmi- 
go, D. Antón, y el Sr. Aparicio le acom- 
paña? 

— Hija mía— repuso el erudito — yo no tengo 
más remedio que volverme mañana á Alcalá. 



144 



DULCE DUEÑO 



Ya sabes que mi menguado modo de vivir es 
el destinito en el Archivo... 

¡Corriente! Conozco el secreto de esas vidas 
sin horizonte, que se crean un círculo de me- 
nudos deberes, y de hábitos imperiosos, tira- 
nos. Por otra parte, me conviene que desapa- 
rezca Polilla y me deje en el ruedo frente á 
frente con el proco. 

— A usted le espero... — insinuó, estrechando 
la mano, tiesa y rígida en la cárcel de los 
guantes. 

Se confunde en gratitud... 

—¡A la una!— insisto, al soltarles en la acera. 



IV 

Choque, con Farnesio, cuando se entera de 
que tengo invitado á almorzar á un hombre 
desconocido, una nueva relación. 

Planteo la cuestión resueltamente. 

— Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, 
no lo dude, pero pienso hacer mi gusto. 

— Vas á desacreditarte .. Serás la fábula de 
Madrid. 

—Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que 
soy la heredera de doña Catalina Mascareñas, 
lo saben los cuatro amigos rancios de... mi tía; 
amistades que no he querido continuar. Mi tía 
se había obscurecido basiante en los últimos 
años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Ma- 
drid. En Alcalá me conocen... Pero, ¿qué im- 



POR E. PARDO BAZÁN 



145 



porta Alcalá? Cuando yo vegetaba allí, entre 
viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña 
ni qué rodrigón me han puesto ustedes para 
guardarme? He decidido vivir como me plazca, 

Farnesio me oye, amoratado de enojo. 

—He cumplido mi deber. No puedo ir más 
allá... 

— ¿Quiere usted, de paso que sale, disponer 
que pongan los dos cubiertos en la serré? 

Y recalco lo de los dos cubiertos, porque, á 
veces, Farnesio almuerza conmigo, y no es 
cosa de que hoy se me instale allí, de vigilan- 
te. Me reservo la libertad de mi tele-a tete. 

El proco, más que puntual. Se adelanta una 
hora justa. A las doce, ya el gabinete hiede á 
brillantina. Yo no me presenté hasta un cuarto 
de hora antes de la señalada, vestida de gasa 
negra con golpes de azabache, mangas hasta 
el codo y canesú calado, y las manos, cuidadí- 
simas, endiamantadas, sin una piedra de color, 
Al saludarle observé que estaba volado. Anes- 
tesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé 
su brazo para pasar á la serré, donde era una 
coquetería la mesita velada de encaje, centra- 
da de rosas rojas, servida con Sajonias finas, 
y sombreada por los flábulos de una palmera 
lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no 
acertaba á deglutir el consommé. Evidentemen- 
te recelaba comer mal, verter el contenido de 
la cuchara, manchar el mantel, tirarla copa 
ligera donde la bella sangre del Burdeos ríe y 
descansa. Y estaba alerta, inquieto, sin poder 
gozar de la hora. Para él, yo soy una dama del 



10 



146 



DULCE DUEÑO 



gran mundo... (De un mundo que no he visto, 
pero que no me habrá de causar ni cortedad 
ni sorpresa cuando llegue á verlo.) 

Me dedico á serenar el espíritu del intelec- 
tual, y alardeo de admiración, de cierto respe- 
to, de cordialidad amena y decente. Con la ma- 
licia retozona que siempre tengo dispuesta para 
Polilla, me entretengo en representar este pa- 
pel fácil, hecho. Doy al proco un rato de deli- 
ciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo 
raro? 

El café, las mecedoras, ese momento de bea- 
titud, en que la digestión comienza... Él, ya á 
sus anchas, acerca su silla un tanto, y yo no 
alejo la mía. Estoy de excelente humor, y no 
percibo ni rastro de esa emotividad que, según 
Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón 
se encuentra tan tranquilo como un pájaro di- 
secado. 

— Lina... — se atreve él — no puede usted 
figurarse... 

-—Vamos — calculo— es el momento. <. Se de- 
cide. .. 

— No puede usted figurarse... — insiste.— Hay 
cosas que, realmente, tienen algo de fantásti- 
co, de irreal... Como había de imaginarme yo 
que... que... 

Se adivina lo que añade D. Hilario, y se 
devana fácilmente el hilo de su discurso. Así 
como se presume mi respuesta, ambiguamente 
melosa y capciosa. Después de las primeras 
cucharadas dulces, situó mis baterías. 

— Hilario, entre usted y yo no caben las vul- 



POR E. PARDO BAZÁN 



147 



garidades de rúbrica... Somos seres diferentes 
de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y 
nos hemos sentido atraídos, por algo superior 
á la... á la mera atracción del... del sexo. ¿Me 
equivoco? No, no es posible que me equivoque. 
Aquí estamos reunidos para tratar de una idea 
salvadora... 

— Para eso... y para algo quizás mejor — ob- 
jeta él, soliviantado. 

— ¿No habíamos quedado en que el amor era 
un sacrificio? 

— Según... según — tartamudeó — . Lina, hay 
horas en que olvida uno lo que piensa, lo que 
diserta, lo que escribe. La impresión que se 
sufre es de aquellas que... Sea piadosa! No me 
obligue á recordar ahora mi labor dura, ince- 
sante, mi acerba lucha por la existencia! 

— Sí, recordémosla— argüí — pues aquí estoy 
yo para que fructifique. Ese es mi oficio provi- 
dencial. Poseo una fortuna considerable, y 
usted me ha enseñado como debo invertirla. 

Hizo un gesto, como si el hecho fuera des- 
deñable, mínimo. 

—No, si adivino su desinterés. Me he adelan- 
tado á él. La fortuna no será para nosotros: en- 
tera se consagrará al triunfo de los ideales. Ni 
aun la administraremos. Eso se arreglará de 
tal manera, que ni la más viperina maldad 
pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza 
alguna. Nosotros, unidos libremente, claro es, 
renunciaremos á todo, viviremos de nuestro 
trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido 
será! ¿Por qué se queda frío, Aparicio...? ¿No 



148 



DULCE DUEÑO 



he acertado? ¿Es una locura de mujer entusias- 
ta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la reali- 
zación de su ensueño? 

—Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así 
al pronto, el plan me deslumhra... Déjeme usted 
respirar. ¡Es tan nuevo, tan inaudito lo que me 
pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que 
voy á despertarme rodeado, como antes, de mi- 
seria, de decepciones! ¡Que se me aparezca el 
ángel de salvación... y que tenga su forma de 
usted! ¡Una forma tan hermosa! Porque es usted 
hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa... 

— Cuidado, Aparicio — y simulo confusión, 
rubor, trastorno — no perdamos de vista que 
el objeto... el objeto... 

La brillantina se me acerca tanto, que debo 
de hacer una mueca rara. 

— No, no lo pierdo de vista... El objeto es la 
felicidad de muchos seres humanos. Si empe- 
zamos por la nuestra, cuánto mejor. Así cami- 
naríamos sobre seguro. 

— ¿No es usted altruista? 

— Altruista... sí... y también, verá usted... 
también soy Kirrhegaardiano... 

—¿Cómo? ¿Cómo? 

— Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... 
No hay ética colectiva... La moral debe ser 
nuestra, individual... 

— Eso me va gustando — sonreí. 

— Es claro... No puede por menos. Tiene 
usted demasiada penetración. Y por eso, aun 
en nuestra obra redentora de apostolado, de- 
bemos partir de nosotros mismos. 



POR E. PARDO BAZÁM 



149 



— Y prescindir de Polilla — observo, infan- 
tilmente. 

— Y prescindir de Polilla. Nosotros lo arre- 
glaremos perfectamente. No hay que ir al ex- 
tremo de las cosas. Nadie mejor que nosotros 
para administrar. . . administrar solamente, bue- 
no... las riquezas que usted posee... y que, en 
otras manos, tal vez serían robadas, dilapida- 
das... Y en cuanto á nuestra unión... Lina, por 
usted... por usted, por su respetabilidad... yo 
me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á 
todas las consagraciones... Una cosa es el ideal, 
otra su encarnación en lo real... 

No pude contenerme. Solté una risa jovial, 
victoriosa. Aquel toro, desde el primer momen- 
to, se venía á donde lo citaban los capotes re- 
voladores y clásicos. Un marido como otro 
cualquiera, ante la iglesia y la ley. Porque así, 
yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al 
menos su disfrute. 

— No se sobresalte, Hilario... Si no me río 
de usted. Me río de nuestro inmejorable Poli- 
lla. Figúrese mi satisfacción. Es que le he ga- 
nado la apuesta. Aposté con él á que, á pesar de 
las apariencias, era usted un hombre de talen- 
to. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicar- 
me...! Perdóneme la inocente añagaza, la red 
de seda que le he tendido. Las apariencias le 
presentan á usted como un teóirco que devana 
marañas de ideas, basándose en el instinto que 
sienten todos los hombres de exigirle á la vida 
cuanto pueden y de adquirir lo que otros dis- 
frutan. Pero usted reclama todo eso para el 



150 



DULCE DUEÑO 



individuo, y el individuo que más le importa á 
usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo 
no! Si dentro de las circunstancias actuales su 
individuo de usted puede hallar lo que apetece, 
ya no necesita usted modificar en lo más míni- 
mo esas circunstancias. Ninguna falta le hace 
á usted la transformación de la sociedad y del 
mundo. Para usted el mundo se ha transfor- 
mado ya en e] sentido más favorable y justo... 
¿Acierto? 

No me respondía. Abierta la boca, fijos los 
ojos, más pálido que de costumbre, aterrado, 
me miraba; no se daba cuenta de como y por 
donde había de tomar mi arenga. ¿Era burla 
escocedora? ¿Era originalidad de antojadiza 
dama? ¿Qué significaba todo ello? 

— Acierto de fijo—adulé — . Usted, persona 
de entendimiento superior, tiene dos criterios, 
dos sistemas; uno, para servirle de arma de 
combate, en esa lucha recia que adivino, y en 
la cual derrochó usted la juventud, la salud y 
el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar 
interiormente su existir y no ser ante sí propio 
un Quijote sin caballería... y sin la gran cor - 
dura de Don Quijote, que á mi se me figura 
uno de los cuerdos más cuerdos! Vuelvo á pre- 
guntar. ¿Me equivoco? 

— En varios respectos... — barbotó indeciso — 
no... Todo eso... Mirándolo desde el punto de 
vista... Sin embargo... ¿Por qué...? 

— Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un 
hombre superior, que patulla en un pantano 
donde se le han quedado presos los pies. Le saco 



POR E. PARDO BAZÁN 



151 



á usted de ese pantano... con esta mano misma. 

Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los 
diamantes, á topetones, y los dedos, ansioso. 

— Le saco del pantano. Créame. Va usted 
á donde debe, al Congreso, al Ministerio, á las 
cimas. Y acepta usted cuanto existe, desde el 
cedro hasta el hisopo. Como que, dentro de us- 
ted, aceptado estaba. ¡Ni que fuera usted algún 
sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. An- 
tón: «Seré su ninfa, su Egeria... si resulta que 
tiene talento, apesar de semejantes teorías y 
semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á obe- 
decerme... 

Hizo una semiarrodilladura. 

— Me entrego á mi hada. . . 

Cuando se fué— obedeciendo á una orden, 
porque su brillantina ya me enjaquecaba fuer- 
temente—sentí algo parecido á remordimien- 
to. Y escribí á Polilla algunos renglones; esto, 
en substancia: 

«Cuando necesite Aparicio protección, di- 
nero, avíseme usted. Y así que pueda, y me 
haga amiga de algún personaje político, he de 
colocarle, según sus méritos, que son muchos. 
Tiene facultades extraordinarias... Agradezco 
á usted altamente que me haya facilitado co- 
nocerle...» 

Llamé á un criado. 

— Esta carta al correo. Y cuando vuelva este 
señor que ha almorzado aquí, que le digan 
siempre que he salido. 



IÍI 



El cíe Favnesio* 



I 

Los soplos primaverales, con su especie de 
ilusoria renovación, (todo continúa lo mismo, 
pero al cabo, en nosotros, en lo único que acaso 
sea real, hay fervorines de savia y turgencias 
de yemas), me sugieren inquietud de trasla- 
ción. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes 
uno de los goces que soñé imposibles en mi 
destierro? 

A la primer indicación que hago á Farnesio, 
para que me proviste de fondos, noto en él 
satisfacción; mis planes, sin duda, encajan en 
los suyos. Es quizás el solo momento en que se 
dilata placenteramente su faz, que ha debido de 
ser muy atractiva. Habrá tenido la tez aceitu- 
nada y pálida, frecuente en los individuos de 
origen meridional, y sobre la cual resalta con 
provocativa gracia el bigote negro, hoy de plo- 
mo hilado. Sus ojos habrán sido apasionados, 
intensos; aún conservan terciopelos y sombras 
de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, 
seco, con piernas de alambre electrizado. No ha 



154 



DULCE DUEÑO 



adquirido la pachorra egoísta de la cincuente - 
na: conserva una ansiedad, un sentido dramá- 
tico de la vida. Todo esto lo noto mejor ahora, 
acaso porque conozco antecedentes... 

— ¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina! 
Justamente, iba á proponerte... 

— ¿Qué?— respingo yo. 

— Lo que me ha escrito, encargándome que 
te lo participe, tu tío D. Juan Clímaco. Dice 
que toda la familia desea mucho conocerte, y 
te invita á pasar una temporada con ellos en 
Granada. Ya ves.., 

— Ya veo,.. No era ese el viaje libre y capri- 
choso que fantaseaba... Pero Granada me sue- 
na... ¿Y qué familia es la de mi tío? No lo sos- 
pecho. 

La cara de Farnesio, siempre sentimental, 
adquirió expresión más significativa al darme 
los datos que pedía. Hablaba como el que tra- 
ta de un asunto vital, de la más alta y profun- 
da importancia. 

— Por de pronto, tu tío, un señor. . . de cuidado, 
temible. Desde que le conozco ha duplicado su 
fortuna, y va camino de triplicarla. Está viudo 
de una señora muy linajuda, procedente de los 
Fernández de Córdoba, y que tenía más de un 
cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en ella 
como la cristiana! Descendencia de reyes, ó 
emires, ó qué sé yo .. Le han quedado tres hi- 
jos: José María, Estebanillo y Angustias. 

— ¿Solteros? 

—Todos. El mayor, José María, contará unos 
veintinueve á treinta años... 



POR E. PARDO BAZÁN 



155 



—¡Entonces ya entiendo el mecanismo del 
viaje, amigo mío! ¿Á que sí, á que sí? No 
guarde usted nunca secretillos conmigo, Far- 
nesio; ¡si al cabo no le vale! D. Juan Clíma- 
co Mascareñas debía ser el heredero de mi... 
tía, y yo le he quitado esa breva de entre los 
dientes. Según usted me lo pinta, codicioso, 
el buen señor lo habrá sentido á par del alma. 
Como además es inteligente, ha tomado el par- 
tido de callarse y trazar otro plan, á base de 
hijo casadero... Y como usted tiene la des- 
gracia de tener... buena conciencia... se cree 
en el deber de auxiliar á D. Juan en el desqui- 
te que anhela... y de aproximarme al primo José 
María ó al primo Estebanillo... 

—¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... 
ese... 

—¡Ya! Se trata de José María... 

Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro 
anhelante. No se atreve á lanzarse á un elogio 
caluroso; tiembla y se encoge ante mis sofla- 
mas y roncerías. 

—Sea usted franco... 

Se decide, todo estremecido, y habla ronco, 
hondo. 

—No veo por qué no... En efecto, opino que 
tu primo José María puede ser para tí un mari- 
do excelente, y creo que, en conciencia, ya 
que de conciencia hablaste, Lina... ya que 
piensas en la conciencia... ¡porque en ella hay 
que pensar!... mejor sería que, en esa forma, 
los Mascareñas no pudiesen nunca... nunca... 

—¿Era ó no doña Catalina dueña de su for- 



156 



DULCE DUEÑO 



tuna? — insisto acorralándole y descomponién- 
dole. 

—¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... 
En fin... 

Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo 
en que hay lágrimas, D. Genaro añade: 

— No se trata sólo de la conciencia... ni del 
daño y perjuicio de tus parientes... Es por ti... 
¿me entiendes?, por ti... Cuando un peligro te 
amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., 
oye á Farnesio... ¡Qué anhela Farnesio sino tu 
dicha, tu bien! 

Mi corazón se reblandeció un momento, bajo 
la costra de mis agravios antiguos, del injusto 
modo de mi crianza, que casi hizo de mí un 
Segismundo hembra, análogo al anarquista 
creado por Calderón. 

— Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver 
nada se pierde... iré á Granada. Será, por otra 
parte, cosa divertida. ¿No le agradaría á usted 
acompañarme? 

Se demuda otra vez. 

— No, no... Conviene más que me quede... 
¿Por qué no buscamos una señora formal...? 

— ¡Déjeme usted de formalidades y de seño- 
ras! Me llevaré á Octavia, la francesa. 

— Buen cascabel. 

— Va para limpiarme las botas y colgar mis 
trajes. Para lo demás, voy yo. 

Se resigna. Él escribirá, á fin de que me es- 
peren en la estación... 

Empieza mi faena con Octavia. Es una don- 
cella que he pedido á la Agencia, y que parece 



POR E. PARDO BAZÁN 



157 



recortada de un catálogo de almacén parisien- 
se. Á ninguna hora la sorprendo sin su delan- 
tal de encajes, su picante lazo azul bajo el cue- 
llo recto, niveo, su tocadito farfullado de va- 
lenciennes, divinamente peinada. Transciende 
á Ideal, y está llena de menosprecio hacia lo 
barato, lo anticuado, les horreurs. La vieja 
Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de 
llaves, aborrece de muerte á la «franchuta». 

Prepara Octavia genialmente mi equipaje, 
pensando en ahorrarme las molestias de las pe- 
queñeces, los petils riens, lo que más mortifi- 
ca, la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer 
noche en el tren! Hay que prevenirse... 

— ¿Cuándo es la marcha, madame? 

— Dentro de una semana, ma filie.., Cuando 
nos entreguen todo lo encargado... 

— ¿La señorita no tiene prisa? 

—Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de 
novio! 

Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer 
de cara irregular, tez adobada, talle primoroso. 
Ni fea ni bonita; acaso, por dentro, ajada y 
flácida; llamativa como las caricaturas pica- 
rescas de los kioscos. Tal vez no muy conve- 
niente para servir á una dama. Pero tan dis- 
puesta, tan complacedora... ¡Se calza tan bien... 
lleva las uñas tan nítidas! 

Al disponer este viaje, advierto más que 
nunca la falta— en medio de mi opulencia — de 
lujos refinados. De doña Catalina, que nunca 
viajaba, no he heredado una maleta decorosa. 
Encuentro un amazacotado neceser de plata, de 



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DULCE DUEÑO 



su marido, con navajas de afeitar, brochas y 
pelos aún en ellas. Octavia lo examina. «¡L'ho- 
rreur!» Recorro tiendas: no hay sino fealdades 
mezquinas. No tengo tiempo de encargar á 
Londres, único punto del mundo en que se 
hacen objetos de viaje presentables... En Ma- 
drid—deplora Octavia — no se halla rien de 
ríen... A trompicones, me provisto de sauts de 
lit f coqueterías encintajadas, que son una es- 
puma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, 
de los dulces tonos del alivio. Batistas, encajes, 
primavera.,. Y seda calada en mis pies, que la 
manicura ha suavizado y limado como si fue- 
sen maDos. 

— ¿Todo esto, por el primo de Granada, á 
quien no conozco? 

No; por mi autocultivo estético. Es que el 
bienestar no me basta. Quiero la nota de lo su- 
perfluo, que nos distancia de la muchedumbre. 
Lo que pasa es que procurarse lo superfluo, es 
más difícil que procurarse lo necesario. No se 
tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se 
necesita el trabajo minucioso, incesante, de 
quintaesenciarnos á nosotros mismos y á cuan- 
to nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo 
antiestético, nos acechan á cada paso y nos 
invaden, insidiosos, como el polvo, la hume- 
dad y la polilla. Al primer descuido ; nos vis- 
ten, nos amueblan cosas odiosas, y el ensueño 
estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor 
me concibo pobre, como en Alcalá, que en una 
riqueza basta y osificada, como la de doña Ca- 
talina Mascareñas, mi... mi tía! 



POR E. PARDO BAZÁN 159 



Por otra parte, como no soy un premio de 
belleza, y lo que me realza es el marco, quiero 
ese marco, prodigio de cinceladura, bien in- 
crustado de pedrería artística, como el atavío 
de mi patrona, la Alejandrina, que amó la Be- 
lleza hasta la muerte. 

En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me ca- 
saré pronto ó tarde, ni si lo deseo, ni si lo temo. 
¿Qué duerme en el fondo de mi instinto? Es 
aún misterioso. Casarse será tener dueño... 
¿Dulce dueño?... El día en que no ame, mi 
dueño podrá exigirme que haga los gestos 
amorosos... El día en que mi pulmón reclame 
aire bravo, me querrá mansa y solícita... La 
libertad material no es lo que más sentiría per- 
der. Dentro está nuestra libertad; en el espíri- 
tu. Así, en frío, no me seduce la proposición 
de Farnesio. 

Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las 
comedias antiguas, me sorprendía la facilidad 
con que damas y galanes, en la escena final, 
se lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con 
doña Leonor, y vos, don Gutierre, dad á doña 
Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona 
las muchas faltas...» Y recuerdo que en una de 
esas mismas comedias, de don Diego Hurtado 
de Mendoza, hay un personaje que dice á dos 
recién casadas: 

«Suyas sois, en fin; más ved 
que ya en nada quedáis vuestras...» 

Pocos maridos recuerdan la advertencia del 
mismo personaje: 



160 



DULDE DUEÑO 



«Y vos, don Sancho y don Juan, 
estad cada uno advertido 
que el entrar á ser marido 
no es salir de ser galán...» 

En resumen, mi caso no es el frecuente de la 
mujer que repugna el matrimonio porque re- 
pugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta 
alta, íntima estimación de mí propia; hay el 
temor de no poder estimar en tanto precio al 
hombre que acepte. El temor de unirme á un 
inferior... La inferioridad no estriba en la po- 
sición, ni en el dinero, ni en el nacimiento... 
Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! 
Lo sentía en Alcalá, cuando barría mi criada 
con escobas inservibles... Acaso me ha preser- 
vado de algún amorcillo vulgar. 

¿Habrá proco que me produzca el arrebato 
necesario para olvidar que «ya en nada soy 
mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto; 
pero vendrá. Soy como aquel que sabe que 
existe una isla llena de verdor, de gorjeos, de 
grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha 
de desembarcar en sus playas. No desembar- 
caré en la playa del amor. Y, si me anali- 
zo profundamente, ello es que deseo amar... 
¡cuánto y de qué manera! Con toda la violen- 
cia de mi sér escogido, singular; como el cier- 
vo anhela los ocultos manantiales... 

¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defi- 
no bien. En tantos años de comprimida juven- 
tud y de soledad, he pasado, sin duda, mi en- 
sueño por el^tamiz de mi inteligencia;Ihe pulido 



POR E. PARDO BAZÁN 



161 



y afiligranado mi exigencia sentimental; lie 
tenido tiempo de alimentarla; la he alquitara- 
do, y su esencia es fuerte. Mi ansia es exigen- 
te; mi cerebro ha descendido á mi corazón, le 
ha enlorigado con laminillas de oro, pero en 
su centro ha encendido una llama que devora. 
Y, enamorada perdida, considero imposible 
enamorarme... 



II 

En la estación de Granada me aguardan los 
Mascar eñas. 

Desde una hora antes, hemos trabajado Oc- 
tavia y yo en disimular las huellas de la noche 
en ferrocarril. Y me he tratado, á mí misma, de 
estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? 
Pero un auto de camino, decente, tampoco se 
encontraría en Madrid, de pronto. 

Por fortuna he dormido, y no presento la 
máscara pocha del insomnio. Mi hálito no de- 
lata el trastorno del estómago revuelto. Lo 
impulso varias veces hacia las ventanas de 
la nariz, y me convenzo de su pureza. Por 
precaución, me enjuago con agua y elixir y 
mastico una pastilla de frambuesa, de las que 
encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa 
es una amatista cabujón, orlada de chispas. 
En joyería, está Madrid más adelantado que en 
confort. 

Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me 
mudo la tira blanca del cuello. Renuevo los 



11 



162 



DULCE DUEÑO 



guantes, de Suecia flexible. Atiranto mis me- 
dias de seda, transparentes, no caladas (lo ca- 
lado, para viaje, es manvais genre). Y bien 
hice, porque al detenerse el tren y precipitarse 
el primo José María á darme la mano para ba- 
jar, su mirada va directa, no á mi cara, sino al 
pie que adelanto, al tobillo delicado, redondo. 

El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con 
un velo de tupida gasa negra, bajo el cual to- 
davía nuba las facciones un tul blanco. Entre- 
vista apenas, yo veo perfectamente á mis pri- 
mos. José María es un moro; le falta el jaique. 
Estebanillo un mocetón, rubio como las cande- 
las. La prima, igual á José María, con más 
años y declinando hacia lo seco y lo serio me- 
ridional, más serio y seco que lo inglés. El tío 
Juan Clímaco... De éste habrá mucho que con- 
tar camino adelante. 

Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordia- 
lidades. Dos coches, á cual mejor engancha- 
do, nos aguardan. En uno subimos las muje- 
res, el tío Clímaco— así le llamo desde el pri- 
mer momento — y el hijo mayor. En el otro, 
Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía. 

La casa es un semipalacio, en una calle 
céntrica, antigua, grave. ¡Qué lástima! Un edi- 
ficio nuevo, bien distribuido, vasto, sustitución 
de otro viejo «que ya no prestaba comodidad». 
En el actual, obra de mi tío, nada falta de lo 
que exigen la higiene y la vida á la moderna. 
Se han conservado muebles íntimos, viejos- 
bargueños, sillerías aparatosas, cuadros, bra- 
seros claveteados de plata— pero domina lo su- 



POR E. PARDO BAZÁN 



163 



perpuesto, la laca blanca, el mobiliario ála in- 
glesa. Estebanillo me lo hace observar. Angus- 
tias— á quien llaman sus hermanos Gugñ, 
transformación infantil de un nombre feo— se 
siente también orgullosa de la educación reci- 
bida en un convento del Yorkshire, de que «el 
niño» se haya recriado en Londres, de los ba- 
ños y los lavabos de porcelana que .parece le- 
che, de esa capa anglófila que reviste hoy á 
tanta parte de la aristocracia andaluza. Me con- 
ducen á mi cuarto, me enseñan el tocador lleno 
de grifos, de toda especie de aparatos metáli- 
cos para llamar, soltar agua hirviendo ó fría... 
Me advierten que se almuerza á las doce y me- 
dia. Y el lánguido, fino ceceo del primo José 
María, interviene: 

— No cean uztéz apuronez; la verdá, siempre 
nos sentamo á la una. 

Lo agradezco. Octavia prepara el baño, des- 
hace bultos, y á las dos horas de chapuzar y 
componerme algo, salgo hecha una lechuga, 
enfundada en tela gris ceniza, y hambrienta. 

Me sientan entre el tío y el primo, que así 
como indiscretamente escudriñó el arranque 
de mi canilla, ahora registra mi nuca, mi gar- 
ganta, hunde los ojos en la sombra de mi pelo 
fosco. Me sirve con aire de rendimiento adora- 
dor, y á la vez con suave cuchufleteo, burlán- 
dose de mi apetito. El come poco; al terminar 
se levanta aprisa, pide permiso, saca acceso- 
rios muy elegantes de fumador y enciende un 
puro exquisito, de aroma capcioso, que mis 
sentidos saborean. Es la primera vez que á mi 



164 



DULCE DUEÑO 



lado un hombre fuma con refinamiento, con 
manos pulidas, con garbo y donaire. —Carran- 
za, al fumar, resollaba como una foca. -La 
onda del humo me embriaga ligeramente. 

José María tiene el tipo clásico. Es moreno, 
de pelo liso, azulado, boca recortada á tijera, 
dientes piñoneros, ojos espléndidamente lu- 
cientes y sombríos, árabes legítimos, talle que- 
brado, ágiles gestos y calmosa actitud. Su ha- 
bla lenta, sin ingenio, tiene un encanto infan- 
til, espontáneo. No charla; me mira de cien 
modos. 

Reposado el café, surge lo inevitable. 

— ¿Tú querrá ye la Jalambra, prima? 

¡Si quiero ver la Alhambra! Pero no así; yo 
sola, sin que coreen mi impresión. Pecho al 
agua. Lo suelto. 

—¡Ah!— celebra Estebanillo.— Como las in- 
glesas... 

— Has tu gusto, niña — sentencia el tío Clí- 
maco. — Es la cosa más sana... 

También el tío Clímaco se parece á su hijo 
mayor; pero evidentemente la sangre de lase- 
ñora que descendía de reyes moros, ha corre- 
gido las degeneraciones de la de Mascareñas, 
en este ejemplar muypatentes. Mientras el per- 
fil de José María tiene la nobleza de un perfil 
de emir nazarita, el de su padre es de rapiña y 
presa y se inclina al tipo gitanesco. No veo en 
él el menor indicio de ilustre raza. ¿Quién será 
capaz de adivinar los cruzamientos y los in- 
jertos de un linaje? ¿No sé yo bien que hay sus 
fraudes? Y que me maten si no está harto de 



POR E. PARDO BAZÁN 



165 



conocer la novela secreta de mi nacimiento 
don Juan Clímaco... De otra novela más popu- 
lar aún procederán tal vez los rasgos, más que 
avillanados, picarescos, de este señor, que afec- 
ta cierta simpática naturalidad, y bajo tal 
capa debe de reservar un egoísmo sin freno, 
una falta de sentido moral absoluta. ¿Que como 
he notado esto en el espacio de unas horas? La 
intuición... 

El tío Clímaco opina que haga mi gusto. Me 
excuso de mi falta de sociabilidad; me ponen el 
coche; ofrezco volver para un paseo al caer de 
la tarde, al laurel de la Zubia, y sin más compa- 
ñía que la que nunca nos abandona, á la Alham- 
bra me encamino. 

Voy á ella... no á satisfacer curiosidades 
irritadas por lecturas, sino porque presiento 
que es el sitio más adecuado para desear amor. 
Y mi presentimiento se confirma. El sitio so- 
brepuja á la imaginación, de antemano exal- 
tada. 

No creo que en el mundo exista una combi- 
nación de paisaje y edificios como ésta. Ojalá 
continúe solitaria ó poco menos. Ojalá no se le 
ocurra á la corte instalarse aquí. Eecóndita 
hermosura, me estorban^hasta tus restaurado- 
res. Vivieras, semiarruinada, para mí sola, y 
desplomárase en tierra tu forma divina cuando 
se desplome mi forma mortal. 

Mil veces me describirían esta arquitectura 
y no habría de entenderla, pues aislada de su 
fondo adquiere, en las odiosas, y, sin embar- 
go, fieles reproducciones que corren por ahí, 



166 



DULCE DUEÑO 



trazas de cascarilla de santi-boniti. Lo que dice 
la Alhambra es que no la separen de su pai- 
saje propio, que no la detallen, que no la ven- 
dan. El Partenon se puede cortar y expender 
á trozos. La Alhambra de Alhamar no lo con- 
siente. 

No me sacio del fondo de ensueño de la Al- 
hambra. Baño mis pupilas [en las masas de 
felpa verde del arbolado viejo, en las pirámides 
de los cipreses, en el plateado gris de las leja- 
nías, en las hondonadas densamente doradas 
á fuego, recocidas, irisadas por el sol. No niego 
el encanto de las salas históricas, alicatadas, 
caladas, policromadas, de los alhamíes, cuyo 
estuco es un encaje, de los ajimeces y mirado- 
res, de los deliciosos babucheros, donde creo 
ver las pantuflas de piel de serpiente de la sul- 
tana; pero si colocamos estos edificios sobre el 
celaje de Castilla, sobre sus escuetos horizon- 
tes, sus desiertos sublimes y calcinados, ¡adiós 
magia! Son los accidentes del terreno, es la 
vegetación, y, especialmente, el agua, lo que 
compone el filtro. 

a. ellos atribuyo el sentimiento que me em- 
bargó—no sólo el primer día, sino todos— en 
la Alhambra. Sentimiento para mí nuevo. Di- 
solución de la voluntad, invasión de una me- s 
lancolía apasionada. Quisiera sentarme, que- 
darme sentada toda mi vida, oyendo el cántico 
lento, triste y sensual del agua, que duerme 
perezosa en estanques y albercas, emperla su 
chorro en los surtidores, se pulveriza y dia- 
mantea el aire, se desliza sesga por canalillos 



POR E. PARDO BAZAN 



167 



antiguos, entre piedras enverdecidas demusgo, 
y forma casi sola ios jardines, ¡extraños jardi- 
nes sin flores apenas! Y se desliza como en 
tiempo de los zegríes, como cuando aquí se 
cultivaba el mismo estado de alma que me do- 
mina: las mieles del vivir lánguido, sin prosa 
de afanes. Es agua del ayer, y en el agua que 
corre desde hace tantos siglos hay llanto, hay 
sangre; aquí la hay de caballeros degollados 
dentro de los tazones de las fuentes, cuyo sur- 
tidor siguió hilando, sobre la púrpura ligera, 
sus perlas claras. Y los pies de la historia, 
poco á poco, bruñeron los mármoles, todavía 
jaspeados de rojo. 

Me dejan pasarme aquí las tardes, sin pro- 
testar, aunque Gugú— lo leo en su cara— en- 
cuentra chocante mi conducta. Si yo hubiese 
nacido en la Gran Bretaña, ¡anda con Dios! Ya 
sabemos que son alunadas las inglesas. A una 
española no le pega la excentricidad. Sin em- 
bargo, al cuarto día de estancia en Granada, 
observo que Gugú sonríe franca y amena al 
saber que también iré, después de almorzar, al 
mismo sitio. Y, cuando sentada en un poyo del 
mirador de Lindaraja, contemplo la gloria de 
luz rubia y rosa en que se envuelven los mon- 
tes, suena cerca de mi oído una voz baja, in- 
tensa: 

—¿En qué piensa la sultaniya? 

Sonrío al primo. Ni se me ocurre formali- 
zarme. Él, previsor, se excusa. 

—Tú quisite venir sola. Venir sola, no es 
tanto como está sola tóa la tarde. Si estorbo... 



168 



DULCE DUEÑO 



—No estorbas. Siéntate en ese poyo, y no 
hables. 

Obedece con graciosa y festiva sumisión. El 
imán de sus negras miradas, al fin, me atrae. 
Aparto la vista del paisaje y la poso en él. 

—¿Sabes lo que pienso? 

— ¡Qué má quisiera! 

— Me gustaría que estuvieses vestido de 
moro. 

— ¡Cosa má fásil! Aquí alquilan lo trahe; y 
tú puede vestirte de reina mora también, y nos 
hasen la fotografía. Verá qué pareja. Saide y 
Saida... 

—He dicho mal— rectifico. — Lo que quisiera 
no sería que te vistieses de máscara, sino que 
fueses moro hecho y derecho. 

— Pué, niña, moro soy. Moro bautisado, pero 
moro, créeme, hata el alma. Me guta lo que 
gutó á lo moro: flore, mujere, cabayos. Los que 
andan de mácara son lo granadino como mi 
señó hermano Estebaniyo, que me gata uno 
trahe á cuadro que parten el corasón, y se atisa 
á la sei un yerbajo caliente porque lo hasen 
así enLondre á la sinco. ¡Por vía de Londre! 
Ahora les ha entrao ese flato á lo andaluse... 
Nena, nosotro no hemo nasío para eso. Yo me 
quise educá aquí, y no soy un sabio é Gresia, 
pero lo señorito como Estebaniyo aún son má 
bruto. Aqueya tierra donde lo novio van del 
braso y no se ven la cara por causa é la nie- 
bla... hasle tú fú, como el gato al perro. La vía 
es corta, hechiso.... y el que tiene á Graná... 
¿pa qué quiere otra cosa? 



POR E. PARDO BAZÁN 



169 



Las palabras coincidían de tal modo con mi 
impresión, que mi cara lo descubrió. 

— Y á tí te pasa iguá. Si somo para en uno... 

Desde aquel día, invariablemente, mi primo 
vino á cortejarme en el palacio de las hadas. 
Y yo no resistía, no exigía que se respetase mi 
soledad. No acertaba á sacudir mi entorpeci- 
miento delicioso, ritmado por el fluir del agua 
secular, que había visto caer imperios y reinos, 
bañado blancos pies, tobillos con ajorcas, y 
que susurraba lo eterno de la naturaleza y lo 
caduco del hombre. Eeclinada, callaba largos 
ratos, complaciéndome en el musical ;risssch! 
de mi abanico al abrirse. Según avanzaba la 
tarde, los arrayanes del patio de la Alberca, 
donde nos instalábamos, exhalaban amargo 
aroma, y el gorgoriteo del agua era más me- 
lodioso. José María ha llegado á conseguir — ¡no 
es poco! — no echarme á perder estas sensacio- 
nes. Le admito: él cree que le aguardo... 

No niego la gentileza de su sentenciosidad, 
que no degenera nunca en charla insípida, y, 
no obstante, hay á su lado el fantasma de un 
moro, contemporáneo de Muley Hazem, á 
quien pido que me descifre los versículos ára- 
bes, las suras del Korán inscritas en los frisos 
y en las arquerías elegantes. Y el fantasma 
murmura, con la voz del agua llorosa, lastime- 
ra: «Sólo Alá es vencedor. Lo dicen esas letras 
de oro, en el alicatado. Soy Audalla; mi yegua 
alazana tiene el jaez verde obscuro, color de 
esperanza muerta; una yegua impetuosa, toda 
salpicada de la espuma del freno. Soy el aman- 



170 



DULCE DUEÑO 



te de Daraja. No diga que sirve dama quien no 
sirve dama zegrí. Y enójense norabuena las 
damas gómeles y las almoradíes...» 

— ¿En qué piensa la sultaneja...? 

— En Audalla pienso... ¿No has leído tú el 
Romancero? 

— ¡He leío tanta cosa tonta! Ahora quisiera 
leé en ti. Tú eres un libro de letra menúa. Tú 
no ere como las demá mujere. Contigo estoy 
acortao, palabra. 

— ¿Sabes que deseo ver la Alhambra á la luz 
de la luna? Y creo que no permiten, por lo del 
incendio. 

—¿No permití á este moso? Con una pro- 
pina... 

En efecto, los obstáculos se allanan. Lleva- 
mos una lamparita eléctrica de mano para los 
sitios obscuros. El patio de los Leones, á esta 
hora, sobrepuja á cuanto me hubiera forjado 
imaginándolo. Las filigranas son aéreas. Todo 
parece irreal, porque, desapareciendo el color, 
queda la fragilidad de la línea, lo inverosímil 
de las infinitas columnillas de leve plata, la 
delicadeza y exquisitez de los arquitos, que, lo 
observo con placer, tienen el buen gusto de no 
ser de herradura. Dijérase que todo es luz aquí, 
pues las sombras parecen translúcidas, de za- 
firo claro. Nos domina el encanto voluptuoso 
de este arte deleznable, breve como el amor, 
milagrosamente conservado, siempre en víspe- 
ras de desaparecer, dejando una leyenda infe- 
rior á sí mismo. No se siente la pesadumbre de 
esta arquitectura de silfos, que acaso no existe; 



POR E. PARDO BAZÁN 



171 



que es el decorado en que nuestro capricho 
desenvuelve nuestra vida interior. Libres esta- 
mos aquí de la piedra agobiadora, como en los 
jardines del palacio lo estamos de la tierra, y 
no vemos sino agua y plantas seculares. Y 
siempre la impresión de irrealidad. ¿Existieron 
las sultanas que dejaban sus babuchas micros- 
cópicas en los babucheros de oro, azul y púr- 
pura? Seguramente son un poético mito. ¿Bro - 
taron y se* difundieron alguna vez perfumes de 
estos pebeteros incrustados en el suelo? ¿Se 
bañó alguien en estas cámaras de cuyo techo 
llovían, sobre el agua, estrellas luminosas? No, 
jamás... Se lo aseguro á José María, que se ríe, 
acercando cuanto puede su rostro al mío. 

— Todo ensueño y mentira, primo... Un en- 
sueño viejo, oriental, de arrayanes, laureles y 
miradores, bajo la caperuza de nieve de una 
sierra... ¿Por qué me gusta Granada? Porque 
estoy segura de que no existe. 

— Niña, tú debe de ser poetisa. La verdá. ¿No 
te has ganao algún premiesiyo, vamo, en los 
Juego florale? Sigue, sigue, que yo, cuando te 
oiho, me párese que esa cosa ya se me había 
ocurrió á mí. Y no crea: he leío hase año los 
verso de Sorriya. 

— ¡No soy poetisa, á Dios sean dadas gracias! 
Conste, primo. La Aihambra no existe. En cam- 
bio, esos leones, esos monstruos están vivos. 
Les tengo miedo. Me recuerdan unas esfinges 
de Alejandría que persiguieron á una santa... 
Los versos entallados al borde de la fontana 
dicen que están de guarda, y que el no tener 



172 



DULCE DUEÑO 



vida les hace no ejecutar su furia... Vida, yo 
creo que la tienen esas fieras. 

— ¡Qué me gusta tó lo que dises!— balbucea, 
en tono de adoración, el moro bautizado. — Si- 
gue, sigue, Saida... 

— Calla, calla... Miremos sin hablar... 

— Miremo — responde, y me toma una mano, 
iniciándome en las lentas, semi-castas delicias 
de la presión... 

Es algo sutil, insidioso, que no basta para 
absorberme, pero me hace ver la fontana de los 
terribles monstruos al través de un velo de 
gasa argentina con ráfagas de cielo, como ra- 
yado chai de bayadera. La Alhambra, al través 
del amor... de una gasa tenue de amor, flotan- 
do, disuelta en el rayo lunar... Y los versos 
que para entallar en el pilón compuso el des- 
conocido poeta musulmán, se destacan entre el 
ligero zumbido de mis oídos. El agua se me 
aparece como él la describe, hecha de danza- 
rín aljófar y resplandeciente luz, y que, al de- 
rretirse en profluvios sobre la albura del már- 
mol, dijérase que también lo liquida... 

¡Y el silencio! ¡Un silencio sobresaturado de 
vida ideal, de suspiros que se exhalaron, de 
ciertas lágrimas de que habla la inscripción, 
lágrimas celosas, que no rodaron fuera de los 
lagrimales; un silencio morisco, avalorado por 
el susurro sedoso de los álamos y por el soplo 
del aire fresco de la Nevada, que desgarró sus 
alas en los nopales! 

i Y el perfume! ¡Perfume seco de los laureles 
asoleados, resto de los pebeteros que se agota- 



POR E. PARDO BAZÁN 



173 



ron, brisa ajazminada, y tal vez, vaho ardiente 
de sangre vertida por trágicos lances amo- 
rosos! 

Cuando existen sitios como la Alhambra, tie- 
ne que existir el amor. ¿Por qué no viene más 
aprisa? ¿Por qué no me devora? 

III 

En casa de mi tío no saben qué pensar de 
mí. ¿Soy una maniática; soy una casquivana; 
soy una hembra «de cuidado», con la cual hay 
que mirar donde se pisa? Gugú no me entien- 
de. Se afana en obsequiarme, insegura del re- 
sultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de 
labio rasurado, aunque afecte frialdad y supe- 
rioridad, me teme un poco. José María, que no 
es ningún patán, pero cuyo pensamiento no va 
más allá del sensualismo de su raza, está des- 
concertado: con otra mujer hubiese él pisado 
firme... ¡Vaya! Su olfato sagaz en lo feme- 
nino le aconseja que conmigo no se aventure, 
no se resbale... Y, sobre todo, el tío, el gitano- 
señor, anda receloso: empieza á consagrarme 
un estudio excesivo, una atención disimulada, 
de todos los momentos. ¿Por dónde saldré? Es 
sobrado ladino para no conocer que José María 
y yo, á pesar de las apariencias, todavía no... 
vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, 
de galantería chancera, picante, popular y se- 
ñoril, el tío Clímaco me analiza, quiere desen- 
trañar mis aspiraciones, saber dequé pie cojea 



DULCE DUEÑO 



esta sobrina millonaria y extravagante, que se 
va de noche á la Alhambra, con un guapo 
mozo, á mirar realmente correr el agüilla... 
¿Seré de mármol, como los leones? ¿Seré una 
romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, 
no es dable que la interprete el de las grises 
patillas, el marrajo que me ha señalado por 
suya, á fin de que no prevalezca la superche- 
ría y vuelva la rama á la rama y el tronco al 
tronco... 

Debe de correr por Granada una leyenda 
apropósito de mí. Lo noto en la aguda curiosi- 
dad que me acoge, en los eufemismos con que 
se me habla. ¡Lo que más ha contribuido á dar 
cuerpo á la leyenda, es mi originalidad de no 
querer ver, en la ciudad, absolutamente más 
que la Alhambra! El primer día me llevaron al 
Laurel de la Reina. Después, me negué rotun- 
damente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro 
de los Católicos, ni Albaicín, ni Sacro Monte... 
Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus co- 
lores y sus formas con las de la Alhambra. 

— Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha 
embrujao... 

Para desembrujarme, el tío propone unos 
días en Loja. Tiene allí asuntos; hay que ver 
aquellos rincones, donde posee dos palacios y 
un cortijo, hacia la Sierra. 

— Capás eres de que te gusten más aquellos 
caserones que este de aquí. 

— Si son antiguos, de seguro. 

— ¡Pero qué afisioná á las antiguayas!— su- 
surra el proco, dando á lo inofensivo intención.. 



POR E. PARDO BAZÁN 



175 



Voy á pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha, 
que me haga encanesé... 

Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva 
tanto como me deja fría la cómoda vivienda de 
Granada, y su inglés «conforte». Es un edificio 
á la italiana, con vestíbulo y ático de mármol 
serrano, y columnas de jaspe rosa. No está en 
Loja misma: de la posesión al pueblo media un 
trayecto corto, entre sembrados y alamedas. No 
tiene el palacio, de las clásicas construcciones 
andaluzas, sino el gran patio central, pero sin 
arcadas. En medio, la fuente, de amplio pilón, 
se rodea de tiestos de claveles, y el surtidor 
canta su estrofa, compañera inseparable de la 
vida granadí. 

Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas 
y mozas de negros ojos me dirigen cumpli- 
mientos. Mi habitación cae al jardín, donde 
toda la noche cantan los ruiseñores. Jazmines 
y mosquetas enraman la reja de retorcidos hie- 
rros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde 
el parapeto veo, en un fondo de cristal, el pano- 
rama de Loja, la mala de ganar, la que dió que 
hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusie- 
ron á su Virgen la advocación de la Victoria. 
Diviso los dos arcos del puente sobre el Genil, 
el blanco caserío, las densas frondas, las rui- 
nas, las montañas, las torres de las iglesias, 
descollando la redonda cúpula de la mayor... 
Y José María se aparece, saliendo no sé de 
dónde. 

— ¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver 
sitio... Esto lo conosco... Aquí me crié... 



176 



DULCE DUEÑO 



Voy con él á recorrer los tales sitios. Gugú 
tiene que hacer en casa; tío Clímaco se pasa la 
vida sentado en el patio, escuchando á los lu- 
gareños, que vienen á hablarle de cosechas, 
arriendos y labores; Estebanillo allá se ha que- 
dado, en Granada, con unos amigos ingleses, 
que acaso se lo lleven á dar una vuelta por 
Biarritz, en automóvil... Y yo pertenezco á 
José María, pero le tengo á raya: sigue pre- 
sintiendo en mí enigmas psicológicos, no com- 
prendidos en su ciencia femenina . Me lleva á 
la Alfaguara ó fuente de la Mora, torrente que 
brota, al parecer, de un inmenso paredón inun- 
dado de maleza, y mana límpido por veinticin- 
co caños. ¡El agua! Siempre el agua misteriosa, 
varias veces centenaria, que habrán bebido los 
que murieron! Si subimos por los abruptos 
flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á co- 
mer gachas y á cortar albespinas silvestres, el 
agua rueda de las laderas, surte de ios pedrus- 
cos, retostados, candentes... Si seguimos la lla- 
nura, al revolver de un sendero, nos sale al 
paso la extraña cascada de los Infiernos, oculta 
en un repliegue, delatada por su fragor espan- 
table, saltando espumeante, retorcida y con- 
vulsa. Y si visitamos, en la falda de la Nevada, 
la fábrica de aserrar mármoles, el agua es lo 
deleitoso. Trepamos por las suaves vertientes, 
sembradas de fragmentos de mármol amarillo, 
con vetas azules y blancas, y de un ágata roja, 
en la cual serpentean venas de cuarzo. El cie- 
lo tiene esa pureza y esos tonos anaranjados, 
que hicieron que Fortuny se quedase dos años 



POR E. PARDO BAZÁN 



177 



donde había pensado estar quince días, y que 
extasiaron á Regnault. No sin protestas de José 
María — ¡estropear las manitas de sea!— alzo 
un trozo de piedra y hallo impresa en él la 
huella fósil, las bellas volutas del anmonites 
primitivo. Mi primo lo mira enarcando las 
cejas. 

— ¿No se te ha ocurrido subir á los picos de 
la Sierra?— le pregunté. 

— No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acom- 
paño! Se buscan mulo, y por lo meno hata el 
picacho de Veleta... Porque despué, se pué, se 
pué... pero sólo en aeroplano, hiha! 

— ¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra? 

— Contigo, al Polo. 

Bajamos á la serrería; nos enseñan los puli- 
mentados tableros de mármol; seguimos hasta 
un recodo que forma el riachuelo, donde en la 
corriente remansada se mecen las plumeadas 
hojas de culantrillos y escolopendras. Un za- 
gal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta 
á una hermosa cabra ful va, de esas granadi- 
nas, cuya leche es deliciosa. A nuestra vista la 
ordeña y mete la vasija dentro del remanso. 
De la serrería nos traen pestiños, alfajores, miel 
sobre hojuelas, rosquillas de almendra, mues- 
tras de la golosa confitería de Loja, donde se 
venden más yemas y bollos que carne de ma- 
tadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño 
se ha helado casi. Es una hora divina, un con- 
junto de sensaciones fluidas, livianas como el 
agua, rosadas como el cielo, que vierte ráfagas 
lumbrosas sobre las nieves de los picos. 



12 



178 



DULCE DUEÑO 



Volvemos despacio, por las sendas olientes 
á mejorana y á menta silvestre. José María me 
lleva del brazo. Su sentido de lo femenil le dice 
que los momentos van siendo propicios. De sú- 
bito, manifiesta entusiasmo por la expedición á 
la Alpujarra, y me cuenta maravillas del pico 
de Mulhacén, de los aspectos pintorescos de 
ios pueblos de la sierra, que él jamás ha visto. 
Penetro su intención, y quién sabe si late en mí 
una secreta complicidad. Después de la poesía 
moruna de la Alliambra, la sierra es el com- 
plemento, la clave. Allí se había refugiado la 
raza vencida... Las aguas seculares descendían 
de allí, de los riscos donde, impensadamente, 
en oasis, el naranjo cuaja su azahar. José Ma- 
ría, para la excursión, se vestiría — y no sería 
disfraz, pues así suele andar por el campo— de 
corto, airosamente, con marsellés, faja, som- 
brero ancho y elegantes botines. Yo llevaría 
falda corta, y los cascabeles de las muías, tin- 
tineando sonoramente, despertarían un eco 
melancólico en las gargantas broncas del pai- 
saje serrano. Mientras la noche desciende, cla- 
ra y cálida, forjo mi novela alpujarreña. José 
María empieza á producirme el mismo efecto 
que la Alhambra; disuelve, embarga mi volun- 
tad. Hay en él una atracción obscura, que poco 
á poco va dominándome. 

En eso pienso mientras Octavia me desnuda, 
escandalizada de ios accidentes de mi atavío en 
estas excursiones: de mi calzado arañado y 
polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron 
ramillas; de mis bajos, en que hay jirones. 



179 



—¡Si c 'esf Dieu possibU! ¡Comment nádame 
est faite! 

Ella, que trae revuelta y encandilada á la 
servidumbre y á los campesinos que acuden á 
conferenciar con mi tío, y hasta sospecho que 
á mi propio tío, 

«que, aunque viejo, es de fuego, 
corriente en una broma y mujeriego,» 

está, en cambio, más emperifollada y crespa 
que nunca, y ha aprendido de las andaluzas la 
incorrección del clavel prendido tras la oreja.. . 

Pienso en esta marea que crece en mi in- 
terior, en este dominio arcano que otro ser va 
ejerciendo sobre mí. No puedo dudar de que 
mi primo me pretende porque soy la heredera 
universal de doña Catalina Mascareñas, y así 
como el interés de una familia trató antaño de 
hacerme monja, el interés de otra decide hoga- 
ño que me case... Pero asimismo se me figura 
que produzco en mi primo el efecto máximo 
que produce una mujer en un hombre. ¿Se lla- 
ma esto amor? ¿Hay otra manera de sentirlo? 
¿Qué es amor? ¿Dónde se oculta este talismán, 
que vaya yo á matar al dragón que lo guarda? 

He observado que mi primo, cuando me ha- 
bla, exagera la tristeza; dijérase un hombre 
muy desdichado, á dos dedos del suicidio por 
los desdenes de una ingrata. Y cuando habla 
con los demás, su tono se hace natural y humo- 
rístico. Lo gracioso es que las sentenciosas 
dueñas y las mocitas con flores en el moño, que 



180 



DULCE DUEÑO 



componen la servidumbre, hablan del «zeñito 
José María» con acento de conmiseración, 
como si yo le estuviese asesinando. Y un ape- 
rador ha llegado á decirme: 

— Zeñita, peaso é sielo... pa cuando son los 
zíes? 

Los lugares, el coro, conspiran en favor del 
proco rendido. Y, en medio de este ambiente, 
trato de descomponer mis sensaciones por la 
reflexión. No, el amor no puede ser esto. Sin 
embargo, ¡menos aún será la comunicación 
intelectual! Este aturdimiento, esta flojedad 
nerviosa algo significan... Quizás lo signifi- 
quen todo. 

La noche de un día en que no hemos salido 
á pasear largo, al través de la tupida reja de 
mi salita, que está en la planta baja, oigo 
guitarrear. José María me llama, me invita á 
asomarme á las ventanas del comedor, que 
caen al patio, para ver el jaleo. Es él quien ha 
convocado á las contadísimas bailarinas de fan- 
dango que quedan en Loja y su contorno, ya 
todas viejas, cascadas, porque las mocitas aho- 
ra dan en aprender otros bailes, de estos á la 
moderna, achulados, no moriscos. Estas ven- 
tanas no tienen reja y nos recostamos en el an- 
tepecho el primo y yo. Don Juan Clímaco y 
Gugú han sacado sillas al patio. La música del 
fandango es una especie de relincho árabe, 
una cadencia salvajemente voluptuosa, monó- 
tona, enervante á la larga. La luna, colgada 
como lámpara de plata en un mirrab pintado 
de azul, alumbra la danza, y el movimiento 



POR E. PARDO BAZÁN 181 



presta á los cuerpos ya anquilosados de las 
danzarinas, un poco de la esbeltez que per- 
dieron con los años. Sus junturas herrumbro- 
sas dijérase que se aceitan, y entre jaleamien- 
tos irónicos y risas sofocadas de la gente cam- 
pesina que se ha reunido, bailan, haciéndo- 
se rajas, las viejecitas. Baila con sus piernas 
el Pasado, la leyenda del agua antigua, don- 
de las moras disolvieron sus encendidas lá- 
grimas... 

Siento la respiración vehemente, acelerada 
de José María; el respeto que le contiene le 
hace para mí más peligroso. Noto su emoción 
y no puedo reprender la osadía que anhela y 
no comete. Extiendo, como en sueños, la mano, 
y él la aprisiona largamente, derritiéndome la 
palma entre las suyas, y luego apretándola 
contra un corazón que salta y golpea. Al re- 
traer el brazo, nuestros cuerpos se aproximan, 
y él, bajándose un poco, me devóralas sienes, 
los oídos, con una boca que es llama. Allá fuera 
siguen bailando, y las coplas roncas gimen 
amores encelados, penas mahometanas, el llan- 
to que se derramó en tiempo de Boabdil... El 
balbuceo entrecortado de los labios que se apo- 
deran de mí, repite, con extravío, la palabra 
mora, la palabra honda y cruel: 

—¡Sangre mía! ¡Sangre! Mi sangresita... 

Me suelto, me recobro... Pero él ya sabe que 
del incidente hemos salido novios, esposos pro- 
metidos — y cuando I). Juan Clímaco vuelve, 
habiendo mandado que se obsequie con vino 
largo á los del jaleo— José María, pasándose la 



182 



DULCE DUEÑO 



mano bien cortada y pulida por el juvenil mos- 
tacho, dice á su padre: 

— Esta niña y yo no vamo á la Sierra el 
lune... Quiere eya vé eso pueblo bonito... del 
tiempo el moro... Hasen falta mulo y guía. 

A solas en mi cuarto, todavía aturdida, el 
temblor vuelve. ¿Es esto amar? ¿Es esto dicha? 
Parece como si tuviera amargo poso el licor, 
que ni aún me ha embriagado. Me acuesto agi- 
tada, insomne, y cuando apago la luz, la obs- 
curidad se me figura roja. Enciendo la palma- 
toria varias veces, bebo agua, me revuelvo, 
creo tener calentura. Y, convencida ya de que 
no podré dormir, al primer ténue reflejo del 
alba que entra por resquicios de las ventanas, 
salto de la cama en desorden, me enhebro en 
los encajes de mi bata, calzo mis chinelas de 
seda y salgo al pasillo apagando el ruido de 
mis pasos para llamar á Octavia, que me haga 
en mi maquinilla una taza de tila. El cuarto de 
la francesa está al extremo del pasillo, frente 
á mi departamento, que comprende alcoba, to- 
cador, gabinete y salón bajo. No hay en este 
palacio, al cual sus dueños vienen rara vez, 
timbres eléctricos. Recatadamente, sigo, entre 
la penumbra, adelantando. Al llegar cerca, veo 
que la puerta de Octavia se abre, y un bulto 
surge de su cuarto, titubea un momento y al 
cabo se cuela furtivamente por la puerta del 
salón, el cual tiene salida, por el comedor, al 
patio centra!. No importa que se haya dado tal 
prisa. Conozco la silueta, conozco el andar. Es 
mi primo. El también me ha visto, ¡me ha vis- 



POR E. PARDO BAZÁN 



183 



to perfectamente! ¡Gracias, primo José María¡ 
Glacial, serena, retrocedo, me despojo, me 
rebujo y medito, con bienestar, mi resolución. 

Cuando á las diez de la mañana salgo al pa- 
tio en busca de la familia, él no está. El tío me 
embroma. ¡Vamos, se conoce que también yo 
bailé el fandango, quedé rendida y me levanté 
tarde! 

—Puede que haya sido eso... 

—Y ¿cómo andamos de ánimo? Joseliyo eta- 
rá hasiendo milagro para yevarte á la Sierra 
con má comodidá... 

—Tío, no iré á la Sierra. Me siento un poco 
fatigada, y además, he recibido aviso de que es 
necesaria mi presencia en Madrid para asuntos. 
Le ruego que me conduzca hoy á la estación 
en su coche ... 

La transformación de la cara del señor, fué 
algo que siento no haber fotografiado. De la 
paternidad babosa y jovial dió un salto á la ira 
tigresca. ¡Juraría que adivinó...! Su instinto, 
de hombre primitivo, que ha tomado de la civi 
lización lo necesario para asegurar la caza y 
la presa, le guió con seguridad de brujería, 
excepto en lo psicológico, que no era capaz de 
explicarse. 

— ¿Qué dises, niña? ¿Eh? ¿Mono tenemo? 
¿Historia? ¿Seliyo? Mira tú que... ¿Llevarte al 
tren? ¿Para que Joseliyo me pegase un tiro? 
Tú no te vas. ¿Estás loca? 

Bajo el tono que quería ser de chanza, había 
la indicación amenazadora. Ocupábamos, bajo 
la marquesina, mecedoras, y el fresco del surti- 



184 



DULCE DUEÑO 



dor nos halagaba. Adopté el estilo cortés, ace- 
rado, la mejor forma de resistencia. 

— Tío, supongo que usted no me querrá de- 
tener por fuerza. Lo siento en el alma; agra- 
dezco la hospitalidad tan cariñosa, pero nece- 
sito irme. 

— Y yo te digo que no te vas, hata haser las 
pase. ¿Si conoseré yo á los niños? Sobrina, 
¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es tonto? 
Como palomitos os arrayasteis anoche en el 
comedor. Cuanto más reñidos, más queridos. 
Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no f 
pero es de necesiá. No me hagas hablar más, 
que tú tampoco ere lerda, y me entiendes á 
media habla, y se acabó, y no demos que reir 
al diablo. 

— Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, 
por ahora — transigí. — Dispénseme usted; no 
cambio yo nunca de resolución. Menos aún 
cambiaría ante lo violento. 

— Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido 
en el corasón el muchacho. Si le quieres. Suer- 
te que sea así, porque te ahorras muchos dis- 
gustos que te aguardaban... Yo soy un infeliz, 
pero eso de que quiten á uno lo que debe ser 
suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y 
modos de quitar. ¡Nada, que no suelto la len- 
gua! Ni es preciso, porque, al cabo, mi hijo y 
tú...— Y juntó las yemas de los pulgares. 

Me levanté tranquila, hasta sonriente— aun- 
que por dentro, un terremoto de indignación 
me sacudía ante aquel gitano trabucaire, que 
me exigía la bolsa ó la vida, 'apostado en un 



POR E. PARDO BAZÁN 



185 



desfiladero de la Sierra. Todo el britanismo de 
cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía el 
verdadero sér... el natural, acaso el más esté- 
tico y pintoresco. Me propuse burlarle; realicé 
un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, 
y, acariciando con el abanico sus patillas típi- 
cas, murmuré sonriendo: 
—¡Soniche! 

A su vez, se incorporó. Descompuestas las 
facciones, en sus ojos brilló una chispa mala, 
venida de muy lejos. La mirada del que asesi- 
naría, si pudiese... 

¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y 
con cuajo frío, sentencié. 

— Ahora le digo á usted que me voy, no por 
la tarde, sino inmediatamente, á pie, á Loja. De 
allí, en un coche, á donde me plazca. Ahí queda 
mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuida- 
do con que nadie me siga, ni me estorbe. 
Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, 
la mano... 

Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré 
no gritar, no revelar el dolor del magulla 
miento. 

—¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío 
yo... — Y cuando rompí á andar, puso el dedo 
en la frente, como diciendo que no me cree en 
mi cabal juicio. 



IV 



intermedio livico. 



Llego á Madrid de sorpresa, y la alarma de 
Farnesio es indecible. 

— ¿Pero qué ha sucedido? ¿No te encontrabas 
bien? ¿iUgún disgusto? 

— Nada... Convénzase usted de que yo estoy 
donde me lo dicta mi antojo. 

— Es que tu tío me escribió que te quedarías 
con ellos hasta el otoño, y que ibais á dar una 
vuelta por Biarritz y París. 

—Esos eran sus planes. Los míos fueron di- 
ferentes. 

La cara de D. Genaro adquirió una expresión 
de ansiedad tal, como si viese abrirse un 
abismo. 

— ¿De modo que... lo de José María...? 

Hice con los dedos el castañeteo elocuente 
que indica «Frrrt... voló». 

Violento en la mímica, por su origen italia- 
no, Farnesio se cogió la cabeza con ambas ma- 
nos, tartamudeando: 



188 



DULCE DUEÑO 



— ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué va á pasar aquí! 

—¡Nada!— respondo al tun tun, puesto que 
en sustancia desconozco lo que puede pasar, 
aunque sospecho por donde van los terrores de 
mi... intendente. 

—¡Sea como tu quieras! — suspira desde lo 
hondo D. Genaro. 

— Así ha de ser... Oiga usted: es preciso re- 
mitir hoy mismo á mi prima Angustias, los 
pendientes y el broche de esmeraldas que fue- 
ron de mi... de mi tía, doña Catalina, que en 
gloria ¡Ah! Deseo preguntar por teléfono al 
Conserje del Consulado inglés si pueden encar- 
gar para mí á Inglaterra una buena doncella, 
lo que se dice superior, sin reparar en precio. 
Lo mejor que se gaste.. Propina fuerte para el 
intermediario... 

— Ya me parecía á mí que la tal francesita... 
¡Qué fresca! Bien me lo avisó Eladia... Hasta á 
mí me hacía guiños... Tuve que tomar con ella 
un aire... ¿Dónde se ha quedado semejante pé- 
cora? 

Sonrío y me encojo de hombros. 

— Llegará en el tren de la tarde con mis baú- 
les. Me hace usted el favor de ajustarle la cuen- 
ta, gratificarla y despacharla. Es que deseo 
practicar un poco el inglés. 

a solas, repantigada en mi serré diminuta, 
recuerdo el breve episodio granadino. No para 
exaltar mi indignación contra lo demás, sino 
para zampuzarme en mí misma. ¿Cómo me dejé 
arrastrar por el instinto? Al rendirme — porque 
moralmente rendida estuve — á un quídam, 



POR E. PARDO BAZÁN 



189 



pues José María no es un infame, como diría 
una celosa, pero es el primero que pasa por la 
acera de enfrente — yo también me conduje 
como cualquiera .. ¿Fué malo ó bueno ese ins- 
tinto que por poco me avasalla? Quizás sea úni- 
camente inferior; una baja curiosidad. ¿Y no 
hay más amor que ese? 

Si eso fuese amor, yo me reiría de mí misma, 
y con tal desprecio me vería que... Y si fuesen 
celos, la repugnancia que me infunde la hipó- 
tesis de Octavia abrochándome mi collar de 
perlas, de su mano rozando mi piel; si fuesen 
celos estos ascos físicos, me encontraría carica- 
turesca. De todos modos, he descubierto en mí 
una bestezuela brava..., á la cual me creía su- 
perior. Á la primer mordida casi entrego mi 
vida, mi alma, mi porvenir, á cambio... 

¿a cambio... de qué? ¿De qué, vamos á ver, 
Lina? 

¡Es gracioso, es notable! Lo ignoro. Nada, 
que lo ignoro. ¿Será ridículo? ¡Pues... lo igno- 
ro, ea! 

Soy una soltera que ha vivido libre y que no 
es enteramente una chiquilla. He leído, he 
aprendido más que la mayoría de las mujeres, 
y quizás de los hombres. Pero ¿qué enseñan de 
lo íntimo los libros? Mis amigos de Alcalá han 
tenido la ocurrencia de llamarme sabia. ¡Sabia, 
y no conozco la clave de la vida, sai secreto, la 
ciencia del árbol y de la serpiente! 

¡De esas analfabetas que en este momento 
atravesarán la calle; modistuelas, criadas de 
servir, con ropa interior sucia y manos infor- 



190 



DULCE DUEÑO 



mes..., pocas serán las que, á mi lado, no pue- 
dan llamarse doctoras! Y lo terrible para mí, lo 
que me vence, es el misterio. ¡Mi entendimien- 
to no defiende á mi sensitividad; ignoro á dón- 
de me lleva el curso de mi sangre, que tampo- 
co veo, y que, sin embargo, manda en mí! 

Cierro los ojos y vuelvo á oir el balbuceo de 
José María, que halaga, que sorbe golosamen- 
te mis párpados con su boca... 

— ¡Sangresita mía...! 

¡Ah! ¡Es preciso que yo indague lo que es 
el amor, el amor, el amor! Y que lo averigüe 
sin humillarme, sin enlodarme. ¿Pero cómo? 

¿Adquiriendo ciertas obras? Entre lo impreso 
y la realidad hay pared. ¿Disfrazándome á lo 
Maupín...? No, porque yo no busco aventura, 
sino desengaño. Quiero viajar, y antes, como 
se traga una medicina, tragar el remedio con- 
tra las sorpresas de la imaginación. 

Asociando la idea de la lección que deseo á 
la de una droga saludable^ me acude la memo- 
ria de una lectura, la del Médico de su honra. 
La intervención del Doctor en un asunto de ho- 
nor y celos; la ciencia médica como solución 
de los conflictos morales, me había sorprendi- 
do. No podía ser un verdugo cualquiera el que 
«sangrase» á doña Mencía de Acuña, sino Lu~ 
dovico, el médico. Y evocaba también á los 
personajes y reyes que del médico se sirvieron 
en críticos trances, para las eficaces mixturas 
deslizadas en un plato ó en una copa... El mé- 
dico, actor en el drama físico, como el confe- 
sor ea el moral... 



POR E. PARDO BAZÁN 



191 



El médico... ¿Pero cuál? Doña Catalina ha- 
bía tenido varios: algunos, eminentes; otros, 
practicones. Ninguno de ellos, sin embargo, 
me pareció á propósito para recurrir á su cien- 
cia. ¡Ciencia! Me reí á solas. ¡Si eso lo sabe el 
mozo del café de enfrente, el tabernero de la 
esquina! ¡Vaya una ciencia, la de la manzana 
paradisiaca! . . . 

Supuse, no sé por qué, que la explicación 
me sería más fácil con un doctor desconocido 
del todo. Decidí fiar á la casualidad la elección 
del que había de batirme las cataratas. Y una 
tarde salí al azar, recordando unas señas, un 
anuncio, leído la víspera en un diario. No eran 
señas de especialista— ¡oh, qué anticipada re- 
pugnancia! — sino ele quien solicita clientela; 
probablemente, un joven... En tranvía, luego 
á pie, hago la caminata. Calle retirada, casa 
mesocrática, portera de roja toquilla. He aquí 
el templo de los misterios eleusiacos... 

Trepo al tercero, con honores de segundo, 
en que vive tanta gente de medio pelo. Una 
cartela de metal — Doctor Barnuevo, de tres á 
cinco... — La suerte me protege; no hay nadie 
en la consulta. Es probable que esta suerte fre- 
cuente la antesala del doctor Barnuevo... 

Una criada moza, lugareña, me hace entrar; 
el médico me mira impresionado por mi as 
pecto de mujer elegante, vestida en París, que 
lleva un hilo de perlas medio escondido bajo la 
gola de la blusa. Todo esto, quizás no lo ana- 
liza el doctor al pronto, pero lo nota en con- 
junto; y, respetuoso, me adelanta una silla. 



192 



DULCE DUEÑO 



El doctor es todavía joven, efectivamente, 
pero calvo, precozmente decaído, de sonrisa 
forzada, de ojos entristecidos, de barba obscu- 
ra, en que ya hay sal y pimienta. Se le nota la 
juventud en los blancos dientes, en la voz, en 
todo— á pesar del desgaste y de la fatiga tan 
visibles. — Inicia unjinterrogatorio . 

— No, si no padezco de nada. . . Vengo á pedirle 
á usted un servicio... extraño. Muy grande. 

Una zozobra, un recelo repentino, hacen que 
se enrojezca un poco la tez de marchita seda 
del doctor. Sonrío y le tranquilizo. 

— Señora... 

— Señorita... 

—Bien, pues señorita... 

— No se trata sino de que usted me explique 
algo que no entiendo... 

Y me explayo, y manifiesto mi pretensión y 
la razono y la apoyo y argumento: es probable 
que me case pronto, es casi seguro... 

— ¿Quién se puede comprometer á lo que 
desconoce? ¿No io cree usted así, doctor? Y 
de estas cosas no se habla tranquilamente con 
un novio... ¿A que soy la primera mujer que 
dirige á un médico ta] pregunta? 

En la sorpresa de Barnuevo creo percibir una 
especie de admiración. Insisto, intrépida, re- 
doblando sinceridades. Refiero lo de Granada 
sin muchas veladuras. Y, según crece mi fran- 
queza, en el espíritu del médico se derrumban 
defensas. Voy apoderándome de él. 

— No sé si lo que usted me pide es bueno ó 
malo... De fijo es singular... 



POR E. PARDO BAZÁN 193 



—Arduo, ¿por qué? Malo, ¿por qué? ¿Es us- 
ted un esclavo del concepto de lo malo y lo 
bueno? Nosotros, á nosotros mismos, nos corta- 
mos el pan del bien; nosotros nos dosificamos 
el tósigo del mal. 

— Seguramente es usted una señora... 

— ¡Señorita! 

— ¡Ah, claro! ¡Naturalmente! — sonrió. — Una 
señorita excepcional. Por eso me prestaré á 
lo que usted quiera. ¿Hasta qué límite han de 
llegar mis lecciones? 

— Hasta donde empieza mi decoro... el mío, 
entiéndame usted bien, el mío propio, no el 
ajeno. Y mi decoro no consiste en no saber 
cómo faltan al decoro los demás. El límite de 
mi decoro no está puesto donde el de otras; 
pero, en cambio, es fijo é inconmovible; creo 
que usted, doctor, entiende á media palabra. 

Abozalada así la fatuidad inmortal del va- 
rón, avancé con más desembarazo. 

— Alguna observación personal, Sr. Barnue- 
vo, ha sustituido ya en mí á la experiencia... 
que acaso no tendré nunca. 

—Debo advertirle á usted que la experiencial 
en la plena acepción de la frase, es algo quizás 
insustituible... al menos en este terreno que 
pisamos. Todas mis... enseñanzas, no rompe- 
rán cierto velo... 

— Puede que sea así; pero ya, al través de ese 
velo, la verdad resplandece. ¡Si casi diría que 
ha resplandecido, aun antes de oir sus doctas 
explicaciones de usted! Permítame, doctor, 
que le entere de lo que he percibido yo, profa- 

13 



194 



DULCE DUEÑO 



na... Pues he notado que el sentimiento más 
fijo y constante que acompaña á las manifes- 
taciones amorosas es la vergüenza. ¿Me equi- 
voco? 

— No le falta á usted razón... ¡Es una idea!... 

— ¿Y no encuentra usted que esa vergüenza 
tan persistente, tan penosa, tan humillante, es 
como una sucia mosca que se cae en el néc- 
tar de la poesía amatoria y lo inficiona, y lo 
hace, para una persona delicada, imposible de 
tragar? 

—Señor... ita, ¡hay quien no conoce ni de 
nombre la vergüenza!— argüyó festivo. 

— ¡Ay, Doctor, voy á contradecirle! Perdo- 
ne; en cuanto me explique, usted va á estar 
conforme, porque es más observador que yo, 
pobrecilla de mí... Excepto algún caso que 
será ya morboso, esta dolorosa vergüenza no 
se suprime ni en medio de la abyección. Se 
ocultará bajo apariencias, pero existe, y á ve- 
ces ¡se revela tan espontánea! 

— ¡Pues lo confieso!— asistió. — ¡Hay cinis- 
mos, en ciertas profesiones, que no son sino 
vergüenza vuelta del revés! 

—¿Y eso, no significa...? Doctor, ¿se aver- 
güenza nadie de lo hermoso? 

— La función, señorita, no será hermosa; 
pero es necesaria. Por necesaria, la naturaleza 
la ha revestido de atractivo, la ha rodeado de 
nieblas encantadoras. La especie exige... 

—Yo no quiero nada con la especie... Soy el 
individuo. La especie es el rebaño; el individuo 
es el solitario, el que vive aparte y en la cima. 



POR E. PARDO BAZÁN 



195 



Y, á la verdad, me previene en contra esa ver- 
güenza acre, triste, esa vergüenza peculiar, 
constante y aguda. Por algo pesa sobre ello 
la reprobación religiosa; por algo la sociedad 
lo cubre con tantos paños y emplea para refe- 
rirse á ello tantos eufemismos... No se coge 
con tenacillas lo que no mancha. 

—Tal vez hipocresía... Usted, señorita, antes 
de entrar en los infiernos adonde voy á guiar- 
la, ¡acuérdese del Paraíso! ¡De la maternidad! 
¡La sagrada maternidad! 

Una ironía cruel me arrancó una frase, cuyo 
alcance el Doctor no pudo medir. 

— ¡También yo he tenido madre... madre 
muy tierna! 

El médico, de una ojeada, me escrutó. 

— ¿Está usted de prisa? 

— Nadie me aguarda... 

Tocó un timbre, y la criada lugareña se pre- 
sentó, clavándome unos ojuelos zainos, de des- 
confianza. 

— Cipriana, no estoy en casa. Venga quien 
venga, que no entre. 

Se acerca á sus estantes, hace sitio en la 
mesa, trae un rimero de libros gruesos, en me- 
dio folio. Empieza á volver hojas. Los graba- 
dos, sin arte, sencillos en su impudor, atraen 
y repelen á la vez la mirada. La explicación, 
sin bordados, escueta, grave, es el comple- 
mento, la clave de las figuras. Bascas y saliva- 
ción me revelan el sufrimiento íntimo; el mé- 
dico, á la altura de las circunstancias, sin 
malicia, sin falsos reparos, enseña, señala, in- 



196 



DULCE DUEÑO 



siste, cuando lee en mis turbias pupilas que no 
he comprendido. 

A veces, la repulsión me hace palidecer tan- 
to, que interrumpe, me da un respiro y me aba- 
nica con un número de periódico.., 

¡Qué vacunación de horror! Lo que más me 
sorprende es la monotonía de todo. ¡Qué líneas 
tan graciosas y variadas ofrece un catálogo de 
plantas, conchas ó cristalizaciones! Aquí, la 
idea de la armonía del plan divino, las elegan- 
cias naturales, en que el arte se inspira, des- 
aparecen. Las formas son grotescas, viles, zam- 
borotudas. Diríase que proclaman la ignominia 
de las necesidades... ¿Necesidades? Miserias... 

— Siento náuseas — suspiro al fin. ¿Á dónde 
cae esta ventana, doctor? 

— A un patio interior... No soy rico... Mi 
sueño sería tener un jardín del tamaño de un 
pañuelo... Espere usted, abriremos la puerta... 

De mi saco de malla entretejida con diaman- 
titos, extraigo el frasco de oro y cristal de las 
sales. Eespiro. 

— Adelante... El mal camino, andarlo pron- 
to... 

— Creo, señorita, que está usted haciendo una 
locura. Tengo escrúpulos. 

— Adelante he dicho... No va usted á dejar- 
me á la mitad de la cuesta. 

Y me acerco al libro, rozando el brazo de este 
hombre que no es viejo, ^ni antipático, y con el 
cual me siento tan segura, como pudiera es- 
tarlo en compañía del sepulturero. 

El vuelve á echar paletadas de tierra más 



POR E. PARDO BAZÁN 



197 



fétida. Agotadas las láminas corrientes, vienen 
otras, y tengo que reprimir un grito... Tam- 
bién son de colores... ¡Qué coloridos! ¡Qué ber- 
mellones, qué sienas, qué lacas verduscas, qué 
asfaltos mortuorios! ¡Qué flora de putrefacción! 
¡Y el relieve! ¡Qué escultor de monstruosida 
des jugó con sus palillos á relevar la carne hu- 
mana en asquerosos montículos, á recortarla en 
dentelladuras horrendas! 

— Esto está mal — insiste Barnuevo, cerrando 
un álbum de espantos. ¡Me estoy arrepintien- 
do, señorita! 

— ¡Doctor, lo que usted siente, y yo también, 
no es sino la consabida vergüenza! ¡Vergüen- 
za, y nada más! Nos avergonzamos de perte- 
necer á la especie. ¡A beber el cáliz de una vez! 
¿Falta algo, doctor...? No omita usted nada. 
¿Las anormalidades? 

—¿También eso? 

— También. 

— ¡Qué brutalidad... la mía! 

— La mía, si usted quiere. Pronto, por Dios, 
Sr. de Barnuevo. 

Y se descubre el doble fondo de la inmundi- 
cia, en que la corrupción originaria de la es- 
pecie llega á las fronteras de la locura; las 
anomalías de museo secreto, las teratologías 
primitivas, hoy reflorecientes en la podredum- 
bre y el moho de las civilizaciones viejas; los 
delirios infandos, las iniquidades malditas en 
todas las lenguas, las rituales infamias de los 
cultos demoniacos... 

Por mis mejillas ruedan lágrimas, que me 



198 



DULCE DUEÑO 



salvan de un ataque nervioso. El Doctor, con- 
movido, interroga: 
—¿Basta? 

— Basta. Déme usted la mano, con... 

El encuentra la frase delicada y justa. 

—Con el sentimiento más fraternal. 

— ¡Y quién podrá jamás cultivar otro! — gri- 
to, en un arranque. — Doctor, debo á usted 
gratitud... Permítame... que no le envíe nada 
por sus honorarios. 

— No voy para rico, señorita; tengo mala 
suerte en mi profesión... ¡Pero si usted me 
enviase algo..., creáme que soy capaz de... no 
sé..., de sentir mayor vergüenza aun, de esa 
que á usted tanto la mortifica! ¡Y de llorar..., 
como usted! 

— ¿No aceptaría usted un retrato mío? ¿Para 
acordarse de una cliente tan... insólita? 

— ¡Siempre me acordaría!... El retrato lo es- 
pero con ansia. Y perdón, y... nada de ver- 
güenza. ¿Puedo ofrecerla un sorbo de Málaga? 
Está usted tan desencajada... Acaso teng-a 
fiebre. 

—Gracias... Se me hace tarde... 

Era uno de esos anocheceres rojizos, cálidos, 
de la primavera madrileña. Al llegar á las ca- 
lles concurridas, el gentío me hostigaba con 
contactos intolerables. Me codeaban. Sentí im- 
pulsos de abofetear. Corrí, huyendo de las vías 
céntricas. Me encontré en el paseo de la Caste- 
llana, donde empezaban á encenderse los faro- 
les. El perfume de las acacias exasperaba mi 
naciente jaqueca. Ni me daba cuenta de Jo im- 



POR E. PARDO BAZÁN 



199 



prudente de pasear sola y á pie por un sitio que 
iba quedándose desierto, con un hilo de perlas 
sobre el negro traje. Un coche elegante cruzó, 
con lenta rodadura. El cochero me miraba. 
Comprendí 

—¿Puede usted llevarme á casa? 

— Suba la señora... 

La portezuela estaba blasonada, el interior 
forrado de epinglé blanco, y olía á cuero de 
Rusia. ¡Qué chiripa, haber dado con un cochero 
particular que se busca sobresueldo! Un simón 
me sería insufrible, hediondo.,. 

En casa, me bañé, me recogí... La frescura 
de las sábanas me desveló. El ventilador eléc- 
trico, desde el techo, me enviaba ondas de 
aire regaladamente frío. Mi calentura aumen- 
taba. Después he comparado mi estado físico 
al de una persona que asiste por primera vez 
á una corrida de toros. Toda la noche estuve 
volviendo á ver los grabados, y abochornán- 
dome de haber nacido. He aquí lo que suge- 
rían los árboles viejos de la Alhambra, el ro- 
manticismo del agua secular en que se disol- 
vieron lágrimas de sultanas transidas de amo- 
res, la gentileza de los zegríes, el olor de los 
jazmines, el enervamiento de las tardes infini- 
tas, el cántico de los surtidores y el amargor 
embrujado de los arrayanes! 

Y dando vueltas sobre espinas, repetía: 

—¡Nunca! ¡Nunca! 



V 



El de Cai*i é anza. 



I 

Una fiebre nerviosa, no grave, me postra 
varios días. Convalezco serenamente. Farnesio 
está como loco. De una parte, cree que me 
muero; de otra, cree que el tío Clímaco ha ve- 
nido resuelto á hacer una. Sólo es verdad que 
el tío está en Madrid y no me ha visitado. 

— Tendrá sus asuntos. No le podemos negar 
el derecho de viajar á ese señor. 

Un fruncimiento de cejas de D. Genaro; su 
cara más alargada y preocupada que de cos- 
tumbre, me indican que el recelo le socava y 
le mina el espíritu. Ya me figuro lo que teme. 
Sin embargo, la empresa no ha de ser tan li- 
viana. Sabré defenderme, ahora que las fantas- 
magorías de amor se han desvanecido, y sólo 
me queda el ansia de una vida fuerte, intensa, 
con otros goces y otros triunfos; los que mi 
brillante posición me asegura, á mí que ya 
traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo me- 



202 



DULCE DUEÑO 



nos el jugo acre y fuerte de la poma del bien y 
del mal... 

Llega, sudoroso, el viejo y polvoriento estío 
de Castilla. Me dedico á planear mi veraneo. Me 
acuerdo, con fruición, del calor sordo de los 
veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pe- 
día otros aires, otros horizontes, y me ataba al 
pueblo muerto y callado la falta de dinero. El 
agua se recalentaba en el botijo. No se oía en 
la casa sino el andar chancletudo de la fámula, 
que arrastraba zapatos desechados míos. No 
podía yo conseguir que no se me presentase 
despechugada, con las mangas enrolladas has- 
ta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo 
de la compañía de mis amigos: Carranza se ha- 
bía ido de vacaciones á su tierra, la Eioja, don- 
de posee viñas, y Polilla á la sierra, á casa de 
una cuñada suya, á cuyos hijos daba leccio- 
nes... Y cuando estoy enfrascada en rememo- 
rar mis tedios an tiguos y mis glorias nuevas, 
el criado, con un recadito: 

— Que está aquí el Sr. de Carranza. Que si la 
señorita está ocupada, aguardará. Y que si no 
hay inconveniente, almorzará con la señorita. 

— Que le pongan cubierto. Que pase al ga- 
binete. 

De bata, de moño flojo, con fueros de conva- 
leciente, salgo y estrecho la mano gruesa, re- 
cia de músculos, á pesar de la adiposidad, del 
canónigo. No acertaría á explicar por qué me 
siento enteramente reconciliada con él. 

—Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes. 

—Vengo á tiempo. Vengo cuando hay algo 



POR E. PARDO BAZÁN 



203 



importante que decir. Son las doce y media y 
no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y 
después... ¿Podremos charlar sin testigos? 

— ¡Ya lo creo!— exclamó afirmando mi inde- 
pendencia. 

Orden al jefe de que se esmere. Desespera- 
ción en la cocina: ¡esmerarse tan tarde y con 
una señorita que desde hace una quincena no 
prueba sino leche, caldos y gallina cocida! 

A la una y media, sin embargo, sirven un 
almuerzo pasable, vulgar, al cual Carranza 
hace cumplido honor. El melón con hielo en- 
medio, el consommé frío, los huevos á la Mor- 
ny, los epigramas de cordero, el valewsky... 
todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, 
goza como un niño. Hasta beber á sorbos el 
café, con sus licores selectos, y apurar el Ca- 
runcho de primera, no se decide á entablar la 
plática. 

— Hija mía, es mucho lo que traigo en la 
cartera. Haré por despachar pronto: contigo se 
puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de 
saber que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá 
unos días. Y creo que también dió su vuelteci- 
ta por Segovia... 

Ante mi silencio y el juego de mi chapín de 
raso sobre el tapete, apretó el cerco, descu- 
briendo ya sus baterías. 

— Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer 
de entendimiento nada común. Se te puede ha- 
blar como á otra no .. Estás en grave peligro. 
Tu tío quiere atacar el testamento y probar que 
no eres hija de Jerónimo Mascareñas, ni cosa 



204 



DULCE DUEÑO 



que lo valga; que hubo superchería, y que 
el verdadero dueño de la fortuna de doña 
Catalina Mascareñas, viuda de Céspedes, es él. 
Parece que tu tío anda furioso contigo, porque 
no quisiste aceptar por novio al primo José Ma- 
ría, que es un gandul. Ya ves si Carranza está 
bien enterado — se enorgulleció golpeando sus 
pectorales anchos, la curva majestuosa de su 
estómago. — Como que el gitano del Sr. de Mas- 
careñas se ha ido de Alcalá en la firme persua- 
sión de que tiene en mí un aliado. Pero á mí no 
me vende él el burro ojiciego con mataduras. A 
un riojano neto, no le engaña un almiforero de 
ese jaez. Me he propuesto estropearle la combi- 
nación y sacarte del berengenal, sin que salga 
áluz nada de lo que... de lo que no debe salir. 
Conque, anímate, no te me pongas mala... y 
ríete áepindorós, como les dicen á tales gita- 
nazos. 

— Carranza, mil gracias. Me parece que es us- 
ted sincero... en esta ocasión. 

— Nada de reticencias... Hay tiempos dife- 
rentes, dice el Apóstol: hubo una época en 
que... convenía... cierto disimulo... Ahora, 
juego tendido. Yo te profeso cariño, pero al 
demostrártelo, salvándote, no te negaré que 
también hay en mí un interés... un interés le- 
gítimo, en que á nadie perjudico. Esto no se ha 
de censurar. ¿Verdad? 

— No por cierto. Sepa yo como me salvará 
usted. 

— De un modo grato. Te propongo un novio. 
— ¡Llega usted en buen momento! Me repug- 



POR E. PARDO BAZÁN 



205 



na hasta el nombre; la idea me haría volver á 
enfermar. 

—Hola, hola. ¿Eras tú la que tenía horror 
al convento? 

— ¿Quiere usted oirme lo mismo que en con- 
fesión? 

Un pliegue de severa inquietud en la golosa 
boca rasurada... Carranza escucha; su oreja, 
en acecho, parece captar, beber mis palabras 
singulares. Le reñero todo, en abreviatura, 
desde los fugitivos ensueños del caballero 
Lohengrin, hasta la visita al médico... 

— Comprendo — asiente — que estés bajo una 
impresión de disgusto y hasta de asco. Esas 
cosas, desde el punto de vista que elegiste, son 
odiosas. Te conozco desde hace bastantes años, 
y nunca he visto en tí sino idealidad. Tu ima- 
ginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, 
debes reflexionar que si estudiásemos en esa 
íorma otras funciones, verbigracia, Jas de la 
nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y 
sería lástima, que almuerzos como el tuyo... 
En serio, que la situación es seria. Ó el claus- 
tro, ó el matrimonio. 

— Soltera, viviré muy á mi placer. 

— Te volverás á Alcalá, pobre nuevamente, y 
acaso ni te den la rentita qtie entonces disfru- 
tabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos 
defender esta causa mala y perdida. Han apa- 
recido testimonios de la suplantación, de los 
amaños; la cosa no se hizo, á lo que parece, 
con demasiada habilidad; no se presintió que 
un día, muerto Dieguito, la cuestión de la he- 



206 



DULCE DUEÑO 



rencia podría plantearse. A D. Juan Clímaco no 
le faltan aldabas. El castillo de naipes se viene 
á tierra. Existe, sin embargo, quien lo sosten- 
drá con sólo un dedo. 
— ¿Tanto como eso? 

—¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propon- 
go yo. Agustín Almonte, hijo de D. Federico 
Almonte. 

El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, 
mil veces Carranza hablaba de Almonte padre, 
paisano suyo, \k quien debía, según informes 
de Polilla, la canongía y una decidida protec- 
ción. 

— Almonte, ¿no era ministro el año pasado? 

—Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo ma- 
yor, Agustín, que también el año pasado era 
subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho 
más allá que el padre. Pasa algún tiempo en 
la Eioja; le conozco bien; charlamos mucho... 
y que me corten la cabeza si en la primer su- 
bida de su partido no ministra. ¿Tú sabes las 
campañas que hizo en el Parlamento? El padre 
va estando viejo; padece de asma. En cambio, 
el hijo... Porvenir como el suyo, no lo tendrá 
acaso ningún español de los que hoy frisan en 
los treinta y tantos. Reúne mil elementos dife- 
rentes. Sus condiciones de orador, su talento, 
que es extraordinario, ya lo verás cuando le 
trates... y el camino allanado, porque desde el 
primer momento, la posición de su padre le 
hizo destacarse de entre la turba. El padre es 
como la gallina que ha empollado un patito y 
le ve echarse al agua; la altura de Agustín, sus 



POR E. PARDO BAZÁN 



207 



vuelos, van más allá de D. Federico. Así es que, 
al saber que tú eres tan instruida, el mucha- 
cho se ha electrizado. Él, justamente, deseaba 
una mujer superior... 

— ¿Soy yo una mujer superior, según eso? 

— Vamos, como si te sorprendiese. Tus cua- 
lidades... 

— ¡Pch! mi primer cualidad, será mi dinero. .. 

— ¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única 
muchacha rica, criatura. Sin salir de la misma 
Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín 
buenos partidos. El dinero es cosa muy nece- 
saria, es el cimiento; pero hacen falta las pare- 
des. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está 
en el aire! No lo olvides. Si Agustín no lo arre- 
gla, cuando menos lo pienses... Tienes mal 
enemigo. D, Juan Clímaco está muy ducho en 
picardihuelas y pleitos... Piénsalo, niña. 

— Tráigame usted á D. Agustín Almonte 
cuando guste. 

Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, repo- 
sados, de confesor práctico. Me registró el alma. 

— ¿Qué es eso de «tráigame usted»?— bro- 
meó. — ¿Es algún fardo? Es un novio como no 
lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; 
porque, criatura, nadie es doblón de á ocho. Si 
le gustas (él á ti te gustará, por fuerza, y te 
barrerá del pensamiento esas telarañas román- 
ticas de la repugnancia á lo natural, á lo que 
Dios mismo instituyó)... entonces... supongo 
que no pensaréis que os eche las bendiciones 
nadie más que este pobre canónigo arrincona- 
do y escritor sin fama... 



208 



DULCE DUEÑO 



— Sólo que — objeté — siendo los novios tan 
altos personajes como usted dice, parece na- 
tural que los case un Obispo... 

Un gesto y una risada completaron la indi- 
cación. Carranza me dió palmadicas en la 
mano. 

— Por algo le dije yo á Agustín que tú vales 
un imperio... 

II 

¿Qué aspecto tiene el nuevo proco? A fe mía, 
agradable hasta lo sumo. Buena estatura, no 
muy grueso aún, por más que demuestra ten- 
dencia á doblar; moreno, de castaña y sedosa 
barba en horquilla; tan descoloridas las meji- 
llas como la frente, de ojos algo salientes, se- 
ñal de elocuencia, de pelo abundante, bien 
puesto, con arranque en cinco puntas, fácil- 
mente parecería un tenor, si la inteligencia y 
la voluntad no predominasen en el carácter de 
su fisonomía. Desde el primer momento— es 
una impresión plástica— su cabeza me recuer- 
da la de San Juan Bautista en un plato; la her- 
mosa cabeza que asoma, lívida, á la luz de las 
estrellas, por la boca del pozo, en Salomé. Cosa 
altamente estética. 

El pretexto honroso de la visita es que, in- 
formado por Carranza del riesgo que pueden 
correr mis intereses y la odiosa maquinación 
de que quiere «alguien» hacerme víctima, para 
despojarme de lo que en justicia me pertene- 



POR E. PARDO BAZÁN 



209 



ce, viene á ofrecerse como consejero y guía, y 
cuando el caso llegue, como letrado, á fin de 
parar el golpe. Esto lo dice con naturalidad, 
con esa soltura de los políticos, hechos á des- 
enredar las más intrincadas intrigas y á buscar 
fórmulas que todo lo faciliten. Sin duda los po- 
líticos son gentes que se pasan la vida sufrien- 
do el embate de los intereses egoístas y ávidos, 
tropezando con el amor propio y la vanidad en 
carne viva, amenazados siempre de la defec- 
ción y ]a puñalada artera. Nada se les ofrece 
de balde á los políticos, y todos, al dirigirse á 
ellos, hacen un cálculo de vaior, de convenien- 
cia. Así es que pesan la palabra y comiden la 
acción. Almonte no pronuncia frase que no res- 
ponda á un fin... Y si yo soy la desilusionada, 
él debe ser el escéptico. Nuestros ojos, al en- 
contrarse, parecen decirse: 

«Una misma es nuestra pena...» 

Nuestros dos áridos desencantos se magne- 
tizan. Él me encuentra á la defensiva; me es- 
tudia. Yo le considero como se considera á un 
objeto, á un mecanismo. Es una máquina que 
necesito. Soy un campo que le ofrece la cose- 
cha. Él ha visto el fondo de la miseria humana 
en su aspiración al poder y en los primeros pel- 
daños de su ascensión; yo lo he visto en el ga- 
binete de un médico. 

¡Así está bien! Apartemos la cuestión de 
amor, la cuestión repugnante... y podré com- 
placerme en el trato, en la compañía y hasta 
en la vista de este hombre, que no es cualquie- 
ra. ¡Si llegase á tener en él un amigo! Un ami- 



14 



210 



DULCE DUEÑO 



go casi de mi edad, ¡no un vejete iluso como Po- 
lilla, ni un zorro sutil como Carranza! ¡Me en- 
cuentro tan sola desde que mi ensueño se ha que- 
dado, pobre flor ligera, prensado y seco entre 
las hojas de los horribles libros del Dr. Barnue • 
vo, museo de la carne corrompida por el pecado! 
¡Un amigo! ¡Un amigo... que no sea un esposo! 

Mi proco— bien se advierte, — posee ese don de 
interesar conversando, de que han dejado rastro 
y memoria al ejercerlo los Castelar, los Cáno- 
vas, los Sil velas. Este es don y gracia de polí- 
ticos. Refiere anécdotas divertidas; se burla 
suave, donairosamente de Carranza, al mismo 
tiempo que hace refulgir próximo el dora- 
do de la mitra; traza una serie de cuadros 
humorísticos, de unas elecciones en la Rioja; 
y mi cansancio de enferma, misantrópico, des- 
aparece; me río de buen grado, de cosas senci- 
llas, sedantes para los nervios. Recuerdo el 
mutismo árabe de mi primo José María. Almon- 
te, por lo menos, me entretiene. Sin saber 
cómo, y, afortunadamente, sin conato de ga- 
lantería por parte de él, diría que nos entende- 
mos ya en bastantes respectos. 

Le refiero el caso de Hilario Aparicio, y lo 
celebra mucho. El conoce un poco al amigo de 
Polilla; y con su equidad de hombre habituado 
á discernir, en medio de las chanzas, le defien- 
de, le encomia. 

—-No crea usted, es muchacho que ha estu- 
diado, que vale. 

—¿Me querría usted hacer el favor de prote- 
gerle, de ponerle en camino? 



POR E. PARDO BAZÁN 



211 



—De muy buena gana. Es fácil que sea una 
adquisición. A esos muchachos, se les distin- 
gue á causa de lo que han escrito, con la espe- 
ranza de que, una vez en situación mejor, ha- 
rán exactamente todo lo contrario de lo que 
escribieron. Su rasgo de usted, Lina, es de 
una malicia donosísima; es delicioso. 

— Mi conciencia lo reprueba á veces. 

— No se preocupe usted. Haremos por el kir- 
kegaarcliano — ¿n-o ha dicho así? — cuanto que- 
pa. Verá usted cómo le volvemos al sér natu- 
ra], despojándole de la piel falsa de sus filoso- 
fías. Y, por otra parte, á usted le consta que 
no es ni sincero en las utopias que profesa. 

Le invito á almorzar con Carranza al otro 
día. Se excusa porque se va aquella misma tar- 
de á Zaragoza, adonde le llama una cuestión 
de sumo interés; y añade sin reticencia: 

— ¿Dónde se propone usted veranear? 

— Confieso que todavía no lo he determi- 
nado. 

Y después suplico: 

— ¿Por qué no me hace usted un plan de 
viaje? 

— Con sumo gusto. Conozco á Europa; salgo 
cada año dos meses á respirar en ella. Forma 
parte de mis deberes y de mis estudios, eso 
que han dado en llamar europeización. Antes 
de que lo inventasen, yo lo practicaba. ¡Sucede 
así con tantas cosas! Usted, Lina, podría pasar 
quince días en París — las señoras en París tie- 
nen siempre mucho que hacer. — Antes debe us- 
ted detenerse en Biarritz y San Sebastián... Es- 



212 



DULCE DUEÑO 



crioiré á la Duquesa de Ambas Castillas, que 
está allí y es muy buena amiga mía, para que 
la vea á usted y la acompañe. Este período que 
usted entretenga agradablemente, yo lo con- 
sagraré á imponerme bien de sus asuntos y á 
dejar jaloneada la defensa de su patrimonio. 
¡No faltaba más! El bueno de D. Juan Clímaco 
Mascareñas y yo nos conocemos; he interve- 
nido bastante en las cuestiones de su senadu- 
ría vitalicia; á mi padre se la debe. Voy á en- 
terarme como Dios manda; el Sr. Farnesio me 
ilustrará. Y ya se andará con tiento el gitano. 
Tengo armas, si él las tiene. De eso respondo. 
No se preocupe usted. Desde París puede us- 
ted seguir á Suiza. Yo suelo dirigirme hacia 
ese lado. Allí tendría la honra de presentarla 
mis respetos... De Zaragoza regreso el día 15. 
¿Oree usted haberse puesto en viaje para en- 
tonces? 

— No es probable. Espero á una doncella in- 
glesa que me envían, y sin la cual... 

— ¡En efecto! Pues siendo así, el 15... ¿Insis- 
te usted en invitarme á almorzar? 

Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya 
tengo á Maggie, la doncella, no inglesa, sino 
escocesa, pero vezada y amaestrada en Lon- 
dres, nada menos que en la casa de Lady 
Mounteagle, lo más superfirolítico. — Esta mu- 
jer, á juzgar por las señales, es una perla. Cha- 
ta, cuarentona, de pelo castaño con reflejo co- 
brizo, de tez rojiza, de ojos incoloros, posee en 
el servir un chic especial. Se siente uno perso- 
na elevada, al disponer de tal servidora. Indi- 



POR E. PARDO BAZAN 



213 



rectamente, con un gesto, rectifica mis faltas 
de buen gusto, cuanto desdice de mi posición 
y de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se 
sale de sus atribuciones, y me demuestra un 
respecto inverosímil. Jamás familiaridades, 
jamás entróme timientos, jamás descuidos. Me 
recomienda á un criado inglés bastante joven, 
y que, en el viaje, nos será útilísimo. Pagará 
cuentas, facturará, pensará en el bienestar de 
Daisy, el luíú, se ocupará de detalles enojosos. 
Maggie chapurrea medianamente el francés; el 
criado, Dick, lo parla con suma facilidad. Con 
los dos, espero un viaje cómodo. 

Almonte opina lo mismo; sin embargo, y 
conviniendo en que Maggie es una adquisi- 
ción, me aconseja cuidado. 

— Crea usted que los ingleses también tie- 
nen sus macas. Yo he sido cándido, y he creí- 
do en la superioridad de los anglosajones; ni- 
ñerías... Una de las cosas que la civilización 
tiene á la vez más perfeccionadas y más co- 
rrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sir- 
ve á maravilla, pero el odio es el fondo de esas 
relaciones. Les exigimos tanto, ennuestro egoís- 
mo, que á su vez la idea de interés es la única 
que cultivan. ¿Me perdona usted, Lina, estas 
advertencias? Con relación á usted soy viejo... 
es decir, lo soy interiormente; usted, en lo mo- 
ral, es una niña, llena de candor. 

Me ofendo como si me hubiese insultado. Se 
sonríe, tomando á cucharaditas el helado pra- 
linó. 

-—¿No le gusta á usted ser candorosa? |Pero 



214 



DULCE DUEÑO 



si el candor, en ciertas épocas de la vida, es el 
signo de la inteligencia! 

Siempre evitando esa personalización á que 
propenden los que asedian á una mujer, Agus- 
tín refiere historias de la corte, los anales de 
una sociedad que yo no conozco sino por los 
diarios, — peor que no conocerla. — De estas 
pláticas parece desprenderse que el amor no 
existe. Dij érase que es un terrible mito an- 
tiguo, fabuloso7Agustín presenta las acciones 
de los hombres desde el punto de vista de la 
conveniencia, la utilidad, la razón. Sin duda 
la atrácción de los sexos ejerce influjo, pero 
la clave secreta suele ser el interés, la vanidad, 
la ambición, mil resortes que acíúan, no sólo 
en la edad pasional, sino en todas las de la 
existencia. La palabra de Agustín, nutrida, 
segura, se vierte sobre mi espíritu dolorido, 
magullado de la caída, como un bálsamo cal- 
mante. Me consuela pensar que hay más que 
ese amor que anhelé con loco anhelo. Me re- 
habilita ante mí misma convenir con rni pro- 
co en que tan insensato afán no es sino un 
accidente, una crisis febril, y que la vida se 
llena con otras muchas cosas que le prestan 
atractivo y hasta sabor de drama, 

—¡La conquista del poder! — sugiere Agustín. 
— ¡Eso, no sabe lo que es quien nunca lo ha 
probado! Como se funda en la realidad, no en 
fluidas revéries de venturas místicas — porque 
usted es una mística, Lina; la han llevado á 
usted al misticismo y al romanticismo sus años 
de soledad y de injusto aislamiento;— digo 



POR E. PARDO BAZÁN 



215 



que, como se funda en la realidad, en las rea- 
lidades más concretas, y al mismo tiempo en 
las honduras de la psicología positiva... tiene 
el encanto de la guerra, el sabor violento de la 
conquista. ¡Ah, si usted lo probase! 

— No sé cómo lo había de probar. 

— Yo sí lo sé— responde él, sin la menor in- 
tencionalidad picaresca. — De esto hemos de ha- 
blar mucho. Me precio de que la convenceré. 
No hay cosa más fácil que convencer á la gen- 
te de talento... y de una sensibilidad despierta 
para sentir los horizontes bellos, prescindien- 
do, como usted sabe prescindir, de madriga- 
les y de romanzas cursis. 

Le miro con risueña benignidad. ¡Le agra- 
dezco tanto que, aunque sea con artificios, me 
escamotee el horripilante recuerdo, del cual 
estoy enferma aún! Tiene el arte de tratarme 
como yo deseo ahora ser tratada; de engañar 
mi melancolía de convaleciente con perspecti- 
vas que, sin arrebatarme, me distraen. 

— Amiga Lina, hay cosas que, antes de co- 
nocerlas, parecen encerrar el secreto de la feli- 
cidad, y cuando se conocen, son más amargo- 
sas que la muerte. De esas cosas es preciso 
huir. Todos hemos tenido veinticinco años, y 
sufrido vértigos y rendido tributo á la engañi- 
fa, á las farsas, á los faroles de papel con una 
cerilla dentro... Ya vemos más claro. Otra lu- 
cha, ardiente, nos llama. Otro sport, como 
ahora dicen... ¿Usted supone que la mujer no 
puede jugar á ese juego? Vaya si puede. De- 
trás de cada combatiente suele haber una ama- 



216 



DULCE DUEÑO 



zona; detrás de cada poderoso, una reina so- 
cial. Consiéntame usted que, por lo menos, la 
inicie. Después, si no se pica usted al juego,, 
nuestra amistad persistirá: siempre tendré igual 
empeño en que no se salga con sus malos pro- 
pósitos Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no 
lo dude usted... 

Al despedirme al día siguiente en la esta- 
ción, me deslizó al oído, entregándome una 
primorosa caja de chocolates: 

— Una postalcita... Deseo saber qué impre- 
sión la causa París. 

¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiás- 
tica, diplomática, de futuro cardenal, en la 
manera de haber adoctrinado á este proco. Le 
has revelado mi herida y la precaución que se 
ha menester para no irritar la viva llaga... 
Le has descubierto mi espíritu crispado de 
horror, mis nervios encalabrinados, mi mente 
nublada por sombras y caricaturas goyescas, 
por visiones peores que las macabras, — ¡oh, la 
muerte es menos nauseabunda!— Y, tal vez 
así... 

III 

Una magia es Biarritz, con su aire salobre, 
vivaz, su agua marina encolerizada, la alegría 
de sus edificaciones modernas, y el apetito que 
he recobrado, y el humor juvenil de moverme, 
de hacer ejercicio, de bañarme en el mar,, sin 
necesidad probablemente. Por otra parte, en 
Biarritz empiezo á entrever esa actividad in- 



POR E. PARDO BAZÁN 



217 



tensa, sin lirismo, esos resortes y esos fines 
que no evocan lo infinito, sino lo que está al 
alcance, no de todas las manos — despreciable 
sería entonces — sino de pocas y sabias y há- 
biles... 

Entreveo ese juego atrayente, de que es 
imagen muy burda el otro juego, del cual se 
habla aquí y en que salen desplumados los 
«puntos». Así se lo escribo á Agustín, no en la 
postalcita que humildemente pidió, sino en 
una carta amistosa, en que apunta el compa- 
ñerismo. El pretexto para convencerme de que 
debo escribirle pronto y largo, es que parece 
natural enterarle de la acogida que me dis- 
pensa la Ambas Castillas, mediante la esquela 
de presentación, redactada en términos de 
apremiante interés. La duquesa, á quien envío 
la esquela por Dick, contesta por el mismo, 
anunciando inmediata visita; y á la media 
hora se presenta, ágil y airosa y envelada la 
cara de tules, á fin de disimular y suavizar el 
estrago que los años han ejercitado, impíos, 
en su belleza célebre. Los rasgos permanecen 
aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano 
elegante al través de la Suecia; el busto, atre- 
vido, obedece á la obra maestra del corsé; y 
en su maceramiento de sesentona, persiste una 
gracia arrogante que yo desearía imitar. En- 
vidio los gestos delicados, de coquetería y de 
hermosura triunfante, de gentil aplomo y gen- 
til recato altanero; envidio este aire que sólo 
presta cierto ambiente... al ambiente que debe 
llegar á ser mío. 



218 



DULCE DUEÑO 



Corta es la visita. Por la tarde, en su automó- 
vil, me lleva á recorrer caminos pintorescos, 
hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros 
autos, con mucha gente, mujeres maduras, 
niños de silueta modernista, hombres que sa- 
ludan con respeto galante; dos autos se detie- 
nen, el nuestro lo mismo; la Ambas Castillas 
hace presentación; me flechan agudas curiosi- 
dades; oigo nombres, cuyo run run había per- 
cibido desde lejos. Con nosotros viene una her- 
mana de la Ambas Castillas, insignificante, 
callada y al parecer devota, pues se persigna 
al cruzar por delante de las iglesias. La duque- 
sa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo 
conozco á Agustín Almonte y á D. Federico? 

— A D. Federico no le conozco. D. Agustín 
va á ocuparse en asuntos míos que revisten 
importancia. 

— ¿Es su abogado de usted? 

— Sí, duquesa. 

Después, salen á plaza los trajes. Mi atavío 
gris, de alivio, mi sombrero, sobre el cual vue- 
la un ave de alas atrevidas, ave imposible, 
construida con plumas de finísima batista, en- 
rizada no sé cómo y salpicada de rocío dia- 
mantesco, mis hilos de perlas magníficas, re- 
dondas; los detalles de mi adorno fijan la ex- 
perta atención de la duquesa. Me encuentra á 
la altura; lo que llevo es impecable. 

— ¿Quién la viste? 

Pronuncio negligentemente el nombre del 
modisto. 

— ¡Ah...!— La exclamación es un poema.— 



POR E. PARDO BAZÁN 



219 



Claro, ese habrá de ser... Pero el bocado es Ca- 
rito... 

Las preguntas, delicadamente engarzadas, 
continúan. ¿Tengo hermanos? ¿Vivo sola en 
Madrid? ¿Sigo á París? ¿A dónde iré á terminar 
el verano? Los proyectos de Suiza determinan 
una sonrisa discreta. 

— Nuestro amigo Almonte también creo que 
suele ir por ese lado á descansar de sus fatigas 
políticas, parlamentarias y profesionales. . . 
¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Lle- 
gará á donde quiera. Su padre (en confianza), 
no ha alcanzado la talla de otros grandes polí- 
ticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel 
Silvela tan simpático, tan hombre de mundo.., 
Pero como ahora unos se han muerto y otros 
están más viejos que un palmar, ¡pobres seño- 
res! — añadió la dama con juvenil, casi infantil 
alarde, que á pesar de todo no la sentaba mal 
— crea usted que Almonte... Yo no entiendo de 
eso; lo que pasa es que oigo; mi marido es 
muy aficionado, va al Congreso mucho... El 
sol que nace, es Almonte. 

Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. 
La hermana insignificante suspiró. 

— Es lástima que sus ideas... 

— ¡Hija, sus ideas! — se apresuró la duque- 
sa — Manolo, mi marido, asegura que Agustín, 
cuando mande, respetará lo que debe respetar! 

Y variando de tono: 

— Es seguro que al formarse Almonte una 
familia, eso también ejercerá en su modo de 
ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si en- 



220 



DULCE DUEÑO 



cuentra una mujer de talento y buena.... Y la 
encontrará. ¿No opina usted lo mismo, Lina?... 

La familiaridad del nombre propio era un 
halago en la elegante señora, arbitra sin duda 
de la sociedad, aunque ya su sol declina. Puesto 
del todo este sol, que fué esplendoroso, aún 
quedará un reflejo de su irradiar. El propósito 
de halagarme, por si soy para Almonte algo 
más que una cliente rica, se revela en el em- 
peño de acompañarme y pilotearme en el Ca- 
sino — sin oficiosidad inoportuna— de inventar- 
me excursiones entretenidas, de relacionarme. 
Debieron de correr voces, un santo y seña, por- 
que hubo atenciones, encontré facilidades, me 
vi rodeada, mosconeada, invitada á diestro y 
siniestro, á almuerzos y lunchs. Pregusté el 
sabor de los rendimientos que el poder ins- 
pira; sentí la infatuación de la marcha ascen- 
dente por el florecido sendero. No tuve,, en po- 
cos días, tiempo de profundizar la observación 
de lo que me salía al paso. Mi goce se duplicó 
por el bienestar físico que me causaba la tóni- 
ca balneación, y por el femenil gusto de vestir 
galas y adquirir superfluidades en las ricas 
tiendas. También sentí orgullo al convidar á 
la duquesa, á su hermana, á algunos de los 
que me han obsequiado, á almorzar en mi ho- 
tel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y vi el 
gesto admirativo de las caras cuando agregué: 

— Bah, mi escocesa... Salió, para venir á ser- 
virme, de casa de lady Mounteagle. En efecto, 
sabe su obligación... 

¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una 



POR E. PARDO BAZÁN 



221 



semana, no había nadie que no me conociese. 
De mi yo verdadero nada sabían; en cambio, 
conocían hasta el número de frasquitos de ver- 
?neil cincelado que contenía mi maleta de viaje, 
traída por Maggie de la casa Mapping and 
Web, reina de las tiendas caras y primorosas, 
en que se expenden tan londonianos artículos. 
No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual 
acogida. Hubo sus frialdades, sus distanciacio- 
nes, sus impertinencias, aristocráticas y pluto- 
cráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos 
hielos, algunas ironías, mal disimuladas por 
aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos que 
se aislaron de mí, sus saludos envarados, peo- 
res que una cabeza vuelta para no ver. Y en- 
tonces si que empecé á «picarme al juego». A 
vuelta de correo, Agustín me contestaba: 

— Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara 
á usted un deleite de victoria. Apunte usted 
nombres. Verá usted qué delectación exquisita 
la de recordarlos después .. Cuando llegue la 
hora, amiga Lina... Y váyase usted pronto á 
París. Conviene que haya usted pasado por ahí 
como un meteoro... 

Seguí el consejo. — No sufrí la fascinación de 
París. És una capital en que hay comodida- 
des, diversión y recreo para la vista, pero no 
sensaciones intensas y extrañas, como preton- 
den hacernos creer sus artificiosos escritores. 
El caso es que yo traía la imaginación algo 
alborotada á propósito de Notre Dame. Este 
monumento ha sido adobado, escabechado, re- 
cocido en literatura romántica. Sin duda su 



222 



DULCE DUEÑO 



arquitectura ofrece un ejemplar típico, pero le 
falta la sugestión de las catedrales españolas, 
con costra dorada y polvorienta, capillas mis - 
teriosas, sepulcros goteroneados de cera y san- 
tos vestidos de tisú. JSfotre Dame... Un salón. 
Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con 
boniment, por un sacristán industrial, de voz 
enfática y aceitosa. Falta en Notre Dame sen- 
timiento. Yo rompería algunas figurillas del 
pórtico, plantaría zarzas y jaramago en el 
atrio. Y, sin embargo, aquí han sentido pro- 
fundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de 
sí mismos á Notre Dame. Yo, española, no pue- 
do sentir hondo aquí, ni aun por contraste con 
las calles infestadas de taxímetros, de antobús y 
otras cosas feas. Vale más, seguramente, que 
no sienta. El lirismo, como un licor fuerte, me 
daña. 

Patullo en la prosa parisiense. Manicuras, 
peluqueros, modistas, reyes del trapo, mani- 
quíes vivientes, desfilan en actitudes afectadas. 
Mis uñas son Conchitas que ha pulido el mar. 
Mi peinado se espiritualiza. Mi calzado se refi- 
na. Dejo á arreglar en la calle de la Paz las 
pocas joyas anticuadas de doña Catalina Mas- 
careñas que no transformé en Madrid, para 
que me hagan cuquerías estilo María Antonieta 
ó modernisterías originales. Voy á los teatros, 
donde los intermedios me aburren. Me doy en 
el Louvre una zambullida de arte y de curio- 
sidad, i Cuánto se divertiría aquí D. Antón de 
la Polilla! Pude hacerle feliz quince días... 
Sólo que me aburriría á mí, porque lo admira- 



POR E. PARDO BAZÁN 



223 



ría todo en esta ciudad y en este modo de ser 
de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me 
daría cada solo volteriano inocente! ¡Y si al 
menos él tuviese gracia! Pero un Voltaire pe- 
sado, curado al humo en Alcalá... 

Y lo que me asfixia en París, lo que me hace 
de plomo su ambiente, es la continua exhibi- 
ción de la miseria humana, la suciedad indus- 
trializada, fingida, afeitada, cultivada lo mis- 
mo que una heredad de patatas ó alcacer. Las 
desnudeces y crudezas de los teatros; las ilus- 
traciones iluminadas de los kioscos; los títulos 
de guindilla de los tomos que sacan á la acera 
las librerías; los anuncios con mostaza y pi- 
mienta de Cayena, me renuevan la náusea 
moral, el sufrimiento de la vergüenza triste, 
de la repugnancia á tener cuerpo. Vuelven 
las horas de aburrimiento, y al regresar al 
hotel me dejo caer en la meridiana, mientras 
Maggie me dá consejos higiénicos, me reco- 
mienda la poción que tomaba para sus vapores 
lady Mounteagle... 

~— ¡Á Suiza! — ordeno lacónicamente. — Vamos 
directamente á Ginebra... Prepare usted el 
equipaje. 

IV 

Noto en Suiza lo contrario que en Granada. 
Á Granada pude yo hacerla para mí. Suiza está 
hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo des- 
cubro en ella. La sedación de Suiza, su frígida 
pureza de horizontes, me hacen, eso sí, un bien 



224 



DULCE DUEÑO 



muy grande. Comprendo que aquí se busque 
reposo después de una caída de las de quebran- 
tahuesos. Reposo activo; no la disolvente lan- 
guidez de la Alhambra. 

Como Agustín me escribe que todavía le de- 
tendrán una quincena los quehaceres y que en 
Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo á 
ciudades y lagos. De ¡os Alpes, visito todo lo 
que no obliga á alardes de alpinismo. ¡Soy de 
la meseta castellana! Subo, por dentro, á las 
montañas inaccesibles; con los pies, no. He vi- 
sitado Friburgo y Berna, encontrando superio- 
res los hoteles á las ciudades; Lucerna y Zu- 
rich, y, por Schaaffhausen, me he dirigido al 
lago de Constanza, punto menos infestado de 
turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, 
que forma estos dos lagos entre los cuales 
Constanza remeda el broche de una clámide, 
es al menos un río cuya imagen he visto en 
mis deseos, un río de leyenda. Constanza es 
poco más que un pueblecillo; sin embargo, 
los hoteles no ceden á los de ninguna par- 
te. Suiza ha llegado, en punto á hoteles, á lo 
perfecto. Y es una sensación de calma y de 
goce físico, reparadora, la que me causa, des- 
pués del enervamiento del tren, esta vida so- 
litaria y magnífica, con Maggie que no me 
da tiempo á formular un deseo, y pasándome 
el día entero al aire libre, el aire virgen, puri- 
ficado por las nieves eternas, en un balcón ó 
veranda sobre el lago, que enraman las rosas 
trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado, 
sentada perezosamente, una inglesita lee una 



POR E. PARDO BAZÁM 



225 



novela; de vez en cuando sus ojos flor de lino 
buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de 
ierra cotta, que sin ocuparse de su compañera, 
se mece al amparo de la sábana de un periódi- 
co enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhe- 
las? ¡Qué fuerza tendrá el engaño para que tu 
cabecita de arcángel prerrafaelista, nimbada 
de oro fluido, se vuelva con tal insistencia ha- 
cia ese pedazo de rubicunda carne, amasada 
con lonchas de buey crudo, é inflamada con 
mostaza desolladora y picores de rabiosa espe- 
ciería! 

De Constanza, me agrada también el que sus 
recuerdos no me producen lirismo... Aquí no 
flotan más sombras que las de herejes recalci- 
trantes asados en hogueras, y emperadores, 
condes y barones á quienes hubo que embar- 
gar sus riquezas porque no pagaban el hospe- 
daje á los burgueses de la ciudad. Bien se echa 
de ver que los suizos están convencidos, al tra- 
vés de las edades, de dos cosas: que hay que ser 
independiente y cobrar á toca teja las cuentas 
del hotel. 

El Rin me atrae; de buen grado pasaría la 
frontera y recorrería Baviera y el Tirol, aun- 
que me sospecho que pudieran parecerse exac- 
tamente á Suiza; los mismos glaciares, los 
mismos precipicios, y esas montañas donde los 
que logran alcanzar la cúspide, echan sangre 
por los oídos. No realizo la excursión, porque 
experimento cierta inquietud de volver á ver 
á Agustín; me agrada la perspectiva de su 
presencia. Ninguna turbación, ninguna emo- 

15 



226 



DULCE DUEÑO 



ción desnaturaliza este deseo sencillo, amis- 
toso. 

Una postal me avisa, y retorno por el lago 
de Como á Ginebra, donde al venir no he que» 
rido detenerme. Me instalo, no en el mejor ho- 
tel, sino en el que domina mejor vista sobre el 
lago Azul. No es una frase: en el lago Léman, 
las aguas del Ródano, al remansarse, sedimen- 
tan su limo y adquieren una limpidez y un co- 
lor como de zafiro muy claro. Hay quien cree 
que no basta esta explicación, y que algún 
mineral ó alguna tierra de especial composi- 
ción se ha disuelto en ellas, para que así seme- 
jen girón de cielo. 

Me acuerdo de aquellas aguas de Granada,, 
seculares, donde el pasado hace rodar sus vo- 
luptuosas lágrimas... y me parece que este 
lago es como mi alma, donde el limo se ha se- 
dimentado y sólo queda la pureza del reposo. 

No me canso de mirarle y de comprenderle. 
Forma una media luna, y en uno de sus cuer- 
nos se engarza Ginebra, como un diamante al 
extremo de una joya. Ningún lago suizo, ni el 
de Constanza, donde desagua el Ein, le vence 
en magnitud. Con razón le califican de Occéa- 
no en miniatura. El barquero'que me pasea por 
él en un botecito repintado de blanco, gracio- 
sa cascarita de nuez, me informa, con sinceri- 
dad helvética, de que el lago es peor que el 
mar: sus traiciones, más inesperadas. En días 
tormentosos, el nivel del Léman, súbitamente, 
crece dos metros; de pronto, se deshincha; 
media hora después, vuelve á hincharse. Y„ 



POR E« PARDO BAZÁN 227 



creyendo que me asusto, añade el pobre 
hombre: 

— Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabe- 
mos cuando no hay cuidado. 

Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual 
no me ha parecido nunca muy digno de tener- 
se en cuenta, entre los mil que acosan á la vida 
humana, sabiendo que, al cabo, es presa segu- 
ra de la muerte. Estoy tan enterada como el 
barquero del singular fenómeno, que se nota 
sobre todo en las dos extremidades del lago, y, 
por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando 
venga Agustín, le contagiaré: pasearemos por 
este mar diminuto y íelino, y haremos la ex- 
cursión al rededor de él, por sus márgenes pin- 
torescas. 

Un telegrama... Llega esta tarde Almonte. 
Naturalmente, no le espero: él es quien, atusa- 
do y limpio ya, solicita permiso para presen- 
társeme. Mando que le pongan cubierto en la 
mesa que ocupo, cerca de una ventana, por la 
cual entra la azulina visión del l&go. Y, fami- 
liarmente, comemos juntos, como si fuésemos 
ya marido y mujer... 

Vuelvo á probar la grata impresión de Ma- 
drid, que no tiene ninguno de los signos ca- 
racterísticos del amor, y por lo mismo no me re- 
nueva las heridas aun mal cicatrizadas. Agus- 
tín es el amigo... Los dos tenemos planteado 
el problema de la vida, con magnífica curva de 
desarrollo; los dos necesitamos eliminar el ve- 
neno lírico, en las gimnasias y los juegos de la 
ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas 



228 



DULCE DUEÑO 



historias de amarguras y desencantos, que se 
parecen á la mía... 

— Todas las aventuras llamadas amorosas 
son muy semejantes, Lina. Uno de los espejis- 
mos de esa calentura es suponer que hay en 
ella un fondo variado de psicología. No hay más 
que la sencillez del instinto, del cual dimana. 

La comida es plácida, llena de encanto. Ave- 
riguamos nuestras predilecciones, nos comu- 
nicamos secretos de paladar. Agustín apenas 
bebe un par de copas de Burdeos; yo una de 
Kin, con el pescado, una de Champagne, muy 
frío, con el asado. Nos gustan á los dos los ex- 
quisitos peces de agua dulce, que en Constan- 
za eran mejores, porque estábamos al pie del 
Rin, y truchas y salmones y anguilas tenían es- 
pecial sabor. Todo esto reviste suma importan- 
cia: Agustín cree que, en las horas de descan- 
so apacible, se debe retinar, disfrutar de las de- 
licias de tanto bueno como hay en el mundo. 

— Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lu- 
cha, se acomete y se resiste sin importársenos 
de los golpes, del dolor, del riesgo. Pero cuan- 
do nos rehacemos con un paréntesis de bienes- 
tar y de olvido, entonces ¡venga todo el epicu- 
reismo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las manos 
una dulce fruta: á no perder gota de su zumo! 

Desde el primer momento establecemos y 
definimos nuestra situación. El mundo es una 
cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos 
fuerzas que han de completarse. Da por supues- 
to que la dirección la imprime él. Y me asom- 
bro de encontrarme tan propicia á una sumi- 



POR E. PARDO BAZAN 



229 



sión, de aceptar una jefatura, y de aceptarla 
contenta. Me someto á este hombre á quien no 
amo; me someto á él porque puede y sabe más 
de la ciencia profana que eleva á sus maestros. 
Analizado y destruido mi antiguo ideal, él me 
promete una vida colmada de altivas satisfac- 
ciones; una vida «inimitable», como llamaron 
á la suya Marco Antonio y la hija de los Lagi- 
das, al unirse para dominar al mundo. 

Y me induce también á admitirle por guía la 
presciencia ó el tacto que revela al echar á un 
lado la cuestión amorosa, las flaquezas del 
sexo. El penoso encogimiento de la vergüenza 
me lo ha suprimido así. Me ha comprendido, 
ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, 
admite la hipótesis de no causarme cierto orden 
de impresiones. Y, como tiene la viril pacien- 
cia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se pro- 
pone algo más que el vulgarísimo episodio de 
unos sentidos en conmoción, me respeta, y nos 
entendemos en la infinidad de terrenos en que 
el hombre y la mujer pueden entenderse, cuan- 
do han acertado á pisotear la cabeza de la sier- 
pe, antes que destile en el corazón su ponzoña. 

Se regulan las horas, se hace programa de la 
estancia en el oasis. Nos vemos incesantemen- 
te. No sólo comemos y almorzamos juntos, sino 
que en la veranda tomamos á la vez el mismo 
poético desayuno, el té rubio con la aromosa y 
blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sir- 
ve en frasquitos de una limpieza seductora. 
Venden esta miel las aldeanas en Zurich, lle- 
vando en uno de los capachos del horriquillo 



230 



DULCE DUEÑO 



las flores montesinas de donde la liban las abe- 
jas. La idea de una loma florida, de un cuadro 
idílico, Ta unida á este té tan gustoso. Un día, 
riendo, Agustín me hace observar que, al cabo, 
nos unimos para el cultivo de la sensación; sólo 
que es una sensación gastronómica. 

— Esas no abochornan —respondo. — Y él 
aprueba. ¡Ha aprobado! 

Largas horas pasamos contemplando el pa- 
norama, las ingentes montañas sobrepuestas, 
queriendo cada una acercarse más al firma- 
mento; y, coronándolo todo, el Mont Blanc, 
el coloso, que sugiere pensamientos atrevidos, 
deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin em- 
bargo, que no tenemos vocación de alpinistas, 
ni hemos pensado parodiar á Tartarín. 

— El frío... El cansancio... Las grietas, los 
aludes, el hielo en que se resbala. A otro perro 
con ese hueso— declara él. — No crea usted, 
Lina, que tengo un pelo de cobarde; pero, 
como sé que en mi carrera no faltan peligros, 
y que si se les teme no se llega adonde se debe 
llegar, yo evito los otros, los peligros de lujo. 

—El peligro tiene su sabor... 

— ¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado us- 
ted que yo le traiga un edelweiss cogido por mí 
al borde de un precipicio espantoso? Vamos, 
no está usted enteramente curada aún. Deje 
usted eso para los ingleses, gente sin imagi- 
nación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es 
más arriba de las montañas; es á cimas de otro 
género. Esto no nos sirve sino de telón de fon- 
do. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué en- 



POR E. PARDO BAZÁN 



231 



cuentran? Lo mismo que dejaron abajo. Es de- 
cir, peor. Nieve y riscos inaccesibles. Ahí tiene 
usted. El que trepa, debe trepar para llegar á 
algo. Si no, es un tonto. 

Nos reimos. Los ingleses son nuestros bufo- 
nes. A toda hora nos ofrecen alguna particula- 
ridad ultra-cómica. Sus mujeres son sencilla- 
mente caricaturas enérgicas, á menos que sean 
ángeles vaporosos. Convenimos en la fuerza 
física de la raza. En cuanto á su mentalidad, 
no estamos muy persuadidos de que llegue á 
la mediana mentalidad ibérica. 

—Me atrae su aseo — declaro.— No debe de 
oler una multitud inglesa como una multitud 
de otros países. El vaho humano, en esa na- 
ción... 

— Eso creía yo mientras no pasé una tempo- 
radita en Londres, y, sobre todo, mientras no 
visité Escocia. El olor de la gente en Escocia 
es punzador. Conviene que salgamos de casa 
para aprender lo que debemos imitar y lo que 
debemos recordar, á fin de no ser demasiado 
pesimistas. Lina, á mí se me ha puesto en la 
cabeza que he de dejar huella profunda en la 
historia de España. Que la hemos de dejar; 
porque desde que la conozco á usted, con usted 
cuento. En nuestro país se están preparando su- 
cesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero 
que se preparan, sólo un ciego lo dudaría. ¡El 
que acierte á tomar la dirección de esos sucesos 
cuando se produzcan, llegará al límite del po- 
der; no es fácil calcular adónde llegará! Yo 
aguardo mi hora, no esperando que me des- 



232 



DULCE DUEÑO 



pierte la fortuna, sino en vela, con los ríñones 
ceñidos, como los caudillos israelitas. La sole- 
dad completa me restaría fuerza, y una compa- 
ñera sin altura, ininteligente, me serviría de 
remora. ¿Si usted...? 

—La cosa es para pensada, Agustín... Para 
muy meditada. 

— No, no es para meditada, porque yo no 
pido amor. Lo que solicito es una amiga, á la 
cual interese mi empresa. Ya sabe usted que á 
su tío, D. Juan Clímaco, le dejo muy abozala- 
do. No ladrará, ni aun gruñirá. ¿A sabe que 
conmigo no puede permitirse ciertas bromas. 
¡Ah! No crea usted; la red estaba bien tejida. 
Entre las mallas se hubiese usted quedado. El 
hombre armó su trampa con habilidad de gi- 
tano en feria. Compró testimonios que compro- 
metían gravemente á D. Genaro Farnesio; hu- 
biese ido... ¡quién sabe! á presidio. Se me figu- 
ra que á él y á usted les he salvado. ¿Merezco 
alguna gratitud? 

— Mucha y muy grande — contesto, tendién- 
dole la mano, que estrecha y sacude, sin zala- 
merías ni insinuaciones. — Sólo que.,, es delica- 
do decirlo, Agustín... 

— No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Es- 
toy seguro de que usted cambiará. 

—¿Y si no cambio? 

—Ni un ápice menos de respeto ni de amisto- 
sa cordialidad. Creo que el trato es leal. Lo úni- 
co que pido, es que la prohibición á que suscri- 
bo para mí, no se derogue en beneficio de otro. 
Si para alguien ha de ser usted más que amiga. . . 



POR E. PARDO BAZÁN 



233 



— ¡AJh! ¡Eso no! Eso no lo tema usted. 

— Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, 
que haremos una pareja venturosa. Demos al 
tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en 
el sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de 
usted, que es para mí el gran atractivo que us- 
ted reúne. Antes de conocerla, su fortuna me 
pareció una base necesaria para mis aspiracio- 
nes — no se quejará usted de que no soy fran- 
co — pero ahora, se me figura que hasta sin for- 
tuna desearía su compañía y su auxilio moraL 
Para un hombre político, es un peligro la sol- 
tería. Existe en su porvenir un punto obscuro; 
lo más probable es que halle una mujer que ó 
le disminuya ó le ponga en berlina. 

— Es cierto, y, ya que usted ha sido tan 
sincero, le digo que tampoco conviene á un 
político una mujer pobre. Yo encuentro que la 
cuestión de la honradez de un hombre político 
es algo pueril; el menor error, en materia de 
gobierno, importa doble y perjudica doble al 
país que una defraudación. Sólo que es arsenal 
para los enemigos, y piedra de escándalo para 
los incautos. Por eso un político debe estar más 
alto, poseer millones legítimamente suyos. Eso 
le exime de la sospecha. 

— ¡Palabras de oro! — bromea él, — y no sé de 
donde ha sacado usted tal experiencia... Hubo 
en la historia de España un hombre que fué, en 
un momento dado, árbitro, como rey. Pero te- 
nía mujer; y ella, por la tarde, vendía los car- 
gos y honores que al día siguiente él concede- 
ría. Y el lodo le llegaba á la barba; y su poder 



234 



DULCE DUEÑO 



duró poco y cayó entre escarnio. Nuestra fuer- 
za, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia us- 
ted por amor, hágalo por compañerismo. Suba- 
mos de la mano... 

Creo que este diálogo lo pasamos una noche, 
en que el lago reflejaba una luna enorme, en- 
cendida todavía por los besos del poniente. Es- 
tábamos en la veranda, muy cerca el uno del 
otro, y los camareros, cuando pasaban llama- 
dos por algún viajero que pedía msly and soda, 
cerveza ó aperitivos, apresuraban el andar, por 
no ser molestos á los enamorados españoles. Y, 
sin embargo, en el momento sugestivo, no se 
aproximaban temblantes nuestras manos, ni se 
inclinaban nuestros cuerpos el uno hacia el 
otro. 

V 

Y avanza el singular noviazgo, frío y claro 
como las nieves que revisten esos picachos y 
esas agujas dentelladas, que muerden eterna- 
mente en el azul del cielo puro. Aun diré que 
era más frío el noviazgo que las nieves, ya que 
éstas, alguna vez, se encendían al reflejo del 
sol. Me lo hizo observar un día Agustín. Él no 
lamentaría que la situación cambiase; pero 
lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo 
estaba á prueba de sorpresas. Aplicaba á la 
conquista de mi espíritu la ciencia psicológica 
y matemática á un tiempo conque estudiaba al 
resto de la gente, piezas de su juego de aje- 
drez. Dueño de largas horas y propicias oca- 



POR E. PARDO BAZAN 



235 



siones, teniendo por cómplices los azares de un 
viaje, supuso— después lo he comprendido — 
que siempre llega el cuarto de hora. Debo re- 
conocer que esta idea, algo brutal en el fondo, 
la aplicó el proco con artística finura. 

Su actitud fué la del hombre que busca un 
afecto, y, para conseguirlo profundo, lo quiere 
completo, sin restricciones. Estaba seguro de 
mi amistad, contaba conmigo como asociada... 
pero ¿y si, abandonando él en mí lo que no debe 
abandonarse, otro hombre...? 

— M en hipótesis — confirmo tercamente. 

Para demostrarme con un alto ejemplo his- 
tórico su pensamiento, me recordó el lazo en- 
tre el conquistador Hernán Cortés y la india 
doña Marina. 

—¿No es verdad que al pensar en esta pare- 
ja, no vemos en ella á los amartelados aman- 
tes, sino á dos seres superiores á los que les 
rodeaban, y que se juntaban para un alto fin 
político? Cortés necesitaba á doña Marina, su 
conocimiento del ambiente, su lealtad para 
prevenir emboscadas y traiciones. La india se 
había penetrado de los propósitos del conquis- 
tador. Sin embargo, el modo de que las dos vo- 
luntades se fundiesen, fué la unión natural 
humana. En ello, Lina, no hay ni sombra de 
nada repugnante. Es un hecho como el respi- 
rar. Por distintos caminos que usted, yo he lle- 
gado á despreciar también la materia, la estú- 
pida ceguedad del instinto. Pero en la vida 
de dos personas como usted y yo, esta co- 
munión sería más espiritual que otra cosa... 



236 



DULCE DUEÑO 



¿Me niega usted el derecho de defender mis 
ideas...? — se imterrumpió con grata sonrisa 
sagaz, de italiano discípulo de Maquiavelo. 

— No — asentí.— Es probable que no llegue us- 
ted á persuadirme; pero si cierro los oídos, se 
pudiera inferir miedo. Espláyese usted y per- 
suádame, si es capaz, 

Se tegió este diálogo en el castillo de Chillón, 
que siguiendo al rebaño, tuvimos la ocurren- 
cia de visitar en nuestra excursión á Vevey, 
comprendida en la vuelta que dimos al lago. 
El sitio es, sin duda, pintoresco, entre salvaje 
y sosegado; la torre y los calabozos sólo re- 
cuerdan episodios políticos; Almonte me hace 
notar cómo ha cambiado este aspecto de la 
vida: por cuestiones políticas ya á nadie se 
suele echar grillos; y los judíos, á quienes es- 
tos pacíficos suizos y saboyanos sacaron de la 
fortaleza para quemarlos vivos, como hubiesen 
hecho unos terribles inquisidores españoles, 
hoy son partidarios de la libertad de con- 
ciencia... 

—Los recuerdos de Chillón no le serán á us- 
ted molestos. Por aquí no revolotea el cupi- 
dillo... 

— Sí que revolotea. Por aquí sitúa Rousseau 
escenas de su Nueva Heloisa, que es un libro 
pestífero, y, después de pensar quien lo ha es- 
crito, muy empalagosamente asqueador. 

Combatiente diestro, aprovechándose de la 
ventaja que se le concedía, Almonte supo di- 
sertar. En nuestro periplo alrededor del mis- 
terioso lago, desplegó los recursos de su arte. 



POR E. PARDO BAZÁN 



237 



A su voz no le había yo prohibido el contacto 
material. Su voz hermosa, llena, de gran ora- 
dor, tenía por auxiliares los ojos, algo salien- 
tes; pero de un negror y blancor expresivos. 
Poco á poco la voz va entrando en mi alma. 
Experimento un goce sutil en oiría, diga lo 
que diga; solamente al llamar al camarero. Me 
place que desenvuelva sus planes, haciendo lo 
contrario de Mefistófeles con Fausto; presen- 
tándome, como remate del vivir, en vez de la 
perspectiva amorosa, la del triunfo de una am- 
bición intensa. Escucho interesada las inaudi- 
tas y dramáticas historias que me refiere de 
gente conocidísima, y él, para justificarse, 
alega: 

—La política es cada día más una cuestión 
de personas. No hay nadie que no tenga en su 
vida un interés, un resorte secreto. El que los 
conoce es dueño de mucha gente, si creen que 
puede realizar esos anhelos que no se exhiben, 
generalmente, ante el público, y aunque se ex- 
hiban... 

La sociedad altanera, frivola y disoluta que 
he visto de refilón en Biárritz la diseca Agus- 
tín con instrumento de oro, entre gestos segu- 
ros, de hombre de ciencia... de esa ciencia. 

— ¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? 
La rehabilitación de un título con Grandeza. 
¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asun- 
to en lo contencioso... Millones. ¿Perencejo? 
Toda la vida ha querido ministrar... y no sien- 
do más inepto que otros, no lo ha logrado. ¿Ci- 
clanito? Eso es serio; pica alto, alto... 



238 



DULCE DUEÑO 



Y, comentario: 

— A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios 
á qué altura! Por mucha que sea, ni usted ni 
yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no 
nos armamos de alpenstock, porque no nos di- 
vierte. Desde abajo vemos los juegos de la luz... 
En fin, yo quiero que usted sea la segunda mu- 
jer de España... á no ser que para entonces los 
sucesos hayan tomado tal giro, que pueda ser 
la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese 
giro; yo, por lo menos, no lo creo; pero ello es 
que hay muchos modos de ocupar primeros lu- 
gares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... 
Siendo yo Cayo, tú serás Gaya... como decían 
los romanos en las ceremonias nupciales. ¡Ah! 
Perdón, Lina... la he tuteado... 

— Era un tuteo histórico. 

— No importa; me va á fastidiar ahora mu- 
cho volver á... Lina, yo te creo una mujer su- 
perior. ¿No se tutean los amigos?... 

— En realidad... 

Y el tuteo no fué embarazoso, sobre esta base 
de la amistad franca. Al contrario; estableció 
entre nosotros algo tan grato, que yo no recor- 
daba nunca un período en que tan gustoso me 
hubiese sido vivir. Los planes, los proyectos, 
las esperanzas, todos saben cuánto superan en 
deliciosa sugestión á la realidad, aun cuando 
salga conforme á esos mismos planes ó los me- 
jore. Un anhelo de interés me hacía desear lo- 
camente lo más loco de cuanto se desea: el 
acercarse á la muerte: que los años hubiesen 
volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los 



POR E. PARDO BAZÁN 



239 



amos, los árbitros, aquellos ante quienes todo 
se inclinaría... El, sonriente, moderaba mi im- 
paciencia. 

—Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza 
y felicidad para que no nos coja débiles el mo- 
mento de la apoteosis... que es seguro. 

—El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, 
y que, si llega ese instante, quisiera que, ma- 
ñana, la historia... 

—El ideal, en la política, se construye con 
realidades pequeñas. Nace de los hechos, sin 
cultivo, como esos edelweiss peludos sobre la 
nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, 
pensemos en nosotros... 

Y noté, efectivamente, que mi amigo empe- 
zaba á prestar al «nosotros» un sentido nuevo, 
diferente del que yo le había atribuido hasta 
entonces. Como en las altas cumbres que el sol 
teñía de amatista pálida y de los anaranjados 
del oro encendido por el fuego — al avanzar el 
verano, el hielo se derretía — . Desde el tuteo, 
Agustín iba, poco á poco, mostrándose ena- 
morado, traspasado, rendido. Era una incon- 
secuencia, era una transgresión, era faltar á lo 
tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba. Una in- 
dulgencia que me parecía criminal ante mí 
misma, me invadía como un sopor. Lo que 
más contribuía á hacerme indulgente — reco- 
nozco que es extraño el motivo— era que yo no 
compartía la turbación que iba ad virtiendo en 
Almonte. El enervamiento de la Alhambra y 
de Loja, no se reproducía ante el Mont-Blanc 
Y como no era en los demás, sino en mi, donde 



240 



DULCE DUEÑO 



encontraba especialmente repulsiva la suposi- 
ción de ciertos transportes,— no me alarmaba 
ni me sublevaba como me hubiese sublevado 
al comprobar que yo los sentía. 

— Que arda, bueno... La culpa no es mía... 
No soy cómplice... 

Recuerdo que nuestra situación se precisó 
cuando, dirigiéndonos á Chambery, nos detu- 
vimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, 
donde fueron enterrados los restos de dos ami- 
gos de distinto sexo y muy puros, el amable y 
ameno San Francisco de Sales y la nobilísima 
Madre Chantal. ¿Por qué— pensaba yo acor- 
dándome del Obispo de Ginebra y de su cola- 
boradora — no se ha de reproducir esta unión 
espiritual? ¿Sin duda no es locura mía aspirar 
á ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo 
tan semejante á lo que yo sueño? Esta barone- 
sa mística, que se grabó en el seno, con hierro 
ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó cas- 
tamente toda su voluntad, toda su existencia, 
á la de un hombre, el elegante y delicado 
autor de Filotea? ¿No tuvieron un fin, todo lo 
espiritual que se quiera, pero humano? No 
abandonó la Chantal, por este enlace, familia, 
hijos, sociedad, y no se consagró á fundar la 
orden de la Visitación? He aquí los frutos de 
las amistades limpias, serenas... 

Ibamos por las orillas frescas del diminuto 
lago de Annecy — al lado del Léman, un ju- 
guete—y nos habíamos desviado algo del pa- 
seo público, perdiéndonos en un sendero orilla- 
do de abetos, muy sombrío á aquella hora de 



POR E. PARDO BAZÁN 



241 



la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, 
sentí una especie de quejido ahogado, sordo, y 
le vi que se inclinaba, intentando un abrazo de 
demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, 
jadeaba, y en un hombre tan dueño de sí, tan 
avezado á conservar sangre fría en las horas 
difíciles, la explosión era como volcánica. 

— No puedo más... No puedo... Haz de mí lo 
que quieras... Recházame, despídeme... Has 
vencido ó ha vencido el diablo; estoy perdido... 
Te has apoderado de mí... Cuanto he prometi- 
do, los convenios hechos, eran absurdos, nece- 
dades... Imposible que yo cumpliese tales con- 
diciones... y si hay un hombre en el mundo 
que lo haga, entonces me reconozco miserable, 
me reconozco infame, lo que quieras! Lina, es 
igual: aquí no discutimos, no hay argumentos. 
Lo que hay es la verdad, lo hondo de las cosas. 
Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se 
acabó. Y me voy, me alejo esta misma noche, 
para siempre. Lo que combinábamos juntos, 
era un contrasentido. Tú no lo comprendes; 
yo no sé qué ofuscación padeces, para haber 
dislocado las nociones de la realidad y pedir 
la luna... Eres de otra madera que el resto de 
los. humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos 
aquí mismo, Lina; despidámonos... ó abracé- 
monos, así, en delirio... 

Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo per- 
manecía cuajada, como el magnífico hielo de 
los glaciares. 

— Basta..., Agustín..., oye... 

Hizo el gesto de locura de emprender ca- 
rrera. 



16 



242 



DULCE DUEÑO 



— No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No de- 
cías...? ¿No opinabas...? 

— Opinase ó dijese lo que quisiera. Es que 
yo no contaba con una complicación inespera- 
da, con un suceso ridículo y fatal. Me he ena- 
morado. Es una razón estúpida, convengo. No 
encuentro otra. Me he enamorado. No creas 
que así de broma. Me he enamorado tanto, que 
comprendo que, en bastante tiempo, no podré 
resignarme á la "vida. ¡Tú serás capaz de extra- 
ñarlo! No lo extrañes, Lina.— -suspiró con pena 
romántica. — ¡Tú no te has dado cuenta de tu 
valer! Inteligencia, cultura, alma, belleza... 
Todo, todo, reunido por mi mala suerte en una 
mujer singular, que ha resuelto... 

— Pero si yo... 

— Tú, tú... Tú me permites... que me abra- 
se... Ahí está lo que me permites... Tu compa- 
ñía, tu amistad, la perspectiva de un enlace.., 
Verte incesantemente, andar juntos y solos por 
estos sitios que convidan á querer... Yo no soy 
un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha 
de ser! Al separarme de tí, destruyo un gran 
porvenir, el porvenir de los dos; era algo es- 
pléndido... Pero estoy en esa hora en que se 
arroja por la ventana, no digo el interés, ¡la 
existencia! Comprendo que procedo en desespe- 
ración. No es culpa mia. 

Me detuve, y le hice señas desque se calma- 
se y escuchase. El lago rebrillaba bajo un sol 
tibio. Me senté en el parapeto. Hice señas á 
Agustín de que se sentase también. 

— ¿Era una pasión, lo que se dice una pasión? 



POR E. PARDO BAZÁN 



243 



¿La pasión se manifestaba así? ¿Se limitaba la 
pasión á estas llamaradas? ¿O sería él capaz, 
por mí, de sacrificios, de abnegaciones? 

— De todo... ¡Hasta qué punto! No lo duda- 
rías si comprendieses cuán diferente eres de 
las demás... Te rodea un ambiente especial, 
tuyo, que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! 
¿Sacrificios, dices? Lo repito en serio: ¡La vida! 
¡La herida está muy adentro! 

— Siendo así... ¿Pero mira bien si es así?... 
¡Cuidado, Agustín, cuidado! 

— ¡Así es! Ojalá no fuese. 



VI 

Y dispusimos la boda. Se escribió para los 
papeles indispensables. Permaneceríamos en 
Ginebra hasta mediados de Septiembre, mien- 
tras se arreglaba todo. Nos casaríamos en 
París. 

Al evocar aquel período, recuerdo que me 
sorprendió algún tanto la placidez que demos- 
tró Agustín, después de sus arrebatos de An- 
necy, revestidos de un carácter de violencia 
sombría y halagadora. Placidez apasionada, 
galante, tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo 
que me aplicase antorchas encendidas? ¿Que- 
ría un martirio ferozmente amoroso? Hubo 
monerías, hubo mil gentilezas. Brasas bien 
contenidas dentro de una estufa correcta, con 
guardafuego de bronce. 



^44 



DULCE DUEÑO 



— Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio. .. 

Cambiaba con estas palabras el giro de la 
conversación. Salían á relucir por centésima 
vez mis cualidades, lo que me diferenciaba del 
resto de las mujeres del mundo, lo que expli- 
caba aquel sentimiento único, elevado á la 
máxima potencia, inspirado por mí... Almonte— 
sabía expresar á la perfección los matices de 
su sentir. Hubo momentos en que se me im- 
puso la convicción. Sin duda, en realidad» yo 
le había caído muy hondo. No usaba, para pro- 
bármelo, de excesivas hipérboles, ni de imá- 
genes coloristas, á lo árabe; su modo de corte- 
jar tenía algo de sencillo, natural y fuerte. 

— Lo eres todo para mí. Haz la prueba de 
dejarme. Allí se habrán concluido la carrera y 
las ilusiones de Agustín Almonte. Unete con- 
migo, y verás... Nadie abrirá huella como la 
que yo abra. Cada hombre encuentra en su 
camino cientos de mujeres, y sólo una decide 
de su existir. Hay una mujer para cada hom- 
bre. Esa eres tú, para mí. ¿Te extraña que no 
te deshaga en mis brazos, sin esperar...? Es 
que te respeto, ¡con un respeto supersticioso! 
Y es que, á fuerza de quererte, sé quererte de 
todas maneras .. La manera de amistad, la 
que primero contratamos, persiste. Sólo que 
va más allá de la amistad, y es un cariño... un 
cariño como el que se tiene á las madres y á 
las hermanas, por quienes no habría peligro 
que no arrostrásemos... ¡Qué dicha, arrostrar 
peligros por tí! ¡Salvarte, á costa de mi exis- 
tencia! 



POR E. PARDO BAZÁN 



245 



He recordado después, en medio de otras 
orientaciones, esta frase del proco. Las ondas 
del aire, agitadas por la voz, deciden del des- 
tino. Parece que la palabra se disuelve, y, sin 
embargo, queda clavada, hincada no se sabe 
dónde, traspasando y haciendo sangrar 3a con- 
ciencia. 

En la mía, algo daba la voz de alarma. Por 
mucho que había querido yo mantenerme más 
alta que las turbieces del amorío, era como si 
alguien, envuelto en barro, pretendiese no 
mancharse con él. Ejemplo de esta imposibili- 
dad me la había dado un espectáculo natural, el 
de la junción del Arve, que baja de los desfilade- 
ros, con el Ródano. Es el Arve furioso torrente 
que desciende de los glaciares del Mont Blanc, 
engrosado por el derretimiento de las nieves, 
y cruza el valle de Chamounix. Arrastra léga- 
mo disuelto; su color, de leche turbia y sucia, 
y la espuma amarillenta que levanta, contras- 
tan con el Ródano cerúleo, zafíreño, en cuyo seno 
va á derramar la impureza. Introducido ya el 
torpe río, violando con ímpetu la celeste co- 
mento, no quiere ésta sufrir el brutal acceso, 
y no mezcla sus aguas, de turquesa líquida, 
con las ondas de lodo. La línea de separación 
entre el agua virginal y el agua contaminada, 
es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el 
profanador, mézclanse las dos linfas, y la azul, 
ya manchada y mancillada, no recobrará su 
divina transparencia, ni aun próxima á perder- 
se y disolverse en el mar inmenso... 

— Tal va á ser mi suerte... — pensaba, relé- 



246 



DULCE DUEÑO 



yendo estrofas de Lamartine, ni más ni menos 
que si estuviésemos en la época de los bucles 
encuadrando el óvalo de la cara y las mangas 
de jamón. ¡Bah! En secreto, aún se puede leer 
á Lamartine... Mi desquite es leerlo á solas... 
Agustín acaso me embromaría, si le cuento 
este ejercicio rococó. 

Arrebujada en mis encajes antiguos aviva- 
dos con lazos de colores nuevos, de blanda y 
fofa cinta liberty\ mientras Maggie, silenciosa, 
dispone mi baño y coloca en orden la ropa que 
he de ponerme para bajar á almorzar, mis ata- 
víos de turista, mis faldas cortas de sarga ó 
franela tennis, mis blusas «camisero» de pican- 
te airecillo masculino, mi calzado á lo yankee, 
yo aprendo de memoria, puerilmente. 

«Ainsi, toujors poussés vers de nouveaux rivages, 
dans la nuit éternelle emportés sans retour, 
ne pourrons nous jamáis, sur l'ócean des ages 
jeter l'ancre un seul jour...?» 

«¿Un jour, t'en souvient il? nous voguions en si- 

(lence...» • 

Parecía el poeta traducir la sorda inquietud 
de mi espíritu, que tantas veces se preguntaba 
porqué todo es transitorio. Y si la idea de lo in- 
mundo no puede asociarse á la del amor, tam- 
poco podrá la de lo transitorio y efímero. ¡Un 
amor que se va de entre los dedos! La pena de 
lo deleznable, aquí la situó Lamartine, en este 
lago Leman por él tan de relieve pintado, al 



POR E. PARDO BAZÁN 



247 



suplicarle que conserve, por lo menos, el re- 
cuerdo de lo que pasó, de lo que creyó llenar el 
mundo. 

«Q'uil soit dans ton repos, q'uil soit dans tes orages, 
beau lac, et dans Paspect de tes riants coteaux, 
et dans ees noirs sapins, et dans ees roes sauvages, 
qui pendent surtes eaux!...» 

¿Fué la lectura... la lectura, la melodía, el 
suspiro contenido, nostálgico, de este sentir 
anticuado ya, lo que me hizo culpable de un 
pecado tan grave, tan irreparable?... ¿Podrá 
serme perdonado nunca? 

Yo.no sé cómo nació en mí la inconcebible 
idea. Mejor dicho: no considero que se pueda 
calificar de idea; á lo sumo, de impulsión. Y ni 
aun de impulsión, si se entiende por tal una 
volición consciente. Fué algo nubloso, indefini- 
do; no me es posible recoger la memoria para 
retroceder hasta el origen de ^a serie de hechos 
que produjo la catástrofe. Ningún juez del 
mundo encontraría base para imputarme res- 
ponsabilidad. Todos; me absolverían. Sólo yo, 
aunque no acierte á precisar circunstancias, 
conozco que hubo en mí ese hervor que prepara 
sucesos y que, en vaga visión, hasta los cuaja 
y esculpe de antemano. Hay un extraño fenó- 
meno psicológico, que consiste en que, al oir 
una conversación ó presenciar el desarrollo de 
una escena, juraríamos que ya antes habíamos 
escuchado las mismas palabras, asistido á los 
mismos acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo? 



248 



DULCE DUEÑO 



¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos explicar; 
es uno de los enigmas de nuestra organización. 
Tal hubo de sucederme con lo que pasó en el 
lago. No sólo no me sorprendió, sino que me 
parecía poder repetir, antes de que hubiese su- 
cedido, frases, conceptos y detalles relaciona- 
dos con un hecho tan extraordinario y, si se 
mira como debe mirarse, tan imprevisto... Por- 
que ¿quién afirmaría que lo previ? ¿Que pude 
preverlo ni un solo instante? Y si no lo previ, 
si no cooperé á que sucediese por una serie 
de flexiones y de movimientos de la voluntad, 
¿cómo pudo volver á mi conciencia en forma 
de estado anterior de mi conocimiento? Repi- 
to que mis nociones se confunden y mi parte 
de responsabilidad constituye para mí terrible 
problema... 

Lo que sé decir es que, según avanzaba 
nuestro noviazgo y se acercaba la fecha de que 
se convirtiese en tangible realidad; según mi 
futuro — ya no debo llamarle proco, — extremaba 
sus demostraciones y apuraba sus finezas; á me- 
dida que debiera yo ir penetrándome del con- 
vencimiento de que en él existía amor, y amor 
impregnado de ese anhelo de sacrificio que os- 
tenta los caracteres del heroísmo moral, una 
zozobra, una impulsión indefinible nacía en mí, 
que revestía la forma de un ansia de vida ac- 
tiva y agitadamente peligrosa, en medio de una 
naturaleza que cuenta al peligro entre sus ele- 
mentos de atracción. En vez de gustarme per- 
manecer horas largas y perezosas en la veran- 
da ó en el salón de lectura, ataviada, adorna- 



POR E. PARDO BAZAN 



249 



da, perfumada, escuchando á Agustín, en plá- 
tica alegre y reflexiva, experimentaba conti- 
nuo afán de conocer los aspectos de la monta- 
ña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos 
aterradores. 

—¿No habíamos quedado en que no éramos 
alpinistas? ¿Que no le haríamos competencia á 
Tartarín? —preguntaba AJmonte sin enojo. — 
¿Quieres que justifique mi apellido? Hágase 
como tú desees .. pero permíteme lamentarlo, 
porque así pierdo algún tiempo de cháchara 
deliciosa. 

Y, provistos de guías, realizamos expedi- 
ciones alpestres. Me lisonjeaba la esperanza de 
tropezar con cualquiera de las variadas formas 
del alud, fuese el alud polvoriento, ^sa lluvia 
de nieve fina como harina, que entierra tan 
rápidamente á los que alcanza, fuese el que 
precipita de golpe un enorme témpano, fuese 
el lento desgaje casi insensible y traidor, el 
alud resbalón que, con pérfida suavidad, se 
lleva los abetos y las casas; fuese el más terri- 
ble de todos, el sordo, el que está latente en el 
silencio y estalla fulminante, con espantosa 
impetuosidad, al menor ruido, al tintinear de 
la esquila de una cabra. Como no estábamos 
en primavera, no me tocó sino el alud teatral 
é inofensivo, el sommer- lauissen, semejante á 
un río de plata rodeado de espuma de nieve. 
Cuando le anunció un redoble hondo, parecido 
al del trueno, miré á Agustín, por si palidecía. 
Lo que hizo fué fruncir las cejas impercepti- 
blemente. 



250 DULCE DUEÑO 



Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y 
regresamos al hotel perdidos, excitando la res- 
petuosa admiración de Maggie, para quien sólo 
merece ser persona el que corre estos azares. 

La borrasca de nieve no fué un peligro; fué 
una aventura tragicómica; estábamos ridícu- 
los, mojados, tiritando, con la nariz roja, la 
ropa ensopada, el pelo apegotado y lacio. En 
desquite, los Alpes nos ofrecieron su magia, 
sus cimas iluminadas por el poniente, inflama- 
das y regias. Al ocultase el sol, el firmamento, 
á la parte del Oeste, en las tardes despejadas, 
luce como cristal blanco, y en las nubosas, so- 
bre el mismo fondo hialino, se tiñe de cromo, 
de naranja, de rubí auroral, transparente. Vol- 
viéndose hacia el Este, densa tiniebla cubre la 
llanura, mientras las cúspides de las monta- 
ñas resplandecen como faros, y la zona dis- 
tante de las cumbres intermedias adquiere una 
veladura de púrpura sombría. Y la sombra as- 
ciende, asciende, no lenta, sino con trágicos, 
rápidos pasos, y la lucería de la montaña mue- 
re, cediendo el paso al tinte cadavérico de su 
extinción. Ya el sudario obscuro envuelve la 
montaña, y el cielo, en vez de la blancura re- 
luciente de antes, ostenta un carmín sangrien 
to; la cabellera negra de la sombra hace resal- 
tar los bermejos labios. Un azul de metal em- 
pavonado asoma después en el horizonte, y 
por un momento la montaña resucita, resurge, 
vuelve á ceñirse el casco de oro. ¡Misterioso 
fenómeno, sublime! Una noche en que lo pre- 
senciábamos, mi pecho se hinchó, mi garganta 



POR E. PARDO BAZÁN 



251 



se oprimió, mis ojos se humedecieron, y tar- 
tamudeé, estrechando la mano de Agustín, 
acercándome á su oído, con ojos delicues- 
centes: 
—¡Dios! 

— ¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? 
amonestó luego él, en la veranda. — Que te es- 
tás embriagando de poesía, y se te Ya subien- 
do á la cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! 

Y el caso es que me parecía haberte curado ó 
pócemenos .. Niña, en interés tuyo, dejemos 
los Alpes; vámonos al muy prosaico y com- 
placiente París. Así como así, tienes que dar 
allí muchos barzoneos por casas de modistos 
intelectuales... 

— ¡No sigas, Agustín! — imploré. — No si- 
gas... 

— ¿Qué te pasa? 

— Que todo eso que me estás diciendo ya me 
lo habías dicho... no sé cuándo... no sé dónde. — 

Y con con voz ahogada, palpitando, reconocí: 

—¡Tengo miedo! 

— ¡Miedo tú! — sonrió Agustín. 

— Miedo á lo desconocido... ¿No compren- 
des que entramos en la región de lo descono- 
cido, de lo extraño? 

— Lo que comprendo es que no te convie- 
ne Suiza. Este país pacífico te alborota, Lina; 
es preciso que yo dé un objeto concreto á tu 
grande alma, para que no sea un alma enfer- 
miza, torturada y con histérico. Piensa en tí 
misma, Lina. Piensa en nuestro amor... 

¿Por qué habló de amor y jugó con la pala- 



252 



DULCE DUEÑO 



bra sacra? Sería que su destino lo quiso así. 
Recuerdo haberle respondido: 

— Nos iremos pronto... Antes quiero despe 
dirme del Léman, al cual conozco que profe- 
saré siempre una fanática devoción. ¿No te 
gusta á ti el lago? 

— Me gusta lo que te guste — fué su aquies- 
cencia, demasiado pronta, demasiado análoga 
á la que se manifiesta á los antojos de las cria- 
turas. 

Entonces, obedeciendo á un estímulo igno- 
rado, reservadamente, llamé al barquero que 
solía servirnos, un mocetón rubio, atlético, y 
le interrogué con habilidad refinada y discre- 
ta, para averiguar cuándo existen contingen- 
cias de tormenta en el Océano en miniatura. 

— Ahora es el momento — respondióme el 
mozo helvético, con cara cerrada é insensible, 
de hombre acostumbrado á seguir las manías 
arriesgadas de los ingleses.— Estos días hay 
lardeyre, y cuando lo hay... 

—¿Lardeyre?— repetí. 

— El flujo y reflujo del lago, que es señal 
de tempestad. 

—Quinientos francos si me avisas cuando 
esté más próxima y nos previenes la barca. 

Cuarenta y ocho horas después vino el avi- 
so. Me acuerdo de que por la mañana Agustín 
me propuso pasar la jornada en Coppet, para 
ver la residencia y el retrato de madama de 
Stael. Vivamente, sin razonar, me había nega- 
do. Bien engaritados en nuestros gruesos abri- 
gos de paño, caladas las gorrillas de visera, de 



POR E. PARDO BAZÁ.N 



253 



cuarterones, que habíamos comprado iguales, 
tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de 
nieve. El agua, siniestramente azulosa, palpi- 
taba irregularmente, como un corazón cons- 
ternado. Sentía la proximidad de la convulsión 
que iba á sufrir, y se crispaba, turbada hasta 
el fondo. 

Bogábamos en silencio, como los amantes 
inmortalizados por Lamartine, aunque el lí- 
quido ensueño del agua que duerme no nos 
envolvía. Agustín parecía preocupado. Apro- 
vechándome de que el barquero no sabía espa 
ñol, entablé la con versación, advirtiéndole que, 
en efecto, no faltaría algún motivo de apren- 
sión á quien no tuviese el alma muy bien 
puesta. El latigazo hizo su efecto. Las mejillas 
pálidas de frío se colorearon y las cejas se jun- 
taron, irritadas. 

— Yo no soy de los que eligen un porvenir 
sin lucha ni riesgo, Lina... En cada profesión 
hay su peculiar heroísmo... Buscar peligros 
por buscarlos, es otra cosa, y creo que debié- 
ramos volver á tierra, porque el lago presenta 
mal cariz... A no ser que halles placer. Enton- 
ces... es distinto. 

— Hallo placer. 

Calló de nuevo. Insistí. 

— ¿Qué puede suceder? 

— Que venga la crecida y se nos ponga el 
bote por montera. 

— En ese caso, ¿me salvarías? 

—¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo 
menos, los medios para lograrlo. 



254 



DULCE DUEÑO 



— ¿Es cierto que me quieres? 
Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al 
mío, y efusionó: 
— i Tanto, tanto! 

De seguro le miré con un infinito en la de- 
licuescencia de mis pupilas. Era que creía. 
¡Qué bueno es creer! Es como una onda de licor 
ardiente, eficaz, en labios, garganta y venas... 
Tuve ya en la boca la orden de volver al mue- 
lle, del cual nos habíamos distanciado hasta 
perderlo de vista... La lengua no formó el so- 
nido. Muda, me dejé llevar. Una voluptuosidad 
salvaje empezaba á invadirme; percibía con 
claridad que era el momento decisivo... 

¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de fí- 
sico hubo en ello. Una electricidad pesada y 
punzadora serpeaba por mis nervios. Densos 
nubarrones se amontonaban. La barca gemía; 
miré al barquero; en su rostro demudado, las 
mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. 
Me hizo una especie de guiño, que interpreté 
así: «¡Valor!» Y en el mismo punto, sucedió lo 
espantable: una hinchazón repentina, furiosa, 
alzó en vilo el lago entero; era la impetuosa 
crecida, súbita, inexplicable, como el hervor 
de la leche que se desborda. El barco pegó un 
brinco á su vez y medio se volcó. Caí. 

Desde entonces, mis impresiones son difí - 
ciles de detallar. Conservé, sin embargo, bas- 
tante lucidez, y como en pesadilla vi escenas 
y hasta escuché voces, á pesar de que el agua 
se introducía en mis oídos, en mi boca. Mecá- 
nicamente, yo braceaba, pugnaba por volver á 



POR E. PARDO BAZÁN 



255 



la superficie. A mi lado pasó un bulto, luchan- 
do, casi á flor de agua. 

—¡Agustín! — escupí con bufaradas de lí- 
quido. — ¡Sálvame, Agustín! 

Una cara que expresaba horrible terror flo- 
tó un momento, tan cercana, que volví á diri 
girme á ella, y sin darme cuenta, me así al 
cuello del otro desventurado que se ahogaba. 
Dos brazos rígidos, crispados, me rechazaron; 
un puño hirió mi faz, un esguince me despren- 
dió; la expresión del instinto supremo, el ansia 
de conservar la vida, la vida á todo trance, la 
vida mortal, pisoteando el ideal heroico del 
amor. . Antes de advertir en mi cabeza la sen- 
sación de un mar de púrpura, de un agua roja 
y hormigueante, como puntilleada de obscuro, 
tuve tiempo de soñar que gritaba (claro es que 
no podría): 

— ¡Cobarde! ¡Embustero! 

Y lo demás, por el barquero lo supe. El for- 
zudo suizo, despedido también en aquel brinco 
furioso de dos metros de agua, pero maestro 
en natación, trató de pescar á alguno de los 
dos turistas locos, que con los abrigos, densos 
como chapas de plomo, se hundían en el lago. 
Pudo cojerme de un pie, dislocándomelo por el 
tobillo. La barca, felizmente, no estaba quilla 
arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar 
para descubrir á mi compañero. Pero Agustín 
derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos, 
en que nadan las sombras dolientes de los que 
mueren sin realizarse... 

Y cuando después de mi larga, nueva fie- 



256 



DULCE DUEÑO 



bre nerviosa, mucho más grave que la de Ma- 
drid, volví á coordinar especies, encontré á mi 
cabecera á Farnesio, envejecido, tétrico. De la 
catástrofe había hablado la prensa mundial en 
emocionantes telegraiñas de agencias; éramos 
«los dos amantes españoles» víctimas de una 
romántica imprudencia en el lago. En España, 
mi ignorado nombre se popularizó; mi figura 
interesaba, mi enfermedad no menos, y el re- 
vuelo en el mundo político por la desaparición 
de Almonte fué desusado. ¡Aquel muchacho de 
tanto porvenir, de tantas promesas! El desolado 
padre, llamado á Ginebra por el atroz suceso, 
se llevó un frío despojo al panteón de familia, 
en la Rioja... Toda la ambición se encerró en 
un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un 
mausoleo costeado por amigos, gente del dis- 
trito, núcleo de partidarios fieles... 

Y don Genaro, gozoso al verme abrir los 
ojos, repite: 

—No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí 
tan sola! ¿No sabes, criatura? Tu Maggie y tu 
Dick, cuando te trajeron expirante, aprove- 
charon la ocasión y desaparecieron con tu di- 
nero y tus joyas... Creo que se entendían, á 
pesar de la diferencia de años... Ella se embo- 
rrachaba... ¡Qué pécora! EnAmérica estarán... 

—Dejarles— respondo; y tomando la mano 
de Farnesio, la llevo á los labios y articulo: 

— Perdóname... Perdóname... 




VI 

Dulce dueño. 



I 

Al llegar á Madrid, en Enero, todavía muy 
floja y decaída, me ven sucesivamente dos ó 
tres doctores de fama. Hablan de nervios, de 
depresión, de agotamiento por sacudimiento 
tremendo; en suma, Perogrullo. Hacen un plan, 
basado principalmente en la alimentación. El 
uno me prescribe leche y huevos, el otro, nuez 
de kola y vegetales, puches y gachas á pasto, 
aquél me receta baños tibios, purés, jamón fres- 
co, carnes blancas... y, sobre todo, ¡calma! ¡des- 
canso! ¡sedación! Mi sistema nervioso puede ha- 
cerme una jugarreta... En suma, trasluzco que 
temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben elios 
de mi arcano! 

Por egoísmo — no por atender á la salud — he 
cerrado la puerta á los curiosos, á los noticie- 
ros, á los impresionistas. Así que empiezo á re- 
ponerme algo, recobrando, gracias á la proxi- 
midad de la primavera, una apariencia de fuer- 
za, no puedo negarme á la entrevista trágica 



17 



258 



DULCE DUEÑO 



con el padre y la madre de Agustín Almonte. 
Cuando el padre recogió el cuerpo del hijo, en 
Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura 
en el hotel. 

Ellos creen que mi larga enfermedad, mi es- 
tado de abatimiento, de «neurastenia», dicen 
los médicos en su jerga especial, no reconocen 
otra causa que la impresión de la desgraciada 
muerte de su hijo, mi futuro. La leyenda ha 
rodado: es original notar cómo, bajo su varita 
de bruja, se ha transformado la esencia los 
hechos, sin alterarse en lo más mínimo lo apa- 
riencia!. Los dos enamorados «bogábamos en si- 
lencio» — recuérdese á Lamartine — sin otra pre- 
ocupación que la de soñar que el amor, según 
nos enseña el poeta, no es eterno, que tan deli- 
ciosas horas huyen, y deben aprovecharse con 
avidez. Eramos una pareja á la cual «todo son- 
reía», á la cual estaban preparados destinos 
triunfales. De súbito, el Léman hinchó su seno 
pérfido, pegó el horrible salto de dos metros 
cincuenta, y nuestra barca nos volcó, ügustín, 
aterrado, gritó al barquero la consigna de sal- 
varme, y quiso intentarlo él, á su vez; el grueso 
abrigo, empapado, le arrastró al fondo, mien- 
tras á mí el suizo me libraba de una muerte 
cierta. Al recobrar el conocimiento y saber la 
tremenda verdad, el dolor estuvo á punto de 
acabar también con mi vida. Aquella tristeza 
honda, aquella postración, eran tributo pagado 
por mi alma al sufrimiento de tal pérdida. Se 
había tronchado la flor preciosa de mis Cándi- 
das ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesan- 



POR E. PARDO BAZÁN 



259 



te. Los párrafos que nos consagraban los perió- 
dicos, al publicar nuestros retratos (obtenido el 
mío con estratagemas de pieles rojas cazado- 
res, pues yo me resistía horripilada á la «infor- 
mación gráfica»), eran de una sensibilidad ve- 
hemente, elegiaca. Recibí entonces, de des- 
conocidos, cartas febriles, en que se traslu- 
cía un amor reprimido, pronto á crecer y es- 
tallar. 

Y fué preciso fijar hora y día para recibir á 
los padres sin consuelo, que vinieron, acom- 
pañados de Carranza, involuntario autor de la 
tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el 
báculo, había de bendecir nuestros despo- 
sorios... 

Al asomar en el quicio de la puerta las dos 
figuras enlutadas, me levanto, me adelanto; y, 
sin dar tiempo á mi saludo, unos brazos débiles, 
de mujer enferma y atropellada por los años, se 
ciñen á mi garganta; y en mi rostro siento el 
contacto de una piel rugosa, seca, calenturien- 
ta, y escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... 
mi hij... mío del al... mío!..» y lágrimas de bra- 
sa empiezan á difluir por mis propias mejillas, 
á calentarlas, á quemar mi piel como un cáus- 
tico, á llegar hasta mi boca, que la sofocación 
entreabre, y en la cual un sabor salado, terrible, 
me introduce la amargura de nuestra vida, la 
nada de nuestro existir... Y este abrazo, que me 
mata, dura un cuarto de hora, eterno, sin que 
cese la congoja de la madre, sin que se inte- 
rrumpa su mal articulada queja, el correr de 
su llanto, el jadear de su flaco pecho... 



260 



DULCE DUEÑO 



El padre, más sereno, — al fin han corrido 
meses — , convenientemente triste, ahogado por 
el asma, interviene y desanuda el lazo, coope- 
rando Carranza á la obra. 

— Basta, María, un poco de resignación... ¡No 
ves que la pobre todavia está enferma! La nues- 
tra es una pena misma... Señorita, ¿me permi- 
te usted que la dé un beso en la frente? 

Y no me lo da, sino que pide ¡socorro! por- 
que parece que, al soltarme la, señora de Al- 
monte, sufro un síncope... 

Al volver en mí, ya un poco más sosegados 
todos, en un instante de respiro, entre el olor del 
éter, se habla largamente, con interrupción de 
sollozos, suspiros y cabezas inclinadas. Carran- 
za, grave, cejijunto, pero sin perder su conti- 
nente diplomático, de sagacidad y sensatez, di- 
rige la cruel conferencia. Los padres se despi- 
den al fin. Me mirarán siempre como á una hija. 
Vendrán á verme algunas veces; soy para ellos 
algo querido, «lo que les queda» de su pobre 
Agustín... ¡Si yo supiese lo que Agustín valía! 
¡Si yo me penetrase de lo que «habíamos per- 
dido»! Y no sólo nosotros. Porque Agustín era 
para su patria algo más que una esperanza: iba 
siendo una realidad, ¡tan extraordinaria, tan 
superior á todo! Acaso — insistía el padre— el 
genio maléfico que parece dedicado á enca- 
minar los sucesos de la manera más funesta 
para España, fuese el que había dispuesto la 
extraña peripecia del lago Léman. Porque él, 
después de meditar bastante en la catástrofe, 
veía en drama tan impensado algo de fatídico, 



POR. E. PARDO BAZAN 



261 



que va más allá de la natural combinación de 
los sucesos... 

— ¡No lo sabe usted bien! — respondí sincera- 
mente, como si pensara en alta voz, entre las 
últimas y largas presiones de manos tembloro- 
sas y frías. 

Al marcharse los dos viejos, Carranza se 
queda á mi lado, murmurando frases consola- 
doras, sin convicción. Despaciosa, me arrodillo 
en la alfombra, ante el canónigo. 

— ¿Eh? ¿Qué te pasa, hija mía? 

— Me confesaría de buena gana. 

— ¿Confesarte? — La sorpresa cuajó sus fac- 
ciones en seriedad berroqueña. Era un meda- 
llón de piedra el rostro del Magistral. 

— Sí, Carranza; confesarme. No puedo con el 
peso de lo que hay en mí. Ayúdeme á descar- 
gar un poco el espíritu. 

Las cejas se juntaron más. Un mundo de pen- 
samientos y de recelos indefinidos cabía en el 
pliegue. 

— Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y en- 
tonces, como ahora, te contesto: ¿de cuándo 
acá, entre nosotros, confesión? Tú has dicho 
siempre que yo era demasiado amigo tuyo para 
hacer un confesor bueno. Eso de confesión... es 
cosa seria. 

— Serio también lo que he de decirle. 

— No importa... Hazme el favor, Lina, de 
dispensarme. Para el caso de desahogar tu co- 
razón, es igual que me hables fuera del tribunal 
de la penitencia. Páralos fines espirituales, muy 
fácilmente encontrarás otro mejor que yo... 



262 



DULCE DUEÑO 



— Y el amigo... ¿me guardará el mismo se- 
creto? 

— El mismo, exactamente el mismo. Si quie- 
res, la conferencia se verificará en el oratorio. 
Me consideraré tan obligado á callar como si 
te confesase... Tengo mis razones... 

Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina 
Mascareñas, Yo me había limitado á refrescar- 
lo y arreglarlo un poco. En el altar campeaba, 
en un buen lienzo italiano, la figura noble de 
la Alejandrina. Al lado de mi reclinatorio, en 
marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba la 
famosa placa del XV, que llevé á Alcalá el día 
en que Carranza nos leyó la historia. ¡Cuánto 
tiempo me parecía que hubiese transcurrido 
desde aquella tarde lluviosa y primaveral! Evo- 
qué la misteriosa sensación del canto de las 
niñas: 

«¡Levántate, Catalina, 
levántate, Catalina, 
que Jesucristo te llama!» 

Me senté en mi reclinatorio, y en un sillón el 
canónigo. Hablé como si me dirigiese á mi pro- 
pia conciencia. Carranza me escuchaba, demu- 
dado, torvo, con los ojos entrecerrados, velando 
los relampagueos repentinos de la mirada. Al 
llegar al punto culminante, á aquél en que se 
precisaba mi responsabilidad, ya no acertó á 
reprimirse. 

— ¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! 
Te lo juro; yo lo sospechaba; ¡lo sospechaba! 
No eso mismo precisamente; cualquier atroci- 



POR E. PARDO BAZÁN 



263 



dad, en ese género... ¡Ahí tienes por qué no he 
querido confesarte! ¡No llega á tanto mi virtudl 
¡Absolverte yo del. . del asesinato...! 
—¡Asesinato! 

— ¡Asesinato! Has asesinado á quien valía mil 
veces más que tú. ¡No extrañes que me exprese 
asi! Quería yo mucho á Agustín, y será eterno 
mi remordimiento por haberle puesto en tus 
manos, conociéndote como te conozco. Te co- 
conozco desde que me hiciste otras confiden- 
cias inauditas, inconcebibles. ¡Tampoco quise 
ser confesor tuyo entonces! Mujeres como tú, 
doblemente peligrosas son que las Dalilas y que 
las Mesalinas. Estas eran naturales, al menos. 
Tú eres un caso de perversión horrible, anti- 
natural, que se disfraza de castidad y de pure- 
za. ¡En mal hora naciste! 

Callé, y sujeté mi congoja, con férrea volun- 
tad, palideciendo. Carranza insistió. 

— En tus degeneraciones modernistas, pre- 
meditaste un suicidio, acompañado de un ho- 
micidio. Buscaste la catástrofe entre despren- 
dimientos de aludes y desgajes de montañas, y 
al ver que no la encontrabas así, acudiste á las 
traiciones del lago. Si esto te falla, habrías 
echado mano de la bomba de un dinamitero... 
¡Ó del veneno! ¡Eres para envenenar á tu 
padre! 

— Como no estamos confesándonos, Carran- 
za—declaro, sacudido el pecho por el martilleo 
de la ansiedad — me será permitido defenderme. 
Algo puedo alegar en mi defensa. Almonte fué 
menos noble que yo. Habíamos celebrado un 



264 



DULCE DUEÑO 



pacto; nos uníamos amistosamente para la do- 
minación y el poder, descartando lo amoroso. 
Y lo quiso todo, y representó la comedia más 
indigna, la del amor apasionado, ardiente, 
incondicional... Y me juró que por mi vida da- 
ría la suya... ¡Me juró esto!; por tal perjurio 
murió él, y yo he caído en lo hondo...! 

Mi ademán desesperado comentó la frase. 

— ¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es ju- 
rarle á una mujer... esas tonterías? ¿Acaso tú 
querías á Agustín tanto, tanto, como en las no- 
velas? 

— ¡Si yo no le he querido jamás, ni á él, ni á 
ninguno! Y como no le quería, no se lo he di- 
cho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza! Agustín no 
era caballero, no era ni aun valiente. Por miedo 
á morir, me dió con el codo en el pecho, me 
golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba... 

Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía 
respeto, hirió con el puño el brazo del sillón, y 
masculló algo fuerte que asomaba á sus labios 
violáceos, astutos, rasurados, delineados con 
energía. 

— ¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres 
mujer... aunque más bien me pareces la Me- 
lusina, que comienza en mujer y acaba en 
cola de rierpe! Hay en ti algo de monstruoso, 
y yo soy hombre castizo, de juicio recto, de 
ideas claras, y no te entiendo, ni he de enten - 
derte jamás. Te resististe, en otro tiempo, á en- 
trar monja. Bueno; preferías, sin duda, casar- 
te. Nada más lícito. Te regala la suerte una po- 
sición estupenda; ya eres dueña de elegir ma- 



POR. E. PARDO BAZÁN 



265 



rido, entre lo mejor. Tu posición se ha visto 
luego amenazada, por las... circunstancias... 
que no ignoras: te busco la persona única para 
salvarte del peor naufragio; esa persona es un 
hombre joven, simpático, el hombre de ma- 
ñana — ¡pobre Agustín! ¡si esto clama al cielo! 
— y tú no sosiegas, víbora... — ¡Dios me tenga 
de su mano! — hasta que le matas... ¡Y luego, 
hipócritamente, recibes á los padres, te dejas 
besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu cas- 
tigo vendrá, vendrá... En primer lugar, te que- 
darás pobre... porque ahora no hay quien le 
meta el resuello en el cuerpo á D. Juan Clíma- 
oo... ¡Y, en segundo... no sé si hallarás confe- 
sor que te absuelva! ¡Es que esto subleva, Lina! 
¡En mal hora, en mal hora te hice yo conocer á 
aquel hombre, digno de una mujer que no fuese 
un fenómeno de maldad ., y de maldad inútil! 
¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se 
sabe ni se ve el objeto de tus delitos... de tus 
crímenes! 

Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, 
y repito la palabra que está fija en mi pensa- 
miento, la palabra de los vencidos: 

—¡Perdón! ¡Perdón! 

—¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso — insis- 
te Carranza, petrificado en ira — . Estoy para 
protestar de un crimen que la justicia no cas- 
tigará, que el mundo desconoce, y que hasta 
tú eres capaz, con tu entendimiento dañino, de 
presentar como un poético rasgo de superiori- 
dad, como algo sublime... Porque tienes la so- 
berbia infiltrada en el corazón, en ese perverso 



266 



DULCE DUEÑO 



corazón que no sabe amar, que no sabe querer, 
que no lo supo nunca, y que no lia de apren- 
derlo! 

Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose 
con sus propias palabras, tronante de indigna- 
ción. Y amenazó: 

— Lo primero que haré, será impedir que 
esos desdichados padres sigan llamándote hija, 
lo cual es un escarnio... Y no te acuerdes más 
de tu antiguo amigo Carranza. Me has sacado 
de quicio; la locura es contagiosa. ¡No sé qué 
te haría! Se me pasan ganas de abofetearte... 
Es mejor que me retire... Adiós, Lina; siempre 
he desconfiado de las hembras... Tú me ense- 
ñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la 
malignidad femenil. Siento haberme descom- 
puesto tanto... Parezco un patán... ¡Agustín, 
pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi 
culpa! 

II 

El portazo que pegó Carranza me retumbó 
en la cabeza, que un dardo agudo de jaqueca 
nerviosa atarazaba Quizás se me hubiese qui- 
tado con tomar alimento, pero mi garganta, 
atascada, no permitía el paso ni aun á la saliva 
pegajosa y ardiente que escandecía, en vez de 
humedecerlas, mis fauces. 

Salí del oratorio. — Me recogí á mis habita- 
ciones. Un azogue no me consentía sentarme, 
ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada 



POR E. PARDO BAZÁN 



267 



que aliviase mi desasosiego. Me contenía para 
no batir en las paredes la cabeza, para no rom- 
per y hacer añicos porcelanas, vidrios, cua- 
dros; para no desgarrar mis propias ropas y el 
rostro con las uñas... Un reloj de ónix y bronce, 
con su tic tac monótono, me exasperaba. De 
un manotón, lo arrojé al suelo. El golpe paró 
el mecanismo. Al ruido, acudió mi doncella, la 
antigua Eladia, triunfadora del extranjero con 
los dos episodios desastrosos de Octavia y de 
Maggie... 

— ¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita 
la que se había caído... ¿Recojo el reloj? ¡Qué 
lástima! Se ha roto por la esquina... 

No contesté. Comprendía que no me hallaba 
en estado de responder de una manera conve- 
niente. Sólo ordené: 

— Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro. 

— ¿Va á salir la señora? ¿Telefoneo que en- 
ganchen? 

— ¡Mi abrigo, mi sombrero! repito, con tal 
tono, que Eladia se precipita. 

Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo 
misma no sé á dónde voy. La especie de impul- 
sión instintiva que á veces me ha guiado, me 
empuja ahora. Voy hacia mí misma... Vago por 
las vías céntricas, en que obscurece ya un poco. 
Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la 
Montera, mirando alrededor, como si quisiera 
orientarme. Penetro en una calleja estrecha, 
que abre su boca fétida, sospechosa, asomán- 
dola á la vía inundada de luz y bulliciosa de 
gente. A la derecha, hay un portal de pésima 



268 



DULCE DUEÑO 



traza. Una mujer, de pie, envuelta en un man- 
tón, hace centinela. Me acerco resueltamente 
á la venal sacerdotisa. 

— ¿Qué se la ofrece á usted, señora? ¿Eh, se- 
ñoraa? 

— ¿Quiere usted hacerme un favor? 

— ¿Yo... áusté? Hija, eso, según... ¿Qué fa- 
vor la puedo yo hacer? jTié gracia! 

El vaho de patchulí me encalabrinaba el 
alma, me nauseaba el espíritu. 

— El favor... ¡no le choque, no se asuste! 
Es,., pisotearme. 

— ¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté 
buena, ó hay que amarrarla? ¡Miusté que... Pa 
guasas estamos! 

— Un billete de cincuenta pesetas, si me pi- 
sotea usted, pronto, y fuerte. 

Abrí el portamonedas, y mostré el billete, ra- 
zón soberana. Titubeaba aún. La desvié viva- 
mente, y, ocultándome en lo sombrío del por- 
tal, me eché en el suelo, infecto y duro, y 
aguardé. La prójima, turbada, se encogió de 
hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron 
mi brazo derecho, sin vigor ni saña. 

— Fuerte, fuerte he dicho... 

— ¡Andá! Si la gusta... Por mí... 

Entonces bailó recio sebre mis caderas, sobre 
mis senos, sobre mis hombros, respetando por 
instinto la faz, que blanqueaba entre la penum- 
bre. No exhalé un grito. Sólo exclamé sorda- 
mente. 

— ¡La cara, la cara también! 

Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, so- 



POR E. PAPwDO BAZAN 



269 



bre la boca... Agudo sufrimiento me hizo 
gemir. 

La daifa me incorporaba, taponándome los 
labios con su pañuelo pestífero. 

—¿Lo vé? La hice á usté mucho daño. Aun- 
que me dé mil duros no la piso más. Si está 
usté guillada, yo no soy ninguna creminal, 
¿se entera? ¡Andá! ¡En el pañuelo se ha que- 
dao un diente! 

El sabor peculiar de la sangre inundaba mi 
boca. Tenté la mella con los dedos. El cuerpo 
me dolía por varias partes. 

— Gracias— murmuré, escupiendo sanguino- 
lento — . Es usted una buena mujer. No piense 
que estoy loca. Es que he sido mala, peor que 
usted mil veces, y quiero espiar. Ahora ¡soy 
feliz! 

La mujerzuela me miró con una especie de 
respeto, asustada, sin cesar de enjugarme la 
cara y la boca, á toquecitos suaves. 

— ¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el 
mundo! ¡Pobre señora! ¡Vaya! Si tuvo usted 
algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso somos 
mujeres. Miste, ahora me arrancan á mí el alma 
primero 'que pegarla un sopapo... ¿Quiere que 
vaya á buscar un poco de anisado? Está usté 
helá... ¿La traigo algo de la farmacia? Dos pa- 
sos son... 

La contuve. La remuneré, doblando la suma. 
La sonreí, con mis labios destrozados. Y, rena- 
ciendo en mí el ser antiguo, la dije: 

— ¡Otra penitencia mayor!... Déme un abra- 
zo... Un abrazo de amiga. 



270 



DULCE DUEÑO 



¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmo- 
vida, vehemente, protectora. Entré en la farma 
cia, donde lavaron con árnica diluida mi ros- 
tro, vendándolo. Vi la curiosidad en sus agu- 
das miradas, en sus preguntas tercas. Tomé un 
coche de punto, di las señas de mi casa. Al lle- 
gar, dolorida y quebrantada, pero calmada y 
satisfecha, me miré al espejo; vi el hueco del 
diente roto... Al pronto, una pena... 

— La Belleza que busco— pensé — ni se rom- 
pe, ni se desgarra. La Belleza ha empezado á 
venir á mí. El primer sacrificio, hecho está. 
Ahora, el otro... ¡Cuanto antes! 

Serían las diez, cuando Farnesio acudió á mi 
llamamiento, y se precipitó á mí, viéndome 
tendida en la meridiana, vendada la mejilla, 
con los ojos desmayados y la rendida actitud 
de los que han agotado sus fuerzas y reposan. 

— ¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al 
médico? ¡Di, niña! 

— Nada... Un caldo... un poco de Jerez en 
él... Me siento débil. Tráigame el caldo usted 
mismo... 

Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó elJerez. 
Viéndomelo deglutir, parecía él también reani- 
marse. Al desviar la venda, al abrir yo la boca, 
una exclamación. 

— ¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente! 
¡Jesús! ¡Qué ha sucedido, Lina! ¡Pequeña! ¡Cria- 
tura! ¿Qué te ha pasado, qué? 

—Nada, nada ha sucedido.., Permítame que 
no lo cuente. Un incidente sin importancia... 

— No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto! 



POR E. PARDO BAZÁN 



271 



—Por favor... 

Le imploro con tal urgencia, que, aterrado 
por dentro, se calla. Mi misterio, al fin, ha sido 
siempre impenetrable para él. 

—Hágase como quieras .. ¿Estás mejor? ¿A. 
ver estas manecitas? ¿Este pulso? Parece que 
no lo tienes. 

— Tengo pulso; ya no se me caen de debili- 
dad los párpados... Me encuentro fuerte. Oiga- 
me, Farnesio, por su vida. Sin esperar más que 
al correo de mañana, al primero, va usted á 
escribir á mi tío, el de Granada: á D. Juan Clí- 
maco. 

— Pero... 

— Sin pero. Va usted á escribirle, diciéndole 
— ¡atención! — que estoy dispuesta á restituirle 
lo que indebidamente heredé. 

Se tambaleó aquel hombre, al peso y á la 
pujanza del martillo que hería su cráneo. Sus 
ojos vagaron, alocados, por mi semblante. Su 
lengua se heló sin duda, porque no formó so- 
nidos: no hubo protesta verbal. La protesta es- 
tuvo en la actitud, semejante á la del que lle- 
van al suplicio. 

Me levanté, le eché los brazos al cuello, 
junté á la suya mi cara dolorida. Las ternezas, 
las caricias, ablandaron su pena. Recobró el 
habla. Me insultó. 

— ¿Pero qué estás diciendo, necia, loca, in- 
sensata...? Yo eso no lo escribo. ¡No faltaba 
más! 

— Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, 
lo escribo yo, y es igual. Fíjese bien. El tes- 



272 



DULCE DUEÑO 



tamento de... la tía Catalina, no es válido. En 
mi nacimiento hay superchería. Lo sabe usted 
mejor que yo, y nada de esto debe sorprender- 
le. Reflexione usted. De ahí puede salir algo 
muy serio; corre usted peligro, lo corro yo. 
Afuera codicia, afuera riquezas temporales. Me 
pesan sobre el corazón, como una losa. Crea 
usted que en mi determinación hay prudencia, 
aunque no es la prudencia lo que me mueve. 
No le quiero engañar: no es la prudencia. Es... 
otra cosa... 

— Cavilaciones, disparates... ¡Delirios! 

— ¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, á 
quien no he agradecido bien su cariño! Dispa- 
rates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted que he 
despertado de mi pesadilla; que ahora es cuan- 
do veo, cuando entiendo, cuando vivo de veras, 
en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser 
pobre. 

—¡Pobre! ¡Pobre tú! 

— ¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he 
sido muchos años...? Y aquella era una pobre- 
za relativa. Hoy ansio salir por ahí, pidiendo ó 
trabajo ó limosna. Limosna, mejor. 

Se echó las dos manos á la cabeza. 

— Conque, no más discusión. Escriba usted, 
porque á mí me es molesto haber de ocuparme 
de asuntos, y, además, así que arregle algunas 
cosillas, voy á hacer un viaje; mi alma necesita 
que mi cuerpo se fatigue. 

—Iré contigo. No es posible dejarte... así..., 
en estas circunstancias. 

—¿En qué circunstancias? 



POR E. PARDO BAZÁN 



273 



— Enferma, herida, exal... 

— Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... 
¡pch! unas erosiones, que yo considero caricias, 
y unas cuantas magulladuras y contusiones, 
Estoy buena, muy buena, y en mi interior, 
tan dichosa como nunca lo fui. Dentro de mí, 
hay agua viva... Antes había sequedad, calor, 
esterilidad .. No es exaltación. Es verdad; es lo 
que en mí siento. No ponga usted esa cara. 
Jamás he estado tan cuerda. 

Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, es- 
condió el rostro en la sombra del rincón. 

— No quiero que usted se aflija. La primera 
señal de mi cordura, de que es ahora cuando 
me alumbra la razón, es que deseo que usted 
no sufra por mi causa; es que reconozco de - 
berle á usted amor, respeto... Ya sé que, por 
usted, estoy perdonada. 

Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó 
á mis pies. 

— No digas tales cosas. Me haces daño, cria- 
tura. Soy yo quien necesita tu perdón; te des- 
terré, te encerré, te abandoné. Quise recluirte. 
Pensaba que hacía bien. Obedecía á motivos, 
á escrúpulos... Me equivocaba. Fui... un infa- 
me. Tu carácter se torció, tu imaginación 
se trastornó en aquella soledad... Culpa mía... 
Maldíceme. 

Nos estrechamos; humedad caliente empa- 
paba nuestras sienes. Besé su pelo gris, sus 
mejillas demacradas. 

—Le bendigo. Usted no puede adivinar el 
bien que me ha hecho. El mayor bien. 



18 



274 



DULCE DUEÑO 



— ¿No me quieres mal? 

Respondieron mis halagos. Respiró. 

— Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, 
por el viejo Farnesio! Aplaza algo tu resolución 
de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme 
un poco de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; 
es únicamente un plazo lo que solicito. Antes 
de adoptar tan decisiva resolución, es preciso 
poner en orden demasiados asuntos. Tú mis- 
ma, sí estás en efecto tranquila, serena ante el 
porvenir, debes comprender que estas deter- 
minaciones hay que madurarlas algún tanto. 
De las precipitaciones siempre nos arrepenti- 
mos. Tiempo al tiempo. El único favor que 
Farnesio te suplica... 

— No acierta usted. Lo bueno, inmediata- 
mente. 

— El único favor. ¿No me lo concedes, niña 
mia? 

— No quiero negárselo. Tiene un año de pla- 
zo. Entretanto, yo viviré como si no fuese due- 
ña de estos capitales, que ya no considero 
míos. Me reservo... lo que me daba doña Cata- 
lina en vida. Lo estrictamente necesario. Usted, 
Farnesio, manda y dispone de todo y en todo... 

Y después de una pausa: 

— Excepto en mí. 

III 

Salí de Madrid dos semanas después, al ano- 
checer, con una maleta vieja por todo equipaje. 
Llevaba puesto lo más sencillo que encon- 



POR E . PARDO BAZÁN 



275 



tré en mi guardarropa: traje sastre, de sar- 
ga, abrigo de paño color café con leche. M 
guantes, ni sombrero. Un velillo resguardaba 
mi cabeza y mi faz, ya deshinchada, en que 
sólo la mella del diente recordaba el suceso. 
Mi peinado era todo recogimiento y modestia. 

Antes de emprender la caminata, por la ma- 
ñana, me había arrodillado en la iglesia de 
Jesús, á los pies de un capuchino joven, de 
amarilla tez venada de azul, barbitaheño, con- 
sumido y triste. Oyóme casi impasible; un mo- 
vimiento ligero de párpados, una palpitación 
de las afiladas ventanas de la nariz. Un ins- 
tante sólo le vi alterado, expresando pasión. 

—Ese sacerdote que le ha dicho á usted que 
no la absolverían... ha pecado gravemente con- 
tra la esperanza y contra la caridad. ¿Quién es 
él para poner lindes á la misericordia? ¡No crea 
usted eso, hermana... Dios perdona siempre! 

— El hombre á quien causé la muerte, era 
necesario á los intereses de ese sacerdote... 

— Hábleme de sí misma; no acuse á nadie... 

Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando, 
explicando... La oreja de cera que se tendía 
hacia mi voz la recogía cada vez con atención 
más viva. 

Cuando referí el origen de las señales que se 
veían en mi boca, el fraile se volvió, me miró, 
en un chispazo de fraternidad... 

— ¿Eso ha hecho, hermana? 

— Eso hice... 

Al llegar á mi conversación con Farnesio, 
acerca de la herencia, otro respingo. 



276 



DULCE DUEÑO 



— ¿.Eso hizo, hermana? 

— Eso he resuelto hacer... 

Antes de exhortarme, el capuchino se reco- 
gió, cerrando los descoloridos ojos azules. Sus 
labios se movían, sin que de ellos saliese nin- 
gún sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de 
enfermo, murmuró: 

— No soy docto, hermana. Desconozco el 
mundo, y usted me propone cosas extrañas 
para mí. Mejor se confesaría usted con el pa- 
dre Coloma, verbigracia. Supla á mi ignoran- 
cia Jesucristo, en cuyo santo nombre... Yo veo 
descollar entre sus pecados una gran sober- 
bia y un gran personalismo. Es el mal de este 
siglo, es el veneno activo que nos inficiona. 
Usted se ha creído superior á todos, ó, mejor 
dicho, desligada, independiente de todos. Ade- 
más, ha refinado con exceso sus pensamientos. 
De ahí se originó la corrupción. Sea usted sen- 
cilla, natural, humilde. Téngase por la última, 
la más vulgar de las mujeres. No veo otro ca- 
mino para usted, y tampoco habrá penitencia 
más rigurosa. 

— ¿Y... por ese camino.,, llegaré al amor? 

—¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo 
ha presentido, hermana, al dejarse pisotear por 
una mujer de mala vida, y despreciable á cau- 
sa de ella. Esa acción no significa sino ansia 
de humillarse. Humíllese, humille esa cerviz 
altanera... Pero no un instante, no en un 
acto violento, extremo, repentino. ¡Siempre, 
siempre! 

— ¿Nada más? 



POR E. PARDO BAZÁN 



277 



— Nada más. Basta. No tengo otro consejo 
que darle... 

Y heme aquí en el vagón de tercera, mez- 
quino, sucio, en contacto con la plebe, la gen- 
tuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo sentarme 
en un banco duro é incómodo; puedo viajar 
casi sin ropa, mal pergeñada, respirando el olor 
bravio de dos paletos — una especie de mendigo 
y una vieja que abraza un cestón enorme — ; 
puedo hasta alargar la mano, solicitar un so- 
corro... Lo que no puedo, lo que el capuchi- 
no no ha visto que no puedo, es creerme— den- 
tro de mí— al nivel de estos que van conmigo, 
del que me diese limosna, del que cruza á mi 
lado... No me expreso bien. Mientras el tren 
avanza, temblequeando sobre los rieles, yo ahon- 
do, yo sutilizo mi caso. — No es tal vez que me 
crea ni superior ni inferior. Es que me creo otra. 
No reconozco lazo que con ellos me una. No se 
trata quizás de orgullo, de soberbia, como su- 
ponen Carranza y el capuchino. Es que, en el 
fondo de mi conciencia, en medio de mis actos 
penitenciales, no me persuado de que haya na- 
da de común entre los demás y yo. Hasta llego 
á suponer que los demás no existen; que soy yo 
quien existo, únicamente, y que sólo es verdad 
lo que en mí se produce; en mí, por mí... Y es 
en mi interior donde aspiro á la vida radian- 
te, beatífica, divina, del amor. Es en mi interior 
donde quiero divinizarme, ser lo celeste de la 
hermosura. ¿Cómo buscar el interior enciela - 
miento? No con actos externos, no con mi cuer- 
po pisoteado y mi rostro afeado y mi ropa vul- 



278 



DULCE DUEÑO 



gar. Si dentro está el cielo del amor, dentro 
debe de estar el modo de conquistarlo. 

Y me acuerdo de mi Patrona, la Alejandrina, 
i Mujer feliz! Ella no necesitó ni vestirse de bu- 
rel, ni inclinar su frente principesca, para ser 
amada, para tener en su mismo corazón al 
Amante. Con sus ropajes fastuosos, con sus jo- 
yas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo, 
de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese 
amor — ahora lo comprendo — el único que me- 
rece desearse, soñarse, anhelarse; y se desposó 
con ese Dueño — ¡único que sin vileza se admite 
y se ansia, cuando se desprecia todo lo que no 
surge en las fuentes secretas de nuestro ser! 

La noche nos envolvía ya; las voces resque- 
brajadas de los empleados cantaban nombres. 
El vacío de las estepas solitarias rodeaban al 
tren. El viaje terminaría pronto. 

Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y 
resolví dormir lo que faltaba de la noche en la 
fonda de la estación misma. Al despertar, arbi- 
traria el modo de transportarme adonde tenía 
resuelto vivir- 
Una conversación con el dueño de la fonda 
me fué útilísima. Averigüé que, en el desierto 
que me había atraído como objeto de mi viaje, 
existe un convento de Carmelitas, y, á corta 
distancia del convento, casuchas desparrama- 
das, de las cuales alguna me alquilarían tal vez. 

—¿Costará muy cara?— pregunto, inquieta, 
pues ya no soy rica. 

—Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de 
veinte duros por año, no la cederán. 



POR E. PARDO BAZÁN 



279 



Un birlocho me lleva, al través de los cam- 
pos grisientos y silenciosos, salpicados de al- 
cornoques, hacia el desierto, un valle escondi- 
do por montármelas que espejean al sol. Salva- 
dos los pequeños mamelones, aparece el valle, 
y su vista me estremece de alegría, porque es 
un oasis maravilloso. 

Todo él se vuelve ñor y plantas fragantes. 
Romero, cantueso, mejorana, tomillo, mas- 
tranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible 
tapete recamado de colorines. Y la florida al- 
fombra se mueve, ondula, agitada por el zumbi- 
do y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de 
miles de abejas, cuyas colmenas diviso en los 
linderos. A la derecha, el campanario del con- 
vento se recorta sobre el azul. Las casas — dos ó 
tres — tienen un huerto más riente, si cabe, que 
el campo mismo. En la revuelta de un sende- 
ro, á la puerta de una de estas casucas, está 
sentada una mujer. Sus ojos, abiertos é inmó- 
viles, no parpadean y los cubre blanca telilla: 
es una ciega. A su lado, hace calceta una chi- 
quilla de unos doce ó trece años, negruzca, de 
facciones bastas, con dos moras maduras por 
pupilas. 

Me acerco, trabo conversación. 

— ¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, 
por lo menos? 

La desconfianza de los menesterosos me sale 
al paso. ¿Qué pretendo? Yo soy una señorita. 
¿Cómo voy á pasarlo allí? Es imposible que me 
encuentre bien... 

—Me encontraré perfectamente. Pagaré ade- 



280 



DULCE DUEÑO 



lantado. Haré yo la cocina, mi cama, la lim- 
pieza. 

La anciana titubea; la extrañeza, la curio- 
sidad, plegan sus labios, de arrugadas comi- 
suras, hundidos por el desdentamiento. La chi- 
quilla no £abe qué decir, y con un pie pega 
golpecitos en la canilla de la otra pierna. Su 
pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. 
Ninguna simpatía me infunden estos dos seres . 
Y, sin embargo, insisto, para quedarme en su 
compañía. Saco ün par de monedas . 

— Agüela, dos duros m'ha dao esta ñora. 

La avidez de los ciegos se pinta en la cara 
huesuda, inexpresiva. 

—Daca... 

Los guarda en la remendada faltriquera, y 
rezonga: 

— Yo, con toa sastifación... Sólo que, como 
no hay ná de lo que se precisa... 

—No importa. Esta noche dormiré envuelta 
en mi manta. Mañana traerán... 

Queda convenido. Hago mis encargos al co- 
chero. Y, como en casa propia, entro en la vi- 
vienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez la 
avaricia hace aquí competencia á la miseria. 
La ciega tendrá por ahí escondida una hucha 
de barro... Quizás por eso recelaba de mí... 
¿Seré una ladrona disfrazada? 

Gradualmente, se disipa su temor. Cierto res- 
peto hacia mí nace en su espíritu, cuando nota 
que trabajo, que ayudo á la Torcuata— así se 
llama la niña — en sus menesteres domésticos, 
y que hasta sirvo á las dos, cuidándolas, pro- 



POR E. PARDO BAZÁN 



281 



curando que la ciega no derrame la sopa y que 
la chica no se atraque de miel, lo cual la hace 
daño. Porque las dos mujeres viven de la miel 
y la cera; son colmeneras, como los demás 
moradores del valle, y sacan también algún 
fruto de vender cosecha de plantas aromáti- 
cas á drogueros y herbolarios. Empiezan á 
creer que yo soy una especie de santa, no sólo 
por el cuidado incesante que tengo de compla- 
cerlas y de atenderlas, sin exigirles nada, ni 
aun el menor servicio, sino por que voy á la 
iglesia del convento diariamente, y muchas 
tardes me ve Torcuata sentarme, pensativa, á 
la puerta, haciendo calceta como ellas, con 
aire resignado. A sus preguntas respondo sin 
impaciencia. 

— La señora, ¿tié familia? ¿Es usted extran- 
jera, ó de acá? etc. 

A mi vez, pregunto; oigo la historia de los 
padres de Torcuata, que se murieron, él «go- 
mitando» sangre, ella de un mal parto; y, 
ufanas de saber más que yo, me explican las 
costumbres de las abejas, costumbres casi in- 
creíbles, portento natural que nadie admira. 
Los acontecimientos de nuestra existencia, en 
el valle, son el enjambre que emigra y que es 
preciso recoger, llamándolo con cencerreo sua- 
ve y teniéndole preparada la nueva colme- 
na, frotada de miel y de plantas odoríferas; la 
operación de castrar los panales, los mil deli- 
cados cuidados que exige la recolección, el 
transvase de la miel á los barreños, y luego á 
los tarros, el derretido de la cera, su envase 



282 



DULCE DUEÑO 



en los cuencos ele madera, las complicadas 
manipulaciones de la pequeña industria agrí- 
cola. Pronto auxilio yo eficazmente á Torcua- 
ta, con grande alegría y maravilla de la ciega, 
que no cree en tanto bien. Desde que faltaban 
los hijos, la cosecha disminuía cada año. «¿Qué 
puede hacer una creatura? Comerse las mieles 
námás»... 

Así se estableció entre mis huéspedas y yo 
la cordialidad más completa. Invertidas las re- 
laciones, fui su criada. Sin escrúpulo, desinfec- 
té la cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, 
embutido de aceite, cerumen y tierra, até un 
lazo azul á sus mechones, ya esponjados, y 
siempre recios como cola de yegua rústica. 
Cosí camisas para la ciega. Me dejé explotar. 
Hice regalos. 

— ¡Santa! ¡Es santa! — repetía la vejezuela, ató- 
nita. — ¡Nos la ha traío la virge el Calmen! 

¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo 
de la verdad, ningún afecto sentía por las dos 
mujeres. Ejemplares ínfimos de la humanidad, 
barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, 
me eran tan indiferentes como uno de los al- 
cornoques que sombreaban el repuesto valle. 
Ni ellas serían capaces de ningún acto de ab- 
negación, ni yo sentía el menor goce emotivo 
al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me 
las hacía hasta repulsivas. Fea era la cara de 
níspero de la codiciosa vieja, y acaso más fea 
la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No 
importa! Había que proceder como si las amase. 
¿No es eso lo que pides, dulce Dueño? 



POR E. PARDO BAZÁN 



283 



¡ Ah! Por las tardes, respirando el olor embeo- 
dante de las florescencias, cuyo polen llevaban 
las abejuelas de una parte á otra, auxiliando 
la fecundación, me dirijo á tí, Dueño que no 
vienes... ¿Porqué han pasado los tiempos en 
que, á precio de la tortura, de la piel arranca- 
da, de la cabeza destroncada, acudías, exacto á 
la cita, transportado de ardor? ¿Por qué no me 
es concedido comprarte á ese precio? Lo que 
estoy haciendo, me cuesta más, mayor esfuer- 
zo, un vencimiento largo, tedioso, sin fin. 
Como Teresa, la que tanto te quiso, yo estoy 
sedienta de martirio, y me iría á tierra de 
moros, si allí se martirizase. ¡Época miserable 
la nuestra, en que el bello granate de la san- 
gre eficaz no se cuaja ya, no brilla! De las dos 
sangres excelentes, la del martirio y la de la 
guerra, la primera ya es algo como las piedras 
fabulosas y mágicas, que se han perdido; y la 
otra, también la quieren convertir en rubí raro, 
histórico, guardado tras la vitrina de un museo! 
¡Edad menguada! ¡No poder ser mártir! En una 
hora, ganarte, unirme á tí... Si tú quisieses, 
dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar 
el de tus cruentas llagas... Yo te daría con qué 
renovar el Grial. Soy muy desventurada, por- 
que no me es concedido dejar correr las fuentes 
de mis venas. ¡No poder sufrir, no poder morir! 



284 



IV 

Y, poco á poco, mientras ejecuto las cosas 
prosáicas, comunes, antipáticas á mis sentidos, 
allá en lo oculto, en lo reservado de mí mis- 
ma, noto los indicios de una transformación. 
Bogo hacia mi ideal, trabajosamente, desvian- 
do troncos, chocando en piedras. El espíritu 
de docilidad y el de renunciación, van deposi- 
tándose en mí, como en la celdilla ya prepa- 
rada se deposita la miel. Según la miel se pu- 
rifica, siento que se purifica mi ánimo. Voy 
cortando los circuitos de mis impurezas, (aná- 
logos á los que forman las neuronas, las cua- 
les reproducen el acto vicioso ya con indepen- 
dencia de nuestra voluntad). Lo material de mi 
espiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin 
atribuirle valor ninguno. Atiendo más bien á 
lo íntimo. Vivo interiormente. 

El convento no influye en ésto. Voy á la 
iglesia, pero evito á los Carmelitas. Lo hago por 
prudencia, por quitar palabreos entre los pale- 
tos maliciosos. Los Carmelitas, supongo que 
por igual razón, ni parecen sospechar que 
existo. Son pocos y se encierran en su conven- 
tillo, cuyas celdas y claustros están forrados de 
corcho. Silencio, quietud y soledad. No se la he 
de robar, ni ellos á mí. Tan gran bien es justo 
que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes 
se parecen ó no á los directores ininteligentes, 
fustigados por San Juan de la Cruz? 

Comprendo que no basta la paciencia. Nece- 



POR E. PARDO BAZÁN 



285 



sito el amor. Es preciso que lo amargo me sea 
dulce. Que me sepan á miel estas molestias 
que me tomo por dos mujeres bajas, burdas. 
¿Tendré que amarlas, para amarte á tí, para 
que tú me ames? ¿Será este el secreto, la pa- 
labra del enigma? ¿Y cómo se hace para eso? 
¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me 
faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos 
en que desconfío, dudo, y la secura me invade. 

Lo primero que necesito es abandonarme, 
cerrar los ojos... Tal vez me atormento en 
balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que 
hago, ni sufrir más de lo que sufro: basta que 
cambie mi corazón. Sólo entonces seré, como 
dijo el gran poeta, «amada en el amado trans- 
formada». No lo soy. No le hallo cuando le 
busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza, no 
hallarle! Acaso estoy unida á Él en conformi- 
dad, pero no en unión transformativa. No so- 
mos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis 
dedos, que empieza á deformar el trabajo, ni 
señal de anillo de luz... Y sin embargo, yo de- 
biera obtener algo, porque mi espíritu no es 
como el de la muchedumbre: yo soy singular. 
Mi resolución, mi vida, no se parecen á las de 
las mujeres que no padecen ansias de belleza 
suprema! 

Acaso esto que pienso sea tentación contra la 
humildad... ¡Pero si es cierto! ¿La verdad te 
ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Igno- 
ro lo que soy? ¿Me confundiré con la gente 
que no pasa del sentido, que no entiende ni 
pregusta la hermosura inefable? 



286 



DULCE DUEÑO 



De seguro que la Alejandrina elegante, mi 
patrona, no se creía ig*ual á Gnetes. Compren- 
día de sobra la excelsitud de su propio ánimo. 
Y la diste el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me 
será fácil, menos creer lo que no creo. ¿Qué 
me pides? Toma mi juventud; yate he ofren- 
dado mi vanidad de mujer: aféame más, si me 
embellezco para ti... Toma mi existencia, corta 
ó larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas? 

Quiero recorrer todas las etapas, andar el ca- 
mino hasta el fin, gemir, llorar, clamar, velar 
de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el 
desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo 
espiritual, el transporte; quiero tu dardo, tu cu- 
chillo... Y se me figura que jamás los obten- 
dré. Me siento sola, abandonada en este florido 
desierto, entre aromas de miel intensa, que 
marean, que llenan de nostalgia y de dolor ín- 
timo. Y, sin embargo, han existido otras mu- 
jeres que se unieron á ti, que te tuvieron consi- 
go, á quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...o> 
Otras que en ti habitaron, á quienes tendiste 
la mano, en ceremonia de desposorios; que en 
ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. 
¡Y, por muchos que hayan sido mis yerros, no 
creo que más hondamente pudiesen sentirte y 
llamarte de lo que te llamo! 

Esto cavilaba, en una hora de desolación, 
cuando, próximo ya á ponerse el sol, las abejas 
se habían recogido á sus colmenas, y, apaci- 
guado el inquieto devaneo de su libar y revo- 
lar, el campo yacía en una calma misteriosa, 
triste. En el convento tocaron á oración. Al ex- 



POR E. PARDO BAZÁN 



287 



tinguirse las campanadas, me volví con so- 
bresalto. Acababan de ponerme la mano en el 
hombro. 

— ¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata? 

— Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto. 

— ¿Cuándo? — pregunté maquinalmente. 

— Ta mañana. He ío á verlo muerto en la 
igresa, ¿no sabe? Estaba negro, negro tóo. 

—¿Negro? ¿Por qué? 

— Porque era guiruela, diz que dice, la en- 
fermedá. Guiruela mala. ¡Muy mala! 

Nos recogemos á casa. Torcuata está estre- 
mecida. Ha visto de cerca, sin comprenderlo, el 
misterio de la muerte; y su pubertad se ha es- 
tremecido, con vago escalofrío de horror. Ni ella 
misma lo sabe. Las dos moras negrazas de sus 
pupilas conservan, no obstante, la empañadu- 
ra inexplicable de la visión fúnebre. 

Al medio día siguiente, la chica sufre un des- 
vanecimiento. 

— Cosas de la edá. Aluego va á ser mocita — 
murmura la ciega, estrujando con sus dedos 
nudosos panales sobre un perol, á fin de que 
suelten la melaza y reducirlos á pasta derretible . 

Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fue- 
se así? ¡Bah! ¡Qué me importa! 

Dos días después, Torcuata salta de calentu- 
ra. La acostamos. Me instalo á su cabecera. 
Despacho un propio á la ciudad para traer mé- 
dico, medicinas. No dudo: es la viruela, y en 
este organismo joven, jamás vacunado, vie- 
ne con una fuerza y una malicia... De mano 
armada, dispuesta á vendimiar. 



288 



DULCE DUEÑO 



Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. 
Ha sufrido una breve convulsión. 

A ratos, delira. La doy de beber limonadas, 
agua mineral, refrescos. El médico no decide 
aún. Mientras no brote la erupción... Así que 
brote, él y yo sabremos lo mismo. 

En los momentos lúcidos, la muchacha me 
habla, hasta me sonríe, con esfuerzo, murmu- 
rando: 

— ]Nora... 

Alargando una mano ardorosa, endurecida, 
coge la mía, la estrecha. 

— Ñora... No se vaya... La agüela no ve... 
No pué estar al cuido mío. 

La ciega, acurrucada en un rincón, gime, 
barbota rezos, y repite á intervalos: 

— ¡Lo que Dios nos invíai ¡Ahora la Torcua- 
ta tan malita! ¡Lo que invía Dios! 

— No me voy, chiquilla. Aquí estoy, con- 
tigo... 

— ¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el 
Calmen! 

No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sen- 
tí algo, un calor, un golpe, en las mismas en- 
trañas. ¿Seria el cuchillo de la piedad que, ¡por 
fin!, se hincaba en ellas...? 

Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. 
Los puntos rojizos se han señalado. El cuer- 
po de la enferma tiene el olor característico á 
pan recién salido del horno. Se presenta la 
sangre por las narices. 

— Viruela, y de la peor... Confluente... Se- 
ñora, tengo el deber de advertir á usted que el 



POR E. PARDO BAZÁN 



289 



mal es extraordinariamente contagioso, sobre 
todo en el período que se aproxima... 

—Gracias, doctor. No me moveré de aquí. 
Venga usted diariamente... Abono los gastos de 
coche y demás. No soy opulenta, soy casi una 
pobre; pero deseo que nada le falte á Torcuata. 

La ciega, alzando las manos, insistía: 

— Santa es, santa es. 

La hórrida erupción brotó con furia. La cara 
fué presto la de un monstruo. Las moras de las 
pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan 
fresco, desaparecieron tras del párpado abullo- 
nado. La niña no veía. 

— Otra cieguecita como la ^agüela... — suspi- 
ró.— Ñora Lina ¿está ahí? Ñora ¿me moriré 
como el fraile? 

Nuevamente percibí la herida en lo secreto 
del ánima; y más viva, más cortante, más di- 
vinamente dolorosa. La piedad al fin; la pie- 
dad humana, el reconocimiento de que alguien 
existe para mí, de que el dolor ajeno es el dolor 
mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno 
de ternura infinita, de amor, de amor sin lími- 
tes... Sobre la faz de la niña, de la paleta alcor- 
noqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, 
desleída en llanto. Y mis labios, besando aquel 
espantoso rostro, tartamudean: 

— No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, 
porque te quiero yo mucho! 

Por la ventana abierta, entran el aire y la 
fragancia de la tierra floreciente, amorosa. Cie- 
rro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina. 
Alrededor, un murmurio musical se alza del 

19 



290 



DULCE DUEÑO 



suelo abrasado con el calor diurno; mi cabeza 
resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apo- 
dera de mí. No sé dónde me hallo; un mar de 
olas doradas me envuelve; un fuego que no 
destruye me penetra; mi corazón se disuelve, 
se liquida; me quedo, un largo incalculable 
instante, privada de sentido, en transporte tan 
suave, que creo derretirme como cera blanda... 
¡El Dueño, al fin, que llega, que me rodea, que 
se desposa conmigo en esta hora suprema, di- 
vina, del anochecer!... 

Entrecortadas, mis palabras son una serie de 
suspiros. Mi boca, entreabierta, aspira la ven- 
tura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el ena- 
jenamiento del bien inesperado, fulminante. 

— No me dejes, no me dejes nunca... Siem- 
pre tuya, siempre mío... Quítame lo que quie- 
ras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto 
dispongas, redúceme á la nada, que yo sea 
oprobio, que yo sea burla, que me envilezca, 
que me infame... Venga ignominia, fealdad 
horrible, dolor, enfermedad, ceguera; venga 
lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no 
te apartes, quédate, acompáñame, porque ya 
no podría vivir sin ti, sin ti, sin ti... 

Y, palpitando en mis labios, la queja delicio- 
sa repite, sin pronunciarlo, sin rasgar el aire: 

—Dulce Dueño... 



POR E. PARDO BAZÁN 



291 



VI 

En este asilo, donde me recluyeron, escri- 
bo estos apuntes, que nadie verá, y sólo yo re- 
paso, por gusto de convencerme de que estoy 
cuerda, sana de alma y de cuerpo, y que, por 
la voluntad de quien puede, soy lo que nunca 
había sido: feliz. 

Mi felicidad tiene, para los que miran lo ex- 
terior (lo que no es), el aspecto de completa 
desventura. 

En lo mejor de mis años, me encuentro en- 
cerrada, llevando la monótona vida del Esta- 
blecimiento; sometida á la voluntad ajena, sin 
recursos, sin distracciones, sin ver más que 
médicos, enfermeros y dolientes... En compa- 
ración con mi suerte actual, el convento en que 
antaño pretendieron que ingresase, sería un 
paraíso. 

Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que 
esté. Aquí, me visita, me acompaña, y la paz del 
espíritu, en la conformidad con su mandato, es 
mi premio. Aún hay regalos doblemente sabro- 
sos, horas en que se estrecha nuestra unión, 
momentos en que, allá en lo arcano, se me 
muestra y comunica. ¿Qué más puedo pedir? 
Todo lo acepto... todo lo amo, en El y por Él. 
Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de 
arte adorna; este mobiliario sin carácter, como 
de hospital ó sanatorio; estos árboles sin fron- 
dosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio 
exiguo, esta gente que no sospecha lo que me 



292 



DULCE DUEÑO 



sirve de consuelo, y se admira de la expresión 
animada y risueña de mi cara, y me llama — lo 
he averiguado — «la contenta...» Y, mientras 
mis dedos se entretienen en una labor de gan- 
cho, mi alma está tau lejos, tan lejos... Por 
mejor decir, mi alma está tan honda...! Recata- 
damente, converso con él, le escucho, y su 
acenfco es como un gorjeo de pájaro, en un 
bosque sombrío y dorado por el sol poniente... 
Otras veces, le aguardo con impaciencia de no- 
via, deseosa de oir crujir la arena bajo un paso 
resuelto, juvenil... y le pido que no tarde, que 
no me haga languidecer. Y languidezco, y á 
veces, un desvanecimiento, un arrobo, me sor- 
prenden en medio de la ansiosa espera. 

Farnesio ha venido á visitarme, en un estado 
de alteración y angustia, que da lástima. 

—¿Lo ves?— repite.— -¿Lo ves? Si tenía que 
suceder... ¡Si ya lo decía yo! ¡Si te lo había 
anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lo- 
grar evitar estas cosas! 

—Pero ¿qué es lo que usted quería evitar? 

—¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea 
cierto que se haya trastornado tu razón. ¿Qué 
es lo que quería evitar? Que te trajesen á la 
casa de locos. ¡Qué infamia! ¡1 la casa de 
locos! 

— Me encuentro perfectamente en ella. 

—¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun 
cuando así fuese, ¿voy yo á consentirlo? ¿Voy 
á permitir que el malvado de tu tío te encierre 
aquí, por toda la vida acaso? 

—Según eso, ¿fué mi tío? ¡Bah! Le perdono. 



POR E. PARDO BAZÁN 



293 



— ¿Perdonar? Como no salgas pronto de 
aquí, ha de saber quién es Genaro Farnesio. 
¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en nego- 
ciaciones para transigir, y rescatar, por lo me- 
nos, la mitad de tu fortuna — porque no te figu- 
res que él tenía el pleito fácil, ni que nos arro- 
llaría tan sencillamente — , cuando se le ha 
ocurrido otra combinación más sustanciosa: 
declararte demente y administrar legalmente 
tus bienes, mientras llega el instante de here - 
darlos ó él ó su prole. ¡Nos veremos las caras! 
¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis 
amigos en la prensa; tengo mis valedores; co- 
nozco políticos. Vamos á armar un escanda- 
lazo. 

— Don Genaro querido, no haga usted tal. 
Mire usted que no hay cosa más verosímil que 
esto de mi locura. Si usted no me quisiese tan- 
to, haría coro, diciendo que estoy... 

Me toqué la frente con el dedo. 

— ¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma.,. 
Mira, mira como no se puede soltar prenda... 
¡Es increíble! ¡Qué red, qué¡maraña, qué serie 
de emboscadas, qué negra conjuración contra 
tí, pobrecilla, que á nadie hiciste daño! 

—Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me 
pesa. ¿Qué menor castigo he de sufrir por lo 
que dañé? 

—Vaya un daño el que tú harías... Y todos 
contra tí, confabulados... ¿Querrás creer? Has- 
ta el mentecato de Polilla declara que has come- 
tido ciertos actos de extravagancia impropios de 
una señorita formal... Carranza es el peor. Ese 



294 



DULCE DUEÑO 



te declara loca peligrosa, maligna. Te cree ca- 
paz hasta de crímenes. Dice que haces el mal 
por el mal. Se ve que te odia. ¡Qué desengaños 
se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que 
ha mediado... 

Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ade- 
mán expresivo que indica dinero. 

— No lo suponga usted. Carranza no es ca- 
paz de eso. Me tiene una prevención... sobrado 
justa. 

—¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que 
se para en barras él! Hay detalles atroces. Tú no 
sabes de la misa la media. Hay una declaración 
de una mujer de mala vida y de un boticario... 

— Ya sé. La que me pisoteó, á ruegos míos. 
¿Cómo han logrado averiguar?... 

— Por lo visto, te espiaban. Te seguían los 
pasos. Esa noche fatal, tú entraste en la bo- 
tica á que te pusiesen tafetanes, ó no sé qué. 
Dijiste que te habías caído. Luego te subiste á 
un coche, diste las señas de tu casa. El botica- 
rio las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! 
¡Qué chiquillada!... 

Bajando la voz: 

— También ha declarado el barquero que os 
paseaba á tí y á Almonte por el lago... Dice... 

— Cuanto diga, es cierto. 

—¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo 
creerás? Esa sí que me consta que tomó cuar- 
tos... La he despedido, y si no me contengo, 
la harto de mojicones. Es que me han sacado 
de mis casillas. La muy bruja, que si tiraste y 
rompiste un magnífico reloj á propósito, que si 



POR E. PARDO BAZÁN 



295 



la tratabas mal, que si esto, que si lo otro... Que 
toda la noche duraba en tu cuarto la luz encen- 
dida, que el baño era todo de esencias... 

— Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen 
que usted se enoje, ni que maltrate á nadie. 
Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor 
para él. 

—¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se 
pronunció la palabra «locura» les faltó tiempo 
para asegurar que ya lo habían ellos notado, y 
se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo 
oyes. La neurastenia aquí, la vesania allá. 
Sabe Dios de qué medios se ha valido el gi- 
tano... 

— De ninguno . Los médicos están de buena 
fe. De la mejor fe. Son personas dignas, respe- 
tables. Yo comprendo su error, que, dentro de 
su concepto científico, no es error probable- 
mente. 

— Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque 
tus monomanías adquirieron últimamente for - 
ma religiosa, mística. Que te fuiste vestida 
como el pueblo, en tercera, á practicar peni- 
tencia en un convento de Carmelitas, en el de- 
sierto. Que viviste de hacer miel, y que adop- 
taste á una chiquilla paleta, muy fea, y otras 
mil rarezas, no atribuíbles sino al extravío de 
tu mente. Ya comprenderás que sejrefieren á la 
Torcuata... En fin, que han conseguido tejer- 
te una malla espesa... Pero la desbarataré. No 
temas; la desbarato. 

— Por su vida, estése quieto, D. Genaro, no 
desbarate cosa ninguna. Hay que dejar nuestra 



296 



DULCE DUEÑO 



suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo ÉL . . 

— ¡Ea, que no! — gritó impetuosamente, abra- 
zándome — . No es Dios quien te ha metido aquí: 
son las bribonadas de los hombres. Y no lo 
aguanto. Tú fía en mí, y muéstrate tranquila, 
y hazlo todo á derechas... Se me parte el alma 
de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te 
quiere! 

— Lo sé...— exclamo, con acento significa- 
tivo — . Lo que no hace falta, es compadecerme. 
Soy aquí dichosa. 

Ahogado de emoción, el viejo callaba, acari- 
ciándome. 

— ¿Y Torcuata? — pregunto. 

— Llévesela el diablo.... Por tus bondades con 
ella... Está hecha un trinquete. Eso sí, con mil 
hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré. 

— No las desampare usted, ni á ella, ni á ]a 
ciega. Mire usted que se lo encargo mucho. 

— Ya lo creo que las he de amparar, aunque 
sólo fuese porque son las únicas que hablan de 
tí con entusiasmo. 

— ¿De veras? 

— ¡Vaya! Como que afirman que eres santa, 
santa, de ponerte en los altares... 

— Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los 
otros... tal vez es igual. La declaración de mi 
santidad, para el caso, no crea usted que no 
sería lo propio que la de mi locura... Si quiere 
usted sacarme de aquí, Farnesio, no me santi- 
fique. 

—Veo que no ¡has perdido el buen humor... 
Cuando se retiró, decidido á rescatar á la 



POR E. PARDO BAZÁN 



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princesa del poder de malignos encantadores, 
suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me encon- 
traba en el puerto, sin luchas, sin huracanes. 
¿Logrará el que me trajo al mundo material, 
llevarme otra vez al mundo del peligro y de las 
tentaciones? 

¡Estaba tan bien á solas contigo, Dulce Dueño! 
Hágase en mí tu voluntad... 



I3STDIOE3 



Páginas. 



L— Escuchad 5 

II.— Lina , 73 

III. — Los procos 123 

IV. — El de Farnesio s \. 153 

V. — Intermedio lírico.. 187 

VI.— El de Carranza . . . 201 

VIL— Dulce dueño.,. 257 



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